VI CAPÍTULO (1)

Creo haber dicho bastantes páginas atrás, que hace años visité Grecia y ahora debo agregar que a mí, la visión de los mudos testimonios del pasado siempre me produce una especie de estupor, diría casi místico... No, no es el síndrome de Stendhal, no es que la perfección me abrume y me enferme, es que la grandeza silenciosa del pasado me anula; ya no soy yo, sino unos ojos que miran transmitiendo al cerebro cualquier tipo de información por pequeña que sea; me olvido de comer, del cansancio, hasta de respirar me olvidaría si el hecho no fuese tan vital e imprescindible, y si tuviera que compararme con algo, diría que soy un objetivo de cámara cinematográfica... ¿Cómo de otra manera pues, han de admirarse esas ruinas maravillosas, tan elocuentes en su hermetismo?... Y así de nuevo, la misma sensación en Chichén Itzá.

La explanada parecía dispuesta a recibirnos y acogernos y nosotros, con ser tantos, apenas debíamos parecer hormiguitas a vista de pájaro. Me sobrecogió el inmenso espacio vacío, esos estadios verdes, de relajante frescura en los cuales seguían aguardando los templos la visita de sus fieles. Kukulkán, más conocida por “El Castillo”, la inimaginable pirámide escalonada, cuyos 365 escalones, uno por día, conducen al que fuera templo del dios –Quetzalcóatl en su acepción azteca, Viracocha en la inca-, destaca impresionante sobre lo que pudiéramos denominar llanura. La contemplé embelesado, ya que verla en foto y recibir el impacto en directo es otra cosa muy diferente. ¿Fueron hombres quienes la construyeron, o fueron gigantes?... Trascendía antigua sabiduría, cuyo críptico lenguaje no podíamos comprender. Los glifos de serpientes emplumadas y demás monstruos de extraña morfología, salpicaban nuestro paso como si fueran hitos que nos señalaba el camino de la piedra. Máquinas de fotografiar y video cámaras no permanecían ociosas y las exclamaciones se sucedían, amén de los comentarios pintorescos, como, por otra parte era de esperar allí, con semejantes gentes.

-¿Notas las fuerzas telúricas?

-¡Es Gaia que nos habla!

-Quetzalcóatl-Kukulkán nos espera en el templo.

-Es el Dios supremo, ¿qué importa un nombre?

-Señor, venimos llenos de amor hacia ti, recíbenos con amor.

Hubo quien se arrodilló y besó devotamente el suelo ante lo que yo me tuve que morder los labios y volver el rostro en otra dirección. Daisy a mi lado avanzaba en silencio disparando su cámara de vez en cuando. Nuestro grupo, dividido entre el guía que nos explicaba la parte histórica con su típico acento mexicano -y, huelga decir, nuestro flamante asesor esotérico-turístico-, se lo estaba pasando más que bien, ya que iban y venían de uno a otro como los niños que siguen el paso de los Reyes Magos recogiendo caramelos.

Al entrar en el recinto, había visto a Teo Guasch de lejos fumando en su cachimba, con un ridículo salacot en la cabeza y las sempiternas gafas de espejo, vestía un trajecito que recordaba mucho el de Allan Quatermain en Las Minas del Rey Salomón, de lo que se desprende que continuaba fiel a su personaje aunque sólo fuera en la parte escenográfica por lo del atrezzo, sin que gracias a ello, pese a tan esforzado intento, evocara a Steward Granger ni a Richard Chamberlain.

 

El cielo lucía un intenso azul añil viéndose circundado por un anillo de algodonosas nubes.

-Son ellos –oí a mis espaldas y de buena fe creí que nos mencionaban a Daisy y a mí, pero me equivocaba, porque lo que siguió después no tiene desperdicio.

-Sí, ya vengo observándolas hace rato... Fíjate en aquella de allí, ¡no puede disimular lo que oculta!

Daisy se detuvo en seco y me miró congestionada, no sé si por el calor o debido a una violenta emoción.

-¡Fotografíe esas nubes! –me ordenó perentoria mientras ella procedía a hacer lo que me indicaba.

Yo la obedecí maquinalmente pero sin entender la causa de su apremio.

-¿Qué es?

Detrás, la voz sin rostro puntualizó satisfecha, en vista de que tenía público:

-Es una flotilla de ovnis detrás de aquella nube.

-No Marta, es la nave nodriza... Ya sabes que se camuflan como nubes.

Alguien intervino:

-Ya me parecía a mí... No me atrevía a decirlo, pero...

Contemplé las nubes bajando la máquina fotográfica... Y puedo asegurar que las miré fijamente, casi con agresividad... Pero sólo vi nubes blancas, panzudas, algodonosas nubes, deslizándose presurosamente contra un radiante cielo azul; sólo nubes.

-Ellos están aquí, nos dan la bienvenida.

-Nos vigilan.

-Nos protegen.

-Riscal dijo que podría haber alguna abducción en este viaje.

