| V CAPÍTULO (1) | |||
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La
diferencia horaria de España a México se hizo notar ostensiblemente
y de esta forma llegamos a Cancún -aunque con la inevitable demora-,
primera escala del viaje, ya oscurecido.
Eché de menos el sol caribeño, tan alabado, pero me consolé pensado que a la mañana siguiente nos encontraríamos. Hace muchos años estuve en Grecia y pude apreciar la calidad de la luz, inigualable y yo diría incluso que escultórica, pero la luz, bajo el cielo de México -vista por mí, hasta entonces, a través de documentales-, es otra completamente diferente, tiene una vida y una alegría que parece traspasarse a sus canciones y al gayo colorido de las ropas típicas de sus habitantes, cosa que, la verdad, sentía curiosidad por ver, lo cual tuvo lugar al día siguiente, pudiendo constatarse como allí el color blanco es un blanco de doble intensidad y el color rojo no excita sino que reconforta el alma, mientras que el azul del cielo y el del mar, componen la más variada gama que hubiera visto yo nunca; una pura delicia. (Indiscutiblemente, la cuestión medio ambiental cambió de manera sensible cuando llegamos a México D.F.) Del aeropuerto fuimos conducidos a un magnífico hotel que se hallaba más o menos justo a la orilla de la playa, la playa de arenas más blancas y limpias que haya visto en toda mi vida, y prácticamente en el centro de un palmeral maravilloso. Sin excepción, estábamos muy impresionados y no había para menos. Alojados convenientemente, yo había pagado un suplemento para disfrutar en todo el viaje de habitación individual, procedí a deshacer mi equipaje y a darme una gratificante ducha que hubiera prolongado eternamente de no haber mediado el insistente timbrazo del teléfono que me arrancó, chapoteante e irritado, todo hay que decirlo, del agua. -¡Diga! -¡Hola, soy yo!...¿ A qué estaba usted en la bañera?, ¿verdad que parece una piscina?... Yo también me he dado un gran baño, ahora voy a vaciar las maletas... Tenemos una habitación doble preciosa, con vistas al mar, ¿y usted?... Le llamaba para decirle que se ponga muy guapo, dentro de media hora paso a buscarle. No tuve tiempo de contestarle, porque cuando iba a hacerlo, colgó el aparato. Me quedé con el auricular en la mano, mojado y envuelto en la toalla. ¡Qué pena no ser joven, Dios mío; ahí estaba yo, a mis 64 inútiles años –casi 65-, y con una cita concertada, bien que de mí no había surgido la iniciativa, y la que me llamaba era una deliciosa muchachita!... ¡Las bromas que nos puede llegar a jugar el Destino! Prevenido por el folleto de instrucciones de la agencia, me había llevado ropa adecuada para tal viaje, llegando incluso a comprarme un smoking blanco, el primero que llevaba en mi vida, reservado a ocasiones como aquella y que era de suponer no se iban a prodigar en exceso, lo cual representaba un gasto escasamente amortizable... pero necesario... Por otra parte, ¿acaso no podía hacer lo que me viniese en gana? Pasaba casi un cuarto de la hora prometida, cuando golpearon discretamente a mi puerta, fui a abrir y allí estaba ella sola –por unos instantes había llegado a temer que se me presentaría con su obligada compañera de habitación, apéndice de una ruidosa célula de cinco señoras más que otoñales y convenientemente alucinadas-, sola y tan increíblemente adorable que sentí que me quedaba sin respiración al verla; endosaba un vestido blanco, debía ser su color favorito, lleno de alegres bordados, muy mexicano el y que más tarde me enteraría había comprado en la tienda del hotel apenas llegamos. -¡Está usted ... maravillosa! -balbuceé. Ella sonrió alegremente. -Y usted guapísimo... Sí, sí que se parece a Sean Connery... ¿Bajamos? Y con la mayor naturalidad del mundo se cogió de mi brazo. Bueno, llegados a este punto creo que debo que confesar algo: en aquellos momentos no me hubiera cambiado ni por mi ahijado ni por nadie, y por primera vez bendije la jubilación, bendije LA RUTA DE QUETZALCÓATL-KUKULKÁN, y hasta bendije a los brujos ya que gracias a ellos, a su revista, estaba allí con Daisy, y no me sentí ni viejo, ni abuelito al cuidado de una radiante nieta, sino todo lo contrario. (¡Esa chiquilla, mira que compararme con Sean Connery, al final me lo iba a creer y todo!) Se nos había reservado una parte del comedor como expedicionarios de un viaje concreto y allí nos reunimos todos, mal a mi