XIV CAPÍTULO

Tan lamentable incidente hizo que me entregase a mi destino como la oveja al matarife; ya nada me importaba, ni siquiera protestar tenía objeto. Había ofendido de manera mortal a Daisy desconfiando palmariamente de su integridad y eso no iba a ser olvidado con facilidad por la muchacha. Así pues, los “niños Santos”, podían ser en cierto modo, una solución a todos mis problemas, la locura, el nirvana, ¿qué más daba?, lo que fuese, bienvenido fuera... Madame Rena dijo que ella volvería, pero aunque lo hiciera yo no podría perdonarme jamás el haberme entrometido.

Según vaticinaron los nativos, y al parecer todas las fuerzas ocultas del pueblito ya habían previsto, de los cuatro elegidos para la ingestión del hongo mazateco, sólo yo llegué a ingerirlo; mis compañeros de viaje “recularon” como tan bien fuese augurado, lo cual le costó otro disgusto a Hortensia Bello ya que deseaba tener varias experiencias que contar en su revista. Don Homedes, sin embargo, no se inmutó en absoluto, y a mí, al darme todo igual, bien estaba lo que tuviera que ser.

Hoy, analizando los acontecimientos retrospectivamente, he llegado a la conclusión de que las cosas sucedieron tal y como debían. Supongo que si Daisy no se hubiera enfadado conmigo, los hechos posteriores no habríanse desarrollado de la misma forma, pero se enfadó y, al hacerlo, se alejó de mí, y éste fue el motivo por el cual... Mas no, no, no quiero adelantarme al desarrollo de la historia.

Con las primeras estrellas, o sea, enseguida, nos reunimos en el lugar indicado -una especie de amplio cobertizo bastante destartalado cuyo uso habitual desconozco-, y en donde tenía que realizarse la ceremonia. Flanqueándome marchaban Hortensia, Luz, Tony, Oscar, José Romay, Bonner y un selecto, léase reducido, etcétera de los más conspicuos personajes entendidos en la materia, que viajaban con nosotros, el imprescindible Teo Guasch naturalmente, todos, menos Madame Rena, a la que vislumbré junto a una Daisy de carita triste que intentaba evitar el mirarme, pero a quien la curiosidad podía bastante.

Mi estado de ánimo era el que se puede uno figurar –o sea el menos apto para cualquier tipo de rituales de esa envergadura-, así que cuando Don Homedes me mostró los hongos alucinógenos, ya no los contemplé con prevención sino casi con agradecimiento; cicuta hubiera ingerido en aquellas circunstancias con tal de borrar mi falta para con Daisy... ¿Exagero?, tal vez, mas a determinadas edades, cuando la vejez por estar cerca del final de la vida, inicia el retorno a la infancia, ¿qué puede esperarse?

Los hongos, muda presencia oscura y misteriosa, habían estado sobre su altarcito, a la luz de las velas, el chamán había orado en voz alta y cantado mientras ardía el incienso de copal impregnándonos a todos. Las velas eran insuficientes para iluminar la estancia, pero, aun y así, pude descubrir, a lo lejos, en las sombras, detrás de Don Homedes, al inclasificable Poldo Stanoslovsky.

No hubo necesidad de interprete, porque si bien el anciano hablaba en mazateco, sus gestos eran de por sí expresivos, y más tarde comprobaría algo verdaderamente incomprensible: él me hablaba en su idioma y yo le entendía con toda claridad.

O al menos creí que tal cosa pudiera suceder.

Me extrañaba que los flashes de los fotógrafos y el cámara con el video moviéndose en torno nuestro constantemente, no molestaran a Don Homedes porque siempre había creído que los ritos, fueran cuales fuesen, precisaban de silencio y recogimiento, pero se ve que estaba equivocado en esta ocasión. Ahora, a la entrada, Hortensia exigió sin paliativos que no se grabara absolutamente nada, advirtiendo que, a la salida, se registraría a todos los presentes por si escondían grabadoras; tuve una amarga reflexión, igual Daisy pensaba que había sido mía la sugerencia.

Es curioso comprobar que, cuando uno es protagonista de un acontecimiento, no sepa ni siquiera como relatarlo, sobre todo si encierra matices inusuales e implica muchísimas cosas.

En aquella ocasión yo era el centro de interés y pese a mi manifiesta depresión, esto hacía que me sintiera muy incómodo. Se esperaba algo sobrenatural en mi comportamiento, no antes sino después, mientras que lo único que yo deseaba era olvidarme de mí mismo y de mi estúpida cicatería de viejo metomentodo. Tal vez no fuera ese el estado de ánimo más apropiado para el lance, sin embargo, no cabía otro mejor.

Bonner habíame aconsejado que masticase el hongo lentamente cuando Don Homedes me lo entregara. Aconsejó: “las prisas, en este tipo de ceremonias están prohibidas... Será mejor que se lo tome con calma.”

