| VI CAPÍTULO (2) | |||
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Rodeábamos
el pozo de los sacrificios mientras el guía con voz potente aunque acompasada,
nos relataba su historia entre anchas sonrisas de dentífrico bajo un
poblado bigote negro, cuando al llegar al punto en el que al pozo se
arrojaban objetos valiosos como ofrenda a los dioses, mi amiguita, después
de rebuscar en su bolso ostentosamente, extrajo el grueso mamotreto
de Teo Guasch, quien por cierto se hallaba delante de nosotros, justo
opuesto al otro lado del pozo, y aproximándose al borde del Cenote con
una ligereza de movimientos que me asustó, arrojó teatralmente el libro
al abismo. Lo cual tuvo la virtud de enmudecer al guía y prender un
murmullo de estupefacción medrosa en la concurrencia. Entonces ella,
y en voz lo suficientemente alta como para que todos la oyéramos, exclamó:
-Cenizas a las cenizas, el pasado retorna al pasado... ¿No le parece que es lo mejor, señor Guasch? El rostro del investigador de lo insólito se encendió violentamente en tanto una furia indescriptible alteraba su vanidoso gesto de sabelotodo oficial. La concurrencia no supo como reaccionar ante aquello que no se incluía en el programa, y cuando yo en un aparte le pregunté a Daisy por qué había hecho semejante cosa, la muchacha, con su más traviesa mirada, me respondió: -Mi ascendente es Tauro, no lo olvide, y los Tauro somos rencorosos. Yo, que seguía sin saber a ciencia cierta lo que es un ascendente, porque sus explicaciones astrológicas camino del aeropuerto no habían constituido lo que se dice una lección magistral, preferí seguir con mi santa ignorancia al respecto, aun cuando reflexioné para mi capote sobre el extremo de que las viscerales y desmadradas admiraciones de los jovencitos suelen tener ese final si el objeto de su adoración de derrumba ante sus ojos, entonces me limité a comentar en broma: -¡Dios me libre de caer en desgracia para usted! Pasado el momento de general sorpresa y con un Teo Guasch todavía de color púrpura, el guía reemprendió su cantinela, llegando a contarnos la historia de una princesa que fue arrojada al Cenote Sagrado en sacrificio ofrecido a los dioses. Ignoro si la leyenda era cierta del todo o constituía simple nota colorística más que añadir al instante, pero lo cierto es que tuvo la facultad de desencadenar la penosa escena que a continuación describo. Cortando a Miguelito Menéndez, que así se llamaba el cicerone, unos chillidos angustiosos brotaron a sus espaldas, mientras entre gemidos entrecortados, la voz de una mujer aullaba cual posesa: -¡No quiero morir, no quiero morir!... ¡Salvadme, salvadme! Se hizo un claro automático entre los turistas y nosotros pudimos contemplar estupefactos a una mujer de mediana edad, una de nuestras compañeras de expedición, para mayor bochorno, que se revolcaba por el suelo, dando grandes manotazos y echando espumarajos por la boca. A su alrededor todo el mundo parecía haberse convertido en piedra, porque nadie hizo el menor ademán de tocarla o intentar en algo remediar la situación. La mujer, después de varias acrobáticas convulsiones, se quedó rígida en el suelo mientras manoteaba débilmente, luego, y como impulsada por un resorte, se incorporó de un salto pero tiesa, lo mismo que si estuviera sujeta a una tabla y la hubiesen alzado. Inmóvil allí en medio, ofrecía un aspecto muy desagradable con los ojos saliéndosele de las órbitas y la boca entreabierta y babeante, de pronto emitió un lúgubre alarido empezando a arrancarse los cabellos y a arañarse la cara; en ese instante alguien gritó con histeria: -¡Está poseída! Y estalló el pandemonium. Miguelito Méndez se santiguó espantado, el resto de la concurrencia empezó a gritar y algunos se alejaron corriendo a lo loco sin saber a ciencia cierta en que dirección iban, y de bien poco estuvo que el Cenote Sagrado no recobrara su perdido esplendor; cuando yo hallaba más que seguro ya de que aquello iba a concluir catastróficamente, alguien, abriéndose paso entre la estúpida multitud, puso orden en tan alborotada situación. No le conocía personalmente pero Daisy se había preocupado de indicármelo al principio del viaje. Era un hombre alto, de cabellos y barba negra, con gran fuerza hipnótica en la mirada y aire de persona honesta: se trataba de José Romay, el parapsicólogo. Y fue él quien salvó la situación propinándole dos sonoras bofetadas a la protagonista del vergonzante show, bofetadas que la hicieron tambalearse, y, ¡oh, milagro!, recobrar de golpe y porrazo, nunca mejor dicho, la cordura. -¿Qué me ha pasado, qué me ha pasado? –balbuceó aturdida. José Romay empezó a hablarle suavemente mientras le daba golpecitos en la espalda, luego le tocó la frente obligándola a mirarle a los ojos y pude darme cuenta de cómo los músculos de la mujer se relajaban, asentía con la cabeza y finalmente se apartaba sometiéndose con docilidad a lo que parecían ser las indicaciones de Romay, o sea, el marcharse en paz con unas personas que debían ser amigas suyas y que la acogieron aunque no sin aprensión manifiesta. Pero el telón no había caído definitivamente sobre el escenario, porque si bien todo parecía indicar que la visita al Cenote Sagrado tocaba a su fin, alguien hizo una brusca e impresionante aparición, materializándose en primera fila de la escena: era la vidente, o lo que fuese, Maguera, cuyo nombre, por cierto, ya tenía sentido para mí. Alta, guapa, sempiternamente vestida de negro y en esta ocasión con un exótico turbante blanco en la cabeza –me recordaba mucho el estilo de los años 40, Joan Crawford, Tallulah Bankhead, Eve Arden-, avanzó con amplios ademanes hasta convertirse en el centro de la atención de todo el mundo. -¡Veo –vociferó estentóreamente, cerrando los ojos como si cayera en trance-, veo formas, sombras!... ¡Son ellos, los espíritus del pasado!... ¡Reyes, sacerdotes, príncipes, gentes del pueblo!... ¡Todos vienen aquí!... ¡Los veo, los veo, están aquí ahora, entre nosotros!... ¡Son ellos!... ¡Ah!.. Blandamente cayó cuan larga era al suelo, presa de místico desmayo. Fue todo un detalle que José Romay ni se le acercara. Mas el respetable quedó satisfecho y considerablemente distendido y en ese estado de ánimo, los integrantes de LA RUTA DE QUETZALCÓATL-KUKULKÁN, regresamos a los autocares cada uno sumido en sus propias reflexiones o bien comentando excitadamente, aunque en sibilantes cuchicheos, los acontecimientos del día. (Huelga decir que Maguera se recobró rápidamente del trance, feliz de haber reafirmado su protagonismo como catalizadora profesional de fenómenos extraños.)
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