| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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Era él, sin duda, el mismo a través de los
años y experimenté en ese instante emoción y añoranza al verle acercárseme
risueño, con su rostro de buena persona, su mirada inteligente y esa expresión
amable tan suya, sólo separado muchas décadas de aquel muchacho en la
flor de la vida, jovial y bromista, que fuera; recordé la primera novela
de H.G.Wells y me dije que la máquina del tiempo no me había devuelto
a mi condiscípulo precisamente, cierto es que yo, de igual forma, también
había envejecido pues del lejano John H. Watson despreocupado y juvenil
ya no quedaba rastro; no, recapacité, la maquina del tiempo no tenía la
culpa de que hubieran transcurrido más de treinta años y hubiésemos dejado
de ser unos muchachos.
Sentí que mis ojos se humedecían y pude observar como los de Arthur denunciaban pareja emoción. Él me tendió la mano y yo, saltando por el bache espacio-temporal que nos había mantenido separados, sin pretenderlo ninguno de los dos, le abracé afectuosamente siendo correspondido de igual manera. -¡Querido Arthur! -¡John, amigo mío! (Apuesto que de haber estado Holmes presente el saludo hubiera sido mucho más convencional mientras él analizaba a Conan Doyle con sus ojos de rayos Roetgen). Pasados los primeros transportes de conmovida alegría, “¡Chico estás igual que antes! –mentira piadosa-”. “¡Pues anda que tú perillán!”-otra mentira piadosa-. “¿Cómo te va?, suelo leer tus artículos en el en el Strand Magazine, más frecuentemente en los últimos tiempos, ¿sigues ejerciendo?”, “Sí, pero ya cada vez menos, los años... En cambio tú te has convertido en toda una celebridad al trabajar con mister Holmes y escribir sobre sus casos, ¡envidio tu suerte!” “Ahora que recuerdo Arthur, querías ser novelista, ¿verdad?, ¿en qué quedó?!, “Hube de dejarlo, mis pacientes me absorbían demasiado y consideré que era mucho más importante intentar sanarles que meterme a novelista”, “Posiblemente habrás hecho bien, pero lo que ganaron tus pacientes, creo que lo ha perdido la literatura; recuerdo algo de lo que escribías ¡y era excelente!” “Gracias, John, tú siempre tan amable –lanzó una mirada de curiosidad en torno suyo-. ¡Con qué éste es el famoso saloncito teatro de tantos emocionantes casos y que has descrito a la perfección en más de un relato de las aventuras de Sherlock Holmes!... Parece que lo conozca de toda la vida, las cómodas butacas, la encendida chimenea, las estanterías, los libros de consulta, la famosa babucha persa, el violín, el material que emplea tu compañero para sus investigaciones en el terreno de la química, porque no lo ha dejado, ¿verdad?...¡Es emocionante respirar esta atmósfera, te hace sentir partícipe de muchas historias!” Le rogué que tomase asiento y me dispuse a escuchar cuanto tuviese a bien decirme respecto a su insólita aparición, no ya en mi vida, sino en Baker Street, porque yo, imitando a mi amigo el detective, empezaba a deducir basándome en los imperceptibles signos que se traslucían en Arthur. Luego de haber alargado el preámbulo unos minutos más hablando de lugares comunes y banalidades, nos habíamos quedado callados frente al fuego de la chimenea, pausa obligada cuando las conversaciones van a tomar un cariz más íntimo. -John –exclamó de pronto Conan Doyle adoptando una expresión grave-, he venido a veros porque necesito vuestra ayuda... Ya sé, lo sabe todo el mundo, que Mr. Sherlock Holmes se ha ganado el merecido descanso en su casa de Sussex, y que, por consiguiente, hace diez años que dejó los asuntos detectivescos... aunque de vez en cuando, esporádicamente, reincida si el caso lo merece... Bien, pues por eso he venido, a abusar de mi vieja amistad contigo y de la buena disposición de Mr. Holmes si es que entre ambos podéis ayudarme –por primera vez se mencionaba el motivo de la visita que no era la de encontrarse con un antiguo compañero de estudios. -Tú dirás, querido Arthur, soy todo oídos. Él empezó a hablar con la vista clavada en las llamas, como ausente o tal vez perplejo, y no era para menos con lo que vino después. -Has dicho antes que lees esos artículos míos que de vez en cuando salen en los diarios... -Cierto. -Me imagino que habrás leído los últimos. Asentí en silencio; era mejor no interrumpirle. Arthur pareció titubear una fracción de segundo. -¿Cuál te ha llamado más la atención? Fruncí el ceño