| XV CAPÍTULO (II) | |||
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Al atreverse
de nuevo a mirar hacia lo alto, el Sol había vuelto a ser el mismo de
siempre y, el orden, restablecido, los pájaros cantaban otra vez y el
extraño viento arremolinado, que mientras duró la manifestación celestial
llegó a azotarles sin que ellos apenas fueran conscientes, había cesado.
Ituczatl, recobrando a duras penas su compostura de guerrero-sacerdote, muy pálido el cetrino color, se dirigió al resto de la partida igualmente conmocionada por la magnitud del prodigioso suceso, y dijo solemnemente: -Esta es la Ciudad de los Dioses... Nadie sino ellos ha podido construirla, nadie sino ellos puede habitarla... Esta es la voluntad de los Dioses... Regresemos a Tenochtitlán y contemos a nuestros hermanos el hecho portentoso que ha tenido lugar en esta ciudad sagrada... Los guerreros, en silencio, asintieron gravemente, todos menos uno, que, por no serlo contaba con la inmunidad paternalmente concedida a los muy jóvenes y bisoños, además, las circunstancias en las que todos acababan de participar de forma involuntaria, eran lo suficientemente sobrenaturales como para dispensar protocolos que en cualquier otra ocasión hubiera resultado impensable transgredir. Tptlaptl, avanzó un paso hacia el capitán Ituczatl con el rostro de los iluminados; su voz, cuando habló, sonaba trémula por la emoción: -¡Oh Ituczatl, sé que no soy más que un vulgar yaiquizque, un soldado, y que aún me faltan muchas pruebas para alcanzar el grado de guerrero con el que soñé desde niño y sé que este sueño ha sido siempre compartido por mi venerado padre y mi valeroso hermano Cteotl y que para mí no había nada mejor en la vida que pudiera compararse al honor de ser un guerrero y luchar por mi emperador y por mis dioses bienamados ... Todo lo que soy, lo que pueda ser, lo daría gustoso en ofrenda a ellos... Todavía aturdido por la visión celestial, Ituczatl, contempló al joven, escuchándole pero sin captar el significado de sus palabras, en cambio Cteotl si que comprendió rápidamente la situación. Era su hermano, con él el único varón en una familia de 10 hijas, y Cteotl le amaba tiernamente viendo en el muchacho la futura gloria de toda su estirpe, por ello, oyéndole, si bien una parte de su ser se sintió orgullosa, otra, quizás la más íntima, la más vulnerable por ser humana, tembló asustada. Cteotl se inclinó hacia delante, quiso hablar, decir: “¡No, Tptlaptl, no lo pidas, tiempo habrá para eso, aún es demasiado pronto!”, mas, inevitablemente, el Destino se expresó por boca de su hermano. -Cuando nací se me consagró con la misma invocación que se emplea con todos los niños varones al ofrendarlos a los Dioses: “Haced que vaya a vuestro palacio de delicias donde reposan y gozan los valientes muertos en combate”; mi padre llamó al tonalpouhqui, el adivino, y éste leyó mi sino en las estrellas... Cteotl contemplaba impotente a su hermano, deseando poder llenarle la boca con hierbas y hojas, para que callase; pensaba con desesperación: “Es demasiado pronto, demasiado pronto, no ha vivido todavía, todavía no es un guerrero... ¡No puede hacerlo, no puede hacerlo!”