| X CAPÍTULO (1) | |||
|
|
|||
|
El programa de la tarde consistía en visitar
determinado santuario moderno(?), con fin y objeto de asistir, y participar,
en una limpia colectiva de purificación –para el que quiera saber de
lo que va una limpia le diré que se trata de practicar ciertos rituales
que te libran de las influencias perniciosas, sean físicas, enfermedades,
o psíquicas, mal de ojo y esas cosas—, pero como yo me encontraba rendido
de agotamiento y era optativa, preferí quedarme a descansar en el hotel.
Tomé la decisión cuando regresábamos al autocar de nuestra expedición
al Mercado de los Brujos.
Mas, a fuer de sincero, debo admitir que Madame Rena colaboró en mi decisión, ya que en realidad ella fue quien realizó la sugerencia casi de forma subliminal y aprovechándose de mi fatiga. No sé todavía como se las ingenió, pero lo cierto es que me encontré diciendo que prefería echarme una siesta esa tarde para recuperar fuerzas ya que al día siguiente empezábamos a visitar en un tour maratoniano, Puebla -con posterior excursión opcional hacia Huautla-, Oaxaca, Dainzu, Mitla y Monte Albán. Y lo insólito del caso es que aceptase separarme de Daisy, aunque sólo fuera por unas horas, ya que la muchachita no quería perderse la limpia. -Soy demasiado viejo para tantos trotes seguidos –bromee, a lo que Madame Rena replicó vivamente: -¡Es mucho más joven de lo que se piensa, don Francisco, mucho más joven! -Usted, que me mira con buenos ojos... La adivina compuso una enigmática expresión. Al entrar en el hotel, vi merodeando por el amplio hall, a un personaje de quien había creído perder el rastro desde las playas de Cancún: al desconocido bigardo que pretendiese robarme la pareja en el baile, y el encuentro no me hizo ninguna gracia, máxime cuando pude observar que me rehuía a la descarada, pero acto seguido la cosa se complicó aún más porque, para mi asombro, le vi acercarse a Madame Rena –en un aparte teatral junto a la escalera principal-, con la que mantuvo un agitado diálogo en el cual el individuo en cuestión se mostraba alterado. Como yo avanzase en dirección hacia la puerta del ascensor, próxima al lugar en donde ellos estaban, pude escuchar lo que debía ser el fragmento final de su corto diálogo: Ella: ... de otra forma no puedo colaborar... ÉL: ... muy reconosido, cuento con usted entonses... Tenemos que evitar que... ELLA: ... de acuerdo, ayudaré, pero a mi manera, téngalo bien presente... El silbido del ascensor abriéndose delante de mí, me impidió seguir escuchando y tuve que subir. ¿Quién era aquel hombre y de qué podían tratar dos personas tan diferentes?, pero como me hallaba muy cansado no quise romperme la cabeza cuestionando el significado de tan insólita reunión. Trágicamente, días más tarde lo comprendería todo. A la mañana siguiente, muy temprano, de nuevo en ruta, primera parada Cholula -y su gran pirámide enterrada debajo de una colina-, antes de llegar a Puebla con objeto de admirar el complejo denominado Piedras Encimadas. Piedras Encimadas es algo increíble y te hace dudar que silenciosos e invisibles escultores no humanos, el viento, la lluvia, pudieron labrar semejantes prodigios. Nuestro guía nos informó que aquello podía ser obra de atlantes –la verdad es que el extremo no quedaba muy claro, al menos para mí-, mas fue recibido por el resto de mis compañeros con grandes exclamaciones de aquiescencia. Daisy, en cambio, no hizo comentarios a la vista de tales maravillas pétreas. Arrastraba el cansancio de los días anteriores y su vivacidad hallábase considerablemente apagada, cosa que no dejó de sorprenderme en el fondo, ya que su natural parlanchín no se mostró a la altura de las circunstancias cuando en el trayecto yo le pregunté por su experiencia en la “limpia espiritual”, de la que había podido oír alabanzas sin cuento en boca de los otros, tanto en la hora de la cena –a la que por cierto Daisy no compareció siendo excusada por Madame Rena: “la chiquilla está agotada y se ha ido a dormir”, como, a la siguiente jornada mientras nos agrupábamos para “agarrar” los autocares. Al sentarse a mi lado en el vehículo, Daisy me comentó que le dolía un poco la cabeza y yo lo acepté no sin recomendarle, hecho un vigilante