| III CAPÍTULO (2) | |||
|
|
|||
|
-Nada
malo, no se asuste, visitaremos las ruinas de... Bueno, el itinerario
ya viene en el folleto, pero además vamos a tener la oportunidad de
asistir a una conferencia en la que hablará Dulcedumbre Foliot y también
Drassida y Derenna –por eso el programa ha tenido que ser alterado a
la fuerza-, y visitaremos al chamán Don Homedes, muy viejecito ya el
pobre, pero algo increíble, y podremos ver el eclipse de sol asistiendo
a un sacrificio ritual incruento...
Aquello rebasaba mis capacidades de aguante. -¡Un momento, jovencita, un momento!, ¿de qué está usted hablando? Ella me contempló con patente asombro. -No me diga que “tampoco” sabía lo del eclipse... -¡Al cuerno con el eclipse!, algo he oído decir o he leído, sin embargo ese fenómeno carece de importancia para mí, lo que sí la tiene es lo que acaba usted de mencionar sobre un sacrificio... -... incruento... ¿No se ha dado cuenta de que he dicho, incruento?... Allí no se va a matar a nadie... Consiste en un ritual muy bonito y totalmente místico-esotérico... El contactado Riscal afirma, porque se lo han dicho los extraterrestres, que avistaremos un ovni y que tal vez tengamos un encuentro en la tercera fase, como en la película de Spielberg... ¡Dios mío, 40 años dedicados a la química, para llegar a este final demencial, atrapado en un viaje que no era lo que parecía y en compañía de un hatajo de locos! La muchachita seguía hablando tan tranquila. -... ¿cómo podía usted ignorarlo? Si no lo sabía, ¿cómo es que se ha decidido por este viaje, precisamente éste?; hay muchos que van a México pero no patrocinados por una revista paracientífica... ¿Fue quizás el precio, tan barato?... Imagino que debió ser eso, ¿no? Con el tiempo me acostumbraría a esos “¿no?” que jamás esperaron respuesta, a su inocente sinceridad y a su buena fe indiscutible. En aquellos trágicos momentos para mí, lo único que pude entender con claridades es que había cometido el error más grave de mi vida al embarcarme en una aventura por demás desquiciada, y, no obstante, su pregunta me martilleó en el cerebro durante varios segundos. Resultaba comprensible que me preguntase el por qué yo había cogido pasaje en LA RUTA DE QUETZALCÓATL-KUKULKÁN, lo difícil era darle una explicación que fuese capaz de asimilar debido a su juventud... ¿Cómo entonces pormenorizar que me había sentido viejo e inútil, sin objetivo ni razón de existencia, y que en un momento crítico, con el carrillo hinchado, y la agorera clepsidra recordándome de forma subliminal que el tiempo no corría a mi favor, me había dejado tentar por la ruta de la Serpiente Emplumada, ya que aquello no era Australia ni el final, sino un alto en el camino, lo imprevisto y en un país antiguo, de historia milenaria, lleno de las más fantásticas leyendas? -... no me diga que fue el azar, yo no creo en la casualidad... Los esotéricos afirman que existe la causalidad... ¿Ha leído a Jung y sus teorías sobre la sincronicidad?... Siempre hay un motivo para que las cosas sucedan; ya lo advierte el Eclesiastés: si no es por voluntad divina ni las hojas de los árboles se moverían... Que usted me diga, yo no sabía en dónde me iba a meter, vale, le creo, pero usted había de venir, y yo también y todos los demás con quienes compartiremos viaje... Estaba escrito desde el principio del universo, cuando explotó lo del Big-Bang, ¿sabe?, así debía ser y así ha sido, y los motivos que nos han impulsado a hacer este viaje no importan, la cuestión es que lo hagamos, luego... Se encogió ligeramente de hombros, y agregó con otra de sus sonrisas encantadoras: -¿A qué tampoco sabe que el futuro no existe, ni el pasado, que todo es momento presente? Estaba tan desconcertado, que decidí rendirme, y, francamente, lo hice porque ya no tenía ganas de luchar, ni deseaba entrar en tontas polémicas. Yo me encontraba allí, pagado el pasaje, y me asistía el perfecto derecho a vivir el importe de mi compra, después de todo, ¿podía escoger algo diferente? Bien mirado, el error, el lapsus, o el despiste, fueron míos cuando no presté la atención debida al contenido de aquella malhadada revista ni al verdadero