CAPÍTULO IV

Ella había hecho su reportaje y regresó. Como dominaba a la perfección el tema, pudo desarrollar un trabajo documentado y perfecto que le valió numerosas felicitaciones en el periódico, felicitaciones que se vieron refrendadas por la excelente acogida con que fue recibido por el público lector y las iras de la competencia ante el oportunismo del rotativo anticipándose en dos meses al aniversario de la muerte del poeta.

Al martes siguiente a la salida del monográfico en el magazine dominguero, se recibió en redacción un e-mail dirigido exclusivamente a la periodista que había realizado el reportaje. No se trataba de una carta al director, era una carta para ella y decía así:

"Apreciada señorita: Me llamo Patrick O´Halloran y usted ha tenido la gentileza de mencionarme en la breve reseña bibliográfica que cita a pie de reportaje. Imagino que me debía suponer muerto o algo similar, casi todo el mundo lo cree, pero todavía estoy vivo, nonagenario, pero vivito y coleando, como dicen ustedes en su rico idioma que yo, por desgracia, no domino demasiado bien, al menos verbalmente. Salvando este escollo, le diré que la felicito por su estupendo reportaje sobre la leyenda de Jane. Si he de serle sincero, lo que más me ha llamado la atención de éste, no ha sido ciertamente lo que usted cuenta, más bien lo que usted silencia, eso es lo que me atrae, porque creo que he sabido leer entre líneas.

Le escribo desde la Palma de Gran Canaria lugar en el cual resido hace ya muchos años y en donde me encuentro muy a gusto. ¿Por qué no viene a verme? Yo podría contarle muchas cosas de nuestro común y admirado amigo, ese poeta al que todos han dado en llamar francés siendo muy otro su origen, asuntos que he ido investigando en esta tranquila etapa de retiro, hechos verdaderamente sorprendentes.

Estoy a punto de terminar un libro sobre ello y me agradaría darle a usted la primicia; mi obra saldrá en breve y supongo que un poco de publicidad no nos hará daño a ninguno de los dos, ¿le parece?. La edición me la voy a costear yo. No he encontrado a nadie, editorial, lo suficiente atrevido como para hacerlo.

Le ruego que me conteste, aunque sea para darme una negativa, cosa que espero no haga, desde luego.

Reciba un cordial saludo de

Pat O´Halloran"

 


¡Patrick O´Halloran!...¿Quién hubiera dicho que el anciano caballero alentaba aún?, nadie, o ella, por lo menos. Patrick O´Halloran estaba vivo, había leído su reportaje y quería verla...

En redacción ninguno se tomó en serio la carta. O´Halloran había dejado de ser noticia hacía años y así se lo dijeron a ella.

-Está como una cabra y ya nadie lo tiene en consideración desde que escribió aquel libro delirante sobre la Atlántida. De esto hace años, ¿no te acuerdas?... Sí, mujer, el que sostenía que las hadas fueron los primitivos habitantes de la Atlántida, emigrados a Irlanda, Bretaña, Galicia, sin olvidarnos de Canarias, Madeira y las Azores... Tendrías que acordarte del escándalo que se organizó hace una década, antológico, vamos... De biógrafo a historiador de ficción fantástica. Se dijo que, como a don Quijote, se le había sorbido el seso de tanto leer... ¿Es posible que no te acuerdes?;¡si la cosa fue más que sonada!

Le aconsejaron que no le hiciese caso y desestimaron el asunto. En su opinión, el poeta sólo valía un monográfico dominical y éste ya había sido escrito, ahora se tenía que correr detrás de otras noticias.

Ella no hizo ningún comentario y en cuanto llegó a su casa le contestó con otro e-mail.


"Querido señor O´Halloran: No sabe usted la alegría que he tenido al recibir su carta. Desde los 17 años soy lectora suya y puedo decirle que me he leído todo cuanto usted ha escrito sobre el poeta, hasta el último ensayo, tan documentado, sobre la presunta homosexualidad del novelista, que a usted le valió un premio internacional hace más de veinte años y la enemistad de cuantos investigadores han sostenido lo contrario, entre ellos el terrible Komarov que se vio obligado a llenar cuatro volúmenes intentando rebatirle, origen de la famosa controversia que lleva el nombre de ustedes dos y que ha pasado a la historia de la literatura contemporánea como modelo de debate ininterrumpido.