abuelito, que debía llevar más a menudo la gorra obsequio de la agencia ya que el sol de aquellas latitudes podía dar más de un susto. La muchacha me dijo que sí, obedientemente y se sumió en un semi aletargado mutismo del que tampoco pareció recobrarse mucho cuando llegamos a Piedras Encimadas. Aquella noche dormimos en Puebla y luego partimos de madrugada para Oaxaca en donde nos alojamos, comimos y permanecimos dos días visitando las ruinas arqueológicas de Daizú y Mitla y, posteriormente, Monte Albán. En Daizú y Mitla, lugares proclives a los avistamientos de ovnis, tuve que pasar por el show de ver como nuestro particular contactado Mariano Riscal, organizaba unas sentadas cósmicas a la espera de algún encuentro en la tercera fase, que no tuvo lugar por más que casi todos aseguraron “haber visto cosas”. Miguelito Méndez, nuestro guía, una excelente persona, junto a mí en las ceremonias, hizo, en la primera, su comentario bastante crítico al respecto: -¡Ándele, ni modo que van a compareser platillos voladores porque el señor Riscal los convoque; los hombres de las estrellas son señores, no criados! -¿Usted cree en los ovnis? –pregunté por curiosidad. -Mero, señor, son puritita verdad, pero se asercan cuando a ellos se les antoja no cuando queremos nosotros. -¡Ha visto usted alguno? Miguelito bajó la voz mientras miraba de soslayo. -No más una ves en mi vida, señor, y casi va que muero de susto... Iba yo en viaje privado con mi carro, de noche, y mira que veo una estrella brillante en el sielo, justo delante como farol y me digo: Miguelito que tú sueñas, eso es demasiado grande para ser lusero y paro el carro y aquello empiesa a moverse,¡ay Virgensita mía de Guadalupe!, y yo me digo, Miguelito Méndes que llegó tu última hora, que vienen y se te llevan, y allí mismo voy y me hinco de rodillas y me pongo de plegaria encomendando mi alma a todos los santos y miro para el sielo de poco en poco y “aquello” que está bailando delante de mis ojos, y los aviones no bailan, y de repente se dispara hasia arriba como bala y ya no se ve más... Esa fue mi experiensia, y le aseguro, señor, que no la olvidaré mientras respire... Me quedé muy pensativo; Miguelito parecía sincero y su descripción del suceso había sido del todo expresiva hasta el punto que yo había creído acompañarle en su visión. -Que extraño es todo eso –me dije-, ¿será cierto, pues, que existen los ovnis al margen de todas estas mascaradas? Regresando de Monte Albán, al día siguiente salimos de Oaxaca e iniciamos nuestro viaje, aunque era opcional muy pocos se quedaron sin hacerlo, hacia Huautla, que quiere decir “Nido de Águilas” y se halla en plena Sierra Madre Oriental; en este lugar estaba programado nuestro encuentro con el mítico Don Homedes el chamán y allí mi vida se iba a transformar por segunda vez y de una manera definitiva hasta el punto, que, debido a eso, hoy ya no soy la misma persona que saliera de la ciudad condal -¡Dios mío, que lejos quedaba todo en el tiempo!-, sino otra muy distinta. (Ahora tengo que hacer un inciso antes de proseguir: nuestro destino eran exactamente las afueras del pueblo Huautla de Jiménez, en donde, inmerso en la selva, un poblado de casas de adobe, constituía el único círculo urbano que rodeaba a Don Homedes, por otra parte bastante alejado del mismo, aunque el sendero que conducía al chamán, siempre estuviese transitado.) Llegamos a Huautla, la que flota en la niebla, por la tarde después de un demoledor viaje en jeeps, ascendiendo a más de dos mil metros de altitud entre humedades neblinosas, lluvia intermitente, frío y un paisaje repleto de cafetales y otros campos de cultivo que alternaban la caña de azúcar con los naranjos y demás variados frutos de aquella región tropical, y nos hospedamos en un albergue que tenía de todo menos comodidades modernas, preparándonos intrigados para nuestro encuentro con el chamán, que se produjo poco antes de que la transición del día a la noche se hiciera en eso que no podríamos denominar con justicia, crepúsculo. El desplazamiento en jeeps fue muy corto y pronto estuvimos en la aldehuela; recorrer el camino que la separaba del habitat de Don Homedes, un breve paseo que sirvió para desentumecer las piernas.
|