XVI CAPÍTULO (I)

Un Zak el embajador, se prosternó ante el muy alto soberano de Mayapán. El rey-sacerdote -halach uinic u “hombre verdadero”- había hablado y sus palabras resonaron por todo el salón del trono, la propuesta había sido aceptada y de esta forma el poderoso gobernante de la ciudad-estado, reforzaba la alianza política de la liga de Mayapán, entregando gustoso a su hija pequeña, una niña de once años -la treceava habida del matrimonio con su esposa legítima-, como prometida de su vecino el no menos temible halach uinic de Uaxactún; de esta suerte, una guerra, cuyos resultados se vislumbraban bastante inciertos para ambas partes, quedaba cuanto menos alejada momentáneamente, y así, entre parabienes y protestas de cordial entendimiento y amistad entre uno y otro gobernante, el problema estaba zanjado y, sobre todo, la dignidad de ambos, sin menoscabo para la honra de cada uno de ellos y su orgulloso talante.

Un Zak esperó pacientemente a que el rey-sacerdote le autorizase a ponerse en píe y cuando el monarca lo hizo, retrocedió cuatro pasos, con la vista fija en el suelo, mudo y atento a lo que iban a ser las últimas disposiciones del gobernante respecto al delicado asunto que allí le había llevado de embajador de buena voluntad a él, Un Zak, el Consejero perteneciente al clan de los Ancianos –designación honorífica ya que la edad presupone sabiduría y no todos los Ancianos eran viejos-, y el rey decretó:

-Está dicho y proclamo, la menor de mis hijas, Batz Kan, la muy afortunada decimotercera, a quien los dioses protegen desde el día de su nacimiento, se convertirá en la esposa de hecho de mi amigo, de mi hermano, el gobernante de Uaxactún, cuando haya transcurrido el tiempo exacto de tres tunes, pero mientras y a partir del momento en que los adivinos fijen la fecha favorable de la partida, Batz Kan marchará rumbo hacia su nueva patria en compañía del muy noble y sabio embajador Un Zak, para vivir allí hasta el momento en el cual se consume el matrimonio... Así lo ordeno y así se hará...  

Nadie objetó nada en contra, ni tampoco el rey lo esperaba, ya que hubiera resultado algo impensable y mucho más que increíble. Disolvióse la magna asamblea y Un Zak se retiró a los aposentos que le habían sido dispuestos con el fin de esperar la fecha que previamente tendría que señalar el Ahaucán, Señor–Serpiente o Gran-Sacerdote, para que él y su séquito retornasen a Uaxactún con la menuda princesita de Mayapán.

Un Zak, de noble estirpe, era un hombre joven, valeroso, y, sobre todo, cualidad muy apreciada por su soberano, sobremanera inteligente, por ello se le había liberado de los deberes bélicos antes de que pudiera morir en una guerra -porque vivo resultaba mucho ms útil que lo hubiera sido muerto-, y siempre se le encomendaban tareas de difícil matiz diplomático, como aquella, por ejemplo, dado que lo que la elocuencia y la astuta persuasión de Un Zak no pudieran arreglar, era imposible que otro lo consiguiera. Y de nuevo Un Zak había triunfado, cosa que a él, personalmente, le llenaba de alegría; Un Zak no era partidario de guerras ni de matanzas y siempre pensaba que la palabra y el razonamiento constituían las mejores armas a utilizar para vencer a cualquier adversario, aunque semejantes teorías se guardase mucho de revelarlas a sus coetáneos ya que no ignoraba la incomprensión con que podían ser recibidas –pese a que el pueblo maya no resultaba tan sanguinario como sus vecinos aztecas-. Un Zak era lo que pudiéramos denominar para su época, una especie de hereje callado, disidente ideológico, o, lo que ahora llamaríamos, un pacifista convencido. Un Zak odiaba la sangre, sobre todo, la vertida en los sacrificios, y, desde lo más profundo de su ser, cuestionaba a aquellos dioses del panteón maya, que gozábanse con su derramamiento y con los acostumbrados horrores que el ritual del sacrificio autorizaba para mayor complacencia de Ah Puch, el Dios de la Muerte, y también de Ek Chuan, Dios de la Guerra y los Sacrificios.

