| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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Durante el regreso, luego de unos instantes distraídos contemplando la verde campiña a través de las ventanillas del tren, procedí a sacar una libreta que siempre llevaba encima cuando Holmes me encargaba alguna investigación, y me puse a redactar concienzudamente lo que podríamos denominar mi pequeño informe personal de los hechos. Primero: la visita a una casa que se desvaneció misteriosamente sin dejar la menor traza de existencia. Segundo: Mr. Abernathy, sus explicaciones y la actitud un tanto singular de Andrew y Gracie. Tercero: la aparición sorprendente de Puck, cuando ya lo suponía evaporado junto con la casa. Cuarto: la muñeca abandonada que seguía en el bolsillo de mi gabán. ¿Con que cara iba yo a presentarme ante Holmes, portador de semejantes anotaciones y con la narración de lo que parecía ser un cuento de brujas más que de hadas, debido a la serie de connotaciones sobrenaturales, y atemorizadoras, que encerraba? ¿Sobrenaturales, o absurdas? Acostumbrado a perseguir criminales, repito, todo aquello se me antojaba incluso una burla a nuestras capacidades deductivas: niñas, juegos, hadas. Niños, juegos, y un perro que aparecía y desaparecía como el muñeco de resorte de una caja-sorpresa. Yo había visto una antigua casa inglesa cuyo estilo emulaba las campestres de finales del siglo XVI, eso lo hubiese podido jurar sobre la Biblia, y había entrado en ella, había respirado el aroma marchito de unas flores que languidecían en sus búcaros, búcaros actuales, no de la época de las mocedades de Shakespeare, me había paseado por unas habitaciones de inequívoca decoración victoriana y había visto fotografías enmarcadas sobre muebles, cuadros que recordaban la escuela de Turner, había recogido una muñeca que llevaba en el bolsillo, cierto perrillo de unas características muy determinadas en cuanto a raza, me había hecho de guía, y más tarde ese mismo animal reapareció al lado de los sobrinos de Abernathy, haciéndose el desentendido conmigo. A buen seguro Holmes me preguntaría con mucha diplomacia si antes de emprender el camino no me había detenido en la taberna del pueblo a reconfortarme el ánimo con algún ponche especial. ¡Qué vergüenza, menuda aventura para relatar!, ¿y el bueno de Arthur, que diría de mi capacidad mental?... Aunque había estado también dentro de la casa y él, además, había hablado con las niñas, ¡o sea, que los dos no podíamos estar locos! La diferencia estribaba en que la casa había desaparecido a mis espaldas y en el caso de Arthur no, puesto que en sus dos viajes pudo contemplarla sin el menor problema. Una pregunta me intrigaba, ¿habría conocido a Puck, porque no había mencionado a ningún perro faldero, o tal vez lo obviara restándole importancia?; los perros suelen abundar en las casas campestres. Con una disposición de espíritu nada envidiable, descendí del tren en la estación, cogí un coche y desembarqué en 221B de Baker Street muy poco orgulloso de mí mismo. Sherlock Holmes me recibió malhumorado, lo que no contribuyó a mejorarme los ánimos, que digamos. -¿Qué, cómo le ha ido, Watson? -No sabría decírselo con certeza, Holmes. -¡Pues vamos bien!, esperaba que trajese buenas noticias al menos. -¿Al menos?, ¿significa eso que tampoco usted ha tenido suerte en sus pesquisas? Con la moral a la altura del pavimento, me dejé caer sobre un sillón ya que descubrí entonces que me hallaba verdaderamente agotado. -¡Por Dios vivo, Watson, ¿qué es “eso”?! Seguí su gesto con la mirada descubriendo lo que le había llamado la atención, y no era para menos; se trataba de la muñeca que acababa de extraer de uno de los bolsillos del sobretodo, ya que me encontraba demasiado cansado para despojarme de él antes de derrumbarme en mi butaca. -¿Se dedica ahora a