V CAPÍTULO (2)

Volvimos al hotel y aunque era tarde y queríamos ser madrugadores porque nos correspondía el derecho de disfrutar de una jornada de descanso en la playa de Cancún, a la muchacha se le antojó bailar en la pista en donde en aquel momento la orquesta se hallaba tocando el Vals de las flores, por suerte para mí. Yo era su acompañante y resultó muy natural que ella me dijera:

-¿Bailamos?

Con tal iniciativa, Daisy revelaba que era una mujer de su tiempo.

Comenzamos a bailar y yo a explicarle que aquellas músicas me devolvían a mi juventud, cuando alguien me tocó en el hombro y al volverse me encontré con un rostro que me era familiar, el sudaméricano del pasillo del avión, ahora indiscutiblemente, bien encarado y obsequioso.

-Permiso, caballero, ¿puedo bailar con la señorita?

A mí se me torció el gesto; que supiera aquel no era un baile robado, claro que cada país tiene sus costumbres, y no iba yo ahora a implicarme en cuestiones bizantinas, pero Daisy salvó la situación de nuevo y con un aplomo impropio de sus años:

-Lo siento, esta es la pieza favorita de mi abuelo –ya salió a relucir la temida etiqueta-, y siempre se la dedico.

-¿Entonses, tal ves más tarde?

-Luego nos retiramos, lo lamento.

Cuando el entrometido se alejó con un educado, “En otra ocasión más afortunada, quisás”, le pregunté a mi pareja:

-¿Por qué le ha rechazado?, es un tipo joven, haría usted mejor pareja con él que conmigo.

Daisy me sorprendió de nuevo con su respuesta:

-Le diré una cosa, prefiero quedarme con usted... Ese hombre me da miedo.

Me sentí halagado, pero quise retraerle algo.

-¿Será porque los abuelitos no inspiramos temor?

-¡Por favor, no ha sido mi intención molestarle!... No se enfade conmigo... –cambió súbitamente de expresión, agregando maliciosa- ¿Quién sabe?, “quisás”, algún día sea yo su ahijada...

A la mañana siguiente nos reunimos en la playa. Arrastrábamos aún el desfase horario y por tanto no dormí con el sueño reparador que cabía esperar pese a las emociones vividas en apenas 24 horas -¡qué lejos, pero que lejos quedaban Carmela y Raboseta, era como si pertenecieran a otra galaxia!-. Fue un día agradable y de reposo en el cual almacenamos fuerzas para la excursión que se avecinaba ya que la siguiente jornada se dedicaba a las ruinas de Chichén Itzá.

Daisy y yo nos encontramos a la hora del desayuno –¡resultaba admirable lo que esa criatura podía llegar a comer!-, y media hora después cada uno con su toalla, su estera, su sombrero y sus gafas, fuimos a tomar el sol y a bañarnos como dos despreocupados turistas más. El hecho de que la jovencita me hubiera elegido por su acompañante ya no me causaba sorpresa como en un principio; había descubierto, con placer, que Daisy era muy tímida aunque en un primer momento no diese tal sensación, y yo le infundía confianza y seguridad, o, en otras palabras, no le daba miedo, y el hecho de que me eligiera a mí en lugar de alguna respetable y brujesca matrona, consistía en que no pretendía imponerme a ella avasallándola con mi experiencia o mis consejos.

-... suerte –me confió mientras tomábamos el sol relucientes de crema protectora-, que mi compañera de habitación tiene a sus amigas y está medio sorda, de lo contrario, seguro que no me la despegaba... De todas formas es muy amable, porque estaba tan cansada esta noche que no podía dormir y ella me ha dado unas cápsulas de valeriana que me han dejado en el acto soñando con los angelitos.

-¿Valeriana? ¿Eso no es tóxico?

-Sólo en las novelas de Ágatha Christie –sonrió-. La que yo he tomado es de herbolario, inofensiva... Se la recomiendo contra el insomnio... Y hablando de Ágatha Christie, ¿sabe que este viaje tiene todo el aire de una de sus novelas... Montones de personajes, lo único que nos falta es el cadáver.

-Tal vez con un poco de suerte –bromeé yo.

-¡Oh, no se burle de mí!... ¿Viene al agua?... ¿No?, bueno, después, ¿verdad?

Se alejó dando saltitos. Poseía una esbelta figura de adolescente, piel tersa, ni una onza de grasa y curvas suaves que en el cuerpo ceñía un bañador de color rosa. Me la quedé mirando pensativo y por primera vez, mi orgullo ante su predilección por mí me infundió un amago de inquietud. Mentía con mucha facilidad y, me lo había demostrado, no daba muestras de remordimientos o azoramiento algunos; para ella era natural inventarse una historia si con eso justificaba cualquier acción...

