| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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Puesto que el vehículo se detuvo en aquel momento tuvimos que descender a las puertas de un hotelito que debía haber sido especialmente construido para viajantes de comercio, dado lo modesto de sus aspecto y pretensiones. Yo nunca había estado en aquella ciudad pese a lo relativamente cercana que se hallaba de Londres, viajando en tren por supuesto, mas Holmes se movía por ella como en su elemento natural y en el poco tiempo que llevábamos Arthur y yo allí, pude cerciorarme de que el detective había dispuesto sus redes con la habilidad que le caracterizaba; el cochero trabajaba para él y en el hotelito parecían conocerle de toda la vida, ante lo cual no pude menos que comentárselo dando muestras con ello, o al menos creí hacerlo, de que mi aprendizaje a su lado siempre daba excelentes frutos, ¡pequeña y mísera vanagloria como pude constatar inmediatamente! -Me alegro de que me tenga en tan buen concepto, estimado Watson –fue su respuesta-, pero la verdad es que hace años, antes de conocerle, y después, cuando usted decidiera dar inicio a su vida conyugal -recuérdeme que se lo cuente en otro momento para que pueda enriquecer el material de las crónicas holmesianas-, tuve que resolver un primer caso, y otros, bastante difíciles, sentando por necesidad, en varias ocasiones, mi cuartel general en esta plaza. No le extrañe pues el que haya sabido mantener contactos muy útiles como siempre. Me sentí dolido; siempre que Holmes se refería a aquella época en la cual aún no nos conocíamos, y a la otra forzosamente distanciada debido a mi existencia de hombre casado, experimentaba una ligera punzada de melancolía, o, quizás, de envidia, por la de magníficas aventuras que había llegado a perderme sin saberlo. Era pensar en un tiempo no nacido para mí, y cuyo vacío me conturbaba. Con la eficiencia que caracterizábale, Sherlock Holmes lo había dispuesto todo para que nuestra estancia fuese lo más cómoda posible mientras durase. Tomamos el té, sin que mediaran más explicaciones por su parte, reserva muy propia de él, que yo respetaba, pero que Conan Doyle no supo como interpretar ya que disponíamos de más tiempo que el anunciado por Holmes en el coche, y, sin embargo no se hacía uso de él ampliando la información obtenida, o pormenorizándola. También debió sorprenderse bastante de que yo no le relatara al detective lo que le había contado a él durante el viaje, mis investigaciones en la librería, y no dudo de que su perplejidad subiría de punto al advertir que Holmes no me formulaba ninguna pregunta al respecto, ¡rarezas de investigadores privados!, es de suponer que reflexionaría. Si hubiera conocido tan bien a Holmes como yo, habría sabido que su peculiar modo de establecer deducciones se basaba en un método sólo conocido por él y nadie más. Cuando bajamos al hall dispuestos a marchar al circo, un jovencito de unos catorce años le estaba esperando sentado en uno de esos sofás circulares que en su centro contienen el adorno de una planta exótica, y en cuanto le vio fue a su encuentro entregándole tres entradas, “otro de sus agentes”, pensé; luego sabría que se trataba del nieto del cochero, reclutado por Holmes eventualmente. El muchacho le dio las entradas y el detective se retiró con él unos pasos y estuvieron cuchicheando por espacio de varios interminables minutos. Arthur me contempló interrogante y yo me encogí de hombros dándole a entender que sabía tanto como él. De nuevo el coche nos esperaba y partimos ya sin más dilación. Eran las seis de la tarde cando tomamos asiento en nuestros bancos, no junto a la pista como hubiera sido el deseo de mi amigo sino diez filas más arriba por lo que Holmes se excusó echándose la culpa por no haber pensado anticipadamente en que siendo festivo, los asientos de pie de pista se hallarían ya cogidos con antelación. -¡No sé como pude ser tan torpe! –se lamentó con el ceño fruncido mientras nos aposentábamos sobre los números pintados en color negro que señalaban de alguna manera el espacio que debíamos ocupar. Dio comienzo el espectáculo con sus payasos, sus fieras, los caballos y las écuyéres, el hipnotizador, el tragasables, el comedor de fuego, el gigante forzudo, el prestidigitador y, finalmente, “el maravilloso perro Puck” luciendo sus amaestradas gracias. Agucé la vista todo cuanto pude y si, en efecto, parecía ser el mismo que yo conociese el otro día. Ya sé que hay cientos de perrillos de la misma raza que pueden ser confundidos por que todos se asemejan entre ellos, pero no todos tienen porque llamarse precisamente Puck; no es un nombre corriente para un perro de esta raza. Holmes me sobresaltó susurrándome al oído: -¿Le reconoce? -¿Qué quiere que le diga?, puede ser él, claro. -¿No está seguro? -Del todo no, si pudiese verle de cerca, no por él, solo para comprobar