comprar souvenirs en los pueblos? -¡Qué más quisiera yo, amigo mío, lamentablemente, esta muñeca es la única prueba que puedo traerle!... -¿Cómo dice? –me interrumpió él con irritabilidad- ¿Una prueba?, ¿qué prueba? -La encontré tirada en el suelo del salón, como si su dueña hubiera salido precipitadamente sin acordarse de volver a recogerla. A Holmes se la cambió el semblante. -Hum, eso que dice suena interesante... -Supongo que sí... Las flores se marchitaban en los jarrones y desde luego, la casa estaba completamente vacía a excepción de Puck y de mí. -¿Puck? -Un perrillo de raza King Charles. -¿De las niñas? -Lo ignoro, porque horas más tarde lo vi por el campo en compañía de otros chiquillos. -¡Ah! –emitió desencantado el detective, y en ese mismo instante, antes de que le hiciera la asombrosa revelación que me atormentaba, Mrs. Hudson, anunció desde el umbral de la puerta abierta: -Sir Arthur Conan Doyle. Que Holmes esperábale no me cupo duda alguna al ver como le recibía. -¡Me preguntaba ya si no iba a venir usted! –exclamó mientras estrechaba calurosamente su mano. -Excuse el retraso, el tráfico, a estas horas, está imposible. Arthur y yo nos saludamos, y también él se quedó mirando perplejo la dichosa muñeca, pero su perplejidad era muy diferente a la de Holmes, como pudimos comprobar enseguida. -¿De dónde la han sacado? –inquirió dando muestras evidentes de conmoción. -De la casa –apenas atiné yo a decir. -¿La reconoce? –quiso saber Holmes, innecesariamente a mi juicio. -¡Cómo no voy a reconocerla; Margaret la llevaba en sus brazos y no se separó de ella ni un solo instante mientras duró mi visita, incluso me dijo su nombre cuando advirtió que la miraba con curiosidad! Los tres contemplamos la muñequita con expresión hipnotizada, y yo lo mismo que si la viese por primera vez; no era más grande que un palmo de mi mano y entonces me di cuenta que vestía de manera algo anacrónica -¡necio de mí, pues en un primer momento había pensado que se trataba de una muñeca victoriana!-, y sus ropas ofrecieran claras muestras de haber sido quitadas y puestas muchas veces, lo cual significa que alguna prenda le debía faltar. Holmes me la arrebató. -Recuerda una pastora Isabelina –fue su ceñudo comentario, y luego miró a Conan Doyle acusadoramente como si éste fuese un delincuente peligroso. Sí, la muñeca recordaba una pastora, al menos en lo que de ellas ha llegado a nuestros días en cuadros de antiguos maestros o bien en grabados. -No lo sé –repuso contrito el bueno de Arthur, por lo que inferí que, igual que yo, no estaba al corriente de las modas infantiles en cuestión de muñecas, por más que tuviese una hija pequeña. Lo único que se me ocurrió decir fue: -¿Podría ser muy antigua? -Realmente lo parece, una pieza de anticuario, pero una joya de ese tipo no se le regala a una niña para que juegue con ella. -Sus tíos son muy ricos –argumentó débilmente Conan Doyle. -En tal caso serán ricos y atolondrados, lo que no habla mucho en su favor. Vuelvo a repetir que no se le regala este tipo de cosas a los niños para que jueguen con ellas, no es responsable y evidencia un claro desprecio hacia la conservación de los tesoros patrimoniales de nuestro país –replicó severamente Holmes, casi chillando acto seguido- ¡Fíjense –la cofia de la muñeca se acababa de soltar tan silenciosamente como se desprenden las hojas de los árboles y el cabello iba adherido a ella-, tiene parte del pelo quemado! ¡Es intolerable; tamaña negligencia debería estar penada por las leyes! Yo empecé a sentirme mal y Arthur se dio cuenta antes que Holmes, lo que ya de por sí es todo un logro. -¿No te encuentras bien, John? –me preguntó solícitamente. -Creo, creo que necesito beber algo fuerte –fue lo único que dije ante el desconcierto de nuestro amigo el detective.
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