IV CAPÍTULO (2)

Después de toda aquella avalancha de información, aterrizamos en Barajas. Se nos autorizó entonces a dispersarnos hasta el momento en que cogiéramos el vuelo a México, recomendándosenos encarecidamente el que no nos alejáramos demasiado y luego de reestructurarnos, se había agregado el nuevo contingente de viajeros, y de hacernos una cuantas fotografías de todo el bloque para EL MUNDO DE LA PUERTA TRIANGULAR, amén de la posteridad, se nos dio suelta.

Entre unas cosas y otras, todo el mundo tenía diversas necesidades que satisfacer; una de las cuales era la de llenar el estómago urgentemente aunque no se tuviese verdadero hambre, síndrome del viajero que permite así aplacar sus nervios. Un reducido grupito de no famosos, del que la muchachita y yo formábamos parte, decidióse por la cafetería del aeropuerto, mientras que algunos, más previsores, echaban mano de bocadillos caseros y asaltaban las máquinas expendedoras de refrescos, y otros desaparecían buscando en la calle, a bordo de serviciales taxis, un lugar en donde comer más desahogadamente.

Mi joven amiga y yo tuvimos que esperar largo rato antes de que pudiéramos acceder a algún tipo de sucedáneo comestible y a una bebida en envase de papel, ingeridos prácticamente de píe antes de que unos amables compañeros de expedición no nos llamaran a compartir su apretada mesa.

A Dios gracias no eran demasiado habladores, tal vez porque estaban cansados y tenían hambre; toda nuestra charla se redujo a lugares comunes, luego quisieron ir a telefonear a la familia y esto le recordó a mi amiguita que había prometido en casa que llamaría desde Madrid para decir que todo iba bien –borboteante explicación de que sus padres vivían en un pueblo de la provincia de Barcelona y ella en esta con aquella prima suya de la agencia, estudiando idiomas, ya que pretendía ser traductora simultánea-.

-¿Quiere llamar también usted?

Me quedé perplejo; ni Carmela, ni, por supuesto, Raboseta, estaban esperando ninguna llamada mía... Y, de pronto, me di cuenta cabal de lo lejos que habían quedado, ya no en la distancia sino en el tiempo. Era como si pertenecieran a otro mundo y a otro estilo de vida, y hasta yo mismo, que ya no podría ser nunca la misma persona que había sido antes de embarcarme en aquella aventura. Evoqué a la adusta portera y a mi gata como si las mirase a través de prismáticos y las vi empequeñecidas, y, sobre todo, comprobé sorprendido, muy distantes de mí... y con ellas toda la monótona cotidianidad de mi vida anterior... que a esas alturas no se me antojaba mía sino de otro.

-No tengo a nadie a quien llamar.

Ignoro cuál fue mi acento al decir estas palabras, pero tuvo que sonarle a desconsuelo en los oídos de mi compañerita, porque me contempló con expresión compasiva.

-¿A nadie, a nadie?, ¿no tiene hijos, nietos y cosas así?

Resultaba obvio que no ignoraba que yo era viudo, y entonces recordé que su prima me había preguntado por mi estado civil.

-Sí, sí, tengo hijos, bueno, un hijo, y dos nietos, pero la conferencia iba a salirme bastante cara porque viven en Australia.

Su simpatía se convirtió en deslumbramiento.

-¡Caramba, Australia, el país del PÁJARO ESPINO, ¿vio la serie de televisión?... ¿Su hijo fue de emigrante?... ¿Qué edad tienen sus nietos?

-Mi hijo no fue de emigrante, es un excelente arquitecto y ganó su puesto de trabajo en una convocatoria internacional, algo parecido a unas oposiciones, ¿sabe?...Y mis nietos, un niño y una niña...

-¡Que lástima que estén tan lejos!, ¿no?... Así que en Barcelona usted no tiene a nadie...

-Bueno, amigos de juventud algunos aún quedan, pero ahora están de vacaciones... Y como tener, tener, tengo un ahijado que es modelo publicitario, aunque siempre está dando vueltas por el mundo...

-¿Modelo publicitario?...¡Es fabuloso, un modelo publicitario!... ¿Y que tipo de anuncios hace?