Entonces yo me convertía en un amigo de la familia, era su abuelo, y quién sabe que mil otras cosas más podría llegar a ser respecto a Daisy. Pero como la gente es por norma mal pensada, comprendí que tarde o temprano, empezarían a correr rumores maliciosos en torno a nuestra inocente amistad y yo, que tan formal había sido a lo largo de mi vida, me iba a ver convertido, a mi respetable edad, en el clásico viejo verde que corre en pos de las lolitas adolescentes, cuando eso no era en modo alguno cierto. Me dije que tan delicado asunto se tenía que solucionar, pero la verdad es que no se me ocurría cómo, ya que después de todo ni Daisy ni yo cometíamos ninguna acción reprobable, no obstante, recordé aquella cita tan famosa, tan antigua y tan sabia: “La mujer del César no sólo ha de ser honesta, sino también parecerlo”... ¡Señor, Señor, ¿por qué la vida acostumbra a complicarse tanto sin necesidad?!

Ajena a cualesquiera enrevesados problemas, Daisy nadaba feliz alejándose sin ningún temor hacia el horizonte, cosa que empezó a inquietarme por su seguridad bien que no ignoraba que la zona estaba controlada y no había tiburones, pero un calambre o algo parecido... ¡Dios mío, que aprensiones de viejo tonto, debía huir de esa psicosis neurótica o si no mi viaje se iba a convertir en una pesadilla al arrogarme el papel de vigilante niñera!

Para calmarme me puse a inspeccionar la playa, mas no por ello dejaba de controlar con el rabillo del ojo la juvenil cabeza rubia de mi amiguita.

Gran parte de nuestros compañeros de expedición se encontraban disfrutando de su día de asueto antes de meternos en las grandes aventuras que indudablemente nos estaban aguardando -¡poco sabía yo hasta que punto era eso cierto!-, y así los brujos y simpatizantes, tomaban el sol o nadaban o paseaban, disfrutando del día, otros, sin embargo, habían marchado a visitar el complejo turístico de Cancún y a comprar souvenirs, lo que en mi opinión era prematuro, porque eso significaba el realizar todo el viaje cargado innecesariamente.

No lejos de mí pude divisar la oronda figura de Madame Rena embutida angustiosamente en una sillita de playa y con un inmenso sombrero de paja en la cabeza –lo que la emparentaba de forma abstracta con las setas del bosque-, ella me ofrecía la espalda, pero de pronto, mientras yo la observaba con fijeza, volvió la cabeza y la vi sonreír levemente; la saludé con una inclinación de cabeza y ella agitó una mano en señal de reconocimiento. No estaba sola, pero en aquella ocasión su cortejo era menos numeroso que de costumbre. En todas direcciones, los expedicionarios hacían corrillos en torno a cualquiera de sus héroes favoritos, la celebridad ocultista por quien tuvieran mayor devoción y tanto el creyente, como el objeto de su culto particular, parecían pasárselo muy bien ya que si uno escuchaba el otro pontificaba y todos contentos. Filosofé sobre la estupidez humana y lo fácilmente que se coge a las personas por las orejas igual que a los conejos, y henchido de autosuficiencia me incorporé para ver si distinguía a Daisy, ya que en un instante la había perdido, oteando enseguida, con inmenso alivio, el casco rubio de sus cabellos, tranquilo ya, me iba a recostar de nuevo cuando advertí a mi izquierda, como a cosa de unos 15 metros, una pequeña reunión o mejor dicho, conciliábulo, en la que reconocí a sus dos componentes, uno era la compañera de cuarto de Daisy, y el otro...

El otro era nuestro viejo amigo, el centro americano entrometido, aquel individuo que si era mexicano y había regresado a su país, no tenía por qué que seguir con nosotros en Cancún, vaya, creía yo, pero estaba, contra toda lógica, y, además, departiendo muy interesado con aquella foca... ¿De qué demonios podían hablar?... Comprobé que ella asentía con la cabeza varias veces a lo que él le decía, curiosamente sin gritar -¿leería en sus labios?-, aunque luego, repentinamente, algo dio la impresión de enfadarla y negó enérgicamente, después pareció ceder e hizo un curioso gesto con la mano como si contase con los dedos, y él a su vez efectuó un ademán de asentimiento, levantándose acto seguido, estaba de cuclillas y su interlocutora sentada sobre la estera, aparentemente contento. Entonces se despidió de la mujer con un besamanos fuera de lugar y echó a nadar en mi dirección, no porque me hubiese visto, sino porque ese debía ser su camino. Aproximándose me descubrió y pude sorprender un gesto de fastidio en su semblante y la rápida ojeada que lanzó al cesto femenino que yacía junto a una desocupada esterilla y un sombrero, a mi lado. Llegado que fue a mi altura, me saludó con lo que yo creí adivinar cierta ironía disimulada.