recordando. -Indudablemente el de las hadas –dije al fin un poco incómodo; se me antojaba una elección frívola que podría hacer pensar a Conan Doyle que mis preferencias eran bastante infantiles. -El de las hadas –suspiró él volviéndose a mirarme-. ¡Me lo temía! No supe que decir. -Me lo temía porque es el que más revuelo ha organizado estas últimas semanas, y eso que sólo escribí un breve comentario. -No entiendo. -Sí, está muy claro... Verás, se trata de un asunto espinoso y polémico. Tres niñas, tres hermanitas, aseguran que han visto hadas y que, a demás, las han fotografiado... -¿Y bien?... Si es un fraude se podrá descubrir, ¿no es cierto?, y todo quedará en una travesura infantil sin mayores consecuencias... ¿Viste las fotos? Arthur volvió a abismarse en la danza de las llamas, evasión bastante molesta ya que el resplandor del fuego irritaba los ojos. -De eso se trata... Por ello estoy aquí. -No entiendo –volví a repetir. -Es muy sencillo –ahora sí que mi amigo dejó de mirar el interior de la chimenea encarándose definitivamente conmigo-. Atraído por lo peregrino del caso fui a visitar a esas jovencitas, y no creas que lo hice con el ánimo de un juez instructor sino más bien con el de un simple curioso, una persona que escribe en los periódicos, no un periodista sino un aficionado, y dado que el tema me resultaba de lo más sorprendente y seductor; siempre me atrajeron las hadas, de niño, el hermano de mi padre, mi tío Dick, que era dibujante, se dedicaba a realizar ilustraciones con ellas, ¡la buena gente menuda!, y a mí me fascinaban sus dibujos... Bien, las niñas, Margaret, Rose y Violet, son huérfanas y viven en compañía de sus tío y tutores, un matrimonio excelente y al parecer de posición desahogada. Viven en la campiña, en Yorkshire, en una preciosa casa que recuerda muchísimo, por su rusticidad y encanto, la ya célebre de la esposa de Shakespeare, Anna Hathaway. Esta casita la rodean parterres de césped muy bien cuidados, y un poco más lejos aparecen los arriates de plantas entreverados de arbolitos que en algunos puntos se aglomeran hasta formar diminutos bosquecillos... -¡Encantador! –no pude por menos que exclamar fascinado por el escenario descrito. Arthur sonrió complacido no sé si por mi exclamación o ante el recuerdo de tal lugar. -El interior de la casa era tan apacible y bello como su parte externa, puedes creerme, sofás, sillones, mesitas, bibelots, alfombras, cuadros, jarrones de flores por todas partes, tanto que daba la impresión de ser un invernadero en momentos... Y las niñas, deliciosas, parecían sacadas de una pintura de Reynolds o mejor aún del francés Greuze, su “Niña de la manzana”, por ejemplo... Tienen siete, ocho y nueve años respectivamente y aunque son hermanas sólo se parecen en la viveza y la simpatía ya que una es rubia, la otra pelirroja y la tercera de cabellos negros, la rubia, Margaret, tiene los ojos azules, Rose verdes y Violet del color de su nombre. -Singular diversidad. -Sí, en efecto, choca bastante y no pude por menos que comentarlo cuando me fueron presentadas, sus tíos rieron asegurándome que todo el mundo se quedaba siempre muy sorprendido al saber que eran hermanas, pero como cualquier cosa tiene una explicación plausible, me revelaron que el padre había sido rubio y la madre de cabellos negros, en cuanto a la pelirroja había salido a una bisabuela suya que era irlandesa, mujer famosa por su llameante cabellera y su temperamento, luego me enseñarían un retrato pintado y puedo afirmar que referente al parecido físico no exageraron en absoluto. Muy amables, fui invitado a tomar el té, respondieron a todas mis preguntas, las niñas, por supuesto ya que sus tíos en ningún momento las interrumpieron, finalmente, al preguntar yo por las fotos dijeronme que se hallaban en proceso de revelado en el taller de un amigo suyo aficionado al arte fotográfico, y que en cuanto estuvieran hechas las darían a la prensa, y por descontado, también a mí puesto que había sido tan gentil al haberme tomado la molestia de ir hasta allí para realizar la entrevista. -¿Qué te contaron las niñas? -Poca cosa que no supiera de antemano. Que estaban en el jardín jugando con una cámara que les había regalado su tío, y que de pronto vieron un enjambra, así lo definieron, de pequeñas hadas revoloteando entre las flores, entonces Margaret, que era la que tenía la máquina en esos momentos, se puso a disparar las fotografías, y, según dijeron las niñas