-Campañas por regla general, refrescos, coches... Lo que se estila en estos casos...

-¿Sale en la tele?

-Sí, pero es modelo internacional, trabaja para una agencia italiana...

-¡O sea, que sale en todas las televisiones y en todas las revistas del mundo!

-Algo parecido.

-¿Aquí pasan sus anuncios?

-Sí, muy a menudo... Mire, hace poco... ¿Se acuerda de una serie de anuncios que presentaban ropa de fibra ecológica?

La niña abrió unos ojos como platos.

-¡No me diga que su ahijado es Francesco!

-Pues si –repuse sorprendido por la rapidez de la detección.

-¡Y usted es su padrino! –me miraba ahora como si yo me hubiese transformado en el hada madrina de Cenicienta- ¡Usted!...¡Oh, esto parece un sueño!

-¿Sabe de quién hablo?

-¡Cómo no lo voy a saber si es el hombre más guapo del mundo!

¡Caramba, nunca hubiera pensado que mi ahijado gozara de semejante prestigio!

-¡Pse, no está mal! –comenté por decir algo e intentado restar importancia al asunto.

-¡Guuuau, y tanto que no está mal, está buenísimo, de infarto!-exclamó ella dentro del más moderno estilo juvenil de hoy en día y que debo confesar me repatea los tímpanos siempre que lo oigo- ¡Qué lástima que no haya venido en nuestro viaje acompañándole a usted, claro que para él viajar no representa ninguna novedad, en cambio, para nosotros!...

-En efecto, es lo que se dice un trotamundos –dije con satisfacción de padrino, aunque debo admitir que algo envidiosillo del entusiasmo, por otra parte lógico, que acababa de despertar vía ahijado-. Y si le desea conocer, pues mire usted, él va a venir a verme en septiembre...

Me interrumpió enloquecida de alegría:

-¿De verdad va a venir, de verdad?... ¡Oh, que maravilloso, ¿me lo presentará usted, querrá presentármelo?!

Yo asumí un aire de protectora galantería.

-Si usted sigue siendo mi amiga, no tendré el menor inconveniente.

Y ella espontánea, arrebatada y efusiva se tiró a mi cuello, propinándome un par de sonoros besos que por lo inesperados me hicieron enrojecer y azorarme. Mas, como de costumbre, su acción en curso se desmemoriaba de la causa que la motivara con la misma velocidad que gira una veleta; aún tenía mucho que aprender respecto a sus impulsos y sus palabras, que poseían la cualidad de los fuegos de artificio por lo fulgurantes e instantáneos.

-¿Sabe? –remató sonriente-, se me acaba de ocurrir, ¿se imagina que Francesco fuese la persona de la que me habló Madame Rena?, porque usted es su padrino y usted está aquí y yo también, y usted y yo hacemos juntos el viaje a México...

Y con la volubilidad que la caracterizaba, echó a correr en busca de un teléfono público mientras yo empezaba a pensar, con incipiente ojeriza, en mi guapo y atlético ahijado de ojos azules, labios sensuales, blanca sonrisa de dentífrico, y negros cabellos. 

Por fin cogimos el avión, aunque con media hora de retraso, lo cual, dadas las circunstancias no resultaba excesivo.

Antes del embarque, la directora de EL MUNDO DE LA PUERTA TRIANGULAR, nos dirigió la palabra diciendo sonriente que esperaba que nos portásemos bien, que nadie se perdiera, y, que, sobre todo, llegados a México, no dejáramos de obedecer puntualmente a nuestros guías, como ella misma haría; a continuación tomó la palabra Teo Guasch, lo que me hizo comprender que él iba a ser nuestro asesor esotérico turístico.

-De modo que cualquier duda, cualquier consulta, ya sabéis todos adonde dirigirla –concluyó Hortensia Bello con una sonrisa.

El vuelo fue tranquilo y sin incidentes. Mi joven acompañante, a quien le volvió a tocar el asiento de ventanilla, se mostró menos locuaz en esta ocasión, supongo que la energía gastada durante aquellas horas primeras y el cansancio natural de los sucesivos transbordos, empezaba a hacer surtir sus efectos; de todas formas habló en razón de lo que para otras personas sería mucho y para ella poco y el resto del viaje se lo pasó durmiendo intermitentemente.

