III CAPÍTULO (1)

-¡Hola! –dijo ella alegremente mientras se sentaba a mi lado.

Yo me había levantado para que pudiera pasar con más comodidad, a lo que la muchachita correspondió con una maravillosa sonrisa.

-¡Vaya –me dije para mis adentros verdaderamente complacido-,he aquí a un ejemplar de la juventud actual que no va con los pelos revueltos ni astrosamente vestida y ya que incluso es educada!

El autocar arrancó por fin y la jovencita se persignó rápidamente, gesto el suyo que no dejó de sorprenderme viniendo de una persona tan joven, luego, cogiendo una medalla que llevaba al cuello, la besó devota, y efectuado el pequeño ritual, volvió hacia mí su risueño semblante y empezó a hablar con gran volubilidad:

-Ha sido terrible, pensé que no llegaba a tiempo... Bueno, a tiempo de coger el autocar se entiende, había un atasco horrible y yo estaba tan desesperada, que el taxista me ha dicho: no se preocupe, señorita, si pierde el autocar, la llevo al aeropuerto sin cobrarle la carrera... ¡Qué amable, ¿verdad?!... Claro que no lo hubiera hecho, lo de no cobrarme, se entiende, yo no lo hubiese permitido... Sí, sí, ya sé que hasta las 4 de la tarde no despegamos de Madrid y que seguro que habrá demoras, aquí, allí... Pero habría sido espantoso perder este autocar... Es mucho más cómodo,¿sabe?, ellas se ocupan de todo, las azafatas, quiero decir y no has de ir corriendo de un lado para otro preguntando a todo el mundo con miedo de coger el vuelo equivocado... ¿Se imagina?, creer que te vas a México y aterrizar en las Quimbambas o algo así, ¡vaya despiste, ¿no le parece?! Es mi primer viaje transoceánico, y me impone un poco eso de estar tantas horas en el aire volando, ¿a usted no? ¿Es también su primer vuelo largo?... ¡No, no me lo creo, tiene usted aspecto de turista habituado!... ¡Menudo chasco si no lo fuera, ¿verdad?!

Hablaba como los pájaros dan saltitos de rama en rama, ella se hacía las preguntas, ella se daba las respuestas y pasaba de un tema al otro sin transición, como pude comprobar enseguida.

-¡Oh! –exclamó de pronto con aire compungido, mirándome fijamente-, ¡qué estúpida soy, Dios mío, me había olvidado de decirle que mi prima le envía sus saludos!

-¿Su prima?

La contemplé estupefacto, ¿de quien me hablaba?

-Sí, mi prima, la chica de la agencia de viajes, ¿no la recuerda?... Claro, cuando usted fue a pagar el resto del viaje ella no estaba, había ido al médico, y hablando de médicos, ¿Cómo está su muela?...¿Qué lata!, ¿verdad?, sólo de pensar en el sillón del dentista me muero de miedo, ¿a usted no le pasa lo mismo?... Mi prima me dijo que le cuidase, bueno, habló de usted como de un ancianito venerable, me dijo: tiene el pelo blanco, lleva bigote y el pobre lo está pasando mal con su flemón, y claro, yo pensé en un vejestorio, y, bueno, pues que me he equivocado, vaya, que no se le ve a usted un vejestorio, quiero decir, ¿sabe?... –me observó unos segundos con aire crítico- Incluso diría que tiene usted una retirada lejana a Sean Connery, no el de la serie de James Bond, claro, sino  mucho más actual, a lo padre de Indiana Jones...  Sí, ya sé lo que está pensando ahora, ¿y si yo no fuese quien ella se cree que soy?... ¡Menuda plancha! –rió divertida-, pero “sé” que es usted –me amonestó graciosamente con el índice-, porque mi prima lo dispuso para que durante todo el viaje estemos juntos, autocares, aviones, hoteles, aviones, autocares, hoteles, y además no me he confundido de persona porque en cuanto entré le he preguntado a la azafata por usted y ella me ha dicho que, efectivamente, era mi compañero de viaje -rió-, como en la astrología china...A propósito, ¿sabe?, yo soy Jabalí... -volvió a reír- Es mi signo chino, se entiende...¿Que de qué forma le he identificado?, pues muy sencillo, sé su nombre y apellidos porque me los apuntó mi prima en un papel... Don Francisco C. Rosell... Le llamaré don Francisco, suena a chamán, ¿a que sí?

Yo intenté decir algo.

-Vaya, menos mal, estaba creyendo que era usted como una señora que viene en este viaje y que parece saberlo todo sin preguntar...

El rostro de la jovencita se tensó dibujándose en él una expresión de gozosa incredulidad.

-¿Cuál de ellas?

Por un interminable segundo se quedó muda esperando mi respuesta y yo tardé en dársela porque no acababa de comprender a que se refería inquiriendo “cuál”, ¿es que acaso había allí más de una con semejante don?

Ella solucionó la incógnita con otro de sus saltitos de pájaro.

