| I CAPÍTULO (1) | |||
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A papá___ Todo esto sucedió hace algún tiempo –mis experiencias en la extraordinaria aventura que me tocó vivir, me impiden ahora mencionar el término años-; el cómo, el por qué, el cuándo acontecieron, no ya los hechos que voy a ir relatando en el transcurso de éstas páginas, sino su verdadero origen y comienzo, es algo que aun hoy, o mejor dicho, muy a menudo me pregunto en virtud de qué singular capricho del destino fue posible que tuvieran lugar, porque, con lo que vino después, es aquello tan oído de: ¿qué hace una persona como tú en un sitio como éste? Entonces yo era un hombre común y vulgar como hay a miles, por no decir a millones, en todo el mundo. Un hombre mayor, viudo, padre de un hijo que vivía en el extranjero, concretamente en Australia, y abuelo de dos nietos, chico y chica, pre adolescentes. Hasta aquí todo muy normal, ¿verdad? Y la normalidad continúa si agrego que acababa de jubilarme con los honores de rigor, en la empresa en la cual había rendido mi esfuerzo y mi capacidad durante una vida entera. Es quizás, llegados a este punto, cuando tendría que detenerme y decir, pues sí, aquí empezó todo, ya que es a partir de ahí, realmente, cuando comienza esta historia inverosímil en la cual, de no ser yo su protagonista, ni tan siquiera creería, caso de que alguien me viniera con el cuento, porque siempre he sido bastante escéptico. Todo empezó por una circunstancia de lo más simple: yo cumplía los 65 a finales de agosto, y la empresa, a mediados de junio, se trasladaba con armas y bagajes a cierto polígono industrial sito en las afueras de un pueblo lejano, lo que significaba el acostumbrado desbarajuste que tales cambios conllevan; faltándome tan poco para la jubilación, ¿por qué esperar a septiembre y hacerme entonces el homenaje de la despedida, cuando yo cesaba prácticamente, con mi sucesor a punto de estrenar cargo y nueva ubicación? No es la primera vez que un cambio precipita situaciones. Pocos meses antes de jubilarme, mi hijo me escribió una larga carta muy convincente en la que me rogaba que cerrase el piso de Barcelona yéndome a vivir con ellos. “Australia te gustará, papá –me decía-, ya sabes que es un buen país que ha tratado muy bien a tu hijo. Aquí no te va a faltar de nada y puesto que ya no tienes que hacer en Barcelona trabajo ninguna clase, te ha llegado la hora del merecido descanso en compañía de tu familia. Papá, es el momento de que disfrutes de la existencia, largos paseos, vida contemplativa, y el cariño de los tuyos. Reconoce que después de la muerte de mamá, hace diez años, tienes que echar en falta la compañía de tu familia, y más ahora, sin ese dichoso trabajo que según tú siempre has dicho “bastaba para llenarte la existencia”. Cuando mamá faltó, recordarás que te pedimos que vinieras aquí, pero tú te negaste, bien, ¿qué excusa me puedes dar hoy?” Realmente ninguna, ya no tenía escapatoria. Me había quedado completamente solo -pocos amigos de juventud me quedaban, dolientes y achacosos además-, y si me faltaba el trabajo, ¿qué mejor solución que irme con ellos, mi hijo, su esposa, mis nietos? Como siempre he sido un hombre muy trabajador, el hecho de no saber que hacer durante la jornada laboral era algo, que ante la perspectiva de la temida jubilación, solía quitarme el sueño muchas noches. -¿Qué voy a hacer –reflexionaba-, horas enteras vacías de significado, dando vueltas, paseando, releyendo libros ya conocidos o atiborrándome de best-séllers nuevecitos de trinca, haciéndome socio de algún club de la tercera edad, yendo a los parques para ver como los niños van creciendo y los ancianos intentan absorber la vitalidad del sol -mientras todos su proyectos se concentran en la preocupación de tener un buen nicho-, o, lo que es todavía peor, huyendo yo de senectas menopausicas que pretenden llenar el resto de tus días con la argucia de que necesitas compañía y afecto? No, no me gustaba nada semejante panorama, y hubiera sido de persona juiciosa el aceptar la propuesta desinteresada de mi hijo y de mi nuera, desinteresada, en efecto, ya que ellos