Bajo la inmensidad de un cielo carente de perspectivas y en uno de los momentos en los que ella dormía, me dediqué a contemplarla a mi sabor, tranquilamente, y sin miedo a que nadie me sorprendiera pudiendo emitir posteriormente juicios malintencionados.

Era bonita como un ángel y su expresión en el sueño hermosa, reposada, la de una niñita inocente y dulce que sólo soñara con visiones agradables. Lucía una melena a lo paje y sus cabellos eran de un delicado rubio dorado. Vestida de blanco como ya he dicho, sostenía sobre las rodillas una informe bolsa de viaje, regalo forzoso de la agencia turística para tales ocasiones y que todos nos veíamos en la obligación de acarrear. Con la cabeza apoyada sobre la ventanilla y las manos laxas encima de su bolsa, componía un espectáculo encantador y pensé, no sin envidia, en lo afortunado que podía ser mi ahijado si llegaba a conocerla... Privilegios de la juventud, supongo... Yo allí no era más que el anciano y simpático padrino, que en esta ocasión podía hacer de Cupido... ¿Se llegarían a enamorar caso de conocerse?, lo mismo al estúpido de Francesco ella no le atraía en lo más mínimo, porque es sabido que los jóvenes de hoy en día parecen imbéciles en cuestión de gustos... Igual la rechazaba, pero, ¿y si no?, ¿y si era todo lo contrario?, ¿y si encima –sentí un escalofrío al imaginarlo-, se aprovechaba de ella y le tomaba el pelo?... ¡Ah, eso sí que no, en modo alguno, cómo intentara divertirse a costa de la jovencita iba a saber quién era su padrino, y me importaba un bledo lo emancipado que estuviera, porque yo le iba a hacer cumplir como los buenos, vaya, faltaría más!

Después de tan decimonónico estallido de ira, me sentí mucho más tranquilo y me arrellané cómodamente para seguir disfrutado, bien que a hurtadillas, del bello espectáculo de lo que podría llamarse “la edad de la inocencia”, y no menciono el título la novela, sino el del famoso cuadro.

La dulce muchachita rubia que dormía a mi lado apaciblemente, parecía ser el espejo en donde se reflejasen muchas cosas enraizadas en mi pasado, los románticos ensueños de juventud –una juventud bien distinta de la actual, por cierto, ya que nuestra adolescencia había conocido una posguerra muy dura-, aquel ideal de belleza y perfección que leíamos en las censuradas novelas de moda, y aún en los éxitos foráneos, algunos prohibidos aquí, o no bien vistos, pero que siempre nos llegaban a las manos después de haber viajado por insólitos caminos; la niñita viajera que marchaba en pos de su príncipe azul mexicano –le diría yo cuatro cosas a Madame Rena, llegado el momento-, representaba todo un símbolo de cierta época ya desaparecida. Ella todavía creía en los milagros del amor, en que las ranas podían ser príncipes encantados, en que la Bella Durmiente cayó en un largo sueño de cien años después de pincharse con un huso, en que las brujas y los magos existían, ¿cómo sino volábamos en el avión del absurdo rumbo al país de Nunca-Jamás, ese, que por mucho que busquemos no vamos a encontrar en ningún mapa de nuestro Atlas?

Bonita, infantil, novelera... Indudablemente pertenecía a mis tiempos y sólo un desfase del Destino, nos había colocado juntos... para nada; toda una broma pesada que no cabía reír

Experimenté el deseo de coger su mano y besarla, porque yo no podía ser otra cosa para ella que su caballero andante, su protector. Verla tan indefensa en el sueño enternecía...

Y entonces me di cuenta de que ignoraba su nombre, habíamos pasado todo el día juntos charla que te charla y, sin embargo, lo desconocía.

-Te llamaré Daisy –pensé evocando a mis añorados personajes de ficción, que tan bien supo retratar Scott Fitzgerald-. Te llamaré Daisy porque me la recuerdas.

La recordaba, en efecto, pero en mi mente se superponían dos imágenes: la de la novela y la de la película, y era en la de esta última, con quien yo identificaba a mi adorable compañerita.

-Pero –agregué para mis adentros-, este nombre será sólo mío.

