| CAPÍTULO III (3) | |||
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Aguardé,
contenida la respiración, pero no sucedió nada espectacular. Era la vejez,
ni más ni menos, lo que hacía crujir la casa. Probablemente, de un momento
al otro, cediendo parte del edificio, algo se vendría abajo. En un próximo
futuro, quizá, sólo quedase del albergue esa puerta cerrada, aprisionada
en su marco, y un trozo de pared en el que, quien anduviese bien de la
vista, podría leer que allí había estado el célebre poeta, y que eso fue
en 189... Contemplé
la placa conmemorativa con una ligera sonrisa y me dije que, primero,
poseía demasiada imaginación, ya que, en aquellas ruinas no existía nada
que justificase ese miedo cerval, y segundo, qué diferente el momento
tan lejano, cuando él lo consignó en su Diario Intimo, un diario que, por otra parte, de eso no tenía más
que el nombre ya que no era una agenda del quehacer cotidiano, salvo en
contadas ocasiones: Aquel fue
un día extraño, de esos que, con la perspectiva del tiempo, creemos incluso
no haber vivido jamás por cuento encierran de vagoroso, o bien trompe
l'oeil, como dicen los franceses. Regresé
al albergue dispuesto a cumplir con mi deber de viajero observador de
crepúsculos; ¿acaso no son una maravilla transitoria como la aurora boreal
o el sol de media noche, tal vez la más breve si conjugamos el verbo odioso
de las comparaciones? Mas
el crepúsculo, renuente como una doncella, hacía valer su tardanza, forzándonos
a la impaciente espera, de tal suerte que no me cupo otra mejor que la
de aguardar por obligación tan bello espectáculo natural, si bien mi espera
jugaba con tres asuntos simultáneamente: los primeros versos del poema
de Jane, la sobrecogedora presencia del querido fantasma, y la no menos
desconcertante aparición de la Desconocida, todo esto, en tanto que sentado
a una rústica mesa en la planta que servía de comedor y hall (¡por Júpiter, denominar con
la palabra hall,
de palaciegas resonancias, aquel espacio oscuro, invadido por tosco mobiliario!),
al mismo tiempo, me apresuraba a matar los minutos bebiendo una jarra
de cerveza negra, pergeñando algunos apuntes y mirando a intervalos, distraído,
por el ventanal que se abría a mi diestra. En ello estaba absorto cuando
quiso el azar que en un instante cualquiera alzase los ojos hacia el ventanal,
antojándoseme vislumbrar cierta silueta que en nada me resultaba ajena...
¡Era ella, la misma joven envuelta en la capa gris, pero en la presente
circunstancia, los cabellos habían sido liberados y se desparramaban algo
revueltos por encima de sus frágiles hombros! Ella
escrutaba con curiosidad la fachada y yo supuse, ebrio de dicha, ¡necio
de mí!, que pensaba entrar. ¿Se había perdido en su excursión de poco
menos de dos horas y, a las puertas del albergue, dudaba acerca de la
conveniencia de acogerse en su interior unos momentos, o tal vez más acertado,
solicitar ayuda que pudiese devolverla sin retraso a su punto de partida?...
¡Atrevida joven!...¡Oh, Dios bendito! ¿Lograría la dicha inconmensurable
de poder compartir mi mesa con ella, de hablar con ella, de saber quien
era: nombre, procedencia, historia? ¿Coincidiríamos siendo los mismos
que nos habíamos encontrado por casualidad en los jardines del Castillo
des Colombes? Súbitamente desapareció de mi ángulo de visión, y yo, sin
poder contenerme, me alcé del asiento precipitándome en abrir la puerta
arrastrado por un impulso irrefrenable que fue objeto de sorpresa por
parte de los que, a semejanza mía, reponían sus fuerzas de la caminata,
esperando, tal vez, la llegada del ocaso. Y en verdad que mi corazón no
me había engañado, puesto que la Desconocida hallábase, no en el umbral
como bien hubiese querido yo, sino en frente, al otro lado, mediando entre
nosotros el espacio insondable de unos cinco metros. Ella ladeó la cabeza
observándome con atención, como si leyera en mi alterado rostro. ¿Le era
familiar acaso, empezaba a recordarme?... Capté en sus labios un amago
de sonrisa, luego pareció encogerse de hombros y en ese momento decisivo,
cuando me disponía a ir a su encuentro, pude escuchar la áspera voz del
dueño del albergue, que exclamaba a mis espaldas: -¿Sucede
algo, caballero? Me
volví tal me hubieran descargado una puñalada a traición. -No,
no es nada... -balbuceé aturdido, y al girar de nuevo la cabeza, ella
había desaparecido. Bajé
las escaleras del falso porche, mirando en todas direcciones; la desconocida
no estaba. Sin duda alguna, en contra de mis anteriores especulaciones,
ella debía conocer mejor que yo aquellos parajes sabiendo muy bien el
camino como para alejarse con tanta presteza. ¿Era
irlandesa o extranjera, jugaba conmigo entonces sin misericordia, enzarzada
en un juego muy femenino y cruel? ¿Era una sombra, acaso una alucinación?...