si el collar era el mismo... -De acuerdo, ya lo suponía, después le veremos de cerca. Todo está arreglado en ese sentido. ¿Cómo no iba a estarlo tratándose de Sherlock Holmes? Después de la actuación de Puck, se preparó la pista para el número estrella en el que participaban los dueños del circo con sus hijas. Holmes, que se había sentado en medio de Arthur y de mí, le dijo a un nervioso Conan Doyle: -Luego visitaremos a los Piombino, ellos creen que somos periodistas. El rostro bondadoso de Asthur enrojeció; no era un hombre dado a las triquiñuelas que tanto le gustaban a Sherlock Holmes y supongo que debió considerar poco ético el procedimiento. Con la rapidez característica en las gentes del circo, pronto estuvo dispuesto el escenario de “Los voladores” y éstos hicieron su radiante aparición a redoble de tambores y son de trompetas, en tanto el respetable infantil aullaba de júbilo, y las personas mayores aplaudíamos educadamente. Los Piombino adultos iban vestidos de blanco brillante y las tres niñas de un sutil azul lavanda también luminoso, e iban peinadas con trenzas sujetas sobre la nuca, arreglo de lo más lógico si tenemos en consideración que volando de un trapecio al otro no son recomendables los cabellos sueltos. Todos llevaban capas de mucho vuelo, lo que en las chiquillas acentuaba un aspecto encantador. Saludaron, se desprendieron de las capas y procedieron a subir a la cima de la plataforma en la que les aguardaban sus trapecios. Primero comenzaron los padres deslumbrando al público con increíbles y temerarios vuelos, que fueron muy aplaudidos sobre todo si tenemos en cuenta que trabajaban sin red, y luego les tocó el turno a las niñas, para las cuales se extendió entonces. Las tres hermanas, una detrás de otra iniciaron su número caminando sobre la cuerda floja portadoras, cada una de ellas, de una pequeña sombrilla de igual color que sus mallas, eso fue a un nivel más bajo que la cima de la primera plataforma, y luego treparon hasta arriba del todo. Las tres estaban en lo más alto y sus padres enfrente, al otro lado de la pista, la más mayor cogió el trapecio, uno adecuado a su corta edad, y se lanzó al vacío. Yo contuve el aliento y casi me olvidé de respirar cuando, acto seguido, la intrépida criatura se soltó del trapecio, giró en el aire como una peonza mientras el trapecio volaba hacia sus padres que se lo devolvieron inmediatamente y al que se agarró ella con precisión matemática, regresando de nuevo junto con sus hermanas. El público le tributó una ovación cerrada y yo exclamé, dirigiéndome a Holmes: -¡Esto es imposible! Él repuso sin inmutarse: -Lo ha hecho, luego es posible. -¡Si no lo hubiera visto con mis propios ojos!... -Pues prepárese para lo que viene a continuación. Conan Doyle, boquiabierto, no decía nada. La segunda niña cogió el trapecio y se sentó como si estuviera en un columpio, empezó a mecerse suavemente hasta tomar impulso e inesperadamente se colocó cabeza abajo sostenida en la barra solamente por la curva de sus talones... y se soltó dando tres saltos mortales en el aire, tan precisos, tan matemáticos, que saltó hacia el trapecio que se alejaba, sentándose nuevamente en él y saludó alegremente con la mano. Pude escuchar que Arthur mascullaba indignado: -¡Deberían prohibir esto; sólo son unas niñitas! Cuando le llegó el turno a la más pequeña, nos sorprendió ver como la mayor se sentaba en el trapecio, sobre sus hombros lo hacía la mediana, encaramándose encima de los de ésta la benjamina. Después, la mayor se puso de pie en el trapecio y las otras dos la imitaron empleando como base cada una los hombros de su hermana. De pie las tres, la mayor cobró impulso y dando un salto empezó a girar en torno a la barra del trapecio sustentándose únicamente en el empeine de ambos piececitos... y así, las tres hermana iban dando vueltas y mas vueltas en un molinete aterrador que súbitamente se deshizo, cuando las tres se soltaron, pero su padre ya estaba allí y, con sin igual destreza, las niñas se fueron cogiendo, primero la mayor a los tobillos del trapecista, la mediana se aferró a los de su hermana y la pequeña hizo lo propio a su vez con los de ésta última. Todo había sucedido en fracciones de segundo, y entonces, para aumentar nuestro escalofrío, la pequeña se desenganchó intencionadamente, dando vueltas sobre sí misma como una hoja seca en otoño, hasta caer en la red, luego la siguió la mediana y por fin la mayor. Rebotaron en la malla, y empezaron a saltar, “volando” de una en una, no podría describirlo de manera diferente, hacia su padre, para recomponer la cadena humana anterior, luego treparon, una detrás de la otra hasta sentarse, las dos mayores, cada una sobre un brazo de su progenitor cuyas manos se aferraban a las cuerdas del trapecio, y la pequeña encima de sus hombros. El número había concluido.
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