-Buenos días, una mañanita linda, ¿no es sierto?

-Buenos días –repuse secamente.

Mi brusquedad pareció divertirle y se alejó no sin antes dedicarme lo que a mí se me antojó una insolente sonrisa.

Torné a centrar mi atención en Daisy a la que vislumbré salir del agua en aquellos momentos, pero no salía sola sino acompañada por un individuo musculoso en el que fácilmente reconocí a Teo Guasch, el Indiana Jones de baratillo, y que, por cierto, no cojeaba absolutamente nada, según pude advertir en el trascurso de las horas que llevábamos de viaje. Abandonaron el mar deteniéndose en la línea de la orilla y observé como ella le tendía la mano, pero el gran héroe de mil aventuras no dio señales de reparar en su ademán, alejándose en deportiva carrera, que yo deseé finalizara bruscamente con sus narices en el santo suelo, lo cual no ocurrió, por descontado.

Daisy acercóseme chorreando agua, con los cabellos pegados a la cara y una expresión de contrariedad en el semblante, que me sorprendió.

-¿No era Teo Guasch? –indagué retóricamente.

-Por supuesto que lo era –dijo ella de mal humor y su enfado no iba dirigido a mí-. Ese hombre es la cosa más estúpida que he conocido nunca, no me ha dado ni la mano... “Si pequeña, claro pequeña...” –lo imitaba ahuecando la voz- “No pequeña, no acostumbro a firmar autógrafos más que  en mis libros”... ¡Y es que no me ha dejado ni siquiera decirle que llevo el último suyo en el cesto, La ruta mágica de Chichén Itzá!... ¡Con la ilusión que tenía de que me lo firmase!

Reconozco que me sentí malévolamente complacido y que cómo era de esperar, arremetí contra el héroe en desgracia.

-Amiguita, ya sabe usted aquello de que todos los ídolos suelen tener los pies de barro.

-¡Desde luego, ya lo puede decir usted!... ¡Vaya chasco más grande!... ¡Y pensar que ese tipo es nuestro asesor esotérico-turístico, ganas me dan mañana de no ir a Chichén Itzá!

-¡No, eso no –me alarmé-, usted debe ir, no puede permitirse que nadie, y menos ese matasiete de guardarropía, le fastidie el viaje! Recuerde que Chichen Itzá no es Teo Guasch, por suerte...

Ella pasó del enfado a la risa sin transición.

-Por suerte para las ruinas... ¿No le parece? -empezó a secarse enérgicamente con la toalla- ¿Sabe una cosa?, le he tocado en el hombro mientras nadaba y se ha vuelto blanco del susto... ¿Pues no se ha creído que yo era un tiburón o el calamar gigante, o algo así?

Se arrojó sobre la estera hurgando en el interior del cesto.

-Mire que tocho. Estoy cargando con este librote todo el viaje con la esperanza de que me lo dedique...

Desde luego que se trataba de un libro voluminoso, pero muy bien editado y debía valer caro.

Le eché una ojeada buscando en las páginas posteriores, la bibliografía, que era abundante, lo que me confirmó en mis sospechas de que Teo Guasch debía viajar preferentemente a través de otros autores, pero no se lo dije a Daisy; con un desengaño el primer día, ya era suficiente, no obstante, hice un último comentario cáustico:

-Original el título, como éste a docenas...

Por la tarde, en el ferry, fuimos, entre otros viajeros, a Isla Mujeres. Aquel era el único día de mini vacaciones, al uso tradicional, que nos íbamos a tomar en todo el viaje, un día completo de relax que nos hacía falta para descansar y tomar fuerzas, ya que nuestra ruta era deslumbrante pero agotadora.

A la mañana siguiente, muy temprano, comenzó la danza viajera que no cesaría hasta el final de nuestra expedición y en la que conoceríamos todos, o casi todos, los medios de transporte -pudiendo ahora afirmar que nunca en mi vida he viajado tanto, en el espacio de un mes, yendo de un lado para otro en sesión continúa-, y partimos para Chichén Itzá, en primera cita con un pasado remoto e impresionante.

Huelga mencionar que estábamos emocionados y nerviosos, cada uno supongo, motivado por sus propias causas, pero coincidíamos en la expectación, que se vio plenamente recompensada en cuanto llegamos a las famosas ruinas.

 

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