| II CAPÍTULO (1) | |||
|
|
|||
|
Después siguieron una serie de días apresurados y febriles en el transcurso de los cuales sucedieron muchas cosas. En primer lugar, y no era una trivialidad ya que de mi buen estado de salud dependía con mucho el que aquel viaje resultara un éxito, el flemón remitió a las cinco inyecciones de terramicina, para asombro del odontólogo y alegría mía, así que hubo una extracción de muela muy satisfactoria por ambas partes; lo segundo fue que antes de que yo enviara otra carta a mi hijo explicándole la nueva decisión tomada –naturalmente, la que había escrito a medias, en vísperas de pasar por el consultorio dental, no llegó a ser concluida-, recibí una de Francesco. Bueno, aquí es menester que me detenga el espacio suficiente para explicar quien es Francesco. Yo había tenido unos excelentes amigo, ya fallecidos, que años atrás nos rogaran, tanto a mi mujer como a mí, el que fuésemos padrinos del único hijo que tuvieron, y digo bien el único, porque fue tardío y vino cuando nadie se lo esperaba. Esto había sucedido hacía casi 30 años, y ahora el muchacho, un guapo mocetón libre de ataduras familiares, recorría el mundo ejerciendo de modelo publicitario y su nombre -italianizado por imperativos laborales ya que trabajaba para una agencia romana-, era el mío, tal como fuera inscrito en el registro civil y luego bautizado. Pese a una diferencia de edad bastante notoria, mi hijo y él acabaron haciéndose buenos amigos, sobre todo cuando Francesco, en varios de sus viajes, recaló en Sydney que es donde vive mi hijo. Abreviando, en su carta me comunicaba que en septiembre venía a Barcelona para realizar un reportaje fotográfico dedicado a Gaudí... Vayamos por partes, Gaudí, su obra, era el decorado para la promoción de un coche de la Ford, y Francesco conducía ese vehículo. Aparte de comprobar entristecido de cómo en el extranjero dan más importancia a nuestra arquitectura modernista que nosotros, me entró un pequeño resquemor porque pensé que aquella inocente venida de trabajo, encerraba algún oculto designio referente a mí, y no era paranoia; Francesco mencionaba, de pasada, que una semana antes había estado en Nueva Zelanda, donde, “casualmente”, coincidieron mi vástago y él, mi hijo en viaje de negocios. ¿Simple casualidad? Como Francesco me escribía unas dos veces al año, deduje que aquella carta suya era extraordinaria y encubría unas intenciones persuasorias en las que se adivinaba la mano de mi hijo. Me encogí de hombros, bueno, que viniese Francesco, a ver por dónde me salía en su embajada, aunque, de todas formas, sería un agradable reencuentro puesto que yo profesaba un sincero afecto al muchacho. Dejando a un lado tales menudencias, que me hacían sonreír en lugar de quitarme el sueño, mi única preocupación se centraba en Raboseta mi gatita, que terminó, era ya de esperar, transformada en pupila de Carmela, por más que decir eso no signifique ninguna novedad, ya que entre la portera y el gato existía un tierno lazo nacido con la convivencia de muchos años –una vez fallecida mi esposa-, siendo Raboseta la niña de sus ojos y dejándose querer el animalito con todo el indiferente egoísmo del que hacen gala los felinos. Como requisito previo a la marcha, y tal vez uno de los más importantes, aproveché la visita obligada al médico con fin de vacunarme en previsión de posibles enfermedades tropicales, para que me hiciera un chequeo, dado que la altitud de Ciudad de México resulta considerable y es mejor prevenir, ya se sabe, porque puede, empleando el lenguaje castizo de Carmela, “darte un pasmo” en el momento más inesperado, así que vale más ser prudente si se decide realizar un viaje de tal envergadura, máxime cuando, hace algunos años -por eso el médico me quitó el tabaco-, tuve serios problemas bronquiales, ya olvidados por suerte. . Y llegó el gran día con toda la aparatosidad de las despedidas, aunque en este caso sólo fueran Raboseta y Carmela quienes me dijeron adiós a las 7 de la mañana de aquel miércoles, en el cual cargué mis maletas en un taxi que iba a llevarme a cierta terminal en donde hasta las 8.30 esperaba un autocar que nos transportaría al aeropuerto del Prat, punto de encuentro para coger con posterioridad el vuelo rumbo a Madrid. En el último momento me sentí tontamente sentimental y quise acariciar a Raboseta, que no me hizo ningún caso ocupada como estaba en rebañar su platito de leche matutina, y luego, frente a Carmela, pues de poco va que no la abrazo ya que realmente era la única persona a quien pudiera llamar “de la familia”, porque durante muchos años habíamos compartido el mismo edificio; cada mañana me había dado los buenos días, luego las buenas tardes y, sin faltar una, pasadas las 8, había regalado mis oídos con sus “buenas noches” que