| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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-Bueno, señores –comenzó Holmes animadamente en tanto echábamos a andar camino de la estación-, he aquí los pormenores de esta historia: Como yo bien sospechaba, Abernathy ocultó parte de la verdad, porque los libros de historia, pueden estar equivocados, pero no mentir deliberadamente, a menos, claro está, que pretendan tergiversar algo, lo que en este asunto no se da si nos atenemos a sus venerables autores. El Rojo y El Astuto existieron tal como usted leyó Watson, no son una confusa leyenda, pero nunca estuvieron aquí viviendo, ni uno ni otro, sino en donde sale en los libros, y todo sucedió de la forma narrada en ellos... -¿Y la casa fantasma? –preguntó Conan Doyle sin acordarse ya de que al detective le molestaban las interrupciones. -A ello iba... La casa fantasma no ha existido nunca, como era de suponer, pero... –nos miró triunfalmente- existe la colina, porque ustedes se habrán fijado en que el terreno de la propiedad se encarama suavemente sobre una loma... -¿Y qué tiene que ver la colina...? -Watson, no sea tan impaciente y haga un poco de memoria acerca de lo que también leyó sobre las hadas... y su morada dentro de las colinas, colinas, o lomas, que ellas pueden transformar a su antojo en casas o palacios cuando quieran. Conan Doyle y yo nos detuvimos estupefactos, aunque por diferentes motivos, como sabría más tarde. -¿Sugiere –exclamé sin dar crédito a mis oídos-, que lo que sir Arthur y yo visitamos, era el producto de un encantamiento? ¿Sabe lo que está usted diciendo, Holmes?... ¡Apuesto a que eso no se lo contado el vicario! -Pues sí, en cierto modo él me lo ha dicho. Sencillamente le he preguntado si el terreno de esa propiedad estaba en venta y me ha dicho que no, que nunca lo ha estado, que es patrimonio del condado porque la superstición popular asegura que es suelo de hadas y nadie, desde tiempo inmemorial, ha edificado allí... El vicario, como hombre religioso no cree en esas cosas pero asegura que es mejor no turbar costumbres ancestrales, aunque ello presuponga que por Halloween se organicen procesiones ilegales que suben a la colina entre salmodias y extrañas oraciones... Sí, si, caballeros, esto sucede ahora también, a principios del siglo XX, y el vicario tiene el buen sentido de no inmiscuirse, porque es lo suficientemente inteligente como para saber que, a veces, las persecuciones no hacen más que incrementar lo que no se pretende. Arthur me agarró por el brazo muy alterado. -¡Es tierra de hadas, convirtieron la colina en una casa para que tú y yo la viéramos, para que las niñas pudieran comunicarse conmigo!...¡Era lógico que fotografiaran hadas, puesto que allí viven!... ¡Oh, señor Holmes, convendrá conmigo ahora en que las hadas existen! -Que usted viera la casa no me extraña, sir Arthur, lo que me sorprende es que la viera Watson. -No le entiendo, Holmes. -Elemental, amigo mío, elemental; sir Arthur cree en las hadas, usted no. -¡Ah, eso!... ¿Usted que sabe? –repuse picado ya que parecía llamar visionario a Conan Doyle y a mi imbecil influenciable. -¿Cree? –interrogó Holmes burlón. -¡Naturalmente! El detective desestimó mi forzada confesión con una mueca divertida. -De acuerdo, no discutiremos por eso... Según las consejas locales, la colina pertenece a las hadas y es su morada... En cuanto a Abernathy, al que parecen ustedes haber olvidado por completo, es, efectivamente, un profesor y tiene casa en Londres, pero lo más interesante es que su esposa es de origen italiano, nacida Piombino, y, ¿me siguen ustedes?, prima del dueño del Circo Piombino... Así pues, el misterio de Puck queda resuelto, y el de las niñas también; no hay más... -Yo estuve en la casa de la colina –aseguró Arthur enrojeciendo de vergüenza al creerse considerado un mentiroso por Holmes. -Yo estuve igualmente –le secundé muy molesto por el cariz que estaba tomando el asunto. Holmes tuvo una de sus salidas pedantes. -¿Me permiten que una explicación racional de los hechos les demuestre su equivocación? -¡Sí, por favor! –rogó fervorosamente Conan Doyle quien, infiero, debía empezar a pensar que el tema se nos había ido de las manos, aunque, tratándose de él, no sé me alcanza en que sentido podían ir sus reflexiones. -En primer lugar, sir Arthur, permítame que le someta a un pequeño interrogatorio del que luego extraeré las pertinentes conclusiones, si es tan amable, ¿puede contarnos, desde el principio hasta el final, que es lo que hizo exactamente a partir del momento en que se subió al tren para venir a visitar a las niñas? -Por supuesto, mister Holmes, no hay nada que tenga que ocultarse... Me subí al tren a las 8 a.m., y llegué a la estación del pueblo a... -Sir Arthur, ¿recuerda algo destacable que sucediera en el intervalo de ese recorrido? Conan Doyle reflexionó unos instantes. .No, nada –dijo por fin-, nada interesante. Pude sentarme junto a la ventanilla y me enfrasqué en la lectura del periódico. -¿No entabló conversación con alguien, aunque fuese para hablar del tiempo? -No, no, con nadie, se lo puedo asegurar. -Bien, bien, prosiga, por favor. Baja en la estación y... -Tenía la dirección en una carta