EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

HAY MÁS COSAS ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA...

Nuevamente en un tren, pero esta vez acompañado por Arthur que no se hacía tantas preguntas como yo, mostrándose, pese a lo excepcional de las circunstancias, bastante tranquilo; supongo que sus creencias le otorgaban aquella serenidad. Porque para él, lo estaba comprobando, lo insólito dejaba de serlo para convertirse en normal. Aunque con esto no quiero decir que me sorprendieran las excentricidades de mi amigo el detective, estaba acostumbrado a ellas, lo que me había turbado el sueño durante la noche, era pensar en que clase de peripecia extraña se estaba metiendo Holmes, ya que el caso de Margaret, Rose y Violet, no resultaba precisamente usual, y ahora había incorporado a Arthur, ¿para qué?; él no solía mezclar a los clientes en el desarrollo de sus investigaciones.

A la hora prevista, afortunadamente no hubo retrasos ferroviarios, llegamos a la estación sin saber que es lo que debíamos hacer acto seguido, ya que eso no nos lo había especificado Sherlock Holmes. Inspeccionamos el anden y no le vimos, consultamos el reloj de la estación comparándole con los nuestros por si íbamos mal, y todo se hallaba en orden: eran las 4 en punto de la tarde. Los viajeros empezaron a abandonar el recinto, y Arthur y yo tuvimos que hacer lo propio si no deseábamos llamar la atención. Salimos, pues, a la calle completamente desorientados y entonces un hombre mayor, con evidente aspecto de cochero, se acercó a nosotros respetuosamente, diciéndonos:

-Mister Hope les está aguardando.

Como hiciera un gesto con la mano, pudimos descubrir a un vehículo de alquiler apostado muy cerca y que mantenía las cortinillas echadas. Conan Doyle me lanzó una mirada de sorpresa porque no sabía de los alias que empleaba Holmes, pero yo asentí en silencio tranquilizadoramente, y juntos nos dirigimos al coche, cuyo pescante ocupó el conductor. Holmes en persona nos abrió la portezuela y subimos.

-¿Me puede usted decir que significa todo esto, amigo mío? –pregunté con verdadera irritación una vez me hube sentado, porque mucho me estaba temiendo que la puesta en escena fuera por completo gratuita, es decir, que, con menos despliegue, hubiéramos sabido lo mismo, pero Holmes amaba los golpes de efecto y eso no se podía remediar.

-Sencillamente, creo que estoy en la pista...

-¿Está usted seguro? –quiso saber Conan Doyle muy interesado.

-Un 75%, por eso les he hecho venir hasta aquí, ya que necesito de ustedes dos para que me lo confirmen.

-¡Por Dios bendito, Holmes, hable de una vez, no alargue más la espera!

-Bien Watson, voy a ello, pero como la historia es larga, permítanme que comience desde el principio, y, por favor, no me interrumpan ya que todavía hay que hacer otras cosas y vamos con el tiempo justo.

-¿Qué cosas?

-¡Es usted incorregible, Watson! –sonrió malicioso- Tenemos que ir al Circo Piombino.

-¿Al circo? –exclamamos a dúo Arthur y yo, y después de aquello, obedecimos guardando silencio porque con Holmes es imposible discutir.

-Después de haberse ido usted a la London Library, yo salí de casa, cogí el tren y me fui a ese pueblo en el que las casas aparecen y desaparecen como por arte de encantamiento... Debía inspeccionarlo para establecer mis propias conclusiones, no es que no me fiase de las suyas, pero dado lo extraordinario del asunto, necesitaba una tercera opinión, la mía.

Fui a buscar la casa y no la encontré, la valla blanca si y pude comprobar que el resto del paisaje permanecía fiel al retrato que usted, Watson, había hecho: un prado descuidado, algunos árboles y nada más, por tanto, ni siquiera me metí dentro de la propiedad. Luego, sin pensármelo dos veces, efectué una visita al profesor Abernathy, obviamente no presentándome con mi nombre sino como un pintor aficionado que había extraviado el camino, ya que portaba lienzo, caballete y maletín de pinturas, y puesto que el profesor debe hallarse bastante aburrido sin poder conversar con personas de un cierto nivel intelectual, me invitó a comer, al igual que a usted, y yo supe llevarle tan bien a mi terreno que pronto empezó a contarme todas las leyendas locales, incluida la que ustedes ya se imaginan. Bueno, debo reconocer que el hombre no varió un ápice la historia, pero yo supe sonsacarle nombres, cosa que usted no hizo, mi querido Watson, y así pude enterarme que la familia que habitaba en la casa destruida por el incendio se llamaba Beauregard... –al llegar a este punto le hubiese interrumpido muy a gusto, mas preferí callar por el momento-, y el padre John, al parecer Isabel le había ennoblecido y así el supuesto corsario podía firmar como John de Beauregard... Luego me enteré de más cosas, que no les pienso referir hasta después de que ustedes hayan asistido a la función del circo.

Como pareciera que se tomaba una pausa, inquirí tímidamente:

-¿Vio usted a Gracie y a Andrew?

-Esperaba esa pregunta –exclamó triunfante el detective-; no, no les vi y ese es el motivo por el cual les he hecho desplazarse hasta aquí...

-¡No me dirá usted que también han desaparecido!

-No, nada de eso, los niños no estaban pero existía una explicación racional que justificaba su ausencia... Habían marchado con su tía aquella mañana para coger el tren que les traería a esta ciudad en donde, por la tarde, iban a asistir a la función del Circo Piombino, ya que las atracciones y los números eran diversos y deslumbrantes para dos chiquillos... Hasta aquí todo muy normal y carente de interés para mí, pero al mencionar que uno de los números era el de cierto perrillo King Charles que tenía embobado al público y que respondía al nombre de Puck, las circunstancias cambiaron completamente... Con que me despedí en cuanto pude, sin parecer descortés, y corrí a coger el tren que iba a traerme aquí. Siendo sábado se daban dos funciones y yo tuve que asistir a la segunda forzosamente, ya que entre unas cosas y otras hube de buscar hotel y adecentarme un poco.

Llegó la noche y asistí a la representación circense... y vi al famoso Puck en acción, muy divertido e inteligente, pero luego llegó el plato fuerte, el número final, Puck era el penúltimo, que consistía en unos ejercicios de trapecio a cargo de la familia Piombino, los padres y sus tres hijas de corta edad, un espectáculo maravilloso que se titulaba “Los voladores”... Ya saben ustedes como son estas cosas, los trapecistas parecen volar por los aires desafiando las leyes de la gravedad... Todos nos quedamos fascinados contemplando sus increíbles acrobacias, pero lo más increíble de todo el número es que las niñas, hijas de los Piombino, no deberían tener sino, correlativamente, unos siete, ocho y nueve años de edad. Una era rubia, la otra pelirroja y la tercera poseía una hermosa cabellera negra como el ébano...

-¡Eran ellas! –gritó Arthur arrebatado de una disculpable emoción.

-No lo sé, no las conozco, ni tampoco al perro, por eso les he rogado que se reuniesen conmigo –repuso con su imperturbabilidad habitual Sherlock Holmes.

Sigue...

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