I CAPÍTULO (2)

Y llegó por fin el temido día en el cual, encima, la empresa dio en agasajarme, creyendo que con esto me llenaba de gozo.

Yo había trabajado durante cuarenta años en una firma de barnices y esmaltes como su director químico, por tanto no se me podía despedir con un apretón de manos y un reloj de oro, entregado públicamente en la sala de actos de la firma entre los aplausos de mis compañeros; no, hubo una gran cena de homenaje en un lujoso restaurante gerundense, junto al mar, y el regalo consistió en una soberbia pieza de anticuario, una maravillosa clepsidra del siglo XII, cuyo obsequio me llenó de estupefacción por lo inesperado. El gerente pronunció un discursito emocionado, y creo que sincero, y los cuatro socios que componían la directiva, a dos les habían sucedido sus hijos, agregaron unas palabras en las que se me llamó “base principal de la casa” y “su razón de ser”... Bueno, debe reconocerse que los elogios siempre agradan, y que a uno le llamen tantas cosas bonitas en el transcurso de una cena memorable de “fin de carrera”, pues no deja de impresionar vamos, así que me emocioné como el que más y las palabras que tenía preparadas, breves y concisas, se convirtieron en un torrente de elocuencia sensiblero, mas dado que todos los allí reunidos nos encontrábamos lo que se dice razonablemente bebidos, supongo que nadie se dio cuenta, en realidad, de la cursilería que destilaba mi perorata.

El amanecer del nuevo día me enfrentó con la blanca superficie de una jornada sin estrenar y que carecía de contenidos; lo más semejante a un callejón sin salida.

En primer lugar tenía una resaca de campeonato y por ello, debido a la falta de costumbre, me encontraba fatal, en segundo no sabía por donde empezar el “disfrute” de mi reciente y bien ganada ociosidad, pero como aquel día era domingo y estábamos a principios de junio con un calor más que regularcillo, decidí irme a un cine de estreno, refrigerado como es lógico, donde reponían un clásico de los años 40 que me apetecía volver a ver. Regresé al hogar a eso de las 9 de la noche, puse la tele, vi las noticias –todo desastres-, y luego salí al balcón a tomar el fresco contemplando como la noche empezaba a oscurecer el cielo por encima de los frondosos plátanos de la avenida.

Al día siguiente decidí renovar por mí mismo el empapelado de unas cuantas habitaciones, decisión que le valió a Carmela un sarcástico comentario al enterarse y que prefiero no transcribir.

Bueno, ¿qué puede decirse de una vida sin objeto en la que por no saber que hacer, te pierdes en mil y una actividades extrañas a tus costumbres habituales, y no siempre con el éxito apetecido?

Empapelé mal, aunque por puntillo lo dejé así, me dio un semi ataque de lumbago porque no estaba acostumbrado a tales menesteres y me lo tuve que pasar en silencio con friegas de una vieja receta que mi esposa empleaba contra toda clase de dolores musculares y que, por suerte nunca fallaba, luego, tras unos días de profunda y silenciosa reflexión, decidí reemprender un hobby mío, de tiempos muy juveniles, y que tenia que ver con la entomología, de forma que cogí el coche yéndome al campo dispuesto a empezar una nueva colección de insectos.

Me persiguieron tres avispas y una me alcanzó, de poco me muerde una víbora y el remate fue que me caí por un terraplén y si no me rompí la crisma es porque Dios no quiso.

Magullado y contuso, retorné al hogar con dos escarabajos y una chinche campestre, amén de una pella de barro seco adherida a mi antebrazo derecho, o sea, en el lugar escogido por la avispa para picarme.

(Debo confesar que este fallido intento de retorno a una antigua afición, terminó tan rápidamente como había resucitado).

Al día siguiente amanecí estornudando, preludio de lo que fue un engorrosísimo resfriado de verano, y, el final, después de pasarme una noche con punzadas horribles en una muela, me brotó un flemón y tuve que ir al dentista, que es lo que más odio. Huelga decir que al llegar a este lamentable punto, yo ya había arrojado la toalla...

Sí, era un viejo y mi vida no tenía ningún objetivo decente, no sabía que hacer conmigo mismo -compañía indeseada si sólo evoca recuerdos nostálgicos-, todo lo hacía mal y, además, lo único que cometía eran estupideces. Lo más cuerdo iba a ser el escribir a mi hijo y comunicarle que claudicaba, que me reuniría con ellos en cuanto el dentista me extrajera la dichosa muela, y antes de irme a la cita fatal, quizás por aquello de retrasar un poquito más el trágico momento del encuentro con el odontólogo, dejé a medias, sobre la mesa de mi despacho, una carta para Australia en la que me rendía incondicionalmente.

Abatido, cabizbajo, arrastrando los pies al andar, penetré en la salita de espera, sintiéndome el más desdichado de los humanos; en un breve lapso de tiempo, mi organizado, metódico y lógico mundo, se había venido abajo igual que un castillo de naipes y yo no era yo, había dejado de serlo, no era otra cosa mejor que un químico sin laboratorio, un trabajador caducado, un viejo sin porvenir, y, sobre la mesa del despacho, la clepsidra medioeval, agenda agorera que marcaba el paso hacia un futuro irremisible: "todas hieren, la última mata”. Estaba acabado.

