| XIII CAPÍTULO (2) | |||
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Poldo acarició
a su paso, distraído, una hoja grande y muy verde, asustando a un oculto
pájaro que huyó entre silbantes chillidos.
-Admiro su fidelidad, no sus procedimientos –manifestó con displicencia. -¡Estoy seguro que la policía los atrapará antes de que realicen cualquier salvajada! -Sí, es de esperar... Casi siempre ha sucedido así, después de la conquista hecha por los españoles. Después de aquello me quedé hecho polvo, ni las bellezas del paisaje que Poldo me iba señalando a intervalos con la mano, como el que indica vistas en un álbum familiar, ni su tranquilidad, lograron serenarme o calmar la inquietud que me dominaba, ni tan siquiera sus últimas palabras obtuvieron el efecto que debieran haber conseguido: -No se preocupe, nada sucederá que no tenga que suceder. Me hubiese gustado preguntarle, de hallarme en plan sarcástico, que a qué se refería con aquello de: “nada sucederá que no tenga que suceder”, ya que el concepto era muy amplio, y también muy en la línea de Don Homedes, ser y no ser, estar y no estar... tal vez morir... Y morir porque sí, sólo por el capricho de unos trastocados que se creían en posesión de la verdad e intentaban salvar el mundo según viejas recetas que nunca fueron operativas... mal que les pesara a muchos. Poldo se detuvo, estábamos entrando de nuevo en Huautla de Jiménez. -Tranquilice su ánimo, no volverá a ocurrir... Le miré sin comprender, ¿qué es lo que no iba a ocurrir otra vez? -Lo sabrá cuando llegue el momento –repuso el sorprendente personaje sin que yo hubiese exteriorizado en voz alta mis reflexiones. -¡Ah, ahí está! Me distraje con la voz que nos interrumpía y descubrí a pocos pasos a Luz Moreno, muy alegre, y escoltada por un fotógrafo que inmediatamente me disparó una instantánea con su cámara. -¡Oh, no! Yo no era una estrella, ¿por qué me atormentaban así? Luz corrió a mi encuentro. -¡Menudo susto nos ha dado, creíamos que se había fugado!... Es broma... ¡Venga, venga, que Hortensia y yo le vamos a hacer una entrevista, venga! Iba muy acelerada, como de costumbre, y se me antojó una descortesía que centrase todo su interés en mi persona habiendo allí alguien, en este caso mucho más interesante, como Poldo Stanoslovsky. Me volví con una sonrisa que pretendía excusar la descortesía de la joven periodista... y Poldo no estaba, pero, a mi alrededor, ninguna hoja de la maleza se movía, como habría sido lo normal, si una persona se hubiera apartado rápidamente internándose en la floresta. Tuve, tuvimos un día –los otros elegidos también cuentan-, de lo más solicitado periodísticamente hablando, lo suficiente, en mi caso, para que la noticia de los presuntos asesinos de la secta solar, se me borrase por unas horas de la memoria, lo que, en otro orden de cosas, era muy de agradecer. Tan ocupado me tuvieron entre todos, que apenas si vi de lejos a Daisy aunque siempre acompañada de Madame Rena, ya que de esta manera la criatura no se sentiría abandonada a su suerte en medio de la multitud; me hubiera fastidiado mucho el que hubiese llegado a creer que se me había subido a la cabeza, tan efímera notoriedad. Sin embargo, antes de que diera comienzo el temido ritual, pude hablar con Daisy a la que encontré en la posada charlando animadamente con un grupo de compañeros de viaje. Todos parecían muy excitados frente a la perspectiva del espectáculo que se avecinaba, con ellos, los otros seleccionados eran objeto de sus parabienes. Como mi aparición –había esto rehuyendo ese tipo de agasajos todo el día-, suscitara idéntico interés, hube de echar mano a toda mi diplomacia, que reconozco no es excesiva, para zafarme de ellos y poder hablar con la jovencita lo relativamente a solas que, dadas las circunstancias se podía. -Perdone que insista, pero vuelvo a