EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

Corsarios había habido muchos en la época que investigaba, con protección, o sin ella, de la reina, y entre los protegidos, abundaba en dónde elegir porque eran como una docena, indudablemente no de la categoría de Drake, pero sí importantes para la corona. Con doce nombres bailándome ante los ojos y escasa historia acerca de ellos, historia que me condujera a Yorkshire -ya fue en la biblioteca una labor minuciosa copiar todas sus referencias-, volví a inclinarme por un par de ellos, los que me parecían más apropiados, simplemente porque uno se estableció en esas tierras con su familia y el otro porque pereció en el incendio de su casa. Seguro que si Holmes releía todo aquello iba a elegir a cualquiera que se le antojase más acertado, menos a mis dos seleccionados, era propio de él, y también propio de mí el andar por caminos errados, aunque Holmes siempre me consolaba afirmando que mis “extravíos”, le ponían en el sendero correcto, aseveración que no sé si considerar halagüeña o impertinente.

El corsario que se estableciera junto con su familia, encajaba bastante con la descripción del que fuera acusado de brujería según las leyendas locales, pero las echaba por tierra ya que había fallecido de muerte natural, cosa poco acostumbrada en aquellos lejanos tiempos, en cuanto al segundo, soltero, o sin filiación matrimonial reconocida, y de mediana edad cuando decidió aposentarse en tierra firme, ese sí, al parecer tenía fama de excéntrico, raro, o misterioso, según quiera calificarse, y, pese a su fin trágico, que lo tuvo, vivió en la región dando muestras, en todo momento, de poseer fortuna.

Ahora bien, mediaban unas cuantas décadas entre la fecha de instalación de uno y de otro; el casado formó hogar allí veinte años antes que el segundo, y aún vivió quince más, mientras que el soltero murió cuatro años después de haberse retirado al campo. Además, para aumentar la ceremonia de confusión, en ninguno de ambos casos, residieron en la misma zona geográfica en la que estaba enclavada la supuesta casa de las tres niñas que habían fotografiado hadas, pues se encontraban muy alejados entre sí y dudo que incluso llegaran a saber el uno del otro en aquellas circunstancias, tiempos en los cuales las comunicaciones no eran las de hoy en día. Por otra parte, nadie que hubiera sido corsario lo iba a pregonar en su época, aunque la sospecha pudiese existir. Sin embargo, los nombres de los dos si correspondían al de un par de corsarios medianamente importantes, Jack El Rojo, o John de Beauregard, y Nathaniel Wilkes o Nat El Astuto. Del primero se decía que su cabellera era de un pelirrojo llameante y del segundo que era un verdadero zorro en cuestión de triquiñuelas y engaños. Beauregard se había inclinado por la vida familiar del rico hacendado y Nathaniel tal vez hubiera hecho lo propio de no perecer en un incendio, cuyas causas nunca se esclarecieron. Estos dos nombres, y sus evidencias, eran los únicos que mostraban una concordancia con los de ambos filibusteros, eso y que ellos, los dos corsarios, habían desaparecido de la vida activa en las fechas que Beauregard y Nathaniel se instalaban en Yorkshire; pero nadie les llamó nunca brujos.

En cuanto a los presuntos hechiceros que pudiesen haber vivido y muerto a manos del populacho enfurecido, ni rastro; allí nunca se quemó a nadie por brujo, o sea que la leyenda que me contó Abernathy no debía pasar de ser eso, una leyenda fabricada por el vulgo uniendo dos historias un tanto alejadas, luego, el transcurrir de los siglos hizo el resto. Con toda probabilidad la casa fantasma existiera alguna vez, en tiempos muy lejanos, y se incendió, como cualquier otra, pero al confundirse las cosas le quedó incorporado el marbete de una leyenda que no le pertenecía. Esos errores suelen ser frecuentes cuando la gente ama lo sobrenatural anteponiéndolo a las explicaciones lógicas. De ahí el nacimiento de los dragones que vomitan fuego, el de los unicornios y el de las alfombras voladoras.

