II CAPÍTULO (2)

Una azafata, con la lista de pasajeros en la mano, se acercó a mí.

-Señor, a ver su letra, sí tiene la C, creo que ya se lo he dicho antes, sí, le corresponde el autocar número tres, asiento 20... Ya puede subir, por favor.

-Mi equipaje...

-No se preocupe, ahora viene el autocar número 3 y lo subirán con los demás... Tranquilo, esté seguro de que nadie le va a cambiar ninguna maleta... Su nombre es Francisco C. Rosell, ¿verdad?...¡Mire, ya está aquí... Suba, por favor...

La azafata me hablaba con la estereotipada sonrisa clásica en su profesión, y llegó a intentar, en el colmo de la amabilidad, ayudarme a subir al vehículo por aquello de que el peldaño estaba demasiado alto, pero la vejación final consistió en que al pretender yo, galantemente, cederle el paso a una viajera, ésta, sobre los 40 años, exclamó confianzuda, mientras me daba una palmadita en el hombro:

-¡Suba, señor, suba, la educación para los jóvenes, a su edad tiene usted todo el derecho en entrar el primero!

Ella trepó ágilmente detrás de mí y, por un instante, llegué a temer que fuese mi vecina de asiento, mas, afortunadamente, se quedó en los de la entrada.

Para colmo de males, el lugar que me correspondía no estaba al lado de la ventanilla sino junto al pasillo y de esta manera tuve que soportar la paquidérmica entrada del resto de los pasajeros, personas en gran parte de mediana edad –creo que yo era el más... bueno, mayor-, y casi todos, también, increíblemente gruesos, lo cual en el fondo, me llenó de vengativa satisfacción, pues a mis años me mantenía delgado y mucho más flexible que ellos. Mi situación junto al paso de la gente, me permitió comprobar quienes eran los pasajeros que iban a ser compañeros míos en aquel viaje, porque no se me escapaba que tendría que compartir con ese grupo, sucesivos autocares, hoteles y asientos vecinos en los aviones, ya que todos pertenecíamos al grupo C y aunque el destino entero de la expedición era México, los tres bloques se hallaban muy bien diferenciados.

Así vi entrar a Madame Rena, majestuosa y altiva, esgrimiendo en alto su bolso como si fuera un estandarte, quien fue a ocupar su plaza casi al final del autocar y me enteré de ello porque la oí decir con su voz, por cierto increíblemente juvenil y hermosa, que ya sabía que tendría que ir sentada sobre la rueda, a lo que un clamor enfervorizado, le replicó que aceptara su propio asiento, sacrificio al que ella no se avino, dando esta absurda respuesta:

-No debo rehuir mi destino.

Pude observar que predominaba el elemento femenino en la expedición, aunque los pocos hombres que había, resultaban antológicos por lo pintorescos, y, curioso denominador común, todos, salvo dos raras excepciones, mostraban un raro aspecto: la mirada brillante y ávida, gesto de suficiencia máxima, como aquel que está de vuelta de todo, o bien mueca beatífica a los San Francisco de Asís, tal como nos lo enseña la iconografía, y que, la verdad sea dicha resultaba bastante insufrible, como el de aquella pasajera, por ejemplo, que después de propinarme en la cabeza un coscorrón de campeonato, bien que no intencionado, se excusó con las siguientes palabras, ciertamente insólitas:

-Disculpe, hermano, no ha sido deseo mío mortificarle con esta prueba.

A lo que quien la seguía, habiéndola escuchado perfectamente, agregó con bondadosa sonrisa mientras me guiñaba un ojo con aire de complicidad:

-Forma parte de su karma blando, ¿no?

Yo me sentíame un poco Alicia en el Mundo del Espejo y a cada nuevo minuto transcurrido, algo semejante a la aprensión me iba invadiendo... Aquella gente resultaba por demás extraña, su aspecto no era común, ni su modo de hablar, y todos, sin discusión, comunicaban la impresión de saber “algo” que yo ignoraba completamente.

Tengo alguna experiencia en viajes organizados, a los que mi mujer era bastante aficionada –cruceros, rutas por el viejo continente, excursiones playeras y todo eso-, pero nunca me había llegado a encontrar en ninguno, con gentes similares.