... -... el adivino dijo que mi signo, la Culebra Dormida, era excelente y Acatl, mi estrella, la mejor, y que estaba destinado a morir en el altar del sacrificio a mayor gloria de Toniatiuh... Lo que acabamos de ver es un milagro... y yo quiero entregar mi corazón al Dios-Sol, para que le de la fuerza necesaria en su camino, hasta el próximo milagro, ocurra en dónde ocurra, y delante de quien sea, que pueda también llegar al sacrificio impidiendo con el suyo, que el esplendor de Tonatiuh, jamás decaiga... Ya estaba dicho. Cteotl tembló como si tuviera fiebre, y no es que le horrorizase la idea de la muerte de su hermano ya que siendo soldado y luego guerrero, lo más normal es que muriese en combate, constituyendo, desde luego, un gran honor morir sacrificado en el altar, bajo el cuchillo de obsidiana, como eligiera el valiente héroe de Tlaxcala, de mítica memoria, Tlahuicole. No, no era eso lo que le asustaba; su temor era otro. Tptlaptl, siendo tan joven, no reunía méritos suficientes, ganados en combate, para ofrecerse en sacrificio, y sus palabras recién pronunciadas, resultaban casi una herejía puesto que no tenía la importancia necesaria como para propiciarse de víctima ritual, y Cteotl, temblaba y palidecía por temor de que los Dioses castigaran al audaz muchacho por su soberbia, prohibiéndole la entrada al Palacio de Delicias, lo cual hubiera sido espantoso. Ituczatl estaba perplejo, confusión que aprovechó Cteotl para intervenir respetuosamente: -Señor, mi hermano es muy joven, y aunque su voluntad es la mejor, él no está capacitado todavía para tomar semejante decisión, nada sabe de la vida e incluso no ha matado aún a enemigo alguno en combate... Ituczatl le interrumpió con sabias palabras: -No, en verdad hablas muy acertadamente... Pero habrás de convenir conmigo que nunca habíamos visto cosa parecida a la de hoy... Tonatiuh, ¡alabado sea!, ha ejecutado la Danza de la Creación delante nuestro y en la cima de la gran pirámide de esta ciudad deshabitada, Tonatiuh, ¡mil veces bendito sea su nombre!, nos ha hecho el mas grande honor que los dioses pueden otorgar a un hijo de la fecunda Coatlicue, la Tierra Madre... Todo ya no es como antes, todo ha cambiado... Y es muy posible que sea el propio Tonatiuh quien haya hablado a través de la boca del joven Tptlaptl... Mira bien su cara y comprenderás que no es sacrilegio el que comete; el Dios-Sol le ha marcado... Cteotl y el resto de los soldados obedecieron a su jefe, y entonces fue cuando descubrieron con sorpresa como el rostro del joven aspirante a la gloria, mostraba señales de haber sido quemado por el fuego Divino; la piel, enrojecida, empezaba a levantarse en ampollas. Tptlaptl pasó una mano por su mejilla y exclamó maravillado: -¡No me duele!... ¡He contemplado el esplendor radiante de Tonatiuh, Él ha quemado mi carne pero no siento dolor, no siento dolor! Ituczatl tomó de nuevo la palabra. -El Dios-Sol te ha elegido, Tptlaptl y manifiesta su voluntad a través de ti... Puesto que Tonatiuh lo desea, serás sacrificado. Nada más se dijo. Cteotl bajó la cabeza convencido; cuando los dioses hablan, los hombres no tienen otro remedio que el de obedecer. Fue un sacrificio atípico ya que se realizó sin el ceremonial acostumbrado al faltar muchos de los requisitos habituales; la pintura azul, los trajes de ritual, las plumas blancas, y en honor de la aparición inesperada de Tonatiuh, apenas habían transcurrido dos horas de su acto de presencia allí, cuando Tptlaptl fue llevado con gran respeto, escoltado por los guerreros, escaleras arriba de la pirámide. Ya en su cima, Ituczatl le confió: -Dichoso hermano del valiente Cteotl, hoy es el día más feliz de tu vida pues vas a encontrarte con Tonatiuh, el Dios-Sol que te ha escogido de entre todos nosotros, para que te unas a su radiante cortejo de héroes, uno más entre ellos, y le escoltes en su marcha por los campos celestes... Hoy morarás en Tomatinhican, la Casa del Sol, convertido en ququhtecatl, compañero de Tonatiuh... Cuatro años después, recuérdalo, te transformarás en colibrí, perteneciendo ya por siempre al séquito glorioso de Huitzilopochtli, el dios de la guerra, y volarás por entre las flores, bajo