Sin embargo, algo, en todo esto, no dejaba de preocuparme: la manifiesta buena fe de Abernathy dando por cierta le historia.

Repasé a continuación mis informes sobre las hadas y no oculto que lo llevé a cabo algo avergonzado,¡el doctor Watson igual que un chiquillo, a la caza de duendes!

Lo cierto es que nunca hubiese imaginado que llegara a haber tanta información sobre el tema; incluso sesudos investigadores lo habían estudiado ya que no constituía sólo materia para poetas y afines.

Apunté muchos datos, como es natural, y atrajo mi atención especialmente que el asunto de las islas que aparecen y desaparecen –mencionado por Conan Doyle-, estuviera a la orden del día en tan singular temática, también el de las hadas que vivían bajo el agua, y lo que no dejó de llamarme poderosamente la atención fue, sin duda, que se citara las viviendas de las hadas situadas en el interior las colinas, colinas que podían transformarse en palacios, castillos, o sencillas granjas a voluntad de sus mágicos poseedores.

Y luego, por lo que respecta a las islas –puntualizadas como “islas del oeste”-, estaban los nombres, tan fantásticos y sugerentes, Tire Nam Beo, o la Tierra de los Vivos, Tirn Aill, el Otro Mundo, Mag Mor, la Gran Llanura, Tir Tairngire, la Llanura de la Felicidad, Tir Nan Og, la Tierra de los Jóvenes, Tirfo Thuinn, la Tierra bajo las Olas.

Las hadas, según determinados autores, eran de una naturaleza intermedia entre los humanos y los ángeles, y sus cuerpos pueden ser sutiles y transparentes así como también cambiar a voluntad de tamaño y de forma, y Alexander Pope llegó a hablar de ellas comparándolas con “cuerpos fluidos semidesvanecidos en la luz.”

Siguiendo con mi investigación, descubrí que había muchas clases de hadas, las bondadosas, las severas, las bromistas, y que no les gustaba nada el que abusaran de su buena fe pidiéndoles favores, porque entonces castigaban al pedigüeño sin la menor indulgencia. También que las hadas  no sólo eran patrimonio de las Islas Británicas y el resto de Europa, sino que se hallaban diseminadas por todo el planeta, apareciendo incluso en Australia, y, que además, las hadas, eran de diversos colores, incluso listadas a rayas como algunos insectos, y, lo más singular, si es que todo lo antedicho no lo es ya de por sí, que sus denominadas alas no son otra cosa que fluido energético; realmente lo que hacen es flotar en el aire como los peces nadan dentro del agua.

Ahora bien, y pese a lo expuesto en cuanto a reparto geográfico, daba la impresión de que las hadas más importantes se distribuían entre Irlanda, Gales y Escocia, como si estos tres centros fueran un punto de partida ancestral, o su verdadera cuna, y, al respecto de enclaves, hasta se incluía el fragmento de una antiquísima canción escocesa, la de Angus el errante, que me dio que pensar, y cuyo comienzo dice así: Me interné en el bosque de avellanos, porque tenía fuego en mi cabeza.

(Los avellanos, el escondrijo favorito de las hadas y cuya presencia había advertido distraídamente en el terreno de la finca, cuando ya la casa se hubo desvanecido).

Pero todo aquello no eran más que fantasías, por supuesto, neblina en un atardecer de septiembre, como la que yo viera flotante sobre el mar de hierba por entre las cuales corrían los mellizos Andrew y Gracie, y que el bueno de Arthur no había dudado en calificado de materia feérica.