Tres dolientes y aterradas criaturas, me precedían en el turno de la antesala. Indiferente al dolor ajeno, me dejé caer, derrumbar sería más preciso, sobre la sillita funcional y alargué la mano a tientas casi, sobre la mesilla en donde se amontonaban esas variadas, y aburridas, revistas de consultorio médico, cogiendo una al azar.

¿Debo detenerme ahora?, tal vez sí, porque en ese instante, y merced a un gesto tan simple como el de alargar la mano, mi vida cambió por completo -bueno, en realidad ese fue el comienzo definitivo de una serie de cambios sucesivos, como los peldaños de la escalera que van conduciendo a algún sitio-, pero yo entonces no lo sabía y no lo supe hasta mucho después, cuando nombres propios como Dulcedumbre Foliot, Drassida, Derenna, Don Homedes, no resultaban para mí extraños sino cotidianos y normales dentro de su exotismo.

Ojee la revista sin fijarme, fotos en las que salía gente, artículos pulcramente impresos en papel couché, e iba a volverla a colocar otra vez sobre un insulso anuario y dos libritos de crucigramas ya descifrados, cuando al girarla, su contraportada saltó ante mis ojos metiéndomeseme por ellos hasta el cerebro como si fuera un grito de atención, y sólo se trataba de un anuncio como otro cualquiera que rezaba lo que sigue:

LA RUTA DE QUETZALCÓATL-KUKULKAN TE ESPERA. VEN AL MÉXICO PRECOLOMBINO CON EL MUNDO DE LA PUERTA TRIANGULAR; TU REVISTA PARACIENTÍFICA TE INVITA EN SU V ANIVERSARIO A QUE REALICES CON ELLA UN VIAJE MÁGICO Y DE ENSUEÑO AL PASADO, ¡NO PUEDES PERDÉRTELO!

Y así empezó todo.

De cómo yo, que aceptaba ir a Australia a regañadientes, saliera disparado, después de la visita al dentista, rumbo a la agencia de viajes que se ocupaba de la parte técnica de LA RUTA DE QUETZALCÓATL-KUKULKAN, es algo que aun hoy no acabo de entender, pero lo hice y no me arrepiento. Tal vez fueron las fotografías sobre el México precolombino, tal vez que ello significaba para mí un hermoso adiós a la vida activa, lo cierto es que, de repente, quise hacer ese viaje y desaparecieron el abatimiento, la cabeza inclinada y los hombros hundidos, y no entré arrastrando los pies en la agencia cuando fui a inscribirme, consiguiendo, dato singular, el último pasaje que quedaba para el viaje.

-Se ve que le estaba esperando.

Me dijo la empleada con una amable sonrisa, a lo que yo repuse absurdamente:

-Debía ser nuestra última oportunidad.

-Pues ha tenido usted mucha suerte, piense que la revista ha salido hace dos días, y, fíjese, la última plaza de 100 justas, claro que, con un precio así...

¿La revista?, sí, la revista se llamaba EL MUNDO DE LA PUERTA TRIANGULAR, pero, ¿de qué demonios trataba esa revista?... ¿De viajes?... La verdad es que hasta el anuncio lo había leído sin fijarme demasiado en lo que encerraba, para mí se trataba únicamente de un viaje al México de los aztecas y los mayas.

La señorita de la agencia me siguió informando gentilmente, captada mi expresión de absoluto despiste.

-Es una revista de paraciencias muy buena, no me diga que no lo sabe si ha venido por ella...

-La verdad, fue puro azar; no la he leído nunca.

-¡Qué me dice ahora!, ¿es posible qué no la haya leído usted nunca?... ¡Si la conoce todo el mundo!

-Verá, yo... El caso es...

Estuve a punto de decirle que era químico y que no creía en esas tonterías de las paraciencias, mas se trataba de una muchacha muy agradable y no quise resultar grosero, entonces, forzando una sonrisa en mi hinchada cara, repuse finalmente:

-Verá, yo no estoy muy al tanto de ese tipo de revistas, la he encontrado en la consulta del dentista y me ha parecido un viaje muy atrayente, eso es todo.

Ella volvió a sonreír, en esta ocasión con gesto profesional; no era cuestión de polemizar con un cliente.

-Le deseo que se lo pase muy bien... Recuerde que el viaje es dentro de 15 días, espero que para entonces su flemón haya dejado de molestarle, sería un incordio en tan bonito viaje, ¿no le parece?

Asentí un tanto vejado por su solicitud y todavía más se acentuó mi incomodo cuando la joven, bajando imperceptiblemente la voz, me dijo con acento casi maternal:

-Una prima mía también hace este viaje, le diré que cuide de usted.

Ya no intenté sonreír; la perspectiva de una solterona en plan cinegético con el pretexto de un viaje turístico –tenía que ser una solterona porque de lo contrario no me la hubiera recomendado-, empañó de manera instantánea mis felices ilusiones, y, roncamente, le di las gracias a tan solicita interlocutora.

 

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