andaban sobrados de dinero, pero, como nunca me he distinguido por ser razonable cuando lo debía ser –inveterado afán de llevar la contraria-, le contesté a vuelta de correo arguyendo no sé que bizantinas resoluciones que a nadie podían convencer empezando por mi mismo. Consecuentemente, mi hijo se molestó, haciéndomelo notar en su carta de respuesta, con estas palabras: “...tú, digas lo que quieras, no estás en lo justo, pero eres mi padre y debo aceptar esa decisión que has tomado, de todas formas, espero que cambies pronto de opinión, sabes que aquí te esperamos y que aunque estamos muy disgustados por que no quieres venir, siguen hallándose abiertas para ti las puertas de nuestra casa que siempre ha sido la tuya.” Al leer estas líneas, sentí remordimientos de conciencia; mi chico era un buen hijo y yo un padre detestable. No ignoraba que eran sinceros al ofrecerme su hogar, pero a mi no me apetecía ir... al menos, de momento; siempre he sido muy independiente, solitario más bien –“tres son multitud”-, y la idea de entrar de nuevo en la armazón familiar me inquietaba como a un teen-ager. Aquí, en Barcelona, en mi piso antiguo del ensanche, era feliz con mis viejos muebles, mis libros, con Raboseta, mi caprichosa gata, y con todos los cachivaches, feos o bonitos, que acumulamos las personas a lo largo de la existencia y que llegan a convertirse casi en humanos a fuerza de convivir con nosotros. Así conservaba toda una colección de antiguas pipas, de mis tiempos de fumador, -lo había tenido que dejar hacía varios años, el pesado del médico, ya se sabe-, que con toda probabilidad irían a la basura en cuanto yo muriese, y tenía un cuartito habilitado como almacén, repleto de revistas y periódicos que no me había visto con corazón para tirar, y como esto tantas y tantas cosas. Carmela, la portera que oficiaba en mi casa como asistenta, siempre refunfuñaba que un día se me iban a comer las chinches por “tanta porquería como había acumulada allí dentro”, pero esto era una exageración, naturalmente. Y volviendo a lo que contaba, repetiré que no me sentía dispuesto a dejar mi pequeño reino barcelonés, repleto de queridos recuerdos, por el novísimo continente. También había otra cosa que no puedo negar que no barajara de manera subconsciente: mi hijo mencionaba en su carta la vida contemplativa a la que yo tenía derecho, y esos derechos que él me atribuía, no eran para mí sino los cantos de las sirenas de Ulises en su versión más catastrofistas, después vendría el banco al sol y más tarde la bonita lápida en un cementerio aunque católico, anglosajón. No, yo no había llegado al final de mi vida, jubilándome no se podía colocar el RIP a toda una existencia, sólo iba a cumplir los 65 años a finales de agosto, y hoy en día un hombre de esa edad es un hombre joven todavía, ¿o no?... (Por otra parte, siempre he tenido un aspecto mucho más juvenil de lo que corresponde). Le hablé a Carmela de la carta de mi hijo y me espetó que estaría loco si no aceptaba, y, haciendo abuso de la confianza que otorgan los muchos años de vecindad, agregó con su habitual rudeza: -El día menos pensao, le agarra a usté un pasmo y aquí se nos queda tieso... Y luego, ¡hala!, a apechugar con la jarana... ¡Qué anda que no es usté cabezota ni na que digamos! Aquel comentario me humilló profundamente, pero no dije nada, y, sin que semejante opinión me sirviera de advertencia, aun me atreví a repetir en el trabajo el ofrecimiento hecho por mi hijo. -¡Estupendo, es lo mejor que podías hacer a tu edad! -No seas tonto y acepta, hombre, que es hora de que descanses. -La tercera edad puede ser una bendición, créeme... -¡Australia, nada menos, oye, que eso no es el Tibidabo precisamente! Con que todos querían que me fuese... Bien, pues no me dio la gana de irme, ¡ya les iba yo a enseñar a esa caterva de detractores de mi libertad!; me quedaría demostrando al mundo entero que a los 65 años no estaba ni muchísimo menos acabado y que iniciábase la mejor etapa de mi vida, ¿acaso no es esta la mejor edad en un político, cuando los eligen para que gobiernen el mundo?
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