IX CAPÍTULO (1)

No era demasiado tarde cuando regresamos al hotel, el espectáculo se inició a la 8 pm, y entonces nos enteramos de que mientras nosotros estábamos escuchando a Dulcedumbre, en la frontera de México con Guatemala, había habido un movimiento sísmico, o como por aquellos pagos se dice, “una movidita”, o sea, un terremoto, mas al parecer de escasa importancia ya que tuvo lugar en el interior, en la selva, y allí, en teoría, no había víctimas por las cuales preocuparse.

Alguien reflexionó muy científicamente, que la culpa la tenía el próximo eclipse de luna, y otro, a quien le daba por la mística, arguyó que el grito de ¡AMOR!, había llegado al centro de la Tierra desgarrando su superficie. En fin, que me retiré a descansar ya que a la mañana siguiente visitábamos Teotihuacán y había que levantarse temprano.

Permítame ahora el lector que dé un salto de 24 horas y le lleve conmigo de visita al Mercado de los Brujos de Sonora, excursión que debe ser narrada con todo detalle.

(¿Teotihuacán?... Eso vendrá más adelante, porque merece un punto y aparte muy especial... Teotihuacán, el lugar donde los hombres se convierten en dioses... )

Aquel fue el primer contacto que tuve, o que tuvimos, mejor dicho, con el México tópico, ese, de quien más quien menos, llevaba el estereotipo de lo folklórico impreso en la memoria, estereotipo fácilmente atribuible a cualquier país que se visite por primera vez, porque en Cancún todo fue demasiado moderno y en Chichén Itzá, Mérida, etc., todo demasiado antiguo y un México D.F. en el que los edificios, similares a los de cualquier ciudad del mundo, siendo los más antiguos heredo-colonizados, no aportaban sorpresas, un México D.F, vuelvo a repetir, recorrido a bordo de un veloz autocar con la apoteosis de una noche delirante en compañía de Dulcedumbre Foliot, no constituía lo que se dice, conocimiento directo, entendiéndose por directo el trato vivo, de persona a persona, con el pueblo mexicano. En cambio, el Mercado de los Brujos de Sonora, sí, porque allí estaban las gentes realizando su vida cotidiana en lo que, si para nosotros constituía exotismo, para ellos formaba parte de su existencia habitual.

Me explicaré: nuestros brujos, y a fe que íbamos bien surtidos, eran importados y no en todos los casos genuinos, pero allí las cosas resultaban distintas, era la costumbre, la tradición; como en Holanda los tulipanes, los quesos y los molinos de viento, crean imagen sin sorprender, el Mercado de los Brujos de Sonora, venía a resultar lo mismo para los mexicanos representando ellos en él la idiosincrasia de todo un pueblo porque realmente, lo que se vendía era algo común y normal para sus gentes, unos productos más que adquirir y utilizar, una necesidad de consumo que se satisfacía con el producto que se compraba, y el hecho de que éste lo constituyeran polvos de “acercamiento” o sus opuestos los de “alejamiento”, el “Velón de las Virtudes”, los mil y un inciensos mágicos, los jabones para baño de limpias mágicas y etc., etc., no alteraba para nada el contexto de la situación, ya que aquello seguía siendo un mercado, y como tal, concurrido, un mercado diferente, de acuerdo, pero mercado al fin y al cabo.

Nuestra expedición se disgregó en varios grupos y quiso el azar que en lo que pudiéramos denominar el nuestro, estuvieran José Romay, el parapsicólogo, y Madame Rena, entre un amplio etcétera de seguidores anónimos, aunque viejas caras conocidas para nosotros, y nosotros éramos, naturalmente, Daisy y yo.

Daisy, con la volatilidad que la caracterizaba, iba y venía, yo procuraba en todo momento no perderla de vista porque en aquel símil de mercadillos gigante, había demasiada gente y era fácil confundirse y perderse, por suerte ella no se alejaba mucho aunque me tuviera constantemente en alerta, pero iba de un puesto al otro entre grititos de admiración.

-¡Oh, mire,”Polvos de unión”, qué divertido!... ¡Velas rojas!...¿Para qué son, señor?

-Son para atraer el amor, señorita, se ensienden mientras arde el insienso de rosas en la primera luna cresiente...

-¿Y qué pasa entonces?

-Que el amor viene, relinda –sonrió el vendedor aplicando el adjetivo como un piropo y sin ánimo de ofender, pero dudo que Daisy captara la galantería.

-¿Cuántas se necesitan?

-No más una cada ves.

-Deme dos docenas.

-Cómo no.

Daisy comenzó a cargar con un montón de compras a mi juicio innecesarias, pero que a ella la entusiasmaban. Compró velas, perfumes, incienso, amuletos rarísimos llenos, al parecer, de excelsas propiedades, oraciones misteriosas y polvos de las más variadas e infalibles fórmulas, para conseguirlo todo, un todo que en su caso se refería al amor. E incluso se acordó de mí al regalarme un cirio que me llenó de estupefacción.

-Es el “Velón de las Virtudes”, y además protege, lo tiene usted que encender y le protegerá contra todo mal.

-Es usted muy amable, no tenía que haberse molestado...

Pero ya Daisy partía rauda en pos de algún otro encantamiento al alcance de la mano.