¿El desvarío de mi mente sobreexcitada?... O, y esto era lo más desolador,
¿se había apercibido ella de mi presencia, de mi identidad? ¿Me habría
reconocido como yo a ella, o no existía ante sus ojos, siendo sólo "alguien"
nada más? Entré
en la amplia sala, pálido cual cadáver y el posadero, al verme en semejante
estado, se santiguó fervorosamente al tiempo que decía: -¿La
ha visto usted, señor? -¿Verla? -Sí,
a Jane... Suele aparecerse cuando un niño está a punto de morirse, o,
si algún niño ha extraviado el camino, ella va a buscarlo... Y le aseguro
que es ella y no la Banshee , como hay quien lo afirma. Desencajado
el semblante, tuve que tomar siento ya que las piernas no me sostenían.
¿Podía contarle a aquel buen hombre que no se trataba de Jane, con sus
cabellos rojos, ni de la , el hada de los duelos que avisa con sus lamentos,
sino de mi bella desconocida, la mujer errante, la mujer inesperada? Después
de una noche de insomnio, tan extraña como el día y que no pienso relatar
ya que en ella todos los delirios tuvieron cabida mientras los ojos de
los ángeles me observaban con la cándida inocencia de las almas puras,
a la mañana siguiente proseguí mi búsqueda, infructuosa a todas luces,
porque me contaron en la posada del pueblo que los hermanos italianos
habían marchado de excursión al condado vecino en cuya aldea más cercana
tenía lugar una famosa feria de caballos, y el matrimonio francés tuvo
que irse precipitadamente a media noche, pues la esposa empezó a dar muestras
de indisposición y deseaban llegar cuanto antes a Dublín para que la viese
un renombrado médico, ya que, al parecer su dolencia era crónica. ¿Cuál
de las dos podía ser mi desconocida?; fui informado de que ambas, jóvenes
y hermosas, poseían una admirable cabellera color fuego. En cuanto a la
familia inglesa, la madre era una matrona y la prole la integraban varones. No
me cabe la menor duda, se trataba de Nina y la he vuelto a perder. ¿Es
libre o está comprometida con otro?...¡Afortunado rival si existe!...
¿La volveré a encontrara de nuevo?... ¡Si así fuese, juro por mi honor
que no la dejaré escapar, que retendré su mano con fuerza confesándole
cuanto la amo!... ¡Tal vez me rechace, tal vez me desprecie, pero mi anhelo
ha de quedar satisfecho, saber al menos su nombre y no este ficticio que
me veo obligado a darle, saber su nombre, su verdadero nombre!... Sé que
el día que lo conozca, el día que lo pronuncie, ella será mía para siempre... Nina. Yo también regresé al
pueblo con una pregunta nueva en los labios y sin saber a ciencia cierta
quien podría responderla. Consistía en una pregunta tan obvia que me asombró
el hecho de que hasta aquella tarde nunca se me hubiese ocurrido. A mí
ni a nadie, la verdad. En ningún estudio sobre el poeta, en ningún ensayo,
en ninguna biografía, empezando por él mismo en su diario, se mencionaba
en dónde había pasado la noche. Imagino que es posible se sobrentendiese
que aquella noche la pasó en la torre Kirby, ya que él hablaba de la posada
no como un lugar en el cual se alojase, sino, más bien le servía de punto
de referencia para ir a preguntar, pero la Torre Kirby era una casa de
té en palabras de Mary O´Flaherty, el equivalente nuestro a un bar de
carretera no a un hotelito montañero y se cerraría por las noches, seguramente,
marchándose, quienes los regentaban a su hogar en la aldea. Así expuesta la situación,
¿bajo que techo durmió o mal descansó el poeta esa noche? Otra pregunta,
¿era realmente importante saberlo? Cuando entré en O´Flaherty-Inn,
el local ya principiaba a llenarse, pero no tenían aspecto de turistas
sino de habituales. En su mayoría eran hombres, las mujeres empezarían
a venir más tarde, y todos ya habían traspuesto la barrera de los treinta.
Me dirigí al cuartito que había alquilado por una noche y, descargando
los trastos acarreados durante la jornada, me lavé la cara y las manos,
peiné el cabello en una trenza , bajé luego y me fui a sentar a la barra
puesto que lo que buscaba era charlar con Mary quien se encontraba detrás,
muy atareada sirviendo a su clientela. -¿Ha pasado un buen
día? Mucho viento allá arriba, ¿no? Si quiere tomar un bocado será mejor
que se siente a una mesa, en la barra no sirvo comidas. -Lo haré, pero antes
desearía preguntarle algo. -¿Más preguntas? ¿Me
va a hacer una entrevista? -exclamó ella divertida. -Bueno, casi, pienso
que usted quizá sepa algunas cosas que no salen en los libros y que me
puedan servir. -Seguro. Las personas
siempre sabemos más cosas de las que están escritas en los libros, puede
apostar lo que quiera a que es verdad -dijo ella sonriendo- Ande, sea
buena chica y váyase a sentar a una mesa antes de que esto se llene más.
