EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

Sherlock Holmes me sirvió él mismo un brandy de nuestra provisión particular, léase escondrijo en una de las librerías, y después tuve que explicarles, por fin, todo cuanto sabía del caso, posponiendo de esta suerte enterarme a que motivo debíamos la presencia de Arthur en Baker Street en esos momentos y cómo le había ido a Holmes con el fotógrafo, porque algo debía de haber sucedido en tal sentido para que el detective estuviera malhumorado cuando me recibió.

Di comienzo a mi relato temblando interiormente ante la cantidad de despropósitos que iba a tener que soltar frente a aquellos dos caballeros tan serios.

-Estuve en la casa, Arthur, y es igual como tú la describiste, a lo granja de Anne Hathaway, preciosa y por dentro muy acogedora y amueblada con un gusto exquisito, pero allí no había nadie y todo daba muestras de que sus ocupantes habían tenido que abandonarla precipitadamente; en la cocina se preparaba una cena, y en el salón las flores estaban marchitas, la muñeca tirada en el suelo... Por cierto, un perrillo apareció inesperadamente cuando estaba yo en el jardín y fue él quien me introdujo en la casa como si la conociera muy bien, ¿pertenecía a la familia?, ¿le viste con anterioridad? En el collar podía leerse su nombre: Puck.

Conan Doyle se mostró sorprendido.

-No, no había ningún perro... Aunque, ahora que lo mencionas, me pareció escuchar en el jardín ladridos, mientras yo me hallaba en la sala con la familia, pero no hice mucho caso, la verdad; en el campo es normal que se tengan perros, sin embargo, en ningún instante vi perro alguno.

Holmes gruñó algo ininteligible.

-Prosigo... y les ruego que no se asusten demasiado por lo que viene a continuación ya que les aseguro que no fui víctima de alucinaciones ni nada semejante y que estoy dispuesto a jurar sobre la Biblia que todo cuanto voy a confiarles es cierto... Al salir de la casa –tomé un sorbo de brandy para darme ánimos-, al salir de la casa, en cuya verja no había letreros que la pusieran en venta, me tropecé con un hombre que conducía un asno cargado, y me dirigí a él para preguntarle si sabía que la casa aquella estuviese en venta, y...

Me quedé mudo sin saber como continuar; estaba seguro que después de lo que iban a oír, nunca más, ni Holmes ni Arthur me tomarían en consideración.

-¿Y bien? –exigió el detective con impaciencia. 

-Pues entonces el hombre me preguntó:-“¿Qué casa?”, yo me volví para indicársela, por otra parte era la única que había en la zona, y... y allí no había nada, sólo terreno, hierba crecida y ni rastro de casa; se había volatilizado...

Mis dos interlocutores se me quedaron mirando como el que ve visiones, actitud, por otra parte, que era de esperar, y Holmes me preguntó con cierto paternalismo:

-¿Había usted ingerido alguna substancia ... extraña en algún local del pueblo, si es que se paró a beber algo?

(¡Ya había previsto que diría algo parecido!)

-No soy tonto, amigo mío, me hubiera dado cuenta de ello, es decir, le hubiese achacado la culpa del desvarío caso de haber ingerido algo demasiado euforizante o de dudoso sabor; no probé ni una sola gota de alcohol si eso es lo que le preocupa, Holmes.

-Conociéndole ya sé que no, Watson –repuso él conciliador- Se trataba de una simple hipótesis dado el cariz de los hechos. Siga con su exposición, se lo ruego.

-A ello voy... Como les decía, la casa no estaba y tuve que disimular una confusión de lugar para que el aldeano no me tomase por loco... Pero él, entonces me contó una historia rarísima, la de los inquilinos anteriores de una casa que si había existido, pero que fue quemada...

-¿Hace muchos años? –quiso saber Arthur palideciendo.

-Demasiados –lancé una ojeada a la muñeca que ahora reposaba sobre una mesita auxiliar-. Eso pasó en las postrimerías del reinado de Isabel I.

-¿Glorianna? –exclamó incrédulo Sherlock Holmes.

-Sí.