pesar puesto que yo hubiera deseado un tête a tête en algún ángulo discreto, y tuvimos que compartir mesa con otras cinco personas vocingleras e insoportables, por suerte no celebridades del mundillo pero sí dilettantes infatuadas, todas mujeres, que parecían saber más de ocultismo que los auténticos profesionales. Estábamos ya a los postres cuando una de ellas, que desde el principio reventaba de curiosidad, no pudo más y quiso saber que tipo de lazo nos unía a la jovencita y a mí, y entonces Daisy, con un aplomo que me llenó de estupefacción, dijo: -El señor es un amigo de la familia y hacemos juntos el viaje. Aquella salida me hizo reparar en un detalle, ¿cómo a una chica tan joven le permitían realizar ese largo viaje, sola, y por que nadie la había ido a despedir a la terminal de autobuses?... Sí, ya sé que en los tiempos actuales la juventud se mueve a su aire, pero en esta ocasión yo no veía a Daisy como la representante típica de las chicas de hoy. Esta reflexión me intrigó y entonces caí en la cuenta de lo poco que sabía de ella, únicamente que era estudiante y que compartía piso con su prima la de la agencia de viajes, nada más. Mientras sonreía a las matronas cotillas que nos rodeaban, me prometí a mí mismo que investigaría tales pormenores referentes a mi encantadora amiguita. Después de la cena, los comensales nos dispersamos, aunque debo reconocer que luego volveríamos a reencontrarnos paseando por la playa a la luz de la luna. Eran las últimas noches de plenilunio y la luna lucía aún lo suficientemente grande como para iluminar las noches caribeñas. Habíamos estado en la terraza tomando el fresco mientras a lo lejos, desde el hotel, llegaba el rumor de la orquesta con los sones sentimentales de las canciones de amor mexicanas, María Bonita, Volver, etc., cuando Daisy me propuso dar un paseo por la playa y acepté. Ella se descalzó para caminar por la arena y yo hube de imitarla. Una suave brisa agitaba los palmerales, el mar olía a mar, cosa insólita en estos tiempos y las aguas, de tranquilo oleaje, brillaban plateadas bajo la noche. -¿No le parece todo un sueño maravilloso?, estamos en el Caribe, el mar de los piratas... Y no hay piratas, que pena, ¿verdad?... Encuentro que a este viaje le falta un mini crucero por Jamaica, Isla Tortuga... ¡Me encantaría hacerlo!... ¿A usted no? Sonreí con indulgencia. -Aunque lo hiciéramos no encontraríamos ni galeones ni piratas... Ya pasó la época. -Siendo jovencita –resultaba gracioso que dijera eso-, leí unas viejas novelas que guardaba mi madre, eran una especie de seriales que se daban por radio cuando ella tenía mi edad, y que hablan de piratas y raptos y aventuras románticas... El pirata era un convicto fugado y raptaba a su gran amor que luego, por equivocación, era su hermana gemela, la del gran amor, esta buena y la otra mala, pero él no sabía nada ni de gemelas ni de quién era buena o mala... Se casaba con ella para vengarse, con la que él creía que era la auténtica, porque se había burlado de él, y la otra, la buena, se enamoraba de él y luego él se enteraba de que ella no era ella y... En fin –suspiró-, que a mí me hubiera gustado mucho ser ese personaje. -¿Le gustaría que la raptase un pirata? -Hoy no existen piratas, al menos como aquellos –dijo melancólica-, y los de ahora te cortan en pedazos y los van mandando a la familia mientras exigen el rescate... Pero, sí –levantó la cabeza para mirarme-, me gustaría que me raptase un pirata, por lo menos como el de la novela... ¿Se imagina?, detrás del palmeral, hace 400 años, un galeón español, usted y yo aquí, usted el almirante de la flota, yo la hija del gobernador de Jamaica... Vamos paseando por la playa y me secuestran, a usted lo dejan mal herido, yo me desmayo y cuando abro los ojos estoy a bordo del Huracán de los siete mares, prisionera del malvado Pirata Negro... -... que luego resultará ser más bueno que el pan y del que usted se enamorará locamente. Ella se quedó pensativa y no me respondió. Aquella conversación carecía de importancia o yo no se la concedí pero, cuán amargamente la recordaría semanas más tarde bajo la verde fronda de una selva de localización imprecisa, y frente al gigante milenario de una siniestra pirámide derrumbada, reprochándome una y mil veces no haber vigilado más cuidadosamente los impulsos noveleros de la pequeña Daisy.
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