Le hice caso, y el primer encuentro con los hongos sagrados me supo a musgo amargo mezclado con miel -ya que al cuenco que los contenía acompañaba otro con miel para endulzar su desagradable sabor-, nada más, luego y durante tal vez una fracción de segundo, en tal lo estimo, no pasó nada especial aunque, a renglón seguido, imperceptiblemente, hasta convertirse en una especie de oleada brusca, la semi oscuridad reinante se intensificó y las llamas de las velas parecieron crecer y desbordarse; yo moví la cabeza a imitación del que pretende sacudir un mal sueño. Para mi sentido de la lógica, las llamas no debían inflamarse como hogueras ni variar sus colores, siendo los mismos, hasta alcanzar tonalidades ácidamente estridentes. En ese preciso momento, la mano sarmentosa de Don Homedes agarró la mía con fuerza, depositando en ella un objeto duro y lleno de aristas.

-Mira... –escuché que me decía o creí escucharlo- Mira dentro del mundo del cristal...

Mis ojos se posaron en lo que acababa de colocarme en el hueco de la mano... y me dio la impresión de que tratábase de un diamante –más tarde me explicaron que no era más que un simple cristal de cuarzo-. Don Homedes alzó mi diestra hasta colocarla frente a mis pupilas, ordenándome de nuevo.

-¡Mira dentro del mundo del cristal!

(A mis espaldas, ante mí, a ambos lados, bajando del techo y brotando del suelo, una voz antiquísima empezó a cantar, de forma gutural y repetitiva, una melodía ininteligible.)

Torpemente, mis trémulos dedos sostuvieron el traslúcido mineral, y, obediente, observé en su interior...

Era como un pasadizo de luz, un túnel hexagonal por el que no se podía andar y se flotaba y al final, muy lejos, había una puerta triangular también transparente, pero que, no obstante, impedía ver lo que había detrás de ella, mejor dicho, sí dejaba ver, mas lo que se apercibía era oscuridad... Yo flotaba dentro de aquel espacio hexagonal... y una paz infinita empezó a señorearse de mi cuerpo y de mi mente. No experimentaba miedo alguno, me sentía muy feliz, era como si, de repente, me hallase transportado al paraíso perdido, ese lugar mítico en el cual se dice que el ser humano vivía dichoso sin conocer el hambre, el miedo, sin envejecer nunca... Había vuelto a mis orígenes...

La voz de Don Homedes tuvo resonancias de trompeta apocalíptica en mi cerebro:

-¡Entra en el Mundo de la Puerta Triangular!

Ello significaba, pues, que esa puerta existía, que no se trataba sólo del nombre de una revista esotérica...

Súbitamente empecé a sentir frío, un frío espantoso que me calaba hasta el tuétano de los huesos y me hacía tiritar con castañeo de dientes. Las llamas de las velas comenzaron a girar vertiginosamente en torno a mi persona en lo que constituía el recinto transparente del pasadizo hexagonal... Experimenté un vahído; iba a desmayarme...

Don Homedes frente a mí, parecía engrandecerse y fosforecer rodeado, o envuelto, en varios halos llameantes de luz de colores diversos y muy vivos –luego se me diría que había visto el aura-, pero no resultaba una imagen terrible sino más bien bondadosa y paternal... Sin transición, o tal se me antojó, tornóse transparente, ya que a través de su cuerpo pude ver a otras personas, entre ellas a Poldo Stanoslovsky, cuyos ojos claros, fijos en mí, brillaban como dos faros en la oscuridad mientras que sus cabellos casi albinos le nimbaban la cabeza como el halo de los santos. Parpadee y a continuación descubrí a Daisy, pero ella no estaba delante de mí ni detrás de Don Homedes, sin embargo estaba, de alguna forma extraña permanecía omnipresente allí y su imagen era dulce y muy bella, sosegada y me sonreía, ¡ya no estaba enfadada conmigo!

Don Homedes me friccionaba los brazos con algo, pero esto sucedía fuera del mundo triangular, en donde se hallaba mi cuerpo, no dentro del pasadizo hexagonal, lugar en el cual yo me encontraba y el frío gélido dejó de atormentarme... Una mano pequeña, seca y cálida, apretó mi frente haciéndome percibir todas las infinitas rugosidades de su áspera piel. De esa mano se desprendía una gran energía que fue impregnándome los diversos estratos del cerebro trayendo la calma a mi espíritu.. Las llamaradas de las velas comenzaron a menguar y la oscuridad creció... Yo seguía flotando dentro del túnel hexagonal cuya transparencia captaba la negrura reinante hasta que pronto todo fue noche iluminada por los puntos de convergencia de las aristas del diamante... Esos puntos luminosos eran estrellas en el firmamento, las más hermosas estrellas que jamás hubiese visto...

La voz de Don Homedes me llegó desde muy lejos:

-¡Entra en el Mundo de la Puerta Triangular!

Delante de mí estaba, había llegado finalmente... Y arrebatado por una salvaje alegría, un gozo indescriptible, me precipité, como el nadador en el agua, a través de ella, traspasando su duro contacto para fundirme en el amable vacío blando y vaporoso, acogedor, que me sustentaba... Cerré los ojos y los volví a abrir... Había llegado...

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