-¡Dios mío! –suspiró Conan Doyle tan impresionado que entonces fui yo quien le mirase preocupado.

-Arthur, si...

-Nada, nada, no me pasa nada, continúa, por favor.

-La casa pertenecía a un caballero de gran fortuna, corrieron rumores de que había sido corsario al servicio de la reina y, tal vez envidiado por enemigos poderosos, a la muerte de la soberana fue acusado de brujería, muriendo dentro de la casa, según afirma la leyenda, con toda su familia, en el incendio, eso según el profesor Abernathy que fue quien me refirió la leyenda...

-Ese profesor no sería el aldeano.

-No, Holmes, pero fue el aldeano el que me habló del profesor en vista de mi curiosidad por el suceso... Sin embargo, esto es ya otra historia, como dice Kypling...

-Deduzco que hay algo más que la leyenda, ¿me equivoco?

-No, no se equivoca usted, hay algo más, en efecto.

-¿Qué es ello?

-Pues –comencé tras una corta vacilación-, se trata de unos sobrinos del profesor que ahora viven con el matrimonio para recobrar la salud en el campo, aunque a mí no me dieron la impresión de haberla perdido, ni de hallarse convalecientes. Se llaman Andrew y Gracie y son mellizos.

Cuando emprendía el camino de regreso para ir a coger el tren, los Abernathy fueron tan amables que me habían invitado a comer con ellos, me tropecé con ambas criaturas corriendo por el prado entre risas y alegres chillidos, pensé que jugaban a perseguirse y no hubiera dado mayor importancia al asunto de no descubrir que no corrían “uno detrás del otro” sino en direcciones opuestas como si alguien los estuviera persiguiendo a ellos... Se internaron en un bosquecillo cercano, y a poco el camino me condujo hacia el lugar en donde estaban... sentados los dos encima de esas rocas tan antiguas, ya saben ustedes a las que me refiero. Se encontraban sentados cubriéndose el rostro con las manos y contando en voz muy baja... como si estuvieran esperando a que alguien se escondiese... Mi irrupción no fue muy bien recibida y se mostraron tan hostiles como encantadores lo fueran en su casa, y allí estábamos cuando en eso hizo su aparición Puck, el perrillo, les pregunté si les pertenecía y no fueron muy explícitos que digamos, pero al menos supe que no era de ellos...

-Entonces, ¿era el perro el que los perseguía jugando? –me interrumpió Conan Doyle con una dolorosa expresión de angustia en el semblante.

-Eso llegué a creer por unos instantes, pero luego deseché la idea; los perros ladran y aquel sabía hacerlo ya que así atrajo mi atención en el jardín de la casa; corriendo en persecución de los hermanos hubiera tenido que hacerlo, porque si los niños estaban excitados y gritaban de júbilo, el animal debiera haberles coreado... Pero, y otro detalle revelador, mientras Andrew y Gracie daban señales de agitación por la carrera que habían hecho, el perro no, ya que ni siquiera jadeaba; apareció muy tranquilo y reposado y se sentó entre los pies de ambos, no se echó cuan largo era dando muestras de fatiga por el hipotético esfuerzo realizado.

Arthur, muy pálido el rubicundo rostro, me escuchaba como si su vida entera dependiese de mis palabras, en cambio Holmes fue enseguida al meollo de la cuestión según era costumbre suya.

-¿No vio usted al que corría detrás de los niños?

-Las hierbas estaban muy crecidas, sólo pude verles de cintura para arriba, con los cabellos brillando bajo el sol de la tarde... Si algún amiguito jugaba con ellos dos, habría tenido que ser de inferior talla, y, además, las hierbas sólo ondulaban a su paso, no a sus espaldas en la distancia; se mecían dulcemente llevadas por la brisa de una hora en la que la calima flotaba a jirones sobre el prado emulando a una niebla sutil.

Holmes me escrutó en silencio con aquella mirada suya tan penetrante y le vi sonreír de manera imperceptible.

-Watson, ¿nunca ha considerado la posibilidad de escribir poesía?

-¡Por favor! –protesté ruborizándome.

Sigue...

Inicio
© C. CARDONA GAMIO EDICIONES 2005 -EL SERIAL-