Le prometo que luego me reúno con usted. Y cumplió su promesa
una hora más tarde, dejando el relevo detrás de la barra a un hombre joven
que por el parecido con ella, deduje podía ser hijo suyo. -Aquí me tiene, ¿que
desea que le cuente?. Traslucía un excelente
humor y su jovialidad, no sé por qué, tuvo la virtud de irritarme. Yo
estaba rompiéndome la cabeza intentando descifrar enigmas y ella, en cambio,
tan tranquila, daba la sensación de estar en paz con el mundo. Su negocio,
su clientela, su gente y una periodista imbecil que venía a entretenerle
la velada. -Mire, he estado allá arriba, he visto lo que queda de la Torre Kirby, y creo que ni en sus tiempos de esplendor, aquello fuese una posada. -¿Y quién le ha dicho
lo contrario? Era una casa de té, ni más ni menos. No una casa de té elegante
como las de la ciudad, sencillamente un albergue de paso. ¿Es que no se
ha dado cuenta? -Por supuesto que me
he dado cuenta, y por eso quiero preguntarle si la posada que hubo en
tiempos en este pueblo, a finales del XIX, fue en donde pasó la noche
el poeta francés, como usted le llama. -¿Tan importante es
eso? -inquirió de buen humor. En un rincón de la sala,
un grupo de parroquianos se puso a cantar lo que supuse debían ser antiguas
canciones irlandesas ya que las cantaban en gaélico. Mary, golpeando con
el índice sobre la mesa, empezó a seguir el ritmo de la música, y aquel
insignificante gesto suyo tuvo la virtud de enfurecerme. -Escuche -dije levantando
progresivamente la voz ya que el barullo comenzaba a generalizarse-, quiero saber... -¿Si durmió en la posada? -Si. -No. -¿No?... ¡Es gracioso,
en Dublín busqué la casa de los Connemara y hace cincuenta años que la
destruyó un incendio, ahora hay un banco en su lugar, y aquí la posada
brilla por su ausencia, imagino que se derrumbaría también, y encima,
él no durmió allí! ¿Dónde, si puede saberse? ¿Dónde pasó aquellas horas
antes de marcharse?, ¿o es qué durmió en el acantilado, entre las rocas?... Me interrumpí exasperada
mientras Mary me contemplaba con preocupación. -Debe ser terrible trabajar
en un periódico -comentó reflexiva-, no me gustaría ganarme de esa manera
la vida, por nada del mundo. Cálmese, si tan importante es para usted,
y le contaré lo que pueda recordar sobre ese asunto... Y que conste, que
lo que le diré no se lo he explicado nunca a nadie que haya venido de
fuera, claro que tampoco me lo han preguntado... En efecto ese caballero
estuvo en el pueblo, pasó la noche. Buscaba a alguien, al parecer., y
no me pregunte a quién, porque eso si que no lo sé. -Pero no durmió en la
posada... -No, no durmió... Se
alojó en un casa particular, en la de una viuda con muchos hijos. Según
tengo entendido, él no pensaba quedarse en el pueblo, pero se le hizo
tarde y la posada estaba llena. Alguien le habló de la viuda Dogherty,
y sugirió que tal vez ella pudiese dejarle pasar la noche bajo su techo.
En ocasiones lo hacía con otros viajeros, les dejaba su dormitorio y ella
dormía con sus hijas, eso le reportaba un dinero extra y dada su necesidad,
no era motivo de críticas; por otra parte la viuda tampoco era ninguna
belleza y sus hijas todas pequeñas. -¿Y él pasó la noche
allí? -exclamé horrorizada porque ya me imaginaba el ambiente: miseria
y críos desnutridos por todas partes. -Al parecer sí, y se
marchó muy temprano. No ocasionó molestias pagando, además, con gran generosidad. ¡Qué extraño resultaba
todo aquello! No tenía porque dudar de la sinceridad de Mary, pero éste
pasaje había sido escamoteado de su Diario
Intimo. ¿Es que no lo juzgó importante, estaba tan influenciado por
la leyenda de Jane, que para él el resto del mundo no existía por ser
demasiado sórdido, o fue el encuentro con La Desconocida lo que borró
toda realidad de su entorno? Sí, tal vez fuera eso... No obstante, cabía
otra probabilidad, que, en su Diario Intimo, el poeta no
lo hubiese escrito todo, silenciando, en muchas ocasiones, aquello que
no deseaba que fuera sabido algún día, cuando, una vez desaparecido, los
estudiosas se entretuviesen en analizar su legado literario. Considerándolo
desde esta perspectiva, ¿qué es lo que habría llegado a omitir, por qué
y, cuántas veces? Mary me arrancó de mis
cavilaciones con una revelación inesperada. Continuará... |