Todo aquello repugnaba a Un Zak quien, cada vez que tenía que asistir a una de esas ceremonias sangrientas forzado por las circunstancias a las que su rango obligaba, tenía que echar mano a todo su autocontrol para no traicionarse; Un Zak reflexionaba que tales carnicerías no conducían a ninguna parte y que, incluso, el inmolado no marchaba a un mundo mejor, sino que moría, simplemente, que le era robada la existencia del modo más abominable. Y cuando la víctima era una persona muy joven, Un Zak se estremecía de dolor mudo ante su muerte, ya que a él se le antojaba el más reprobable de los crímenes robarle los días y las noches de una larga vida, a cualquier persona.

Morir en la guerra o morir en un accidente casual, o por enfermedad, representaban otras circunstancias y él las admitía, mas no así la muerte por motivos religiosos, alegando que a los dioses les gustaba la sangre, o, al menos, a algunos dioses, porque Un zak, aun y permitiéndose el lujo de criticar los usos de las deidades del pueblo maya, no era un ateo, dado que les temía, no se sabe muy bien si a través de sus manifestaciones por el clero, o, por ellos mismos, y por tanto los adoraba públicamente, pero en el fondo de su alma, el único Dios que le merecía devoción sincera era Kukulkán, o Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, como le denominaban sus hostiles vecinos los aztecas, y amaba a Kukulkán porque éste no exigía sacrificios humanos, porque era un dios sabio y bondadoso, porque predicaba amor y no violencia, y Un Zak deseaba, con todas las fuerzas de su ser, que un día regresara Kukulkán, como prometiese antes de irse y estableciera de nuevo la paz y la armonía entre los hombres.

Mas Kukulkán se hallaba muy lejos y en cambio Ah Puch y Ek Chuan siempre estaban demasiado cerca.

Transcurrieron tres uinal, meses, y el Ahaucán por fin encontró el kin o día apropiado, para que la princesa Batz Kan emprendiera la marcha hacia su futura patria. La joven princesa se despidió de su padre el rey, de su madre y de sus numerosos hermanos, y marchó con todo su séquito personal, esclavos y servidores distinguidos, en un cortejo de bárbaro esplendor que se sumaba a la embajada de Un Zak.

Eso sin contar que el soberano de Mayapán, había agregado a toda aquella muchedumbre 40 guerreros de su guardia personal con la finalidad de que escoltaran a Batz Kan hasta las fronteras del reino de su futuro esposo.

El camino era largo y había que atravesar bosques y montañas; muchos kines iban a transcurrir desde el momento de la partida hasta el de la llegada, si se tiene en cuenta que el cortejo avanzaba con la sobrecarga adicional de varias  literas, todo el guardarropa de la princesa, sus dos trecenas de animales de compañía –mayormente pájaros y monos enjaulados-, y numerosos presentes que en muestra de buena voluntad, enviaba el gobernante de Mayapán a su vecino y futuro yerno, y todo esto, sin mencionar, además, que aquellas gentes marchaban a píe, dado que no se conocía ni el caballo ni el asno, ni empleaban la rueda.

Un Zak estaba nervioso; no es lo mismo ir de embajador con una tropa de 200 guerreros, hombres duros avezados a las penalidades de las largas marchas, que comandar una partida de civiles, y, en este caso, peor, prácticamente de artesanos, gentes poco habituadas al ejercicio exhaustivo de las caminatas, aunque muchos de ellos fueran esclavos avezados a cualquier clase de esfuerzo, mas los esclavos de una niña, por muy princesa que sea, han sido seleccionados para su servicio y servirla es jugar con ella y girar siempre en su entorno como los planetas alrededor del Sol.

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