Me siento muy halagada por su invitación, y desde luego que iré a visitarle en cuanto pueda, y no tardando mucho, se lo prometo.

Atentamente..."

 


La contestación, por el mismo procedimiento electrónico, le llegó unos minutos más tarde, pero ella la leyó con el retraso de una hora, al abrir de nuevo el correo, curiosa por comprobar si O´Halloran había respondido.

"Querida amiga: Mi alegría aún ha sido mayor que la suya. No solamente me ha mencionado en su reportaje sino que incluso se tomó la molestia de responderme, ¡Dios la bendiga!. A los viejos nos gusta que la gente joven se acuerde de nosotros y nos tenga presentes, sobre todo, cuando en su caso, existen tantas preguntas por hacer, y en el mío, tantas respuestas que darle.

Me dice que piensa venir a visitarme, ¡perfecto!, cuento con ello, pero, ¿qué le parece si mientras esperamos que ese día llegue, no comienza un mutuo intercambio de información?

¿Yo? Exclamará usted a buen seguro, de lo más sorprendida. Si, hija, si, ¿por qué no? Nunca he creído que las viejas generaciones escondamos secretos especiales, o, mejor dicho, que atesoremos una exquisita sabiduría. Todo eso son pamemas, como dicen ustedes con tanta gracia. (Bueno, en realidad, no es esa la interjección al uso, lo sabemos usted y yo, ¿verdad?)

La voy a ayudar.

Preguntas que puede hacerme:

1ª) ¿Qué sabe del poeta que yo no sepa, señor O´Halloran, si me he leído todo lo que ha escrito usted sobre él?

2ª) Si se trata de un nuevo libro acerca del interesado, es porque, o sabe cosas que nadie más conoce, o porque tiene usted algo tangible que mostrar como prueba. ¿Es cierto señor O´Halloran?

3ª) Y última: ¿Puedo fiarme de este vejestorio visionario, que protagonizó hace diez años el escándalo del siglo al defender la tesis de que las hadas fueron los primitivos habitantes de la Atlántida? ¿No me tomará el pelo?

¿A que no voy desencaminado?

Respuesta:

1ª) Algo que nadie más que yo, el señor Patricio, como me llaman por aquí, sé. La gran revelación: Quién era, cómo era, y lo que pensaba el poeta. Un auténtico rayo desintegrador para sus enemigos.

2ª) Tengo esa prueba tangible. La encontré en una librería de viejo, sepultada entre un montón de papelajos inservibles de auténticos desconocidos, mezclado con carpetas escolares del tiempo de mis padres, que, por cronología, son contemporáneos de sus bisabuelos señorita, ¿o quizá tatarabuelos?, (a menudo olvido la edad que tengo porque mi espíritu es el que no ha envejecido), y, como comprenderá, no me estoy refiriendo a lazos familiares. ¿En Irlanda?, se preguntará usted y yo le respondo que él nunca más volvió a Irlanda. La encontré en Italia, en Verona, en una tiendecita indescriptible, hará cosa de tres años.

3ª) Y última: Puede fiarse. Quizá sea un excéntrico, pero soy una persona honesta.

Le ruego que me responda a vuelta de correo, como se decía antes. Piense que mi tiempo, cada hora que pasa, se hace más corto. Espero.

Pat."

 

Ella, sorprendida, pero entusiasmada, le contestó.


"Estimado señor: Aquí me tiene y muerta de curiosidad.

¿Qué es lo que usted encontró en esa tienda? ¿Cartas, dibujos, el original de alguna novela firmada por él?

¿Y que puedo saber yo que usted no sepa ya?

Espero.

..."

 

Él debía hallarse acechando el monitor y conectado porque la respuesta saltó a la pantalla inmediatamente y sin preámbulos.