Curiosamente acababa de acogerme a un antiquísimo ritual mágico del que nada sabía: el poder del nombre secreto, el nombre  amuleto, el nombre clave, o llave, que permite el acceso al universo oculto. Pronunciaría Daisy y Daisy sería mía, mía en su reluciente esfera de sueños, de lo improbable, de lo imposible, encerrada entre las páginas de un libro al que la pantalla cinematográfica otorgaba múltiples facetas... Intuí entonces lo que podría ser el mundo de la puerta triangular, lo intuí como una premonición, yo, el ser racional y objetivo que si no experimentaba no creía, pero todo quedó en un confuso atisbo porque aún no era el momento; el discípulo empezaba a preparar su viaje...

Creo que yo también me dormí tal vez unos minutos y en ese breve lapso de tiempo tuve una concatenación de sueños incoherentes como suele ser normal. Imágenes extrañas  poblaron mi cerebro adoptando visos de realidad. Se me habían cerrado los ojos contemplando a Daisy apaciblemente dormida y su rostro se trasladó al ensueño transformándose poco a poco en alguien que, sin dejar de ser ella, no lo semejaba en absoluto... Me explico: Daisy era blanca y rubia mientras que la nueva muchacha no. Lo mismo que cuándo contemplas el negativo de una fotografía, los colores se hallaban invertidos cambiándolo todo; yo contemplaba un rostro oscuro, moreno, coronado por una cabellera de igual tonalidad aunque mucho más intensa, suave mata de seda negro azulada, un rostro que parecía cincelado en bronce y que, no obstante, estaba vivo porque bajo la piel se adivinaba circulando la sangre, y el compás de la respiración, al agitar dulcemente su pecho, confirmaba el espejismo... Paulatinamente la imagen se desvaneció mezclada con el brillo metálico de una especie de abalorios que empezaban a brotar en su cuello, orejas y pelo... Mas la secuencia continuó, ahora mucho más confusa: templos mayas o aztecas, selvas impenetrables, un extraño dolor en el costado... Desperté con sobresalto mirando en derredor mío sin comprender en donde me hallaba, hasta que finalmente hube de situarme, descubriendo que si el costado me dolía ello era debido a una mala postura.

Me quité las gafas de sol –absurdamente innecesarias-, y me froté los párpados. Habían aparecido las primeras estrellas en el cielo en tanto que en la dirección del hipotético ocaso, un cálido resplandor anaranjado se hacía cada vez más distante. ¿Qué invisible línea divisoria habíamos atravesado en ese espacio sin horizonte? En el rostro de mi amiguita las sombras se deslizaban sobre sus rasgos jugando al claroscuro con la complicidad de la luz eléctrica que brillaba desvaídamente encima de nuestras cabezas.

Volví a dormirme, en esta ocasión si hubo sueños los olvidé, y el resto del vuelo transcurrió sin sucesos dignos de mencionarse a menos que deje de consignar un pequeño incidente que si bien en su momento no atrajo demasiado mi interés, resurgió en la memoria con posterioridad en toda la amplitud de un siniestro recordatorio.

Los hechos se desarrollaron así: luego de la cena intentóse distraernos con una película de efectos más que somníferos –se ve que en los vuelos transoceánicos todo se va en dormir y comer-, y al cabo, otra vez me desperté comprobando que habían transcurrido unas cuatro horas, me dispuse entonces a ir al servicio en medio de un silencio roto tan sólo por el zumbido de los motores y los intermitentes ronquidos del resto del pasaje; al encaminarme vi venir en dirección opuesta a la mía a un hombre joven, fortachón, con cara de pocos amigos, latinoamericano si había de fiar en sus rasgos, y que parecía proceder del mismo lugar hacia el cual yo me encaminaba; el encuentro hubiera pasado sin pena ni gloria de no habérseme ocurrido pensar que aquel individuo no era un integrante más de nuestro grupo, cuyo número bastaba, por otra parte, para completar cualquier vuelo de esas características.

-Buenas noches, señor –saludó educadamente con acento mexicano; probablemente alguien que regresaba a su país.

-Buenas noches –repuse yo con una leve inclinación de cabeza.

Y eso fue todo.

 

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