CAPÍTULO III (4)

-La viuda era mi bisabuela, y mi abuela poco menos que un bebé, fue su hermana, mi tía abuela, que contaba entonces 11 años, quien le conoció, bueno, le atendió, le hizo la cama y le sirvió la cena.

-¿Una niña tan pequeña?

-A esa edad muchas niñas tienen su primera regla, y en aquellos tiempos, a los 14 ya se casaban, cuando no a los 13, no lo olvide.

-¿Y su bisabuela que hacía mientras?

-Estaba enferma por esas fechas. Mi tía abuela siempre contaba que él se había portado como un auténtico caballero, prefiriendo dormir junto al fuego de turba, en la cocina, para no molestar a la viuda... ¡Ah, y le hizo un dibujo!

-¿A quién?

-A mi tía abuela, ¿a quién sino?

-¿Dónde está ahora ese dibujo?

-Se lo quedó la niña, por supuesto. Años más tarde, en 1920, cuando el hambre mató a mucha gente e hizo emigrar a casi toda la población irlandesa, mi tía abuela, con su marido y sus hijos, marcharon a Norteamérica y durante años no supimos nada de ellos hasta que un día regresó mi primo Joe, uno de sus nietos, y nos contó que ella había muerto, y su marido, y que...

Yo estallé.

-¡Por el amor de Dios!... ¿Qué fue del dibujo?

Mary me contempló con cierta extrañeza. Debía considerar más importante lo que le pasó a su tía abuela que no el destino del dibujo. Frunció el ceño, esforzándose en recordar.

-Creo que en los primeros tiempos de su llegada a Nueva York lo pasaron muy mal, ya se sabe, emigrantes, tan pobres que tuvieron que vender las escasas pertenencias de valor que poseían, puede usted imaginarse, pura miseria: una cruz de plata, un anillo... Supongo que venderían también el dibujo. Eso nos lo dijo el primo Joe, no que vendieran el dibujo, sino que sus abuelos lo pasaron muy mal recién llegados a Nueva York.

-¿Lo supone?

-Sí. Él jamás mencionó el dibujo, como si nunca hubiera existido, pero Joe no había nacido aún, faltaban muchos años todavía, o sea que ese detalle no lo podía saber, como usted comprenderá, además, para él no era importante. Por eso creo que lo debieron vender. El caballero era muy famoso, y, según parece, el dibujo iba firmado.

Pensé en la tía abuela de Mary, en el cariño que debía tenerle a aquel apunte y en cómo la necesidad la había obligado a desprenderse del dibujo intentado subsistir. ¡Lo que yo hubiese dado por saber en dónde se encontraba en esos momentos! ¿Qué necio multimillonario norteamericano se vanagloriaría de poseerlo, uno más entre una gran colección de tesoros, producto de expolios diversos hechos a los desheredados?

-Me parece que incluso había una dedicatoria.

¡Encima eso!

Me estaba poniendo más y más frenética por momentos. La gran oportunidad periodística de mi vida, la gran noticia, pero nada que ofrecer al público, sólo que un dibujo del poeta, realizado en Irlanda, se había desvanecido como el humo, incrementando el misterio que siempre parecía rodear todas sus cosas.

¿Qué podía yo escribir sobre aquella anécdota ignorada?

Pues...

Érase una vez un célebre poeta que se hospedó en una pobre casa y seducido por el encanto de una humilde niñita, le hizo un dibujo...

Los eternos detractores sentenciarían:

-¡Nunca lo consignó en su Diario Intimo, luego no existe!

Y me llamarían mentirosa, asociándome a la ingrata memoria de Leo Taxil, el padre de la prensa sensacionalista, del embuste santificado por la letra impresa de los rotativos del siglo antepasado, y los retorcidos insinuarían otra abominación más que endosarle al calumniado poeta y los críticos comenzarían a especular con que una niña irlandesa, bien podía repetir el modelo de un ideal engañoso, si la criatura era pelirroja, fijación constante, en versiones diferentes, de un hombre enigmático, cuya vida y obra siempre constituirían un misterio.

¿Qué cómo supe que la tía abuela de Mary había tenido el cabello rojo?, nada más fácil, Mary estaba delante de mí y su hijo detrás de la barra. Recordé entonces las palabras de Breandán:

"-Se equivoca si piensa que en mi familia todos somos pelirrojos".

Bruscamente le pregunté a mi interlocutora:

-¿Qué parentesco tiene usted con Breandán?

A ella mi salida la cogió por sorpresa.

-¿Breandán? Es mi hijo pequeño, un poco tardío la verdad. Vino cuando nadie lo esperaba, pero fue muy bien recibido. ¿Por qué lo pregunta?

-¡Es pelirrojo! -exclamé acusatoriamente como si eso lo aclarase todo.