Una señora muy alta, exageradamente pintada y que recordaba de forma vaga a la madrastra de Blancanieves en su versión de reina guapa según el amigo Disney, fue de las últimas en subir. Tenía un tipo de impresión y era lo que vulgarmente se suele llamar “una mujer de bandera”; había dejado ya atrás la primera juventud, pero su madurez apetitosa no dejaba de resultarme atractiva. Como el resto de las féminas expedicionarias, iba llena de collares, pulseras y colgantes estrambóticos, y en su caso lucía unas largas uñas pintadas de color violeta en manos singularmente ajadas cuyos dedos se engalanaban cada uno con una original sortija. Como es lógico, el exotismo se acentuaba al ir vestida de negro y llevar en la cabeza una especie de capucha blanca cuyas vueltas, a modo de bufanda, caían suavemente por su espalda. La misteriosa dama llevaba en bandolera una bolsa de cuero repujado con motivos latinomericanos. La vi detenerse frente a mi asiento y observar con un amago de interés el que quedaba vacío a mi izquierda; con cierta complacencia pensé que iba a ser mi acompañante mas la expectación se desvaneció pronto cuando alguien la llamó a voz en cuello diciéndole:

-¡Maguera, Maguera, ven aquí; esta es tu plaza!...

(¿Maguera?... No sé por qué el nombrecito evocó en mí remembranzas de la fiel amiga de Mowgli, Bhaguera. ¿En que parte del santoral se escondía un nombre semejante?)

Y Maguera, que además olía a esencia de patchuli como pude comprobar cuando pasó por mi lado en mareante estela, se alejó y yo me consolé pensando que al menos durante un mes tendría la satisfacción de poder ir viéndola, y era de esperar que los espacios abiertos diluyesen el reclamo olfativo.

Consulté el reloj, faltaban 10 minutos para que nos pusiéramos en marcha y si al parecer, el autocar estaba llenándose con los rezagados, la persona que tenía que ocupar el asiento a mi lado, brillaba por su ausencia.

La azafata se paseó por el pasillo ojeando su lista y al llegar a mi altura, la vi fruncir el ceño preocupada, entonces resonó en el autocar la ya para mí inconfundible voz de Madame Rena:

-No tema, señorita, su pasajera llegará con tiempo suficiente de coger el autocar.

La azafata, cándidamente, quiso saber:

-¿La conoce usted?

Nadie contestó esta vez, pero todo el autocar, incluyéndome casi a mí, lo reconozco –lo cual no deja de avergonzarme-, soltó una burlona carcajada, aunque lo más sorprendente fue la reacción de la azafata, quien, en lugar de molestarse, pareció recordar algo súbitamente, y con su más amable sonrisa, exclamó:

-Diciéndolo usted, Madame Rena.

-¿Quién demonios...? –mascullé entre dientes.

Detrás de mí dos mujeres hablaban en voz lo suficientemente alta como para ser entendidas.

-Yo siempre viajo con mi Rosa de Jericó.

-Oye, pero llevártela a México es demasiado, ¿no crees?

-Mira, chica, tal vez sea una superstición, seguro que lo es, pero de todas formas yo no me la dejo en casa si he de hacer algún viaje largo como este.

-A ver sí en la aduana...

-Es un objeto personal, ¿no?... Y además nunca he tenido problemas..¡Estaría bien, vamos!

Miré el reloj, faltaban dos minutos para que el autocar arrancara. La azafata de píe junto al conductor nos contemplaba con los brazos cruzados y la mirada perdida en lontananza, mas tranquila en apariencia. De pronto la vi girarse bruscamente en dirección a la portezuela de acceso y luego saltar al exterior. Pudo escucharse una animada conversación, a la azafata llamando al chofer y más tarde el golpe seco de la puerta del portaequipajes que volvía a cerrarse.

Un socarrón aplauso de bienvenida recibió a la última pasajera y yo alargué el cuello con cierto temor interno ante la perspectiva de descubrir la pinta de mi futura compañera de asiento... Y la vi.

No sé con que palabras describir la impresión que me produjo, era como si, de improviso una ventana se hubiese abierto y por ella entrado la gloria de la primavera, sí, sí, reconozco que suena demasiado cursi, pero no se me ocurre otra manera de expresarlo. En medio de aquel ambiente lleno de personas demenciales, que soltaban frases sin sentido, ver avanzar por el pasillo a una lindísima criatura rubia, dueña de un par de increíbles ojazos grises, frágil, etérea, irreal, luminosa, o tal se me antojó, resultaba la cosa más improbable que nadie pudiera imaginar en tales momentos, y aquella preciosidad que debía tener como mucho 20 años recién cumplidos, era la viajera rezagada, y cuya aparición en el postrer segundo había augurado la infalible Madame Rena.

 

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