| X CAPÍTULO (2) | |||
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Don Homedes vivía
aislado en una humilde choza de rústico techo y paredes encaladas, en
realidad, más que humilde pobre, y más que pobre, misérrima, pero que
a los ojos de los lugareños cobraba indudablemente otro aspecto: el
de un templo sagrado de peregrinación, o el del palacio de un sumo sacerdote
de otras épocas muy distantes y quizás más felices para los nativos.
Don Homedes era muy viejo, nadie sabía a ciencia cierta cuántos años contaba, pero debían ser innumerables porque se trataba de un viejecillo diminuto, apergaminado y arrugadísimo en cuyo rostro brillaban unos incandescentes ojitos, pequeños como cuentas de cristal, que parecían encerrar toda la vida y la sabiduría del mundo. Su voz apenas resultaba audible y para empeorar las cosas hablaba en mazateco por lo que se hacía necesaria la ayuda del interprete, que además, tenía un acento mexicano imposible de entender, pero nada de eso importaba en realidad porque el hecho de que nos reuniésemos en torno a él conllevaba dos objetivos precisos: uno, el de conocer al más anciano de los chamanes de aquellas tierras, y el otro, por el que prácticamente había organizado el viaje la revista EL MUNDO DE LA PUERTA TRIANGULAR, consistía en llevar a cabo la que bien podría ser la postrera entrevista de Don Homedes, y eso, en argot de la prensa significa exclusiva, cuyo monopolio en este caso detentaba Hortensia Bello quien se las había ingeniado para conseguir los derechos de tal evento; la entrevista, pues, sería un cumplido reportaje, al menos a ello aspiraba, con todas las de la ley. Delante de la miserable casita de Don Homedes se montaron prestamente, altavoces y micrófonos, revox y todo lo necesario para que el público allí congregado, nosotros, no se perdiera detalle del histórico momento. Oscar y Tony, los fotógrafos de la revista andaban muy atareados preparando cámaras y vídeo con fin y objeto de que el documento gráfico no faltase en la extensión que el caso requería, Y Hortensia Bello iba de un lado para otro, muy nerviosa, procurando que todos los detalles encajasen perfectamente ya que se jugaba el prestigio de su publicación con aquella exclusiva mundial –no tenía ni idea de que se distribuyera internacionalmente-.Yo, un poco lego, no alcanzaba a comprender semejantes preocupaciones pensando que el suceso no era para tanto; como es natural, me equivocaba. En una de sus idas y venidas, al pasar Hortensia por mi lado, advertí que se la veía furiosa hablando casi a gritos, terriblemente exaltada. -¡Los muy cerdos, asquerosos cochinos!... ¡Va a pretender esa revistucha advenediza que sólo lleva tres meses publicándose, piratearme mi reportaje!... ¡Cómo pesque al repugnante espía ese, me lo van a tener que quitar de las manos!... ¡Pero esto no queda así, ah, no, cuando llegue a España les pongo una querella criminal! Lo cual significaba que había un topo infiltrado, esbirro de otra publicación, para “pisar” el reportaje. ¿Quién sería?... Y como un tiro me vino a la mente el recuerdo de la escena que, al píe de la escalera del hotel, tuviese lugar entre Madame Rena y el misterioso sujeto que daba la sensación de escoltarnos desde nuestro país, y luego, unos días antes, el otro conciliábulo similar en la playa con la compañera de dormitorio de Daisy. Recordé vívidamente el expresivo gesto en la mujer, con los dedos, igual que si contase... Entonces todo quedaba claro, aquel hombre era el espía, pero, ¿Madame Rena colaboraba?... Francamente, se me hacía un poco cuesta arriba dar por bueno que la astróloga practicase el doble juego en tan desleal asunto, no podía ser.. Iniciado el trato con ella no daba el perfil de una persona poco honesta, reflexioné que era demasiado sincera como para prestarse a turbios manejos. No, no, me resultaba imposible aceptar que Madame Rena hiciera de enlace secreto, posiblemente se trataba de otra cosa, y, el espía, quién quiera que fuese, todavía continuaba en el más riguroso de los incógnitos. Mas, ¿quién podía ser? Iba tanta gente en aquel viaje de LA RUTA DE QUETZALCÓATL-KUKULKÁN, que resultaba imposible identificar a un sospechoso, porque todos éramos inocentes hasta que se demostrase lo contrario, incluso