Ella me observó con cierta socarronería.

-Fuera de Irlanda también hay gente con el pelo rojo, ¿no cree? -y luego agregó respondiéndome- Sale a mí familia, como todos los demás. Mi marido tenía el cabello negro, era un celta típico... Murió hace dos años.

-Lo siento...

-¡Oh, no lo sienta, él murió feliz, Dios le bendiga, borracho como una cuba!... Se cayó del caballo, ¿sabe?, pero no creo que llegara ni a enterarse... Me imagino que debe seguir galopando por ahí, sin haber comprendido todavía que ya no es de este mundo .

Sobraban los comentarios.

-Una última pregunta, ¿qué fue de la casa de su bisabuela?, ¿todavía existe?

-Si y no, verá. Ella murió relativamente joven y mi abuela y sus hermanos se fueron desperdigando, unos emigraron a América del norte, otras a Europa, unos pocos prefirieron Dublín y mi abuela se quedó aquí, pero se casó y se fue a vivir al hogar de su marido, un viudo sin hijos y que comerciaba con caballos. Vivieron en el condado vecino...

-¿Y la casa?

-Deshabitada durante mucho tiempo, acabó de arruinarse, hasta el punto que mi abuelo la convirtió en establo para su ganado de paso.

-Lo que significa que ya no puede visitarse -exclamé decepcionada.
-No existe. Estaba en las afueras y ahora es un trozo de prado con una cerca, un trozo pequeño.

Me acordé de la Torre Kirby y se me revolvió el estómago.

-Y tampoco debe existir la antigua posada, ¿no?

A Mary le brillaron los ojos en la penumbra del local y exclamó con orgullo:

-En eso se equivoca. La antigua posada existe, pero remodelada -hizo un amplio gesto con la mano que abarcaba el techo y las paredes de O´Flaherty-Inn, y me miró sonriente y satisfecha-. Es esto, mi negocio.

Me quedé aturdida... Aquello era la antigua posada remodelada... Cómo si leyera en mis pensamientos, Mary añadió:

-Donde estamos ahora era la parte de atrás. Y la de delante, lo que hoy es esto, lo convertimos en el almacén al hacer los cambios. Por eso nuestra puerta se abre a poniente.

-¿Quién hizo los cambios, su abuelo?

-No, mi padre. Empezó como el abuelo, con ganado, pero luego, un día resbaló mientras estaba arreglando el tejado de la casa y se rompió una pierna quedándole mal la fractura, aquello le decidió a dejar el ganado y a estabilizarse. Compró la posada y la reformó, luego, al heredarla yo, hice algunos cambios, modernizándola un poco, aunque no lo parezca.

Nuevamente otro ciclo se cerraba. La Torre Kirby en ruinas, la casa de la bisabuela de Mary convertida en un trozo de prado sin identidad y la antigua posada vuelta lo mismo que un calcetín, lo de un lado al otro. Daba la impresión de que la gente, en complicidad con el transcurrir del tiempo, se daba mucha traza borrando las huellas del pasado.

No sabría explicar bien lo que me sucedió, fue como si de repente me hubiese desengañado del mundo o me sintiera estafada por él, defraudada, esa es la palabra justa, y entonces quise irme, igual que cuando en el monitor deseas borrar algo que has escrito y lo eliminas con un simple clic de mouse y la pantalla queda limpia, sin huellas... ¡Zas!... Eres y ya no eres....

De todas formas conseguí evadirme, diríamos que muy excéntricamente. No aguardé hasta el alba, no pasé la noche allí, y eso que la habitación era acogedora, ¿tal vez un estrecho cuartito sobre las viejas cuadras? Cuando me iba a dormir cambié de opinión diciéndole a Mary que me preparase la cuenta y que si me podía buscar un vehículo para regresar a Dublín. Yo sabía de antemano que allí no había taxis, pero confiaba en que por dinero alguien se aviniese a llevarme, y lo encontré: el propietario de una furgoneta que estaba en aquellos momentos en el local divirtiéndose en su noche de sábado. ¡Los irlandeses son maravillosos! Mary no se asombró por aquella partida anticipada, ni hizo preguntas incómodas, en tanto que mi improvisado chofer aceptó de buen grado, después de una última cerveza bebida entre dos canciones, dado que la paga era suficiente, y, según dijo: "le convenía tomar un buen trago de aire puro para variar."

Todo, pues, se deslizó con la suavidad de la seda, y, cuando mucho antes del horario previsto, me dispuse a esperar en el aeropuerto de Dublín el momento de mi vuelo, me pareció que despertaba de un sueño.

De nuevo en la realidad cotidiana, entre motores y donuts; los fantasmas y las ruinas, quedaban ya muy lejos.

. 

Continuará...

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