"¿Que qué es lo que yo encontré en esa tienda, la librería? Pues... un cuaderno roñoso y medio desvencijado, un cuadernillo sin tapas y maltratado por el tiempo a juzgar por la calidad del papel, su color amarillento y ese polvo impalpable que daba la impresión de haberse incrustado allí, otorgándole un aspecto sucio y manoseado. Las puntas de las hojas se rizaban suavemente como hace el papel cuando arde. Estaba escrito a mano y la tinta, buena tinta de calamar en su época, palidecía a trechos hasta hacer incomprensibles las palabras. Escrito en francés el cuaderno, en su primera página sin número, mostraba una caligrafía inglesa perfecta, pero la letra... Aquella letra... "Atravesamos el desierto de Gobi. Todo a nuestro alrededor era silencio, sol ardiente y arenas. Los hombres de la expedición..."

¿Qué le ha parecido este fragmento de mi libro? ¿Adivina a quién me estoy refiriendo?

Sí, tuve la inmensa suerte de encontrarme con uno de los cuadernos desaparecidos...

Supongo que debe estar impresionadísima, ¿no?. Espero"



Lo estaba. Tecleó velozmente:



"Querido señor, no tengo palabras...

Es apasionante. Le ruego que continúe."



Y continuaron, pero utilizando el Messenger.


El Mensajero, uno de los nombres de alado Mercurio...



"Ese cuaderno es una verdadera joya. Como el hallazgo de lo de Tutamkhamon pero en literatura y yo el afortunado Carter, (no querría ser un lord por nada del mundo). Mire, la clásica oportunidad entre un millón. Algo increíble, maravilloso. Habla de La Desconocida y ya no mencionando encuentros fortuitos exclusivamente. Esa mujer, que transita lo mismo que un fantasma por lo que se ha leído ya, de pronto se vuelve real, es hasta humana, con esto tirando por tierra la especulación que en su tiempo se hizo de una Dulcinea, el ideal perfecto y, por tanto, sólo existente más que en la imaginación del poeta. Esos amores antiguos que se sustentaban en espejismos, ¿comprende?... Incluso yo llegué casi a creerlo, ¡había tan pocas pistas!...

Le transcribo otro fragmento:

"...quiero pensar que un día tú vendrás a mí, bajo el subterfugio de una visita impuesta por la admiración, rotos los prejuicios y las inhibiciones, liberada de la influencia de los convencionalismos, sin importarte lo que el mundo entero pueda decir. Llamarás a mi puerta y yo no estaré para recibirte, otros lo harán en mi nombre, mas cuando salgas, entristecida al no haberme hallado, yo, de regreso, te encontraré a mitad de ese largo camino que siempre hemos recorrido cual líneas paralelas destinadas a no coincidir jamás, y el milagro será consumado. Me reconocerás, cruzaremos escasas palabras, y, dándome la mano, vendrás conmigo a ese universo que me pertenece por derecho propio ya que voy creándolo día a día, en mi fantasía y del que tú eres su criatura más tiernamente amada..".

¿No es emocionante?... Y muchísimo más, si tenemos en cuenta de que tales líneas no pertenecen al cuaderno, sino a un pliego metido dentro de él, que parece ser el borrador inacabado de una carta sin encabezamiento ni, por supuesto, despedida, del poeta a La Desconocida, y que, por descontado, ella nunca llegó a recibir... Todo lo cual puede significar que se carteaban... Créame, cuando la leí por primera vez, se me puso un nudo en la garganta, será porque tampoco pertenezco a esta época desquiciada de amores al minuto, hamburguesas y patatas fritas... Claro que intentar comprender aquel tipo de amores, resulta algo difícil. Por ejemplo, Dickens enamorado de su cuñada para siempre, anteponiendo el recuerdo de la muerta a la realidad de su propia esposa. Los amores platónicos de Brahms por Clara Wieck, Amiel, que tanto teorizó sobre el amor y que, en ese sentido era un analfabeto integral. El Bécquer de ustedes, amando irremediablemente a la bella señorita Julia, a quien descubre en un balcón y con la que jamás cruza palabra... No, no, no eran nuestros tiempos, desde luego..."



"¿Sabe alguien más lo de este cuaderno?".

Continuará...

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