| IX CAPÍTULO (3) | |||
|
|
|||
|
Madame Rena levantó
un instante los ojos de cuantos sabrosos platillos le estaban colocando
delante y observó con cierta ironía:
-Ya le empezamos a caer mejor, ¿no es cierto? -Madame Rena, a usted no se le puede ocultar nada –reconocí muy a mi pesar. El parapsicólogo me miró con simpatía. -No le censuro si se muestra precavido, en nuestro mundillo paracientífico no es oro todo lo que reluce; existe mucho fraude y muchos falsos visionarios, y también mucho fanatismo y superstición, esto último en las masas de correligionarios o fans... ¡Si usted supiera cuanta gente viene a mi consultorio para explicarme historias delirantes de aparecidos o mensajes del más allá!... Y por lo que hace a reencarnaciones, Napoleón ya ha pasado de moda, ahora se cree en Jesucristo o los apóstoles, o contactados con extraterrestres. Le contemplé asombradísimo. -Usted es parapsicólogo, ¿no? -Sí, pero no estúpido... Precisamente por que soy parapsicólogo estoy en la obligación de llegar hasta el fondo de la verdad, y la verdad no es tan fantástica como muchos quieren hacerla parecer... ni tan sencilla como otros pretenden que sea. El punto medio es una investigación abierta y profunda realizada sin prejuicios ni deformaciones sociales o religiosas. Madame Rena engulló rápidamente un bocado para intervenir; Daisy escuchaba toda oídos: -Piense usted que el concepto de magia, o lo que se entiende por ello, no es que digamos muy mágico... Aunque la palabra se acuñe desde hace siglos; la magia no es sino el nombre que se le daba a la ciencia en aquel entonces... Hubo una vez un sabio hebreo en Toledo, que fabricó lo que él llamaba, “un hombre de palo”, tan eficiente que iba a buscarle la comida al mesón o el agua a la fuente, y sus conciudadanos denominaron aquello brujería, cuando hoy habríamos dicho que el hombre de palo era un robot, o un androide, y nadie se hubiera santiguado delante de él, y como eso, así todo en lo referente a desinformación... Estoy de acuerdo con el profesor Romay en que existe mucho granuja suelto... Por eso es normal que haya personas, a semejanza de usted, por ejemplo, que nos miren con recelo o nos rechacen con miedo, ya, ya sé que ese no es su caso... Una grata sensación de tranquilidad me iba invadiendo. Era la primera vez que hablaba con ellos, fuera de los saludos y comentarios corteses, y, francamente, me gustaba su modo de expresarse, creía haber estado entre fanáticos y sectarios y descubría maravillado que eran personas normales que razonaban cuerdamente, o, al menos, de una forma coherente y bastante lógica, mas, de repente, me asaltó una duda. -¿Qué opinan de Dulcedumbre Foliot? Madame Rena frunció el ceño con desagrado. -Podredumbre Foliot, diga mejor. -Ustedes fueron... -¿Y quién no amigo mío, no se dio cuenta de que la mayoría de los asistentes éramos turistas? –Madame Rena miró con nostalgia su plato vacío- Para poder hablar de las cosas hay que conocerlas... Nosotros sabíamos de Dulcedumbre, pero es necesario verle y oírle para juzgarle. Ya sospechábamos que se trataba de un fraude, que confirmó su actuación, y ¡“Roma veduta, fede perduta”!... -concluyó echándose a reír. -No me dirá que le convenció –comentó Romay irónico. -¡Por supuesto que no! –protesté calurosamente-, aunque debo aceptar que hubo algunos momentos, cuando cantaba esa chica, Derenna, que me conmoví. -Derenna es su mejor acierto –sentenció Madame Rena-. La sacó del guetto de Harlem, la chica había nacido en Charleston y, dando tumbos, fue a parar allí, y él le hizo creerse que era la hija reencarnada de un blanco, lo que a la pobre muchacha la elevó al séptimo cielo, después de eso se aprovechó de su voz y bien que le va gracias a ella, y en cuanto concierne a Drassida, con ese nombre abrasivo, es la clásica arribista que le sigue el juego ya que para eso se ha liado con él... ¡Es una inmoralidad lo que hacen embaucando de esa forma a las gentes incautas! -Sin embargo el público quiere espectáculo –terció José Romay-, ya que sus vidas son aburridas y vacías, y Dulcedumbre Foliot se lo da pero no precisamente a precio de saldo. -¿Cómo pueden tragarse esas historias ridículas? -Los pueblos tienen mentalidad infantil y adoran los mitos, es más, los necesitan; el mito es a la humanidad lo que el sueño al hombre, sin él muere, por eso las leyendas y sus hacedores siempre tendrán éxito. -Lo cual no significa –puntualizó Madame Rena-, que nosotros no creamos en la vida extraterrestre, porque es de vanidosos pensar que en la Tierra sólo pueda darse vida inteligente, lo que también es un decir. Existe una pluralidad de mundos en el espacio y en todos ellos puede existir la vida, seguramente, no cómo aquí se conoce, pero puede, debe, existir perfectamente, aunque no, claro está, en la versión de Dulcedumbre Foliot, que es de cómic y malo además. Moví la cabeza desconcertado. -La verdad, me sorprenden ustedes, yo pensaba que... -Que se había metido en el barco de los locos, ¿no es así? -Mal que me pese el reconocerlo, Madame Rena, así es. Daisy tomó medrosamente la palabra, semejaba estar un mucho confundida. -Perdonen ustedes, pero yo... yo me lo creo todo siempre... Yo pensaba, imaginaba, que todos los que viajan con nosotros, los ocultistas de renombre, quiero decir, eran todos de fiar, como si, por serlo, llevasen una etiqueta garantizándolo, no pude sospechar que la mayoría... Claro que me he pegado algunos chascos y gordos, por ejemplo con Teo Guasch, que por cierto, de asesor esotérico aún está eso por ver... ¡Si no ha dicho ni pío en lo que llevamos de excursiones, quiero decir sólo lugares comunes, repitiendo como un loro lo que cuenta Miguelito!... Luego, el mismo Dulcedumbre, yo me lo tragué todo y lloré como un becerro, pero cuando vi en su libro que se lo habían impreso gratis me sentí muy mal... ¿Por qué la gente que habla de una manera obra de otra muy diferente?... Sobre todo aquellos que pregonan su espiritualidad o su altruismo como si lo vocearan en la plaza pública... Y me pregunto yo ahora, ¿en quién se puede confiar?; es francamente difícil si las cosas son tales como ustedes cuentan –y se nos quedó mirando desorientada, con unos ojos como platos.
|