| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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Esta fue una de las pocas veces que una corazonada mía tuvo éxito, pero me guardé mucho de decírselo a Holmes ya que hubiese dejado malparado su ego. Sin embargo, tardaríamos aún en llegar a la solución del caso, por lo que prefiero no avanzar acontecimientos. A la mañana siguiente volvimos al pueblo en el cual las casas eran proclives a desaparecer sin dejar rastro, y nuestra primera visita fue para ese lugar precisamente, como si Holmes tuviera sus dudas acerca de si la casa podía hacer, de nuevo, acto de caprichosa presencia. Pero no, allí seguía sin haber nada más que maleza y árboles. Conan Doyle se quedó boquiabierto ante el espectáculo, permaneciendo mudo a continuación y por un largo rato. Llegamos al hogar de Abernathy, que sí estaba en pie, y llamamos a su puerta. Nadie respondió, y un grupo de mujeres que pasaban por allí en esos momentos, al vernos plantados frente a la entrada, tuvieron a bien informarnos que el profesor Abernathy había marchado a Londres, en donde tenían su domicilio familiar, reclamado por un asunto familiar el día anterior. -¿Y el servicio? –preguntó Holmes. -También se ha ido, parece ser que la estancia será larga. De nuevo solos y chasqueados frente a una puerta cerrada. -¿Habrá dejado alguna dirección? –aventuró Arthur. -No sé a quién... ¿Qué amigos puede tener aquí que nos la dieran de buen grado? -Tal vez el pastor –sugerí tímidamente. Holmes se acarició el mentón dubitativo. -Si, tal vez... Bien, iré, la iglesia está cerca, pasé junto a ella para ir a coger el tren el otro día. -Vamos pues. -No, Watson, será mejor que ustedes se queden aquí, no sea que, si nos vamos los tres, esta casa desaparezca... En fin, creo que el pastor, al ser un buen cristiano, estará donde debe estar y al menos, lo que me diga, será fiable... Cuando el detective se hubo alejado, le comenté a Arthur: -¿Te das cuenta de que Holmes ya parece aceptar el hecho de que las casas puedan desaparecer sin más? Mi amigo asintió en silencio y luego dijo con inusual gravedad: -Creo que desde un principio ha aceptado muchas cosas aunque no nos lo haya dicho, John. No supe que replicar a esto y Arthur prosiguió exponiéndome sus reflexiones. -¿Te acuerdas?: “Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio”... Es la primera vez en mi vida que me encuentro ante un asunto de semejante envergadura, de esos que, sin abandonar el mundo de la realidad, se tornan, por ello mismo, en irreales... No es que dude de la sagacidad de mister Holmes ni de sus métodos, de los que tú sabes más que yo y cuya eficacia ha sido sobradamente probada, pero... voy comprobando que la trama contiene muchos cabos a medio atar, o sueltos, aunque tal vez hayan de ir así las cosas al principio en esta clase de investigaciones, lo cierto es que yo soy un neófito en tales lides y por esa causa dudo que mis preguntas, las que a mi mismo me hago, tengan coherencia; nunca he dejado de ser observador a mi manera, tú lo sabes, y... -Habla con toda confianza Arthur, te lo ruego. -Pues bien, comprendo que mister Holmes necesita su tiempo para pensar, de ahí que tras el anuncio de algo sorprendente se repliegue en un mutismo absoluto que no le permite hacer participe a nadie de sus brillantes elucubraciones, y eso, querido John, desconcierta bastante, ¿no te parece?... Por ejemplo, ayer noche en el hotel expuso una hipótesis seductora, no lo niego, mas desprovista, a mi entender, de una base razonable... ¿Cómo puede afirmarse con tanta seguro que las niñas huyen de los descendientes de Nathaniel Wilkes; en qué sustenta su teoría? Si, al parecer, a ese individuo no se le atribuyen hijos, y por qué, Nat El Astuto, ha de hallarse implicado en esta aventura, cuando murió hace siglos, y a muchas millas de aquí... Esto para mí es un cabo suelto, o un nudo a medio hacer... También mister Holmes expone que estamos siguiendo las huellas de un plan preconcebido, como el de esos juegos infantiles en los que se dejan pistas que conducirán a encontrar algo que se ha ocultado previamente... Yo, pensando esta noche en la que poco he dormido, he llegado a la conclusión de que si verdaderamente las niñas, o sus parientes, querían algo de nosotros, mejor dicho, de Sherlock Holmes, ¿no hubiera sido mucho mejor concertar, directamente, una entrevista con él, prescindiendo de mi intervención?; esas fotos se sacaron hace casi dos meses, en julio, cierto que no se revelaron inmediatamente, pero aun y así, no resultaba necesario el que yo mediase yendo a visitar al famoso detective en demanda de ayuda, si tan urgente era, ¿no lo crees tú igualmente?... Y otra cosa, ¿a qué vienen tantos misterios, uno detrás de otro?, ¿qué tipo de señales son esas y a dónde pretenden conducirnos?... Es que siempre estamos haciéndonos las mismas preguntas. -Ese es el enigma que ha de resolver Holmes, amigo mío, por lo demás, coincido en que los interrogantes que formulas son incomprensibles vistos por simples espectadores como nosotros, pero la experiencia me ha enseñado que Sherlock Holmes sabe muy bien lo que se hace aunque en ocasiones comuniqué la impresión de que esté soltando despropósitos. Es cuestión de acostumbrarse y de tener paciencia. Conan Doyle volvió a asentir en silencio por más que esta vez su rostro reflejase una gran perplejidad. ¡Pobre amigo mío, más le hubiese valido quedarse en Londres junto con su esposa Jean y sus hijos pequeños, a embarcarse en aquella aventura con nosotros! El detective tardó una hora en estar de vuelta, tiempo que empleamos en dar unos cortos paseos por delante de la fachada de la casa, arriba y abajo, mientras le esperábamos. En su trascurso seguimos charlando, pero ya de otros temas que nada tenían que ver con el caso; creo que ambos necesitábamos un poco de aburrida normalidad en aquellos momentos tan especiales. Holmes apareció al cabo caminando con su paso rápido y dando muestras de hallarse muy satisfecho, yo respiré aliviado y junto con Arthur, me dispuse a escuchar cuanto hubiera que contarnos, presumiblemente, algo interesante a juzgar por el brillo de sus ojos grises. -¡Vaya, la casa continúa en su sitio! –fue lo primero que dijo jovialmente, y agregó:- Ya podemos regresar a Londres, por el camino les explicaré mi conversación con el vicario que ha sido de lo más reveladora. -¿Sabe por qué huyen las niñas? –preguntó impulsivamente Conan Doyle. Sherlock Holmes sonrió. -Creo saberlo... Aún quedan muchas incógnitas por esclarecer, pero me parece que dentro de poco el caso quedará resuelto. -¡Dios sea loado! –no pude por menos que exclamar, ya que, vuelvo a repetirlo, una cosa es ir detrás de criminales sin conciencia y otra muy diferente, seguir el rastro de unas inocentes niñas y de un perrillo juguetón, lo que puede hacerte sentir ridículo, si no tonto.
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