Me imagino que portador del cirio, debía yo ofrecer una estampa de lo más cómico, mas, aparte de unos risueños turistas japoneses que me sacaron la consabida foto, si no lo hacen revientan, ningún otro pareció fijarse en mí, lo que, por otro lado resultó bastante consolador.

Me detuve frente a un puesto por inercia, empezaba a estar cansado ya que ir y venir a pasito lento entre una multitud sofocante, yo soy hombre de sitios aislados y no de grandes multitudes, es bastante agotador cuando se arrastran días de incesante caminar y poco dormir.

El dueño del puesto era un viejecillo de rostro carcomido por el tiempo y ligero aire asiático, debido tal vez, al conjunto de unos ojos oblicuos a los que hacían juego un par de lacios bigotes que le caían sobre el labio superior. El hombrecito me sonrió amablemente lanzando luego una mirada de orgullo sobre sus mercaderías, y yo también por curiosidad, que duró poco al darme cuenta de lo que se vendía; eran calaveras, calaveras de todos los tamaños y casi diríamos que de todos los colores y materiales, a las que acompañaban esqueletos pequeños, huesos varios y montones, que viene de amontonar, de paquetitos y cacharritos, de extraña factura.

-Señor, dígame ahorita lo que quere y Trinidad Gómes Marqueríe, un servidor, se lo encuentra enseguida... –y agregó lo que debía ser el eslogan de la casa- Si no lo tene Trinidad Gómes Marqueríe, nadie lo tene en toditito el Mercado de los Brujos.

De eso no me cabía la menor duda.

-¿Quere el caballero una calaverita, o prefiere una cosa determinada como polvo de...?

No le dejé concluir; temeroso de que me hiciera cargar con alguna de sus horribles calaveras, alargué la mano precipitadamente y como le había visto mirando hacia los paquetes que se mezclaban con el resto del material, me decidí por aquello antes de que me forzase a la elección de cualquier otra de sus espeluznantes mercancías.

-¿Este?, mero me lo pensé, señor... –tuvo una amplia sonrisa de complacencia- El caballero supo bien lo que eligió... De muy buen provecho le sea, señor... Servidor de usted... La reseta está dentro en su papelito.

Pagué azorado y encima le di las gracias yendo a tropezar con Daisy casi de inmediato.

-¿Ha comprado usted algo?, ¿sí?, ¡qué divertido!... Por fin picó, ¿no?... A ver, a ver que ha comprado... ¡Dios mío... ¿ESTO?!

El gesto y la exclamación de Daisy eran indescriptibles pero como inmediatamente se echó a reír a carcajadas, yo, totalmente confuso, miré en dirección a mi flamante compra.

En el paquetito campeaba una etiqueta amarilla en la cual destacaban anchas letras negras escritas con rotulador de punta gruesa, ¿cómo había sido tan estúpido de no haberme fijado antes?

-“¡Polvos del Sueño Eterno!”... –leí horrorizado.

Daisy me cogió familiarmente del brazo.

-Pero, ¿en qué estaba usted pensando? –preguntó de buen humor, muy divertida- ¿A quién quiere mandar al otro mundo?

-Le juro que yo...

-¡Por favor!, si ya sé que usted es incapaz de matar una mosca.

-¿Y yo que hago ahora con esta... esta cosa?

-Guárdeselo en el bolsillo del tejano... –sonrió con picardía- Tal vez pueda serle útil en algún momento, nunca se sabe...

No lo iba a tirar allí en medio, con que, apresuradamente hice lo que me aconsejaba.

Más adelante y mientras Daisy revoloteaba en torno de un siniestro tenderete en el que se vendían toda clase de muñequitos de cera con sus correspondientes alfileres de cabeza negra, yo me dirigí a otro menos inquietante, con fin y objeto de comprarle un regalito que forzosamente tendría que ser algo mágico aunque en esa ocasión procuraría que fuese lo menos mortífero posible.

En el puesto sólo se vendían perfumes y por más que este tipo de regalo siempre es muy personal, pensé que podía ser el adecuado ya que el resto de los artículos en venta poseían un ambiguo carácter cuyas propiedades desconocía.

-Quisiera comprar un perfume.

-¡Cómo no, aquí tenemos puritito lo más mejor!

Alguien que hallábase a mi lado contemplando la mercancía, al oírme, se volvió.

-Hola –dijo y yo me encontré, con el “Velón de las Virtudes” en la diestra, frente a José Romay.

-Hola... –sus penetrantes ojos daban la sensación de estar leyendo dentro de mí con interés- Mire, ya ve... –casi tartamudeo al hablar bajo aquella inquisitiva observación-, dando vueltas por ahí, comprando algo, un pequeño recuerdo...

El comerciante, viendo que me distraía, empezó a cantar las excelencias de sus productos:

-Aquí el señor tiene los más variado perfumes de amarre y seducsión, esensias resuaves de amor que harán caer rendidas a sus pies a las más lindas chamacas...

¡Lo que faltaba!, ¿es que en ese mercado sólo vendían cosas comprometedoras?

Romay intervino rápido puesto que yo me había turbado considerablemente.

-Lo que mi amigo quiere es un perfume zodiacal.

-¡Justamente, sí, eso es precisamente lo que he venido a buscar! –afirmé con innecesaria energía, alzando mucho la voz, e in mente di las gracias a mi compañero de viaje, por su cable.

-¿Signo, señor?

Me aturullé, ¿cuál era el signo zodiacal de Daisy?

 

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