que llevaba en el bolsillo, pero, de todas formas hube de preguntar para orientarme y en ello estaba cuando un amable individuo de paso y que casualmente me escuchó interpelando a un mozalbete, intervino para aclararme las ideas y no sólo eso, pues incluso se brindó a conducirme hasta la casa ya que, según afirmase, iba en esa misma dirección, antes, no obstante me dijo que disponíase a desayunar en una taberna cercana y que si no me importaba, le acompañase; como ustedes comprenderán tuve que aceptar para no desairarle. El “desayuno” consistió en un whisky y se empeñó en invitarme con otro, invitación que rehusé ya que no acostumbro a comenzar así el día, de todas formas me vi forzado a aceptarle “lo que yo quisiera beber”, decidiéndome por un café que él mismo fue a buscarme a la barra. Después de consumir las bebidas, que en él se duplicaron al invitarle a mi vez a otra ronda, salimos y el buen hombre me entretuvo con su charla intrascendente hasta que estuvimos delante de la verja blanca, entonces se despidió de mí marchando camino adelante. -¿Cómo era ese individuo? -Normal, un lugareño y bastante alegre de carácter, lo que no me sorprende dada la índole de sus habituales “desayunos”. Bueno, le diré, ahora que voy recordando, que tenía la nariz algo encendida y sus ojillos azules chispeaban maliciosos, por lo demás era alto, recio, como cuadra en un hombre de campo, edad indefinida entre los 30 y los 45 años, pelo pajizo, manos grandes y rudas y sus ropas no desentonaban ya que le correspondían. -¿De qué hablaron? -Habló él porque yo nada tenía que decir, se refirió a los campos de un primo suyo, a no sé qué tipo de cosechas y a que últimamente no había llovido demasiado. La verdad es que yo fingía escucharle por cortesía pues nada de lo que estaba contándome me interesaba y por otra parte, su charla era monótona como un zumbido, de esas que te atontan cuando no marean.. Frente a la verja nos despedimos y ahí acabó todo. El detective se acarició el mentón intentando disimular su júbilo. -El resto de la historia ya lo conocemos, usted vio a las niñas, conversó con ellas y con sus tíos... ¿Y al regreso, sucedió algo fuera de lo normal? -En absoluto, conocía el camino de vuelta y no tuve que recurrir a nadie más. -¿No habló con ninguna otra persona, ni comió o bebió algo? -No. Me dirigí a la estación y cogí un tren regresando a Londres... Por cierto, que me quedé dormido en mi asiento todo el tiempo que duró ese trayecto. -¡Estaba usted cansado? -No, simplemente me entró sueño, tal vez fuera el traqueteo del tren, o el que íbamos en dirección contraria a la ida en la que me lo pasé leyendo el periódico sin mirar por la ventanilla. -Sir Arthur, sus palabras acaban de ratificar mis sospechas, sí, sí, no me contemplen ustedes con esas caras de estupefacción... No habrán olvidado que cuando el doctor Watson nos contó que la casa de las niñas había desaparecido limpiamente a sus espaldas, yo le pregunté si había bebido algo que le alterase la percepción de los sentidos y él lo negó con calor y ofendiéndose, pues bien, caballeros, si me equivoqué con Watson, he acertado con usted... -¡Yo no bebí whisky! -No, bebió usted un inofensivo café, que no lo debía ser tanto cuando acabó viendo visiones. -Mister Holmes, parece usted olvidar, que si, supuestamente, fui drogado en esa ocasión, en mi segunda visita no me detuve a hablar con nadie ni bebí nada, y la casa estaba y aquella mujer me dijo... -¿Se fijó usted ayer, sir Arthur, en todos los números del circo? –le preguntó extemporáneamente Holmes -¿A que viene eso? –quise saber yo irritado por lo que se me antojaba una falta de educación de parte del detective. -¡Claro que me fijé, eran muy interesantes! --Dos de ellos especialmente significativos, caballeros, el del mago que hacía desaparecer a su ayudante, y el del hipnotizador. -¡Holmes, no nos querrá ahora decir que ese mago de guardarropía estaba allí e hizo desaparecer la casa! -No, pero el mago y el hipnotizador eran la misma persona, ¿no se dieron ustedes cuenta? El mago llevaba unas melenas y unas barbas exageradas y el hipnotizador iba meticulosamente afeitado, pero ambos poseían el mismo timbre de voz, la misma estatura e idéntica manera de andar, además eran franceses porque su acento resultaba inequívoco, por más que el hipnotizador intentase disimularlo. -Casualidad; es un circo extranjero. -No, Watson, ninguna casualidad. -Bueno, y, después de todo, ¿qué tienen que ver el acento francés del mago y el del hipnotizador con la casa de las niñas y su desaparición? -¡Elemental, querido Watson, elemental... Sir Arthur fue drogado e hipnotizado por el servicial bebedor de whisky, primero la droga en el café, luego “la charla monótona como un zumbido, de esas que te atontan cuando no marean”... Probablemente en algún momento de la misma usted perdió la conciencia unos minutos, los suficientes para hipnotizarle obligándole a ver lo que no existía... -¿Quiere decir que las niñas fueron un espejismo? –exclamó con acento dolorido Conan Doyle. -No, no lo fueron, pero si el escenario en donde se desarrolló la visita, ¡nunca en la casa que no existía sino en la de Abernathy!
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