los rayos del Sol... ¡No sabes como te envidiamos todos!... Transmítele, pues, al Poderoso Tonatiuh, ¡alabado sea por siempre!, el mensaje de nuestra devoción, fidelidad, y el deseo de que obtengamos honrosa muerte en combate o bien en el sagrado altar de la inmolación... Ruégale que nos conceda una vida llena de honor y de valentía, que los prisioneros que hagamos para alimentarle con sus corazones, sean incontables como las gotas de lluvia que envía el generoso Tláloc, y trasmítele asimismo nuestro anhelo de que sepamos ser siempre dignos de su bondad y de su amor... Parte pues, ¡oh afortunado Tptlaptl!... Cteotl recordaría siempre, vívidamente, la escena que siguió, la recordaría de una forma indeleble que le marcaría para toda la eternidad. Tptlaptl, sólo vestido con el taparrabos, echóse serenamente sobre las losas del suelo. El astro rey refulgía cálidamente en lo alto de la bóveda infinita mientras enjambres de colibríes revoloteaban como diminutas joyas flotantes. Todos estaban maravillados; los presagios no podían ser mejores y la propia víctima no cabía en sí de gozo. ¿Cuándo se había visto que los dioses dispensaran tantos favores a un deleznable ser humano?, primero la Danza del Sol, luego la cara quemada indolora y en la que posteriormente la piel se le estaba saltando, y ahora los colibríes, antiguos sacrificados vueltos a la Tierra transformados en pájaros, para despedir alegremente a la nueva víctima propiciatoria. Cuatro guerreros voluntariamente, uno de ellos el propio Cteotl, sujetaron sus brazos y sus piernas, Ituczatl levantó el cuchillo de obsidiana que relució magnífico bajo la luz y velozmente descendió para hundirse de un golpe seco entre las costillas de Tptlaptl, bajo la tetilla izquierda. El joven no gritó, increíblemente sonreía. Su hermano le sujetaba por un brazo y sintió bajo las palmas de sus manos, como los músculos de Tptlaptl se tensaban al recibir el impacto. El tórax le fue abierto y la diestra mano de Ituczatl penetró en la sangrienta hendidura arrancándole el corazón. Tptlaptl no gimió, sólo un poderoso suspiro escapóse de sus labios como si fuera, más que un quejido, una vibración, y su cabeza se ladeó bruscamente, en tanto su corazón era alzado humeante, ofrendado a Tonatiuh en el recipiente único de la mano del sacerdote-guerrero. Ituczatl, muy conmovido, dijo, mientras la sangre joven del sacrificado se deslizaba por su antebrazo, cubriendo de goterones purpúreos el suelo: -Este sagrado recinto, es “el lugar en donde los hombres se convierten en Dioses”. Cuando abandonaron la ciudad, atardecía y el sol se acercaba al horizonte. Los 19 hombres de la partida, antes habían sido 20, se volvieron para lanzar una postrera mirada de despedida a la silente metrópoli, y el último prodigio acaeció, ya que la fachada principal de la pirámide en donde se había consumado el sacrificio, parecía convertirse en un camino de oro líquido que semejaba ascender a los cielos. Admirando el espectáculo, Cteotl pensó que su hermano bienamado ya formaba parte del cortejo de Tonatiuh y que durante cuatro años le seguiría en su diaria marcha constante, luego, tal vez algún día, un colibrí variopinto, se posara sobre su hombro y Cteotl comprendería... Pero, de todas formas, allá en lo más profundo de su subconsciente, empezóse a abrir la herida de un doloroso interrogante: ¿Por qué los Dioses se alimentan con sangre?... ¿Por qué siempre prefieren a aquellos a quienes amamos?... Asustado ante semejantes ideas revolucionarias, Cteotl lanzó una mirada temerosa a sus espaldas como si alguien hubiera podido escuchar tales pensamientos llenos de herejía.
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