yo mismo podía ser ese espía. De repente, a mi izquierda, se originó un pequeño tumulto y al hallarme muy cerca, pude enterarme de todo. Según deduje, Hortensia Bello había pedido las credenciales a un desconocido, que no era compañero nuestro -pero que se había materializado entre nosotros inesperadamente-, y tal exigencia acababa de desatar el alboroto. Daisy y yo alargamos el cuello con curiosidad. El desconocido no lo resultaba tanto para mí ya que le había visto rondando por el pueblito apenas lo invadimos, e incluso, hasta bebiéndose una cerveza en el bar del albergue en donde nos alojábamos. El individuo en cuestión, hombre alto, rubio, podríamos afirmar que casi albino, de ojos de un azul transparente y de edad indeterminada, tanto podía tener 30 años como 60, lucía un poblado bigote e iba escrupulosamente bien afeitado, en cuanto a ropa, aunque vestía a la usanza de los blancos por aquellas latitudes, tuve la impresión de que ir a la moda no era lo suyo, al ofrecer una imagen que yo estimé anacrónica. Evidentemente el hombre era extranjero, con toda seguridad de ascendencia nórdica o centroeuropea. -¡A mí no me venga con historias de que no tiene documentación –exclamaba Hortensia muy excitada-, ¿qué demonios hace usted aquí cuando este espacio lo he contratado yo para mi gente en exclusiva?... ¡Nadie que no seamos nosotros puede estar ahora en este lugar, conque si no quiere males peores, lárguese inmediatamente! El jaleo hizo que Don Homedes saliera a la puerta de su casita acompañado del traductor. El anciano, con su sola presencia, consiguió que Hortensia cerrase la boca y pareciera avergonzarse del escándalo, pero hubo más ante su aparición, un silencio casi religioso se extendió por la multitud, ya que Don Homedes, menudo y ancianísimo, emanaba de su pequeña figura como un magnetismo trascendente y muy especial que contribuía a pacificar los ánimos y a infundir respeto, no tratábase, desde luego, de Dulcedumbre Foliot; en Don Homedes no había espectáculo, Don Homedes era auténtico, ya que comulgases o no con sus mundos, el hombre no era un farsante. Daisy rebulló a mi lado y pude ver como sacaba de su bolsa segundos antes de que Don Homedes empezase a hablar -y con mucho disimulo además-, una grabadora de reporter. Recuerdo haber pensado vagamente, que Daisy no se había tomado semejantes molestias con Dulcedumbre en el teatro, y algo parecido a un presentimiento muy desagradable mordió mi conciencia. Don Homedes tenía un hilo de voz quebrada pero que aún traslucía vigor, hacía largas pausas al hablar y escuchaba la versión del interprete con los ojos cerrados. -Don Homedes no quiere sobresaltos ni ruidos, Don Homedes ama el recogimiento y la pas... Don Homedes se meterá en su casa y serrará la puerta para siempre si no guardan ustedes el debido decoro y los buenos modales... (Resulta sorprendente, pero fuera del acento, y algunos modismos, quién más quién menos en México, me estoy refiriendo a la gente de extracción humilde, se expresa al hablar, diría yo, hasta con elegancia, hecho que desde luego no hallamos entre los ciudadanos de igual estrato social, en nuestro país.)
Hortensia se acercó contrita al venerable anciano. -Le ruego me perdone, Don Homedes, no era mi intención promover este alboroto, pero aquel hombre no se quiere identificar, y yo... Don Homedes movió lentamente la cabeza fijando sus cansados ojos en el motivo de la discordia. -Bienvenido Poldo –dijo con dulce sonrisa-, bienvenido otra ves, buen amigo... Hasía mucho tiempo que no venías a visitarnos... (Nos enteramos porque mediaba el traductor). El llamado Poldo correspondió con otra sonrisa y un marcado acento extranjero inidentificable de tan mezclado: -He vuelto, maestro, he vuelto a decirte adiós, a despedirme... Todos seguíamos el desarrollo de los acontecimientos, desconcertados y con creciente intriga. -Reemprendes el viaje... –murmuró el anciano y, acto seguido satisfizo la curiosidad general con estas palabras:- Poldo Stanoslovsky es mi amigo, donde yo estoy él puede estar... y siempre ha sido así... Señorita Bello, si quiere usted su reportaje, mi amigo ha de asistir. Por supuesto que aquello fue definitivo y zanjó la cuestión.
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