IX CAPÍTULO (2)

Contemplando con desesperación las filas de innumerables botellines que un pequeño cartel señalaba como “PERFUMES ZODIACALES”, por suerte para mí pude acordarme al ver el suyo escrito en la etiqueta de un frasquito.

-¡Géminis, Géminis, es este!

Mientras me lo envolvían en un papelito de colorido chillón; Romay comentó mirándome especulativamente:

-Yo le hacía mercuriano, desde luego, pero no Géminis, sino Virgo...

Me azoré mucho más.

-¿Cómo... Cómo dice?

Una hermosa voz femenina resonó a nuestras espaldas:

-José, nuestro amigo es lego en astrología.

Era Madame Rena. Súbitamente me vi emparedado en medio de los dos.

-No tema –dijo aquella extraña mujer con una sonrisa-, sus secretos le pertenecen y nosotros no vamos a desvelarlos.

Daisy apareció enloquecida de felicidad. El hecho de que su máximo ídolo, estuviera “platicando” conmigo, le restaba timidez, ya que habitualmente la desconcertante joven, merodeaba en torno al objeto de su admiración, decidiéndose muy de tarde en tarde, a dar el gran paso que las acercase.

-¡Madame Rena, profesor Romay, que alegría más grande encontrarles aquí juntos a los dos!

(Ese nexo de unión “aquí”, era yo indudablemente).

Romay, que tenía sentido del humor, quiso saber:

-¿Alguna consulta bilateral conjunta?

Y la inefable Daisy, con su inconsecuencia característica, al reparar en el puesto, prorrumpió jubilosa:

-¡Perfumes mágicos! –decidiendo muy rápida- Deme perfume de wistheria... ¿Querrán creer que no lo había encontrado aún? –nos dedicó una esplendorosa sonrisa- ¡Es el mío, el que me pertenece zodiacalmente!... Porque soy Géminis, ¿saben?...¿Cuánto vale?... Tenga...

Yo empecé a sentirme incómodo por más de un motivo -¡vaya, pues me había lucido con mi regalo!-, pero Madame Rena salvó la situación con soltura cogiendo Daisy por los hombros y apartándola del tenderete en tanto el comerciante le alargaba la dichosa esencia de wistheria.

Empezamos a dar vueltas sin sentido, y digo sin sentido porque todas las compras ya parecían haber sido hechas, al menos por nosotros cuatro. Finalmente, y a petición de la adivina, buscamos un lugar en donde hubiesen mesas, sillas y sirvieran algún tipo de refrigerio, paraíso que nos costó hallar por encontrarse un tanto alejado de aquel remolino de puestos más dedicados a la venta de productos mágicos que no a otra cosa.

Y así el destino me empujó a mi primer, e insoslayable contacto íntimo, tête-à-tète, con los brujos.

No obstante, tengo que decir, en descargo de mi conciencia, que el término “brujo” no es el correcto si lo hemos de aplicar a Madame Rena y al profesor Romay, pero éste es un error en el que suelen incurrir a menudo los desconocedores de la materia; Madame Rena se dedicaba a las artes adivinatorias y Romay a la parapsicología y eso no constituye brujería, ya que la brujería es algo muy diferente, pero que yo lo ignorase entonces resultaba lógico.

Cuando alcanzamos el oasis, mesas, sillas, refrescos y comida, la adivina se desplomó sobre una minúscula sillita de tijera, ofreciendo evidentes síntomas de agotamiento. Se nos acercó entonces para atendernos, una  mocita morena de largas trenzas y amable expresión, que hacía las veces de camarera e iba vestida con un traje largo, negro pero profusamente bordado, y empezamos a pedir. Supongo que todos necesitábamos reponer fuerzas después de tanto ajetreo, pero quizás, quien más, fuese Madame Rena, ya que debido a su voluminoso aspecto sudaba angustiosamente y como es natural tenía que beber bastante; yo siempre me he fijado que las personas obesas suelen ser grandes bebedoras y comedoras, es decir, que no aguantan un poco de ayuno ni de sed porque enseguida palidecen y se desmayan, circunstancia que nunca he acabado de comprender puesto que soy delgado y puedo pasarme horas enteras en abstinencia de comida y líquido, sin el menor problema. Pero, a lo que iba, tomamos posiciones, agradecidos por la pausa, y a la espera, no tuvimos tiempo de aburrirnos ya que Daisy llenó el impás hablando a borbotones, según era costumbre en ella.

-¡Perdone, Madame Rena, por lo tontísima que me porté con usted el otro día cuando me puse mala delante de la pirámide de Kukulcán, usted, tan amable, y yo muda y antipática, claro que estaba mareada, ¿no?, pero es que eso no es excusa... Todos estos días se lo quería comentar y no hubo ocasión, o yo no supe encontrarla, por eso ahora le ruego que me disculpe!... ¡Oh, qué lugar más mono, ¿no? la verdad es que si pasamos, de las pirámides y las ruinas, a lo típico, pues que lo típico es una delicia, está esto tan vivo, tiene tanto color!... ¡Me gustaría ser mexicana como esa chiquita!... ¿Han visto que cabello tan negro tiene?, ¡es guapísima!... ¡Anda, si ya viene trayéndolo todo, bueno, o casi todo... ¡Oh, estupendo!, coca cola, tortillas y, y... Espero que no sean gusanos del Maguey, fritos... No, ya veo que no... ¡Qué bien se está aquí, ¿verdad?!... ¡Estamos haciendo un viaje maravilloso, ¿no creen?, si después de esto el resto de mi vida no me muevo más de casa, no protestaré, cuando se toca el cielo con una mano no se puede pedir más, ¿no les parece?!... Profesor Romay, México me gusta mucho, pero desde siempre, por eso cuando EL MUNDO DE LA PUERTA TRIANGULAR ofreció esta ruta y mi prima me lo dijo, yo me apunté rápido, ¿cree usted que habré vivido en este país en otra existencia?

En contra de lo que yo esperaba, Romay le respondió con paciente sonrisa:

-A todos nos gusta México, el actual y el precolombino y puedo decirte que a mí también desde siempre, pero ello no quiere decir que hayamos vivido aquí en otra existencia...

-¿Por qué no?

-¿Recuerdas tú algo?

-No, nada, no identifico nada... –se quedó una fracción de segundo pensativa- Bueno, tal vez... ¿Podría ser un indicio el que me marease viendo las escaleras de la pirámide?

Romay se echó a reír.

-Ahí nos mareamos todos, pequeña...

-¡Oh, que bien, ya traen el resto de las cosas!... Pero, ¿no decían que los mexicanos son tan calmosos?...¿Saben ustedes el chiste aquel del mexicano con sarape y el sombrero tapándole la cara... ?

Debo reconocer -chiste aparte de la inefable Daisy-, que me sorprendió mucho el que Romay no se perdiera en especulaciones metafísicas y ello abundó en el buen concepto que empecé a tener de él cuando le propinó las dos bofetadas a aquella histérica que diese el espectáculo junto al Cenote Sagrado.

 

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