VII CAPÍTULO (2)

-Hace muchos años, cuando yo fui instruido por primera vez, y me dispuse a predicar el mensaje del Cielo a los hombres de la Tierra, mucho anduve y a muchos conocí y a muchos hablé dando el mensaje que me trasmitió Yhantar, y unos escucharon, otros no, otros se rieron, pero otros rieron y luego reflexionaron y pensaron... y creyeron... Mas, en verdad os digo que no hay escépticos sino ignorantes, que no hay ignorantes sino ciegos, que no hay ciegos sino enfermos, que no hay enfermos sino almas errantes por la oscuridad y la oscuridad es el antidios, porque Dios es la LUZ...

No hubo tiempo para nada, ni pausa ni aclamaciones, Derenna, que permanecía inmóvil en su rincón como una estatua de sal, se puso a cantar de nuevo y a mí me hizo el efecto de un ruiseñor en la espesura. Su voz era portentosa, una pura delicia, y, sabiamente programada, podía hasta enternecer a los más recalcitrantes. Su voz era negro terciopelo, profundo, suave, susurrante, ardiente o dilatadamente grave como el tañido de una campana, incisivo hasta el agudo más insospechado, tierno, salvaje, sensual, místico, y oyéndola podías cerrar los ojos y creer que volvías al Edén.

Indiscutiblemente, Dulcedumbre Foliot no era tonto, pero tampoco demasiado original en sus postulados –como se estaba escuchando-, ya que limitábase a repetir lo que otros habían dicho en innumerables ocasiones; un seguimiento de lugares comunes que repetían hasta la saciedad esa lección muy antigua e imperfectamente aprendida en el transcurso de los siglos. El sermón prosiguió sirviéndose de la base “antes pasará un camello por el ojo de una aguja, que un rico entrará en el reino de los Cielos”, de impacto seguro en los ingenuos espectadores.

En el caso que relato, el público interrumpió al orador varias veces con sus aclamaciones y aplausos ensordecedores en tanto que a mi lado, una impresionable Daisy lloraba en silencio.

-... porque ustedes son el pueblo, y el Señor quiere al pueblo, a su pueblo vejado y escarnecido, a su pueblo maltratado y sufriente, ¡no a los poderosos de la Tierra que han pactado con Satanás, con el ángel caído...¡Les quiere a ustedes!...¡El Señor no protege a los grandes de la Tierra, pero deja que Luzbel les ayude, ¿y saben la causa?, ¡para que sea su propia maldad la que les castigue!... –de nuevo aplausos estruendosos- Porque el malo es siempre castigado y el bueno premiado, sino en esta vida, en otra... En verdad les digo a ustedes, queridos hermanos, que la ley del karma es muy cierta y que todos pagamos nuestras culpas, nuestros pecados, de existencia en existencia, y así debe ser para alcanzar finalmente la LUZ, el Nirvana... Por eso si ustedes sufren, sean felices, ya que están pagando deudas antiguas y su alma se purifica con ello... –sin transición rugió autoritario- ¡¡¡¡Dios es LUZ!!! 

El recinto empezó a oscurecerse otra vez y Daisy me propinó un codazo intercostal al tiempo que extraía de su bolsa sin fondo, una caja de cerillas. Comprendí; apenas unos breves segundos después, miles de frágiles candelillas, cual tímidas estrellas, comenzaron a parpadear dulcemente en la oscuridad. No nos veíamos las caras apenas, la velita era diminuta, pero todo el teatro semejaba el rescoldo de un gigantesco incendio, y pensé inquieto si el espectáculo no acabaría emulando la Roma de Nerón.