-Sé que en este viaje viene Maguera, sé que viene Diosa Nefertari, lo que no sabía es que tal vez viniera..., al menos ella no lo dijo el otro día por radio... Aunque, calle, quizás si lo dijo, pero en ese momento llamaron a la puerta y yo fui a abrir y era el cartero con un certificado y cuando volví a seguir escuchando el programa... ¡Claro, pudo haberlo dicho! -vi enrojecer su carita de emoción, yo, que a esas alturas puedo asegurar que no entendía nada de nada de lo que sucedía a mï alrededor; ¿quién era Diosa Nefertari?- ¡Oh, no me diga que viene ella, porque si es alguien, es ella, tiene que ser ella!

-Pero, ¿quién es “Ella”? –ya puestos, me sonaba a novela de H. Ridder Haggard.

-¿No sabe usted su nombre?... Claro, puede no habérselo dicho, ella nunca lo va pregonando, pero alguien debe haberla llamado y usted...

La interrumpí:

-¿Madame Rena?

Nunca hubiera imaginado que un simple nombre sumiera a nadie en el éxtasis instantáneo, mas sucedió allí mismo ante mis ojos.

-¡Madame Rena, Madame Rena!... ¡Oh, le daría un beso por lo que acaba de decirme!... ¡No sabe usted lo maravillosa que esta noticia es para mí, suena a música, es igual que una bendición, ahora sé que nada puede ir mal, si Madame Rena viene con nosotros, no habrá ningún percance, y todos volveremos a casa sanos y salvos!

Cruzó las manos sobre el pecho con un gesto que me recordó instantáneamente la antigua iconografía egipcia, echó la cabeza hacia atrás sobre el respaldo y bajó los párpados transida de felicidad; sus labios se movieron en silencio, ¿rezaba acaso? Luego abrió los ojos, me miró, y, desbordante de júbilo, mientras deshacía su hierática postura en una inclinación confidencial, dijo:

-Le debo mucho a Madame Rena... Por ella hago el viaje, ¿sabe?, la fui a ver a este invierno, ¡huy!, no crea, la visita hay que pedirla con meses de antelación ... Ella me profetizó que haría un largo viaje; me aseguró: en el segundo semestre te irás muy lejos, muy lejos en kilómetros, muy lejos en el tiempo, retornarás a los orígenes... ¿No es emocionante?... Pero hay más –me escrutó unos instantes como si de repente acabase de darse cuenta de que iba a hacerme una revelación trascendental y la importancia de la tal cosa la frenase ligeramente, aunque muy ligeramente desde luego, ya que no pudo guardar por más tiempo el secreto-, Madame Rena me dijo que en este viaje encontraría a un hombre decisivo en mi vida y que viviría con él una aventura memorable, eso sí, corta, pero que no la olvidaría jamás, que sería igual que una novela de esas que después se pasan al cine.

Yo estaba aturdido; mi cerebro no terminaba de asimilar tanta y tan variopinta información; una mente lógica como la mía resistíase a entrar en aquel juego de disparates.

-Escuche, señorita, perdóneme, lo cierto es que me pierdo en todo esto, hay cosas que no comprendo, y, con sinceridad, no sé de lo que me está usted hablando.

Ella se apartó lentamente de mí con un gesto de extrañeza.

-¿Qué no entiende?, pero si... Usted hace este viaje a México, ¿no?, y usted viene porque lo ha leído en EL MUNDO DE LA PUERTA TRIANGULAR, y usted sabe a lo que vamos todos, la arqueología es un pretexto... ¿O no lo sabe?

-¿Qué es lo que tengo que saber? –inquirí con creciente aprensión.

-Madame Rena es la ocultista más importante de España... Bueno, para que lo comprenda mejor, es una bruja, es astróloga, tarotista, quiromante, vidente... La consultan jefes de estado, no es ningún secreto, ella lo predice todo, lo sabe todo, es la mejor...

Un aterrado presentimiento me invadió.

-Y... ¿Y toda esa gente?... Maguera, su... su Diosa Nefertari...?

Ella lanzó una carcajada al comprobar mi azoramiento.

-Maguera es médium, ahora comprendo porque mi prima dijo que yo tenía que cuidar de usted, ha estudiado en Egipto la ciencia de los sacerdotes de Isis... Y Diosa Nefertari, bueno, Diosa Nefertari hace poco que ha empezado profesionalmente, fue alumna de Maguera, claro que luego se distanciaron un poco, de todas maneras se hablan... ¿Los demás?, aficionados como yo, aunque también viaja con nosotros el Mago Harpagón, el numerológo Elías Martínez Martínez, el contactado Mariano Riscal, el clan de los AMIGOS DE QUETZALCÓATL, y, naturalmente, la directora de la revista y el famoso investigador de fenomenología oculta, Teodoro Guasch... Pero, ¿cómo es posible que usted no supiera nada de todo esto?, ¿es qué no ha leído nunca la revista EL MUNDO DE LA PUERTA TRIANGULAR, ni ha oído el programa de radio del mismo nombre?

Temiéndome lo peor, murmuré:

-¿Qué es lo que vamos a hacer en México, realmente?

 

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