Sin embargo, una cuestión quedaba en pie, al margen de cualquier sensata consideración, Arthur y yo habíamos estado en el interior de la casa, él vio a las niñas y a sus tíos, habló con ellos y por mi parte había trabado conocimiento con Puck, un perro que no podía ver visiones, y me traje una muñeca que Conan Doyle identificó... Vamos a suponer, por suponer tan sólo, que mi amigo de juventud hubiera deseado chancearse de Sherlock Holmes, no atinaba yo cuál pudiera ser el motivo, y que hubiese mentido, pero yo no lo hice... y el supuesto de las flores alucinógenas se me antojaba un tanto desproporcionada si le agregamos la complicidad del aldeano, hombre demasiado tosco para ser sutil, o, según la teoría de Holmes, un mesmerizador avezado que me hipnotizase ayudado por los efluvios turbadores de las flores marchitas.

Todas esas hipótesis resultaban absurdas en demasía, propias de una mente brillante, sí, pero tal vez demasiado influida por la absorción de unas determinadas substancias a las que tan aficionado había sido Holmes en sus años pasados, y que a la larga no podían ser buenas para la salud... Eso, si no se burlaba de mí porque la aventura le pareciese indigna de ser tomada en serio.

Al llegar a este punto, lancé una ojeada maquinal al reloj de pared ya que empezaba a dar los cuartos y entonces me di cuenta de que habían transcurrido unas horas desde que yo me pusiera a repasar los apuntes, y descubrí lo muy embebido que debía de hallarme intentando clarificarlos, pues me pareció despertar entonces al darme cuenta, por primera vez en toda la tarde, que el reloj estaba desgranando su acostumbrado y familiar sonido.

La hora del té y Holmes sin aparecer; empecé a preocuparme. Marcharse sin dejar siquiera una nota, era muy propio de él si no tenía que desaparecer durante varios días, pero en aquella ocasión su retraso tuvo la virtud de inquietarme.

Como si la hubiera conjurado, Mrs. Hudson, llamó a la puerta de la salita.

-¡Adelante!

-Doctor Watson, acaban de traer este telegrama.

Me preguntaba si sería Arthur notificando algún nuevo descubrimiento, cuando el ama de llaves desvaneció el error con estas palabras:

-Lo envía Mr. Holmes.

Lo tomé precipitadamente, lo abrí y he aquí lo que pude leer:

“Traiga a su amigo. Mañana les espero a las 4 p.m en la estación de... –ahí venía el nombre de una pequeña localidad alejada de Londres- Ruego sean puntuales.”

Sheridan Hope”

Aquel era un seudónimo convenido para utilizar en casos de máximo secreto -o cuando ambos íbamos conjuntamente en misión, llamándome yo entonces Ormond Sacker-, y que tan bien conocía Mrs. Hudson por si alguna vez había que dirigirse a ella desde el anonimato, en consecuencia, el telegrama iba dirigido al ama de llaves aunque no fuese precisamente la destinataria del asombroso mensaje.

Me asaltó un extraño presentimiento.

-¿Vio irse a Mr. Holmes?

-Pues no, doctor Watson, una vez usted lo hizo, al rato, él se puso a tocar el violín, cosa que me incomodó bastante pues tenía que marcharme a despachar unos recados y ya se sabe lo poco que le gusta a Mr. Holmes el que le interrumpan, pero aun y así tuve que comunicárselo por si deseaba encargarme algo y él me dijo que a mi vuelta no le encontraría ya que pensaba salir, nada más.

-Está bien, Mrs. Hudson, está bien.

-¿Desea tomar ya el té, doctor?

-¿Cómo?... ¡Ah!, sí, si, puede traerlo, gracias.

Me quedé solo de nuevo y terriblemente inquieto; aun cuando Holmes era imprevisible en sus métodos profesionales, aquello se pasaba de la raya. ¿Tenía que ver esa localidad, curiosamente próxima al pueblo de la casa fantasma, con nuestro asunto o se trataba de algo por completo diferente?... Pero no, ¡necio de mí!, ¿cómo iba a ser algo diferente si solicitaba la presencia de Conan Doyle?

Mucho me temía que aquella aventura hubiera dejado atrás la fase de las especulaciones y la acción estuviese a punto de comenzar, si no lo había hecho ya.

Sigue...

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