-¡Virgen Santísima, que no sea yo; me moriría de miedo!

-Pero, tonta, ¿cómo te iban a hacer daño? Ellos –pronunciaba esta palabra como verdadera unción- quieren nuestro bien. Si nos abdujesen sería un honor... Quizá visitábamos Ganímedes y todo...

-¡Yo no quiero, yo no quiero! –gimoteó la que debía ser Marta.

-Mujer, por el amor de Dios, las personas como tú son las que hacen imposible que los contactos se establezcan de una forma normal, así luego las cosas van como van.

Con este variado cambio de impresiones de trasfondo, llegamos cerca del comienzo de las escalinatas de la hermosa pirámide.

Desde abajo, mirar los 365 escalones, daba ya vértigo y pensé lo que sucedería una vez que en las alturas, iniciásemos el descenso. Me giré entonces para comentárselo a Daisy y vi que tenía una cara muy rara mientras, igual que yo hacía unos instantes, contemplaba como hipnotizada la empinada escalera.

-Buen sacrificio subir y bajar por ahí, ¿no le parece? –exclamé con pretendida jovialidad.

De repente estaba blanca como el mármol y la mirada se le había extraviado.

-¿Qué le pasa, se encuentra mal?

La cogí por el brazo, apartándola un poco del grupo, porque lo que menos necesitaba en aquellos momentos eran inoportunas enfermeras.

-¿Se va a desmayar?

La muchachita negó con la cabeza convulsivamente.

-No es... nada... No se preocupe... tal vez el calor... la emoción... y esas escaleras tan altas... Creo que me he mareado contemplándolas... ¿Sabe?, yo padezco vértigo...

Una entrometida, que había reparado en la escena, voló a nuestro lado esgrimiendo un pañuelito de esos empapados en colonia.

-¡Pero, criatura, si parece que te vas a caer al suelo!... ¡Toma, mójate las sienes, los pulsos!

En menos de un segundo, Daisy fue frotada y encoloniada como si se tratase de un bebé, y aún menos mal que la colonia tenía un aroma agradable a hierba buena, porque de lo contrario...

Comenzó a cundir la voz:

-¿Qué ha pasado?

-Se ha desmayado alguien.

-¿Qué alguien ha tenido una visión?

-¡Te lo dije, te lo dije, Ellos están aquí, están aquí!

Finalmente, y por suerte, nadie supo que Daisy se había mareado.

Pero yo subí solo hasta el Templo de Quetzalcóatl, porque mi amiguita se negó a realizar la ascensión.

-Prefiero no hacerlo, al menos esta vez, seguro que subiré las escaleras de cualquier otra pirámide, pero no de esta... Perdóneme...

De forma inesperada, Madame Rena brotó cerca de nosotros e imponiendo su mano sobre el hombro de Daisy, dijo con un acento que no admitía réplica en tanto me clavaba una imperiosa mirada:

-Ya lo ha oído, la nena se quedará aquí abajo... Suba tranquilo, yo voy a hacerle compañía... -y dulcificándose agregó con una sonrisa- Estoy demasiado gorda para subir esas empinadas escaleras.

Mientras ascendía me dije que Madame Rena en eso había fallado; no puede uno embarcarse en un viaje de semejante envergadura para quedarse a medias en las excursiones.

Los Amigos de Quetzalcóatl –por cierto, una pandilla de lo más estrafalario, lo que ya es decir-, hicieron el número en el recinto sagrado y aunque a ellos les supo a poco, a mí se me antojó más que suficiente.

Luego visitaríamos el “Juego de la pelota”, el Templo de los Jaguares, el Templo de los Guerreros, el Observatorio Astronómico, la Plaza de las Mil Columnas, y ¡faltaría más!, el Cenote Sagrado de los Sacrificios, que no es ni más ni menos que un pozo muy hondo en donde los antiguos mayas sacrificaban a las divinidades, joyas, oro, alimentos, objetos preciosos, y, cómo no, vidas humanas.

El lugar encierra una sombría belleza al margen de su historia. Imagino que si no supiéramos lo que allí sucedió en otras épocas, igualmente nos sentiríamos sobrecogidos por esa perversa atracción que parece ejercer en quien con respetuosa aprensión lo contempla y eso que la naturaleza, a su alrededor, mantiene un luminoso color verde tierno y jugoso en la inculta maleza que lo rodea.

Daisy daba muestras de haberse recobrado de su pasajero desfallecimiento, ya habían regresado los colores a su rostro y estaba más animada, aunque a fuer de sincero debe reconocerse que a partir de aquel mareo algo de su genuina idiosincrasia desapareció para siempre.

En el Cenote Sagrado tuvieron lugar dos hechos que si bien uno no podía por menos que acaecer, era lamentablemente previsible, el otro me cogió totalmente por sorpresa ya que vino a mostrarme una faceta insólita del para mí apenas entrevisto carácter de la cambiante Daisy.

 

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