| XV CAPÍTULO (1) | |||
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Era de
día otra vez, el sol brillaba en el cielo, y, por unos momentos pensé
que había permanecido inconsciente toda la noche y ahora estaba recobrando
el conocimiento luego del trance del hongo, pero el descubrir que me
hallaba de píe en medio de la jungla como si llevase rato caminando
forzó mi comprensión a que las cosas no estaban sucediendo de la forma
que yo creía, y al bajar la vista y contemplar mi cuerpo un estremecimiento
muy físico y nada esotérico, me recorrió.
Encontrábame semidesnudo, vistiendo unos curiosos ropajes que poco tejido tenían y si muchos complementos de plumas, al cinto una daga, o similar, de obsidiana y en la mano lo que recordaba ser una lanza, al cuello numerosos collares de oro con piedras de jade engastadas, y en la cabeza una casco emplumado, si bien que ligero, muy aparatoso... Con todo, no fue semejante atuendo el que me hizo sentir escalofríos, sino el hecho de que yo... yo era un hombre joven, en la flor de la edad, y fuerte, vigoroso... Entonces lo comprendí: había cruzado el umbral de la Puerta Triangular y en virtud de la magia chamánica estaba en el pasado; era un viajero en el Tiempo. A partir de ahora, permítaseme una licencia de escritor, ya que lo que a continuación viene tiene que ser narrado en tercera persona por un motivo fácil de comprender. Cteotl el guerrero, igual que el resto de los hombres de la partida, se quedó inmóvil, sobrecogido por el estupor, y, ¿por qué no?, rayano al miedo supersticioso que puede incluso alcanzar al más valiente de los aztecas, cuando un claro en la tupida selva, encuadró el más inverosímil escenario que nunca hubieran podido imaginar aquellos audaces guerreros. A lo lejos, inesperadamente, una ciudad florecía ante sus ojos, una extraña ciudad en la que no advertíase movimiento de gentes, una ciudad horizontal, de apariencia inmensa y en la que claramente destacaban contra el cielo, dos gigantescas pirámides una más grande que la otra. Cteotl contuvo la respiración, ¿qué significaba aquello? Nadie jamás había mencionado que por esas tierras hubiera ciudad alguna, ni otros guerreros, ni prisioneros ni nadie más que se hubiese extraviado y regresando lo contara. Siempre se supo que la tal zona cubríanla selvas, mas quizás, si alguien fue no pudo volver y allí quedó en aquella fantástica ciudad muerta, integrante, como miembro de derecho, de su invisible población. Cteotl no era el jefe de la avanzada y, por tanto, no formaba parte de sus atribuciones el dar órdenes sino el recibirlas, de modo que aguardó a que el capitán de la pequeña tropa dispusiera lo que era pertinente hacer; éste, Ituczatl, a la altura de su capacidad como dirigente, no se anduvo remiso a la hora de tomar decisiones. Como inmediatamente iban a pasar del día a la noche, esperó a que sobrevinieran las ominosas sombras, enviando entonces a tres de sus guerreros para que inspeccionaran cautelosamente el extrarradio de tan enigmática ciudad, que silenciosa y sin movimiento, daba la impresión de no tener habitantes, claro que, nunca se sabe, ya que tal vez sus moradores se regían por costumbres desconocidas para los aztecas. No obstante, la respuesta de los tres ojeadores satisfizo a todos: la ciudad se hallaba deshabitada y la única vida que corría por sus calles era la de las bestezuelas silvestres. Esa noche, una hermosa luna llena brillaba en los cielos y como su luz hacía resplandecer las cúpulas más elevadas de las edificaciones, Ituczatl, consideró que el presagio era favorable y lo que pudiese sucederles en la ciudad ignorada no tenía por que ser desagradable. Como buen guerrero azteca Ituczatl, no conocía el miedo a la muerte y si la excitación que precede a las grandes aventuras y en esto, todos sus hombres, como él, vibraban a duras penas de ansia incontenible ante la magnitud de cuanto podía aguardarles en semejante ciudad inmensa y misteriosamente desierta. Amaneció y también fue un buen presagio el que Tonatiuh, el Dios-Sol, se levantara sobre la línea del horizonte, rojo e inflamado cual un sangrante corazón que les bendijese. Cendales carmesíes, como estelas de sangre, formaban un espumoso vapor en torno a su base, a imitación de una peana, y en ello Ituczatl y sus guerreros, creyeron ver las almas de los valientes muertos en el combate y también las de los enemigos sacrificados, que escoltaban al gran dios. Piadosos como eran, invadióles una gran emoción que todavía más animó sus belicosos espíritus. La fecunda Metzli, la Luna, y el radiante Tonatiuh, les decían que aquella enigmática ciudad era un regalo que les estaban entregando, pero había más; no podía ser una ciudad cualquiera, ya que ciudades así no se construyen sólo para que las habite el viento. Los guerreros avanzaron sin ningún temor, decididos y a cara descubierta, hacia lo que ellos consideraban un presente de los dioses. Cteotl, con la cabeza erguida, impaciente y feliz, caminó junto a sus compañeros mientras los primeros rayos del sol calentaban sus espaldas. Junto a él, su hermano menor, Tptlaptl, marchaba orgullosamente. Él no era más que un recién llegado en el noble oficio de la guerra y su hermano, veterano ya, tenía el rango de quachic y como tal se encargaba de aquellos jovencitos demasiado impetuosos que entraban en el ejercito lo mismo que en una escuela y, por tanto, necesitaban de un experimentado mentor. Tptlaptl, temblaba internamente de emoción y es que la cosa no era para menos; dada su juventud y su inexperiencia