emergían de la cocinita de la portería, junto con el olor a coliflor o a sardinas fritas, como la agradable rúbrica de una larga jornada de trabajo. Pero ahora Carmela me miraba con cara de pocos amigos, por aquello que no entendía mis ansias de aventura, así que opté por darle la mano, encarecer por enésima vez que cuidara de Raboseta –advertencia por demás innecesaria-, y decirle que le enviaría muchas postales de mi viaje. Ella exclamó con su rudeza característica: -¡Si lo viera la pobre de la señora Eugenia yéndose solo por esos mundos de Dios, sin ella, que lo cuidaba tanto, lo que es a la vejez viruelas y a Méjico que se nos va, igual el avión se escacharra y to y aquí paz y después gloria, que pa oír rancheras también podía usté por el aradio! Imposible explicarle que yo no iba a escuchar mariachis precisamente. Me metí en el taxi, el coche arrancó y la última visión que tuve del portal de mi casa, fue la de una abrupta Carmela que se secaba los ojos torpemente con el dorso de la mano. -Bueno –pensé conmovido-, después de todo no es tan dura como pretende –y recordé como mi hijo adolescente la había rebautizado con el nombre de Humphrey Bogart, lo que le valió un cachete de su madre, y mi muda aquiescencia, no al bofetón, sino a la descriptiva salida. Llegué puntual a la cita, el taxista me ayudó a descargar el equipaje, y, ¡qué curioso!, ya no era yo solo el que se iba a México, súbitamente todo cambiaba, y como la serpiente se desprende de su piel, en un abrir y cerrar de ojos, de manera inconsciente, me desprendí yo también de mi pasado más inmediato, fiesta de jubilación con clepsidra incluida, para sentirme excitado y entusiasta ante una viaje que iba a compartir con mucha más gente. Nos aguardaban tres autocares y los nervios corrían de la cuenta de tres sonrientes azafatas que, como si de maestras se tratara en una excursión colegial, iban clasificándonos alfabéticamente para, más tarde, irnos ubicando en nuestros respetivos asientos. -A ver, usted, sí... Le corresponde el grupo C, tercer autocar, su asiento es el 20... -¡Por favor, señores, procedamos por orden, nadie se va a quedar en tierra, si todos estamos aquí, todos iremos a México!... ¡A ver, a ver, por favor, con permiso! -¡Cómo!, ¿qué se le ha olvidado el pasaporte, no puede llamar a su casa y que se lo traigan? La señora que decía haberse olvidado el pasaporte en casa parecía al borde de un ataque de histeria; era alta, delgada, sobre los cincuenta y tantos y poseía cara de aguilucho. Yo, confundido entre la masa de los ingobernables viajeros, había perdido mi identidad y era sólo un espectador, en esas, muy por debajo de mi hombro, mido un metro ochenta, pude escuchar una voz serena y desdeñosa que comentaba en voz alta: -Lo lleva en el neceser de mano, pero el neceser ya lo han metido en el portaequipajes. Bajé la mirada sorprendido de tanta seguridad y me tropecé con una increíble personita, también cincuentona, de cortísima talla, obesa, pelo corto, gafas redondas, bonita nariz, y boca de gesto enérgico que perfilaba un lápiz de labios intensamente rojo, lo cual le daba una gran dureza a su expresión. La mujercita llevaba un vestido floreado de manga corta, al cuello innumerables abalorios extrañísimos que luego supe eran amuletos, e irradiaba toda ella un aire pedante de sabihondez, que estomagaba. -¿Cómo lo sabe usted? –no pude por menos que inquirir, y a decir verdad que se me escapó la pregunta de forma involuntaria, ya que no suelo ser entrometido. La gordezuela dama me contempló con petulancia y no dijo nada porque fue otra la que se encargó de responderme por ella. -Lo sabe por que es Madame Rena –me espetó en tono admonitorio. Debí poner cara de estúpido ya que entonces la denominada Madame Rena, cuyo acento no era francés ni mucho menos, tuvo a bien informarme con gesto de conmiseración: -Usted creía que yo era amiga de la señora que piensa haber olvidado su pasaporte y que por eso lo sé, pues le diré, caballero, que es la primera vez que la veo en mi vida. -Pero... -Y añado que dentro de un minuto y medio, esa señora se acordará de dónde ha metido el pasaporte. Contemplé fascinado a la extraña mujer; no entendía el por qué afirmaba aquellas cosas tan insólitas y además, con semejante aplomo, y en mi sorpresa debió transcurrir ese lapso de tiempo profetizado, ya que casi instantáneamente oí un chillido de alegría y la del pasaporte empezó a reís como una loca, mientras gritaba: -¡Ya sé en dónde lo puse, ya sé en dónde lo puse, está en el neceser, en el portaequipajes! Atónito me volví para mirar a Madame Rena, pero ésta me daba la espalda conversando con varias personas que pude advertir la contemplaban con una expresión rayana en la idolatría. ¿Quién era tan desconcertante personaje, o, mejor dicho, “qué era”?
|