con mucha solemnidad, “fueron un montón”. Les pregunté como eran las hadas y me respondieron que transparentes, luminosas y de tantos colores como el arco iris. Quise saber si habían hablado con ellas y replicaron que no “qué no les dio tiempo”, supongo que se referirían a que con la excitación y las prisas, después, las hadas desaparecieron rápidamente. -¡Qué historia más peregrina! –exclamé convencido- Y tú, que las has visto, me refiero a las niñas, ¿aceptas la veracidad de sus palabras?, ya sabemos que los niños son muy imaginativos, no quiero decir mentirosos, pero... -Sí, te comprendo, amigo mío, comprendo tu duda porque yo también la tenía hasta que las conocí y ahora estoy convencido de que no mintieron... -¿Alguien pudo engañarlas? -Tampoco, no son tontas esas chiquillas, y, ¿quién podría tener interés en embaucarlas? Sus tíos no, desde luego, y los criados menos, en cuanto a un extraño que se hubiera colado en el jardín de la finca, eso resulta todavía más improbable, además, si eran transparentes, luminosas y poseían los colores del arco iris, ¿qué clase de linterna mágica podía haber recreado tamaña ficción? Me acaricié pensativo la barbilla. -¿Recuerdas haber leído alguna vez “El castillo de los Cárpatos”, de Julio Verne? -No me suena, o tal vez lo he olvidado... -Te refrescaré la memoria. En él se habla de la recreación de imágenes a tamaño natural por medio de instrumentos mecánicos. -¿Quieres decir que la gente podía ver figuras que en la realidad no existían? -Así es. Arthur reflexionó intensamente durante unos segundos. -¡No, no, no lo creo! –dijo luego moviendo con energía la cabeza como el que deshecha una idea absurda. En ese mismo instante, un ruido inesperado se pudo escuchar a nuestra derecha que es en donde estaba la puerta por la que Holmes escapara ante la inminente entrada del visitante. Como nos encontrábamos de espalda a las lámparas y ante al fuego de la chimenea, nuestros rostros no podían verse con facilidad debido al juego de luces y sombras de las llamas, de lo cual me alegré ya que así Arthur no pudo sorprender mi fugaz expresión de disgusto, ¡Holmes era incorregible!, y sus excentricidades no dejaban de ponerme de mal humor en más de una ocasión. Por si acaso la hubiera tenido, ya no me cabía la menor duda de que mi desconcertante compañero estaba agazapado detrás de aquella puerta escuchando lo que hablábamos, y me recorrió un escalofrío, pues al conocer sus métodos, supuse sin miedo a equivocarme que incluso la puerta de marras se hallaba ligeramente entreabierta, si no del todo, aprovechando que un grueso cortinaje la cubría. ¿No hubiera sido mucho más acertado el que le diésemos la bienvenida a Conan Doyle, Sherlock y yo, prescindiendo de toda mise en scéne, a las que tan aficionado era el detective por otra parte? Arthur dio un respingo en su butaca y me interpeló: -¿Qué ha sido eso? -Nada, nada, el gato, supongo –mentí conciliador ya que no teníamos ningún felino. Entonces, y como si de una trasmisión de ideas se tratase, Arthur me dijo: -Creía, cuando he venido, que iba a encontrar contigo a Mr. Holmes, bueno, en realidad lo creía a medias, mejor dicho, lo deseaba fervorosamente... Y cuando Mrs. Hudson, mientras hablábamos, pareció referirse a los dos, aunque sin mencionar nombres, vi el cielo abierto, pero, entrando, me he dado cuenta de mi error. Yo me hallé contra las cuerdas, acorralado, y sin saber que embuste soltar que fuese aceptable dadas las circunstancias, mas providencialmente, se abrió la puerta autorizada para ello, o sea, la que daba al rellano, y vimos penetrar en el saloncito a un estirado sirviente portador de una bandeja con licores y un par de copas, quien, de manera muy profesional, lo colocó todo encima de una mesita auxiliar que acercó con presteza, luego, dirigiéndose a mí, me dijo: -El señor Holmes acaba de regresar y me ha encargado les informe de que en breves minutos se reunirá con ustedes caballeros. ¡Maldito Holmes, él y sus mascaradas!, allí estaba frente al inocente de Arthur que lo contemplaba sin asomo de sospecha, impecable bajo su disfraz de criado, con patillas monstruosas y un bigote descomunal. -Cualquier día –pensé-, voy a tirar por la ventana todos sus disfraces; ¿a qué viene esta comedia estúpida? -Bien, bien... –mascullé mirándole de través. Se marchó el “fámulo” y casi en el acto compareció el inefable Sherlock Holmes.
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