XII CAPÍTULO (2)

-El señor Poldo fue maestro de Don Homedes.

-Pero si es mucho más joven que...

-El señor Poldo siempre es así.

-Tan era así antes de que mi papacito nasiera.

-El señor Poldo es viajero... Pero siempre está en cuantito es menester, siempre hase bien las cosas.

Bonner y yo nos sentíamos acorralados.

-Pero ese hombre no...

-El señor Poldo cabalgó con Pancho Villa.

-El señor Poldo estuvo en El Álamo.

-El señor Poldo...

-El señor Poldo...

-El señor Poldo...

Hortensia Bello apareció de improviso como el ángel salvador.

-¡No se me escaqueé, señor mío, no se me escaqueé! –y eso iba por mí- Venga con nosotros que le vamos a hacer una fotografía con sus otros compañeros de viaje al mundo de los “niños Santos”.

La obedecimos dócilmente; la melopea entonada, loa hacia el señor Poldo, nos había dejado sin fuerzas, desconcertados, y con ganas de huir de lo que nos parecía –Bonner era de los pocos cuerdos que integraban la expedición-, una tortuosa locura.

Aquella noche dormí fatal y eso que el cuerpo se hallaba muy cansado, y, a la mañana siguiente, me desperté temprano y no precisamente contento ante la perspectiva de un nuevo día repleto de incógnitas inquietantes. Me sentía de muy mal humor y en mi fuero interno renegaba de toda la comedia aquella en la que mi mala cabeza me había metido, ¿porque, a quién se le ocurre, rezongaba furioso, mezclarse con semejante caterva de visionarios?, sólo a un viejo estúpido como yo, lo suficientemente insensato como para despreciar una vida feliz en Australia, al lado de un hijo, nuera y nietos, por esta aventura delirante en la que a mis ya casi 65 años me convertía en un “héroe” de pacotilla.

Como era demasiado temprano para el resto de los viajeros, que debían dormir aún, me deslicé fuera del albergue, posada, o cual fuese la denominación que en realidad tuviera el edificio con techo y veranda que nos servía de refugio, ya que el, llamémosle comedor, se encontraba desierto, lo que venía a significar cerrado al público, y fui a meterme en el bar, o cantina, del lugar, un poco más animado a aquellas horas, no sé si de gente que se iba a dormir o que entraba a tomarse su refrigerio matinal. Cuatro gatos y el olor a tabaco y alcohol que impregnaban las paredes del tabuco, a semejanza de una bruma persistente. Cuando entré, sonaba, con ecos de charanga de pueblo, una radio de modelo antiguo, no prehistórico, pero si pasado de moda, y eso ejercía de única nota discordante en un ambiente tan varado en el tiempo como aquel, en el cual la selva rondaba las casas pretendiendo acariciarles, aprehenderlas o engullirlas, con sus dedos verdes.

La luz neblinosa y el aire húmedo quedaron a mis espaldas cuando la puerta, una rústica cortina hecha de cuentas de madera coloreadas, me golpeó suavemente los hombros al penetrar yo en el interior el local.

-Buenos días –saludé.

-Buenos días, señor, ¿qué va a tomar?

Me acodé en la barra, algo más limpia que las mesitas, y el dueño, que era quien me había devuelto el saludo mientras los escasos parroquianos mascullaban algo entre dientes, se apresuró a servirme un café muy caliente, que fue lo que le pedí. El hombre tenía ganas de charla, y más sabiendo, como todo el mundo sabía ya, que yo era uno de los seleccionados por Don Homedes; quien no estaba predispuesto a la cháchara era el que suscribe, pero aun y así tuve que aguantar esa palabrería fácil que brota espontánea de cualquier dueño de local público en el que se expendan bebidas o bien te corten el pelo y te afeiten. Yo sonreía vagamente sin prestarle gran atención, porque no estaba en mi ánimo escuchar más despropósitos, cuando el hombre interrumpió su desbordante elocuencia, para soltar un reniego de esos tan típicos:

-¡Los jijos de la gran chingada!... ¿Ya oyó, señor, lo que dijo el radio?

Parecía hablar en tiempo pasado, así que pensé se refería a algún acontecimiento sucedido el día anterior o el otro.

-¿El qué?

-¡Escuche, escuche! –y con un gesto teatral señalaba el aparato de radio.

Escuché por inercia.

“-... se les supieron huidos de los alrededores capitalinos, hase sinco días, pero la polisía les sigue la huella.”

Evidentemente llegué tarde para captar el mensaje, porque después de estas palabras sonó música indicando que la noticia se había acabado.

-¿Qué es lo que pasa?

El dueño dio muestras de gran enfado, no conmigo, obviamente, sino contra la información retransmitida por radio.

-¡Unos malhechores, unos sectarios, unos orates, señor, gentes que se creen santos y son demonios de los que buscan sangre...!

-¿Cómo, cómo?

-Es una banda sacrílega –se acercó a mí por encima de  la barra y me lo dijo de manera ostentosamente confidencial-, señor, son los seguidores –se santiguo devoto-, de un dios asteca, un dios terrible, y pretenden haser sacrifisio el día del eclipse del sol...

-¿Un sacrificio? ¿A quién van a sacrificar?

-Eso no se sabe, señor, pero la piensan haser en grande, muy grande, señor, un sacrifisio en la selva, mero a la hora en que el sol se oscuresca todito.

-¿Pero, por qué?

-Tienen miedo que el mundo se acabe, señor, es el quinto sol.

Lo dijo como si yo pudiera saber de lo que me hablaba.

-¿Qué es el quinto sol?

Una voz inconfundible resonó detrás de mí.

-Puede ser la destrucción del mundo según antiguas creencias aztecas, y pertenece a la tradición el que esta catástrofe se conjure mediante sacrificios humanos.

Era Poldo Stanoslvsky.

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