XII CAPÍTULO (1)

Luciano Bonner, el escritor de ficción fantástica –o lo que fuera-, se me acercó, sin embargo no éramos íntimos, compañeros de viaje sí con algún ocasional saludo o comentario referente al paisaje o al alojamiento, pero nada más... hasta el momento en que Don Homedes me había señalado con su índice, lo que, al parecer, cambiaba con mucho la situación.

-Sinceramente –afirmó sonriendo-, gustoso ocuparía su lugar, pero está visto que muchos son los llamados y pocos los escogidos.

-Pues el lugar ha estado muy mal atribuido, señor Bonner... -refunfuñé- ¡Maldita la gracia que me hace!... Le aseguro que no siento ningún interés en participar en esos rituales o lo que sea, porque, además, no tengo la menor idea de lo que significan... ¿Qué es eso de los “niños Santos” la “carne de los dioses” o teonanacatl?

La reunión se estaba disgregando, los técnicos recogían sus equipos y los escasos nativos del poblado –yo le hubiera dado mejor el nombre de asentamiento-, se mezclaban con nosotros observándonos con la clásica curiosidad que demuestran los moradores de cualquier núcleo habitado, demasiado alejado de las grandes ciudades, y, en esta ocasión, situado en plena selva.

Luciano y yo echamos a andar juntos.

-¿Cómo es posible que ignore usted lo que son los “niños Santos”, versión cristianizada de “la carne de los dioses”?

-Yo ignoro muchas cosas, señor Bonner, piense que soy un auténtico neófito en semejantes avatares, si empleamos el lenguaje idóneo en estas circunstancias.

-¡Pero, hombre, por el amor de Dios!, ¿es qué no ha leído el programa del viaje en el folleto de la agencia?... No, ya veo que no, o al menos, en profundidad, vaya; en él se explica: viaje opcional a Huautla con posible ingestión de hongos alucinógenos...

Me detuve en seco.

-¿Quiere decir que me van a drogar?

-Más o menos.

-¡Cómo que más o menos!... Sepa usted que yo soy una persona seria, que jamás en mi vida he probado porquerías de esa clase...

Bonner me pasó el brazo por los hombros, coloquialmente.

-Amigo mío, este tipo de droga no es como las otras, ni crea hábito, ni va a dejarle secuelas... Este hongo es místico y bien llevado de la mano de Don Homedes, es decir, bajo su control, no le puede hacer ningún daño, créame, además, será una experiencia envidiable... El viaje más fantástico que habrá hecho usted en su vida... ¡Piense que el hongo sagrado le va a abrir puertas de acceso a dimensiones desconocidas!

El se estaba entusiasmando por segundos, pero su euforia no tuvo la virtud de contagiarme.

-Bonner, usted es novelista de temas fantásticos y le puede parecer maravillosa la aventura a la que entre todos me están empujando, pero le juro que gustoso le cedería mi puesto en el banquete, o lo que demonios sea, del hongo en cuestión... ¿Sabe usted cómo me siento?, pues lo mismo que una cobaya, como una desgraciada cobaya imbécil a la que van a narcotizarse para que no se entere de ninguna de las perrerías que le van a hacer... ¡Acceso a mundos desconocidos!... ¿Por qué diablos me habrá elegido también Don Homedes?

Una voz, de marcado acento extranjero, sonó a mis espaldas dirigiéndose a mí:

-Porque es usted, señor, precisamente usted.

Me volví con rapidez y allí estaba Poldo Stanoslovski, alto, delgado, con sus transparentes ojos azules, su bigote kaiseriano y sus largos cabellos albinos, sólo parecían faltarle la capa y el sombrero, entonces la semejanza con el Flautista de Hammelin hubiera sido perfecta.

-¿Precisamente yo?

-Sí, precisamente usted.

-¿Por qué yo?

-Porque el tiempo le está esperando...

No era aquella una respuesta muy satisfactoria que digamos y más tenía de enigma que de solución.

-¿El tiempo? Oiga, oiga,¿qué tiempo, qué clase de tiempo?

-Cuando llegue el momento usted comprenderá, señor.

Y en así diciendo el misterioso Poldo, con una muy amplia inclinación de cabeza, se despidió de nosotros alejándose a largas zancadas.

Tanto Bonner como yo, estábamos intrigadísimos, y yo, más que intrigado, empezaba a sufrir innominadas aprensiones a mi propio respecto.

-Me está entrando complejo de cordero apto para el sacrificio... ¿No se le ocurre a usted alguna idea para detener este asunto?

-Me temo que aquí mi imaginación no le vaya a servir de mucho... Habremos de llegar hasta el final.

-¿Habremos?, ¡oiga, oiga que soy yo el que va a llegar, a menos que un milagro no lo impida!

-¿Por qué no habla con sus futuros compañeros de trance?, tal vez esto le ayude un poco.

-¡Pues vaya un consuelo que me ofrece usted, Bonner!

-Creo que es el único del que dispongo –repuso, agregando con expresión divertida el novelista:-. ¿Sabe que la ingesta le exige una purificación?

-¿Cómo dice?

-En vísperas del gran acontecimiento no debe beber alcohol, no debe fumar... y no debe tener relaciones sexuales...

¡Hombre, lo que me faltaba oír!

-¡Pero bueno, ¿es que se piensan que soy un crápula o qué?!

Luciano me palmeó el hombro muy regocijado.

-¡Que no va por usted don Francisco, que no va por usted, que son las costumbres que forman parte del ritual!

Tímidamente, alguien me tocó el brazo, interrumpiéndonos, era un indio mazateco, uno de los habitantes del pueblito, joven, pero bastante gastado por la dura vida que allí llevaban.

-Señor –me dijo en fluido castellano que parecía haber aprendido muy lejos de esos pagos-, usted lleva la marca y Don Homedes le ha elegido, todos recularán en el último momento, pero usted no... Don Homedes lo sabe, todos nosotros lo sabemos... El señor Poldo lo sabe...

-¡Vaya, aquí parece saberlo todo acerca de mí cualquier habitante de este lugar, incluido el famoso señor Poldo! –exclamé exasperado- Creo que también tengo derecho a saber algo... Por ejemplo, ¿quién es ese Stanoslovsky y por qué sabe tanto de quién no conoce?

El mazateco se puso muy serio al responder, casi como si me amonestase:

-El señor Poldo es amigo de Don Homedes desde hase muchos años... El señor Poldo conose a Don Homedes desde cuando éste era escuincle...

(Escuincle quiere decir en mexicano, niño pequeño).

Luciano Bonner y yo cruzamos una mirada de viva sorpresa.

-¡Oiga –exclamó el novelista-, Don Homedes debe tener cien años por lo menos!

El otro le miró imperturbable.

-Si.

-Pero el señor Poldo...

Sin darnos cuenta se había formado a nuestro alrededor un pequeño corro autóctono y uno de los que lo integraban intervino y luego un tercero y un cuarto y lo que dijeron nos confundió todavía más a Luciano y a mí.

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