| VIII CAPÍTULO (2) | |||
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Gentilmente,
Dulcedumbre cogió de la mano a la recién llegada, una escultórica amazona
altísima -le pasaba la cabeza-, que también vestía blanca túnica y cuya
cabellera era una cascada de sueltos rizos de oro. Drassida sonreía
con ternura, mientras miraba humilde hacia el suelo.
Dulcedumbre levantó el brazo de la mujer, mostrándola al respetable, presentación inútil ya que de todas formas ella se hacía notar. Voceó: -¡Drassida es la Madre!... –los aplausos no dejaron que continuara, cosa que a él no pareció importarle; Derenna mientras empezó a cantar una especie de himno triunfal-¡Drassida es la Madre!... ¡Drassida es AMOR! Y al llegar a este punto sucedió lo inverosímil... Dulcedumbre había soltado la mano de su compañera y ella a su vez extendió los brazos en fraterno saludo cuando en su pecho, sobre el corazón, floreció una mancha roja brillante, pulsante, casi luminosa... Ella seguía sonriendo tiernamente... El público se desbordó entonces, todos tendían sus brazos hacia Drassida, gritaban su nombre, lloraban a gritos pronunciando palabras incoherentes, hubo quien corrió hacia ella, cayendo a pocos pasos del escenario presa de un ataque convulso y espumarajeante, otros se desmayaban sin más... y Derenna seguía cantando cada vez más alto y más agudo -al estilo de la inolvidable Imma Sumac-, como si en su garganta se escondieran todos los clarines del Apocalipsis. En este momento, sintiendo a Daisy temblar como una hoja a mi lado, yo recobré la cordura y mi mente lógica se impuso por encima de aquella psicosis colectiva... Drassida, plagiando a ET, de Sagrado Corazón merced a la electricidad, Derenna empleando los recursos hipnóticos de su voz para enviarnos mensajes subliminales y Dulcedumbre Foliot embaucándonos con una mala historieta de Ciencia Ficción entre lo místico de baratillo y el oropel efectista de una fantasía que se emplea en los cuentos infantiles actuales, refrito de los antiguos, pálido remedo de leyendas en el que los trucos ocupan el lugar del perdido encanto. -¡AMOR!... –gritó Drassida con una ronca voz de fuerte acento escandinavo-¡AMOR!... Y Dulcedumbre Foliot: -¡Ámense ustedes los unos a los otros como nosotros les amamos! (¿Era acaso una mística inducción a la orgía comunitaria?) -¡AMOR, AMOR, AMOR! -¡Unan sus manos y griten AMOR, griten AMOR tan fuerte que hasta en las más lejanas galaxias se les oiga, se escuche a la HUMANIDAD entera, griten AMOR de forma y manera que el mal quede erradicado del planeta Tierra! Dos manos ávidas se aferraron a las mías, una era de Daisy, la otra de no sé quién, y el teatro vibró en una sola voz que más parecía un alarido de alma en pena que otra cosa. -¡¡¡¡AMOR!!!! Aquello fue la apoteosis entre flashes fotográficos, pero no el final. El final llegaría cuando a la salida, en el inmenso vestíbulo del teatro, nos vimos copados por un montón de puestecillos espontáneamente nacidos al reclamo del presunto Enviado, en los que se vendían montones de libros en cuya portada se leía: “EL MENSAJE COMPLETO DE YHANTAR por Dulcedumbre Foliot”, y cuyo precio era “la voluntad del hermano” a partir de tres pesos ya que este dinero era simplemente para pagar costos de edición, según rezaba impreso en la portada del libro. También se expendían al alimón cassettes de Derenna, otros con los sermones de Dulcedumbre y otros tantos con oraciones recitadas (?) por Drassida. Yo no gasté mi dinero en eso, pero si Daisy, para descubrir luego, consternada, que tanto libros como cassettes, habían sido impresos y grabados gratuitamente por los “hermanos” de una importante editorial sudamericana. Ahora bien, el auténtico remate de la velada corrió a cargo del contactado Riscal, ya que el hombre se puso burro en su empeño de conocer personalmente a Dulcedumbre Foliot; opinaba, y desde ese punto de vista no le faltaba razón, que de contactado a contactado había muchas cosas acerca de las cuales cambiar impresiones puesto que ambos pertenecían a la misma cofradía galáctica, por tal causa y motivo, fueron inútiles los esfuerzos de Hortensia Bello por convencer a Riscal de que se dejase las veleidades del tête a tête para mejor ocasión, porque nuestro contactado patrio acabó saliéndose con la suya, es decir, desapareció inesperadamente –no, no fue abducido-, y cuando ya se estaba gestando un motín entre los componentes de LA RUTA DE QUETZALCÓATL-KUKULKÁN, a regañadientes forzados a esperar dentro de los autocares, Riscal surgió de nuevo, esta vez por una puertecilla secundaria del teatro, con expresión tal de alelamiento en su facies que, llegué a pensar, había sido drogado, pero no, me equivocaba, ya que según me aclaró Daisy enseguida al oírme comentarlo, “Dulcedumbre le había reconocido”, lo que en el lenguaje de tan pintorescos seres equivalía a aceptarle como igual en la profesión de “contactado”.
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