VII CAPÍTULO (1)

Nuestra tercera jornada de viaje se dedicó a la ruta turística de Uxmal y Kabah, con posterior regreso a Mérida en dónde pernoctamos y la siguiente escala consistió en “agarrar” –como dicen por allá-, en el aeropuerto, el avión que nos llevaría a México capital, porque aquel día por la noche, Dulcedumbre Foliot hablaba al pueblo desde el escenario de un teatro alquilado a tal efecto.

Desearía hacer ahora un inciso para explicar algo: cuando uno viaja durante muchas horas, jornadas enteras, y el recorrido es tan apasionante como pueda serlo la ruta de Quetzalcóatl-Kukulkán, el cerebro se te satura, desfilan ante ti cientos de imágenes de manera constante, no hay tregua, no hay descanso, las formas, texturas y colores se agolpan ininterrumpidamente en tu memoria y así llega el momento en que todo lo admirado se superpone en tus recuerdos y la clasificación se hace dudosa ya que hay momentos en los cuales se te antoja que lo que has visto hace media hora fue ayer cuando lo contemplaste, los itinerarios se confunden e inventas nuevos mapas en los que las distancias se trastocan creando una geografía digna de un estudiante en día de exámenes, y luego otra cosa, todo sucede tan rápidamente, que lo estás viviendo y te produce una sensación irreal que sólo llegará a fijarse con claridad en tu mente transcurridos incluso meses, es entonces cuando lo vives, cuando lo percibes, cuando te acuerdas, cuando dices con cierto asombro: “yo estuve allí”... pareciéndote mentira que seas tú esa misma persona.

Llegamos por fin a México D.F., y fue, en cierto modo, descender del ensueño paradisíaco a la cruel realidad urbana; de los cielos limpios y la transparente atmósfera de Cancún, Mérida, etc., de la magnífica grandiosidad de unas ruinas inmortales que habían conseguido vencer al tiempo, nos vimos sumergidos en la ciudad supermoderna cuyas calles están atestadas de vehículos contaminantes, y sus cielos se muestran empañados por la constante polución.

Tal encuentro volvió a generar en mí filosóficas reflexiones; veníamos de un pasado muerto que estaba más vivo que aquella trepidante ciudad cuyo gran record consiste en ser una de las más contaminadas del mundo, lo cual es una pena.

Habíamos desayunado en el camino, así que nos vimos sometidos, antes de llegar al hotel, estupendo por cierto, al clásico itinerario del turista con prisas, Palacio Nacional, Catedral, y Museo Antropológico en cuyo restaurante comimos, luego nuestros cansados cuerpos y nuestras aturdidas mentes, reposaron al fin durante unas horas, muy pocas, haciendo acopio de fuerzas para el gran momento que el programa del viaje reservaba a Dulcedumbre Foliot.

Al comienzo del viaje, e informado por Daisy off de record, de los actos que se preparaban, pensé seriamente en no asistir ya que a mí el tal Dulcedumbre, ¡vaya nombre ridículo!, me importaba un bledo, pero después, y tal vez llevado por la onda general o bien porque no quería dejar sola a la jovencita en lo que se me antojaba otro antro de locos, decidí asistir a tan inverosímil cita.

Como teníamos entradas reservadas desde el principio del viaje, entradas que se podían rechazar, en cuyo caso serían vendidas a otros pardillos a precio de oro, ocupamos un lugar muy privilegiado desde el cual podía verse el espectáculo con toda nitidez. Era un teatro enorme y se llenó hasta la bandera, según suele decirse. En el escenario se veía todo preparado para el momento histórico con el atrezzo de una especie de alta tribuna repleta de micrófonos, a la que se accedía por una escalerilla de caracol; detrás justo, la abertura de unas cortinas escénicas te inducía a pensar que por allí haríase presente Dulcedumbre Foliot, aunque lo de la escalerilla de caracol te desconcertaba un tanto.

En la espera de la aparición del “maestro”, como le llamaban, se difundieron por el teatro a través de altavoces, hermosas músicas celestiales de la Nueva Era y también se quemó incienso de sándalo. Nos habían obsequiado con una velita en taquilla y Daisy me aleccionó acerca de cómo debíamos proceder encendiéndola en cuanto Dulcedumbre lo indicase. Yo, sinceramente, debo reconocer que me sentía un poco raro allí dentro, porque una cosa es visitar ruinas venerables y otra el participar en actos en los que te consideras completamente out, pero allí estaba y mal que me pese, he de admitir que sentía curiosidad.

De repente las luces del teatro empezaron a disminuir y el volumen de la música a aumentar. El público siseó expectante y el rumor sobrepasó al de la melodía. Se hizo la oscuridad total y también un silencio absoluto, por espacio de varios segundos nadie rechistó y, de improviso, fiat lux y en medio del escenario estaba Dulcedumbre Foliot, muy delgado, vestido con una larga túnica blanca, peinando lacias melenas que ostentaban una sugerente raya en medio, barbudo y con el aspecto mas crístico que nunca he visto en persona alguna de mi tiempo. Automáticamente el respetable aulló de júbilo, y él, alzando los brazos con lentitud pareció saludarnos y abrazarnos a todos –más aullidos-, en ese preciso momento, desde el lateral izquierdo del escenario, surgió una voz maravillosa que evocaba la cristalina agua de una fuente, entonando a pelo un bellísimo espiritual negro –la acústica del teatro era formidable-.Sorprendido gratamente, miré en esa dirección y pude contemplar a una robusta muchacha de raza africana y pelo crespo, igualmente vestida con túnica blanca, que era la que cantaba mientras iba avanzando despacio por el escenario.

A mi lado, Daisy murmuró con sentido fervor:

-Derenna...

Y así supe que aquella era la hija reencarnada de Dulcedumbre Foliot.

Cuando acabó el espiritual, sin transición, Dulcedumbre Foliot, que había permanecido mudo en santo recogimiento, dirigió la palabra a los allí congregados.

-¡Mis queridos hermanos –exclamó con una voz extrañamente sonora y poderosa viniendo de tan esquelética apariencia-, hoy nos hemos congregado en esta tierra bendita de México –aplausos tumultuosos-, en esta tierra bendita de México –recalcó con determinación-, para que ustedes y yo combinemos un diálogo hecho de amor y paz... –más aplausos y gritos histéricos de: ¡Dulcedumbre, somos tus hijos!-... Hecho de amor y de paz... Yo, ya lo saben ustedes, no soy nadie... –gritos de, (así como suena), ¡Dulcedumbre, tú eres el Enviado!- yo no soy nadie, nadie... Sólo Aquel que todo lo ve, que todo lo sabe, es quien debe importarles, no yo... Ni tan siquiera Yhantar debe importarles... –cuchicheos excitados- Ni siquiera él que es mi guía y mi maestro, él, que me escogió a mí entre muchos para convertirse en mi preceptor, ni siquiera él, el comandante de la nave espacial Liberus Ataxi-24, es importante... ¿Saben ustedes quién es importante?... –pausa dramática y posteriormente berridos de: ¡dínoslo tú, Dulcedumbre, dínoslo tú!- ¡Es importante la Humanidad!

La frase causó un gran impacto e inmediatamente después de haber sido pronunciada, el público se levantó como un sólo hombre aplaudiendo entre vítores y aclamaciones que duraron, los cronometré, 6 interminables minutos.

Hecha la calma, Dulcedumbre prosiguió con renovado vigor:

 

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