aconsejarle que entregue usted esa cinta a la directora de la revista... Si no lo hace podría verse metida en un buen lío. -¿Por qué? –replicó ella dolorida- Yo no hago nada malo, no tengo la conciencia sucia y si no soy culpable no debo portarme como si lo fuera... Comprendo a Hortensia, pero conmigo la cinta está tan o más segura que con ella, así que no la entregaré –concluyó con terquedad. Yo porfié intentando no perder la paciencia por lo que no sabía si era una chiquillada o... algo mucho menos inocente. -Pues bien, por eso, por eso mismo, al no ser culpable, razón de más para entregar esa dichosa cinta... Piense que de una manera completamente tonta, puede verse metida en un desagradable asunto. Daisy se cerró en banda. -No la voy a entregar –aseguró con firmeza. Yo estaba consternado ante su tozudez. -Por favor, no ponga usted esa cara que no es el fin del mundo... ¿Por qué se preocupa por una cosa tan pequeña cuando está a punto de conocer a los “niños Santos” ?, eso si que es importante y no esta bobería de la cinta grabada... Entonces yo, irreflexivamente, dije lo que no tenía que haber dicho nunca. -Si usted no quiere entregar esa cinta me veré obligado a advertir a Hortensia Bello en su nombre, no tema, no la acusaré, no, le diré que por timidez ha delegado en mí para que yo se la entregue, que jamás hubo en usted mala disposición, que... Estaba pronunciando estas palabras y ya me arrepentía amargamente de haberlo hecho. La expresión de Daisy, sorprendida, horrorizada, dolida, humillada, enfadada, era por demás elocuente, y yo el caballero sin espada, el ridículo don Quijote que había prometido defenderla de cualquier problema, me sentí de repente hundido y avergonzado ante aquel proceder de delator justiciero que me había arrogado en virtud de no sé que trasnochados conceptos, pero era ya demasiado tarde. Los ojos de Daisy parecían doblemente más grandes de lo acostumbrado mientras me contemplaban con auténtico horror; bailaron las lágrimas entre sus pestañas y la voz le salió entrecortada al gemir: -Tenía que ser así... Géminis y Virgo siempre estarán en cuadratura, y Sagitario, tan legal, opuesto a Géminis, los niños del zodíaco... Eso lo ha estropeado todo... ¡Es usted malo y odioso! Me sentí tan desdichado que ni siquiera su cita astrológica, muy Daisy a pesar de todo, me hizo reír, y, aturdido, concluí de cavar mi tumba, con las siguientes estúpidas palabras: -¡Francesco hubiera hecho lo mismo en esta situación! Bruscamente comprendí que había perdido a mi amiguita y que ya nada iba a ser igual en adelante y aquella certidumbre me causó un dolor tan vivo y profundo como nunca me lo hubiera imaginado. De repente volví a sentirme viejo e inútil, un solitario sin amigos de juventud, el aburrido jubilado que viaja para matar el ocio y cuya vida no tiene ningún objetivo importante; si Daisy me rechazaba y se apartaba de mí, mi pequeño universo se quedaba sin luz y sin alegría, México oscurecido de golpe y las deslumbrantes y enigmáticas ruinas, todo, sólo postales antiguas, carentes de significado. Pude presenciar como ella daba media vuelta y se alejaba corriendo precipitadamente entre sollozos ahogados, sin que yo supiera hacer o decir algo, que la detuviera. Por suerte para nosotros estábamos entonces lo suficientemente aislados y no llamamos la atención... Miento, si había una persona, aunque no se encontraba allí, ni tan siquiera cerca; no era necesario. Di unos pasos casi a ciegas y entonces la vi venir, recortada silueta oscura sobre el blanco resplandor de un sol agonizante. Era Madame Rena; escuché su voz, su hermosa y juvenil voz que tanto sabía ser dura y seca, burlona, sarcástica, como infinitamente dulce y tierna, y así sonó ese instante para mí. -Ella vuelve. No dijo más, pero fue suficiente.
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