significado de LA RUTA DE QUETZALCÓATL-KUKULKÁN, haberme fijado mejor desde luego. Hoy me pregunto que si en lugar de enterarme por aquella jovencita deliciosa de la identidad de mis compañeros, esa informante hubiera sido, por ejemplo, cualquier otra persona del autocar, lo más probable fuese el haber agarrado un enfado monumental, y, quién sabe, tal vez una deserción por mi parte. Mas esto que estoy diciendo pertenece, como diría Don Homedes, a una de mis posibilidades verdaderas, o a lo que el padre de la mecánica ondulatoria, Schrödinger, se refería teorizando con el famoso gato al que cedió su nombre para la posteridad. -Así pues, ¿debíamos conocernos? -¡Claro que si!... ¡Estaba escrito!... Estos dos asientos nos estaban reservados desde el momento en que nacimos, como tantos millones de cosas... –súbitamente pareció atenazarla una repentina preocupación- ¿Cuál es su signo del zodíaco? -¿Cómo dice? -Sí, su horóscopo, ya sabe, esos casilleros con dibujito de bichos y cosas, que salen en los periódicos. -Pues... No sé... Yo... Ella abrió aún más si cabe sus hermosos ojos grises. -¿Qué no lo sabe?, ¡pero si “todo” el mundo conoce cual es su signo zodiacal, es imprescindible saberlo, no me diga que no lo sabe... A ver, ¿cuándo nació?, dígame la fecha, por favor, y la hora, si se acuerda claro... ¡Ah, y el lugar de nacimiento! Algo cohibido revelé los datos –me acordaba de la hora-, lo cual no me hizo ninguna gracia, debo reconocerlo. Ella exhaló un gritito de contrariedad. -¡Oh, no! -¿Qué pasa, es malo? –exclamé alarmado. -Puede serlo si no lo solucionamos con el ascendente... –declaró de forma patética- Usted y yo estamos en cuadratura; yo soy Géminis y usted Virgo, yo tengo el ascendente en Tauro y usted... vamos a ver... –la vi contar con los dedos rápidamente, morderse el labio inferior y clavar la mirada en el techo del autocar en demanda de inspiración, luego se volvió muy contenta hacia mí- Si no me falla el cálculo aproximado, usted tiene que ser Sagitario de ascendente, o sea, que mi ascendente y su signo son armónicos y mi signo y su Sagitario están en oposición, lo que significa complementariedad... –se quedó un momento pensativa- Podemos llevarnos bien, pero en ocasiones tendremos algún roce... Los Géminis somos muy superficiales y los Virgo son demasiado analíticos... –se echó a reír de buen humor- Usted profundizará sobre lo que yo vuele y yo le comunicaré mis avistamientos para que usted los clasifique... Era tan joven, tan bonita, tan simpática, tan fresca y espontánea, y yo tan mayor, tan inofensivo... Ignoraba entonces cualquier cosa referente a la astrología, pero supe, sin necesidad de horóscopos, que nos llevaríamos bien, y, sintiéndome un poco Quijote o sir Lancelot, la convertí en mi dama y me juramenté, sobre el recuerdo de los viejos libros de mi lejana juventud, en que yo sería su caballero y la defendería y la protegería contra todos los peligros habidos y por haber con los que pudiésemos encontrarnos en el viaje a México, pero no se lo dije, naturalmente. -¿Por qué no me cuenta cosas de usted?... No, no, déjeme adivinar, ¿a qué se ha pasado la vida metido en un laboratorio, o es detective o... ¿ La voz de la azafata sonó por los altavoces, interrumpiéndola: -Señores pasajeros, estamos llegando al Aeropuerto del Prat... En cuanto bajen del autocar, hagan el favor de agruparse, todos tienen su letra C en la pegatina de la solapa, por las maletas no se preocupen, no se muevan, y, sobre todo no se me dispersen, esperarán sobre unos 10 minutos, luego se reunirán con el grupo A y el grupo B debajo de las palmeras, y ya juntos subirán con sus guías al avión que ha de llevarles a Madrid, en donde se han de reunir con el resto del pasaje que viene de toda España. -¿Sabe lo que dijo Pancho Villa cuando se sentó en el trono presidencial de México?... Lo he leído en la sección de frases históricas de la revista Mariflor –puntualizó muy satisfecha mi joven amiga. Yo la contemplé sorprendido. -Dijo: “¡Pos güeno, ya estamos aquí!” -¿Y eso?... -Que también podemos decirlo nosotros, ¿no? Ante su transparente mirada, chispeante de excitación, no supe que responder.
|