| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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EL CASO DE LAS HADAS A Arthur Conan Doyle con admiración y respeto. De no haber sido domingo, día de reposo obligado, y por la tarde, tal vez no me hubiera sorprendido el hecho de que tocasen el timbre de la puerta de la calle con tanta vehemencia. Levemente molesto alcé la vista del libro que estaba leyendo, un fascinante tratado sobre la medicina en el antiguo Egipto, y miré a Holmes de manera inquisitiva como si él pudiese, una vez más, darme respuesta a lo insólito de aquel timbrazo en festivo y a semejantes horas, máxime cuando no esperábamos a nadie, porque no obstante el paso del tiempo, traspuesto ambos ya el umbral de los sesenta, viudo yo desde hacía varios años, Holmes retirado en Sussex ejerciendo de apicultor, retiro que rompía de tanto en tanto para reunirse conmigo en Londres, precisamente en el 221B de Baker Street ahora convertido en mi hogar, y luego de haber vivido todas aquellas aventuras que tuve el honor de compartir con él en muchos apasionantes casos, la inextinguible deformación profesional siempre brotaba de nuevo en cuanto algo fuera de lo corriente venía a quebrar de improviso la placidez de nuestras vidas. Pero Holmes no respondió a mi muda demanda; fiel a su costumbre de desaparecer mentalmente cuando se le antojaba, hallábase aún más absorto que yo, tumbado en su sillón favorito con el habitual atuendo casero de batín y zapatillas, contemplando el techo, mientras fumaba en su vieja cachimba de arcilla negra preso de una ensoñación que desde luego, lo apartaba de mí y de la confortable salita en donde nos encontrábamos matando las últimas horas de una jornada ociosa frente al cálido fuego de la chimenea en aquel desapacible día de principios de septiembre. Por unos momentos supuse que mi amigo se estaba adormilando, pero no, sus ojos, aunque entrecerrados, permanecían bien abiertos, así como sus oídos según pude comprobar de inmediato. La excelente, Mrs. Hudson siempre al frente de su pensión, abandonó la tarea que estuviera llevando a cabo en esos instantes, pues era el día libre del servicio, y fue a abrir al intruso que se permitía turbar nuestro sosiego dominical. Se percibió un lejano rumor de voces, en contraposición a la de ella la inconfundible de un hombre, y Sherlock Holmes dijo, sobresaltando mi escucha: -Grave debe ser el asunto que le trae al caballero para permitirse el atrevimiento de venir en domingo a encargarnos su caso, con la pretensión de que se lo resolvamos pasando por alto el hecho, indudablemente debido a su misma urgencia, de que hace ya tiempo que dejamos de ejercer. (En más de una ocasión, y aquella no tenía porque ser diferente, el empleo del plural por parte del detective, me había hecho pensar en la forma de hablar de los reyes cuando se refieren a ellos mismos.) -¿Y por qué ha de tratarse de un caso y de un caballero? –le rebatí- Bien podría ser un criado que trae la carta de su amo para otro huésped. Holmes, con displicencia, pareció rechazar la sola posibilidad de que pudiera haber alguien portador de una carta que no fuese para él. -No es un criado; de serlo, mi querido Watson, la eficiente mistress Hudson no estaría charlando con él en el vestíbulo ya que habría venido rápidamente a entregar la misiva, y ahora pregúnteme como sé que es un caballero –sin embargo no me dio tiempo a responder-. Lo sé, no lo infiero, porque el metal de su voz es educado y no habla precipitadamente, de esa manera turbulenta que acostumbran las gentes no refinadas, impacientes, un punto groseras y maleducadas... -Entonces... -No me interrumpa, Watson, haga el favor, nuestro hombre es un caballero, su problema no admite espera y le inquieta sobremanera, como resulta obvio, porque de lo contrario no se habría atrevido a arrostrar el enojo de una indudable esposa viniendo hasta aquí en domingo y arriesgándose a no encontrarme... -¿Cómo sabe que está casado? –le interrumpí involuntariamente. -Porque deduzco que es un hombre mayor, posiblemente de su edad Watson, un hombre joven no hubiese dejado a su esposa sola la tarde de un domingo... o a su prometida, en el supuesto de que fuese soltero; ella conoce el problema, no es de índole celosa y aunque le moleste el desasosiego de su marido, las mujeres suelen poseer un gran sentido práctico, es lo suficientemente inteligente como para no impedirle el que venga a verme. -¿Y si fuese viudo?... Aunque también pudiera tratarse de que ella hubiera desaparecido; no sería el primer caso... Holmes prosiguió como si no hubiese escuchado mis indicaciones basadas en experiencias similares. -El problema del caballero, para nosotros podría ser simplemente un caso más, le resulta en verdad acuciante y necesita de la máxima discreción para ser investigado, por lo que una tarde de domingo en la que la luz de las farolas intenta atravesar la niebla, es ideal si no se quiere despertar sospechas yendo a visitar al gran Sherlock Holmes el mejor detective consultor de Inglaterra aunque esté retirado ya... –después de hacer gala de su habitual