constituía un gran honor para él acompañar a los guerreros en aquella marcha de avanzadilla en busca de tierras nuevas que sojuzgar y de prisioneros que capturar, ofrenda de los sacrificios rituales. Durante todo el viaje, el joven Tptlaptl, había estado deseando realizar algún acto heroico que le honrase delante de su familia, el ejército y el emperador, ya que la marcha había sido de lo más rutinario hasta descubrir aquella inmensa ciudad vacía... Entonces, ¿quién sabe?, pudieran hallarse los dioses dispuestos a ofrecerle una gran oportunidad que llenase de júbilo el pecho de su hermano Cteotl y pudiera ser cantada por la nación entera durante generaciones. Era una gran explanada en la que se levantaban las edificaciones cuadrangulares de la ciudad, pero la tropa la recorrió rápidamente, admirándose mientras avanzaban, de la magnificencia impresionante de aquello que, en algunos casos, ya parecían ruinas, aunque no lo fueran todavía. Casi todos los edificios se mantenían en píe, y sólo flaqueaba una pared de cada cien, o entre cincuenta un techo estaba derrumbado ya o a punto de hacerlo. Relucían aún las brillantes pinturas sobre el estuco que cubría los edificios más significativos y, en ciertos casos, daba la impresión de que la ciudad se encontraba abandonada momentáneamente y de que en el instante más inesperado sus habitantes comenzarían a salir por las puertas llenándose calles y plazas con la animación de la vida... Mas no, era una ilusión, allí únicamente reinaba el vacío, el silencio y los monumentos del pasado se rendían homenaje a ellos mismos en su circunspecta e inexplicable presencia. La ciudad poseía amplias calles y enormes avenidas y sus distancias parecían colosales, tanto, que los aztecas, acostumbrados a medir por grandes extensiones, estaban aprendiendo a sorprenderse ante aquellos mudos vestigios de un esplendor pasado del cual ellos no tenían noticias. Era una ciudad gigantesca, que si alguna vez fue habitada, sus moradores podían haber sido gentes poco comunes. Sin embargo, el principal misterio estribaba precisamente en eso, en los ausentes, ¿quiénes fueron, por qué causa decidieron marchar? Pues de lo que no cabía duda alguna, es que se habían marchado incruentamente, no empujados por una guerra, no forzados por un terremoto, tampoco habían muerto diezmados por epidemias, ya que no se detectaban restos humanos desperdigados por cualquier sitio, simplemente, los habitantes no estaban; habían desaparecido sin dejar rastro. ¿A dónde fueron, invadieron otras ciudades en masa, inducidos a ello por motivos desconocidos? Hasta cuanto recordaban Ituczatl y sus hombres, en ninguno de los anales históricos se mencionaba una invasión completa de todo un pueblo en el que predominase la población civil sobre el ejército y ni tan siquiera las leyendas se referían a semejante cosa. Los guerreros estaban cada vez más sorprendidos e impresionados por todo cuanto iban descubriendo y no acertaban a comprender, y al llegar frente a una de las pirámides, la más elevada de las dos que se levantaban escalonadas, magníficas, sometiendo con su horizontalidad al paisaje, el estupor ante aquella construcción gigantesca dio paso al único temor que podía hacer mella en un azteca: el religioso. Ituczatl, que era un guerrero-sacerdote, abrumado frente a la grandeza silenciosa de la pirámide, se prosternó ante ella en un gesto de sometimiento instintivo, siendo imitado por sus hombres. El sol brillaba dorado y alegre sobre un radiante cielo azul, los cendales de sangre ya habían dejado paso a esa mágica y blanca irradiación que es luz pura y borra claroscuros y sombras; el sol ascendía en las primeras horas de aquella mañana como si quisiera trepar por la ladera de la pirámide y colocarse en su cúspide... Ituczatl rezaba devotamente, Cteotl temblaba como un azogado, invadido por un cúmulo de emociones difíciles de describir, y Tptlaptl... ¡Ah, Tptlaptl!... El muchacho era la viva imagen de la adolescencia maravillada, tensa e impaciente, porque si los adultos se limitan a ser espectadores de lo que no alcanzan a dominar, la juventud siempre anhela el protagonismo activo en todos los acontecimientos. ¿Cuánto tiempo permanecieron en susurrante adoración prosternados frente a la pirámide?, ni ellos mismos lo sabrían nunca, pero, al término de sus rezos, cuando todos alzaron el rostro devotamente transfigurados, su celo religioso fue recompensado por los dioses con la visión del más asombroso prodigio que imaginar se pueda; ante aquello que se mostró a sus ojos, la partida de guerreros quedóse como petrificada. Inmóviles, estupefactos, semejaban haberse convertido en estatuas, apenas parecían respirar, y al contarlo a los demás, días más tarde, no atinarían sino a decir que se habían olvidado de sus cuerpos y no habían sentido nada físico, que ellos se habían transformado en espíritus y como tales adoraron a Tonatiuh mientras el Dios-Sol, majestuoso, bailaba delante suyo la Danza de la Creación. En el alma de Cteotl quedaría para siempre grabada la imagen de un Sol que se desdoblaba surgiendo de él mismo en tanto giraba en vertiginosos torbellino de luces multicolores. Era el Ascua de la Vida manifestándose en toda su gloria, acto seguido, el Sol se colocó encima de la pirámide, aunque a considerable altura y resplandeció cegadoramente, con una intensidad tal, que los guerreros tuvieron que caer al suelo hundiendo su rostro en la tierra, miserables y humildes mortales frente a la presencia divina.
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