| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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No obstante, aún tuvimos que presenciar la apoteosis, carrusel incluido, todos los artistas y algunos de sus animales, despidieron el espectáculo a la manera colorida y bulliciosa que en estos casos es de precepto para gran satisfacción del público asistente. Finalmente, la carpa empezó a ser desalojada con ejemplar orden y civismo, y nosotros la abandonamos al final, mezclados entre los espectadores de las filas más altas. Al respirar de nuevo el fresco aire de la noche, miré interrogativamente a Holmes pues recordaba sus promesas, a lo que el detective, sin inmutarse, nos indicó que le siguiéramos, lo cual hicimos muy resueltos. Dado el buen talante de las gentes del circo, existe en ellos una costumbre consistente en dejar de vez en cuando, que el público curiosee entre jaulas y carromatos para impregnarse de su bohemia y pintoresquismo, eso a la luz del día, pero yo nunca había oído que el curioso deambular se llevara a cabo a la luz de las farolas, claro que en esos anales no escritos, jamás se había contado con Sherlock Holmes. Tuvimos que pasearnos sorprendidos por entre jaulas cuyos inquilinos o bien cenaban o bien dormitaban ya y que, en cualquier caso, nos dedicaron miradas aburridas o soñolientas. Yo no entendía gran cosa y creo que Arthur todavía menos que yo, sólo Holmes muy animado, ocupaba el papel del guía, enseñándonoslo todo como si se hubiera criado en un circo. Me extrañó que nadie nos dedicase la más mínima atención, ya que pasaban por nuestro lado, atareados en sus quehaceres, ignorándonos totalmente, lo que me hizo suponer que mi desconcertante amigo había pagado por realizar aquella visita fuera de programa. Al cabo, desembocamos frente a un carromato en los escalones de cuya puerta, chillonamente pintada de un verde loro que brillaba bajo las luces del campamento, un miembro de la compañía, despojado de sus ropas estelares y sin maquillaje, se hallaba sentado en actitud de espera. -¡Hola, amigo –saludó el detective jovialmente-, hemos venido a admirar de cerca a su perro; es un animalito de lo más simpático e inteligente! El hombre sonrió. -Puede apostar lo que quiera a que sí que lo es, lo único que siento es que no tenga el don de la palabra, porque de lo contrario, seguro que les contestaría a sus preguntas.. Conan Doyle se removió nervioso. -¿Podemos verle? -¡Por supuesto!... ¡Eh, Puck, ven aquí!... ¡Puck!... ¡Será tunante, no hace ni un minuto que estaba dando vueltas por aquí y ahora que se le llama... ! -Pero, ¿es que no le tiene atado fuera de la pista? –pregunté yo inquieto. -¿A Puck?, ¡quia, no señor, a Puck no se le puede atar corto, es libre como el viento, siempre está dando vueltas por ahí y en ocasiones desaparece, aunque nunca falte a su cita con la pista, en eso es muy responsable! ¡Puck responsable, lo que había que oír! -¡Puck, eh, Puck!... ¿Quieres hacer el favor de venir?; ¡aquí hay unos caballeros que desean conocerte! Y el hombre se alejó voceando entre los carromatos. -Presiento –comentó con aire resignado Arthur- que el can no tiene el menor interés por conocernos. Yo asentí en silencio. El hombre volvió. -Nada, ni rastro, si quieren ustedes seguir viendo cosas y luego regresan, tal vez haya vuelto; tiene que hacerlo porque ha de cenar –concluyó como si el argumento tuviera una fuerza irrebatible. -¿Hace mucho tiempo que es de su propiedad? –inquirí pretendiendo extraer algún beneficio de la visita. -Desde cachorro, me lo regalaron, ¿sabe?, y yo le enseñé todo lo que sabe... Trabajaba con tres perros y se fueron muriendo, suerte que Puck aprendió mucho de ellos antes, al menos, a ser disciplinado... (¿Disciplinado?) -¿Por qué le llamó Puck?, es un nombre original para un perro, nunca lo había oído. -Puck es un duende que sale en El sueño de una noche de Verano, de Willian Shakespeare –me explicó pacientemente. Le miré estupefacto, ¿acaso creía el domador de perros que yo no sabía quien era Shakespeare? -Ya “sé” que es un duende, pero, ¿por qué ese nombre de duende a un perro? -¿Por qué no?, es tan bueno como cualquier otro, ¿no le parece? -Evidentemente –intervino Holmes, callado hasta el momento-. De acuerdo, amigo, le haremos caso, terminamos nuestra ronda y volvemos a ver si existe la oportunidad de saludar al travieso Puck. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos para que el amo del perro nos oyese, le dije a Holmes: -¡Otra vez, el dichoso animal jugando al escondite, empiezo a creer que se trata del mismo! -¿Qué es aquello? –interrogó Conan Doyle preocupado señalando a lo lejos un resplandor rojizo que parecía hallarse en la dirección en que se encontraba situada la carpa del circo. ¿Aquello? Sherlock y yo miramos y en ese instante el aire de la noche debió cambiar de rumbo porque el inesperado vientecillo nos trajo un inequívoco olor a quemado. Holmes exclamó, perdiendo por unos instantes su clásica compostura: -¡El circo, se quema el circo! Era cierto; la carpa estaba ardiendo de la manera más espectacular, aunque, por suerte, ya nadie estuviera en su interior. Enseguida todos corrimos de un lado para otro intentando apagar las llamas, pero no había medios para sofocarlas, unos cuantos cubos de agua no bastaban y comprobando que resultaba imposible vencer el incendio, las gentes del circo dedicaban su atención a los carromatos que se apresuraron a sacar de la falda del montículo en cuya cima fuese instalada la carpa. Todos los animales, sin excepción, daban muestras de terror y entre rugidos, gañidos y relinchos, el fuego que aumentaba por segundos y los artistas y domadores gritando a voz en cuello, aquello se convirtió en pocos instantes en un pandemonium. Nosotros pretendíamos ayudar, pero mucho me temo que lo único que hicimos fue entorpecer más que otra cosa. En ello estábamos cuando una joven, me parece que era una de las écuyéres, se nos acercó, tranquila en medio del desorden reinante, para decirnos las siguientes palabras: -Váyanse, por favor... Nos podemos arreglar mejor sin ustedes, váyanse, cada minuto es precioso... Desgreñados, sudorosos, Arthur y yo habíamos perdido nuestros sombreros, la contemplamos los tres con el aturdimiento propio del instante, Conan Doyle, sorprendido, atinó a balbucear: -¿Quieren que nos vayamos? -Sí, por favor, déjennos solos. No la entendíamos, en esas, Holmes gritó acordándose de algo: -¡“Los voladores”, la niñas... ! -no concluyó la frase, el estrépito de un coche de bomberos que se aproximaba nos ensordeció a todos. La muchacha dejó de mostrarse tranquila dando paso a una especie de angustiosa desesperación; vi como se retorcía las manos. De pronto, acercándose rápidamente a Conan Doyle le susurró algo al oído, advertí que mi amigo se estremecía mientras la joven escapaba con gran ligereza y rapidez para precipitarse entre sus compañeros, muchedumbre que la absorbió. -¿Qué es lo que te ha dicho, Arthur? –quise saber anticipándome al detective que se hallaba observando a mi amigo con fijeza. El resplandor del fuego danzaba sobre su rostro tornándolo lívido y fantasmal; nos miró a los dos como si no nos pudiera ver, como si estuviera muy lejos de allí o en trance sonámbulo. Murmuró: -Me ha dicho que por el bien de Margaret, Rose y Violet, tenemos que irnos inmediatamente de aquí...
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