inmodestia, la acentuó con una pausa teatral de esas que tanto le gustaba utilizar; es innecesario decir que estaba pensando en voz alta- O tal vez, al doctor Watson... Sí, quizás mejor a usted, ¿y por qué, amigo mío?, elemental, el hombre tiene que ser médico, un colega que visita a otro colega, pero no por una consulta difícil, que ya no procede... Quizás estudiaron juntos y se trata de un viejo amigo con él que usted quedó citado... Yo empecé a protestar: -Le aseguro, Holmes que nunca me atrevería a invitar a un antiguo condiscípulo con problemas sin habérselo dicho a usted previamente; lo contrario sería una encerrona y usted ya sabe... El detective desestimó la protesta con un gesto de superioridad. -No es a mí a quien tiene que convencer, Watson, no es a mí... Se trata de la gente, de lo demás, de los curiosos, de los mal pensados... o de los espías... -¿Espías? (Lamento reconocerlo, pero desde su famoso affaire suizo con Moriarty y las cascadas del Reichenbach, parecía que en ocasiones le asaltasen manías persecutorias, no sin su algo de razón, lo admito). -En efecto, amigo mío, espías que puedan seguir el rastro de ese asunto que inquieta tanto al caballero; si éste va a visitar a un antiguo compañero de Facultad, sólo puede ser para hablar de los viejos tiempos, así, el hecho de que el doctor Watson sea, casualmente, ese ex condiscípulo, no encierra ningún misterio, ¿no le parece?... Máxime si Sherlock Holmes, teóricamente, continúa en su casa de Sussex completamente alejado ya de la investigación policial. ¿Qué me iba a parecer?; la cabeza me daba vueltas. Él prosiguió implacable. -Si usted, Watson, leyera la prensa con el detenimiento que lo hago yo todas las mañanas incluso en el campo, posiblemente estaría atando los mismos cabos y no mirándome con esa expresión de asombro tan marcada... Un antiguo condiscípulo de la Facultad ahora en apuros, ¿no despierta esto ningún eco en su memoria?, ¿y que me dice del Strand Magazine, tampoco lo lee? –preguntó malicioso-, y si lo lee, ¿se ha fijado últimamente en algo que haya atraído de manera sensible su atención por la firma del articulista unida al contenido del artículo? Le miré sin dar crédito a lo que estaba escuchando ya que un único nombre me vino a la memoria con el consiguiente desconcierto; ¡era imposible, no podía ser! -¡Sir Arthur Conan Doyle! El detective asumió un ligero aire desdeñoso, muy efectista. -Elemental, querido Watson, ¿quién si no? Nunca he dejado de creer que Holmes algo tenía de brujo o de adivino puesto que sus deducciones siempre encerraban un punto de magia, y en esa ocasión, como de costumbre, no iba a verme defraudado. Los nudillos de mistress Hudson repicaron suavemente sobre la puerta del saloncito. -Adelante –dijo Holmes y la mujer penetró un tanto mohína. -Doctor Watson –dijo- abajo hay un caballero que desea verle inmediatamente, le he explicado que usted se jubiló ya y por lo tanto no visita, pero él insiste... Sherlock Holmes la interrumpió. -Está bien, mistress Hudson, está bien, dígale que pase. Ella me lanzó una fugaz mirada que no obtuvo respuesta. -Bien señor... Su tarjeta. Nos tendía la bandeja y en su centro contemplamos el blanco y pequeño rectángulo de la consabida tarjeta de presentación. Como Mrs. Hudson se hallaba más cercana a mí que al detective, éste me invitó a recogerla con un gesto, y así lo hice alegrándome de ello ya que estaba muerto de curiosidad por descubrir la identidad verdadera, y no meramente supuesta, de aquel obstinado desconocido. -Gracias, mistress Hudson. Agarré la cartulina con mano temblorosa por la incertidumbre, y leí en voz alta: -¡Sir Arthur Conan Doyle! Renuncio a describir mi gran estupefacción; miré boquiabierto a Holmes. -No se engañaba usted, fuimos compañeros en la Facultad, pero, ¡hace tantos años, tantos! El detective tuvo una de sus salidas acostumbradas. -En tal caso, no quiero turbar el reencuentro de dos viejos amigos. Mrs. Hudson, nos contempló a los dos con manifiesta perplejidad. -El caballero ha pedido por ambos, aunque al primero que haya mencionado haya sido al doctor Watson.. -¿Está usted segura? –preguntó Holmes haciéndose el menospreciado, pero yo sabía que estaba fingiendo. -Si señor. -Pues se equivoca usted... La buena educación de ese caballero le ha hecho pedir por los dos, pero a quien en realidad desea ver es al doctor Watson, no tenga la menos duda. -Si usted lo dice. -Lo digo... Watson, le dejo a solas para que reciba a su amigo de juventud. Holmes se incorporó ágilmente según costumbre que el paso del tiempo aún no había alterado, y ya se encaminaba veloz hacia la puerta que conducía a su dormitorio, puerta que hizo de escotillón tragándoselo acto seguido para desconcierto mío. La
patrona, sin cuestionarse nada más, con Holmes era difícil entregarse
a cualquier tipo de especulaciones mentales coherentes, salió también
y a poco sir Arthur Conan Doyle subía de dos en dos, apresuradamente,
los peldaños de la escalera, igual que muchos otros hicieran en tantas
ocasiones, entrando en nuestro santa santorum.
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