| IX CAPÍTULO (4) | |||
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Madame Rena dio
fin a su último platillo con un suspiro de melancolía dedicado a las
exóticas exquisiteces a las que había rendido un justo homenaje.
-Sigue a tu corazón, niña, pero siempre después del primer deslumbramiento, porque si no has excusado la mentira de Foliot respecto al precio del libro, eso quiere decir que tienes sentido crítico y que puedes discriminar lo bueno de lo malo. Daisy tuvo una de sus salidas características: -¿Debo fiarme de usted, Madame Rena, y del profesor Romay? El parapsicólogo sonrió abiertamente ante su ingenuidad y la adivina soltó una carcajada; realmente era una mujer bastante jovial en contra de lo que yo había llegado a suponer. -¿A ti que te parece? Daisy se quedó muy pensativa, bajó la cabeza como si reflexionara y luego, alzándola, repuso alegremente: -¡Debo confiar en ustedes dos, mi corazón me lo dice! La adivina pareció enternecerse y rodeándole los hombros con su brazo gordezuelo, le estampó un sonoro beso en la mejilla. -¡Dios te bendiga, pequeña, y te conserve esa hermosa inocencia! Su reacción me sorprendió algo, ya que la respuesta de Daisy no parecía haber sido prevista por ella, pero de nuevo Madame Rena dio al traste con mis suspicacias –de todas formas tengo que reconocer que yo era un converso reciente-, al decirme irónica: -Usted es como santo Tomás, ¿eh? -Perdone, yo soy... -... desconfiado por naturaleza, lo sé. -Madame Rena, disculpe la pregunta, pero, ¿cómo es que siempre adivina el pensamiento o lo que va a pasar? -Eso es telepatía, amigo mío –repuso el profesor-, no se trata de ningún otro fenómeno inexplicable. -Ciertamente... Yo puedo captar el pensamiento, pero eso no es privativo. Todo el mundo posee esas capacidades, unos más desarrollados que otros pues nadie carece de ellas... Usted mismo, alguna vez, tiene que haberlas experimentado... mal que le pese... –concluyó maliciosa. Fruncí el ceño intentando recordar. -Si... –confesé a regañadientes- Alguna vez, pero supuse que se trataba de casualidades. De todas formas, mi segunda pregunta no tiene nada que ver con la telepatía... Usted adivina lo que va a pasar, eso no puede ser telepatía... -Eso es precognición –aseveró Romay-. Podríamos denominarla una suerte de telepatía a tiempo futuro. -¿Cómo dice? Con eso usted viene a sugerir que todo existe de antemano, o, lo que es igual, que hay un Destino. -¿Y acaso no es cierto? -Pero, Madame Rena... -Ya sé que cuesta aceptar que no somos los dueños de nuestra vida, ya lo sé, mas piense usted en los personajes de una novela, por ejemplo; todo en ella gira en torno a un hilo argumental preconcebido y los protagonistas en una novela, todos, hasta el más humilde, son protagonistas, cumplen con su papel, poco importa que éste sea feliz o desgraciado... Yo estaba perplejo. -Según semejante teoría, y el asunto se complica mucho más aún, somos la elucubración en la mente de alguien y además, necesitamos de un lector para existir... -No exactamente, aunque si podemos ser un sueño en la Mente de Dios –sentenció Madame Rena con gravedad-. En cuanto al lector, si es eso lo que le preocupa, le diré que tal vez sea nuestra propia consciencia. -Pe... Pero todo eso es terriblemente complicado. -Lo parece –convino amable Romay-, sin embargo no lo es tanto analizado en profundidad. -¡Una profundidad casi einsteniana! –exclamé-. Tales especulaciones más parecen propias de un científico... -¿Qué de una adivina y un parapsicólogo?... Mire usted, hoy en día la ciencia se está acercando a nosotros por el procedimiento más paradójico del mundo, por la misma investigación científica, recuerde, sino, las especulaciones de la física cuántica... Como podrá apreciar, las distancias que separan nuestro espacio mágico del lógico, empiezan a no ser tan insalvables. Me sentía abrumado, casi reprendido como un chiquillo torpe que no acaba de asimilar la lección, pero aun y así quise retirarme con dignidad del tema, y fracasé lamentablemente porque lo que dije fue una tontería. -¿Cuál es la verdad entonces, la verdad absoluta? -Eso es un misterio... –respondió sin vacilar Madame Rena- Para nosotros la verdad absoluta no existe como unicidad, porque somos pequeños e ignorantes, existe la verdad relativa y cientos de verdades paralelas y todas son nuestras y todas nos pertenecen. -Bueno –quise bromear-, ¿dónde estoy yo ahora, en cual de mis verdades paralelas? –me acababa de acordar del famoso gato de Schrödinger. -Usted está en todas y cada una de ellas –dijo José Romay-. Hay un cuento de Borges, si no me equivoco creo que se titula El jardín en donde todos los senderos se bifurcan, o algo parecido, que es bastante explicativo al respecto. (Por suerte había leído el cuento de J.L.Borges, y supe a lo que se refería aunque no acabé de entenderle.) -Espere a que visitemos a Don Homedes, él podrá contarle cosas todavía más inverosímiles –añadió Madame Rena. -¿El chamán? -Sí, el chamán... Créame, entrará usted en un nuevo concepto del universo... Será una experiencia muy interesante. Hubiera querido que me contarán más cosas sobre el mundo de los chamanes, pero allí concluyó la conversación, al romperla de manera brusca la médium Maguera con cara de fastidio. -¡Os estábamos buscando, tenemos que irnos ya! -Lástima –exclamó plácida Madame Rena-, ¡sosteníamos una charla tan agradable! Maguera le lanzó una mirada venenosa. -No pensé que aprovecharas el viaje para hacer consultas. -Ni las hago, querida, ni las hago, pero eso ya debieras saberlo tú... Maguera se mordió los labios.
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