Desde su lugar, ahora en tinieblas fosforescentes, Derenna volvió a cantar, y su voz sola, sin música que la acompañase, fue el alma de aquel cuerpo gigantesco que se nutría de sonidos. Y en la semi oscuridad reinante, siguiendo el transparente camino de sus cuerdas vocales, tuve que fundirme de nuevo, muy a mi pesar, en todo lo que sugerían. Vi campos de esclavos al sol, vi gentes maltratadas, torturadas, muertas incluso, escuché el llanto de los perseguidos, las súplicas de los humillados, los gritos de las víctimas... Y luego radiante, una LUZ de amor, avanzó sobre aquel espectáculo de desolación y el MUNDO se impregnó en ella... Aquí las notas del espiritual se desgarraron sublimes por la garganta prodigiosa de Derenna, y yo me encontré, sin darme cuenta prendido en la psicosis general, llorando también...

Se encendieron las luces y todos puestos en píe, prorrumpimos en aplausos; las velitas ya se habían consumido chamuscándonos los dedos.

El orador prosiguió, pero desde el escenario puesto que había descendido de su alta tribuna, mejor la denominaríamos púlpito, y se movía por la escena yendo y viniendo con el micrófono inalámbrico en la mano, con la misma agilidad de un cantante de rock –en concreto me recordó uno de fama internacional cuyo nombre callo-,y así siempre podía estar dándole la cara a su público que lo contemplaba devotamente enfervorizado.

-¡Hijos míos, cualesquiera que hayan sido sus pecados, hoy, ahora, aquí, el Señor se los perdona por unas horas!... El Señor quiere que ustedes se sientan limpios de verdad y por vez primera en sus vidas, el Señor quiere que saboreen la dicha máxima de sentirse exentos de culpas... para que luego lo recuerden y con su recuerdo perseveren en el recto sendero... Yo no era mejor que otro antes de hallar mi camino de Damasco, y tampoco pretendo afirmar  con esto que ahora me halle limpio de pecados, la diferencia estriba en que hoy, soy consciente y entonces sé, si persevero en el error, cuán grande puede ser mi falta y estará en mi libre albedrío obrar en consecuencia o no, de ahí mi responsabilidad que en nada debo adjudicar ni a Dios ni a los hombres... –calurosos aplausos- Uno siempre es malo o bueno a voluntad, no lo olviden...

Medió una pequeñísima pausa que fue empleada por alguien del público, al cual previamente se la había dado un  micrófono, quien solicitó con voz muy clara:

-¡Dulcedumbre, Dulcedumbre, háblanos del Encuentro!

El resto del público se adhirió entusiasmado a la petición.

-¡Sí, Dulcedumbre, sí, háblanos del Encuentro!

Dulcedumbre, que había cruzado los brazos sobre su pecho y bajado la cabeza en actitud de espera, alzó el rostro, sonriente entre barbas apostólicas, y extendió los brazos como si abarcara la galaxia entera.

-El Encuentro... –dijo reflexivo mientras recorría el escenario a grandes zancadas e iba volcando su verbo fácil en el inalámbrico- El Encuentro... Son ustedes como niños, siempre solicitando que hable del Encuentro... La Humanidad es así, se fija más en la superficie que en la profundidad de las cosas, en el envoltorio, pero no en lo que hay dentro... Dicen ustedes Yhantar y la boca se les llena y tiemblan como conejillos esperando el momento de la revelación porque es como una película, como un espectáculo... –se calló bruscamente haciéndose un tenso silencio roto al cabo por él- Sucedió cierta noche, yo no podía dormir y me hallaba desasosegado. Era la luna nueva y el cielo estaba oscuro, tachonado de estrellas, yo las contemplaba al raso, puesto que por aquel entonces me dedicaba a cuidar rebaños ya que como todos ustedes no ignoran provengo de familia humilde –inmotivados aplausos-, cuando de pronto un foco inmenso de luz, surgido de la nada, me ungió en el cono de su brillante circunferencia, lleno de pavor me santigüe, ¿qué significaba aquello?

El silencio en el recinto era tan absoluto que hubiera podido escucharse a la proverbial mosca zumbando. Yo mismo sentíame inmerso en la corriente eléctrica que parecía envolvernos a todos como un abrazo; junto a mí, Daisy, daba la impresión de haber caído en trance. 

 

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