EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

Arthur se había sumido en un extraño mutismo, y como no hiciera el más mínimo comentario, y yo diese por concluida mi exposición, Sherlock Holmes se dispuso a explicarnos lo que había hecho aquel día investigando en el asunto que nos ocupaba.

-Media hora después de que usted marchase, Watson, hice yo lo propio para encontrarme con el fotógrafo. No había concertado cita previa porque viniendo las señas en el reverso del sobre que contenía las fotos, y tratándose de un artesano que vive de su obra, y por tanto, necesita clientela por muy intempestiva que ella se presente en su taller, supuse que no era necesario. Con que me disfracé de caballero respetable de la City, me puse gafas, bigote y una imponente perilla, bombín y levita y de tal guisa me encaminé a la dirección que obraba en nuestro poder; cuando llegué, lo único que pude encontrar en el número de esa calle, fue una tienda en la que se vendían sombreros femeninos... Allí nunca había habido ningún estudio de fotografía... Huelga decirles a ustedes como me sentí, burlado, engañado, en fin, lo que quieran imaginar...

Arthur intervino dando muestras de una gran alteración.

-Caballeros, creo que todo esto es mucho peor de lo que nunca nos hubiéramos llegado a imaginar... Yo vine a Baker Street para que Mr. Holmes, descubriese el paradero de las niñas, pero cuanto escucho transforma por completo el caso ya que le añade nuevas e insospechadas perspectivas; estamos tirando del hilo de un ovillo que presumo se halla bastante enredado... Mi buen amigo John nos ha revelado sus pesquisas que vienen a complementarse con las realizadas por usted, Mr. Holmes, y el puzzle va encajando si yo añado las piezas que faltan.

-¿No nos lo dijo usted todo? –preguntó el detective frunciendo el ceño, ya que algo que le molesta sobre manera es que le escamoteen información.

-Sí, todo, menos pequeños detalles que juzgué intrascendentes y sin el menor valor... Lamentablemente yo no soy Sherlock Holmes, pero, ¿quién hubiera pensado que...?

-¿Qué? –apremió el investigador con el ceño cada vez más fruncido.

-La muñeca, por ejemplo... Cuando fui a su casa a visitar a las niñas, mi exclusivo interés se centraba en las hadas y no tenía oídos más que para cuanto me explicasen las hermanitas acerca de esas fotos y lo que pudieran haber visto... Me fijé, muy por encima, en que la pequeña, Margaret, llevaba una muñeca que no dejó ni un momento, mas como a las niñas les gustan las muñecas, el detalle no revelaba nada importante, al contrario, era de lo más normal: una niña con su muñeca, igual que mi hija... Antes he mencionado que incluso me dijo el nombre que le había puesto, y yo, aunque ciertamente no dejé de encontrarle demasiado solemne para un juguete, lo acepté sin sospechar nada...

-¿Qué tenía que sospechar?

-Nada, entonces, ahora en cambio... Espero que usted sepa esclarecer el misterio... Había bautizado a su muñeca con el nombre de Glorianna...

Di un respingo en mi butaca.

-¡Glorianna, la reina virgen!

-Sí, uno de los nombres por los cuales la denominaban.

Me quedé anonadado; yo nunca había creído ni en brujas ni en nada parecido, más que, como bien amonestase Abernathy, sólo en su papel de protagonistas de cuento, y ahora la realidad venía a demostrarme algo en lo que jamás hubiera llegado a pensar. Y me asustaba el considerarlo de tal forma.

La voz de Holmes sonó fríamente.

-Mañana mismo iré a comprobar si ese tipo de muñecas están de moda .

Era un razonamiento sensato, pero ni Conan Doyle ni yo podíamos aceptarlo de buenas a primeras porque las circunstancias no eran normales.

Arthur prosiguió:

-Las niñas me condujeron al jardín y me llevaron a los macizos de flores en donde, según aseguraban, había fotografiado a las hadas, entonces, se cogieron de las manos, la pequeña introdujo previamente en un bolsillo del delantal a su muñeca, y se pusieron a bailar en corro mientras cantaban una cancioncilla que yo no había escuchado nunca, ni siquiera en mi infancia, al terminar de cantarla, se soltaron y me contemplaron muy satisfechas; su tía me dijo:

-¿No le parece que son adorables?

Y yo le di la razón, pero, curioso, quise saber el título de la canción, y la señora respondió que lo ignoraba, que era muy antigua y que ya la cantaba su bisabuela, la nacida en Irlanda, pero entonces se me acercó Violet y me explicó:

-Ella la cantaba en gaélico, pero luego la tradujeron y el título se ha perdido, nosotras siempre la llamamos por sus primeros versos: En la casa/ dentro de la colina,/ arde un fuego/ que no ve el caminante...

Holmes le interrumpió con brusquedad:

-Eso no es un título: la cita es demasiado larga.

-Ya me lo pareció entonces, pero los niños tienen otro sentido de la medida... La música de la canción era muy bonita, extraña y melancólica, y, sobre todo, cantada por sus voces infantiles, sonaba de una forma deliciosa...

-¿Qué conclusiones extraes de esa canción, Arthur?

-Antes ninguna, pero después de lo que nos has contado, creo que las niñas sabían que era lo que había sucedido con la casa en tiempos de Glorianna.

-Si tenemos en cuenta –dijo Holmes irónico-, que la casa ha desaparecido quedando su presencia reducida a una leyenda, que usted vio a las niñas en ella, que tenemos las fotos, pero que el fotógrafo también se ha evaporado, que Watson estuvo dentro de esa casa fantasma lo mismo que usted y que sólo vio a un perro llamado Puck y recogió a una muñeca, que es lo único tangible que se posee, aparte de las fotos, de la existencia de las niñas “en esa casa”, si tenemos todo esto en cuenta, me permito opinar que estamos aún peor que al principio. Porque al principio nos preguntábamos por qué ellas habían desaparecido sin dejar rastro, y ahora la pregunta ha cambiado radicalmente, ya que la casa ha desaparecido con las niñas.

-¿Y qué me dice usted de la canción?

-¿Cómo indicio?

-En efecto; ¿no le parece que está señalando el incendio de la casa?

-¿Sugiere que las hadas se lo contaron a las niñas?

El rostro de Arthur se transfiguró al responder:

-Sugiero que no fueron las hadas sino los espíritus de los fallecidos en el incendio.

Yo abrí la boca pero no pronuncié palabra y en cuanto al detective, se limitó a morder, pensativo, la boquilla de su pipa.

-¿Y por qué ha desaparecido todo; forma parte del juego? –interrogó al cabo de unos segundos.

-Tal vez nada ha desaparecido –fue la insólita respuesta-, tal vez todo continúa allí, sólo que a veces se ve y en otras ocasiones no.

-¿Magia? –preguntó escéptico Holmes.

-Se le puede dar ese nombre –repuso condescendiente Conan Doyle.

 

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