| CAPÍTULO III (2) | |||
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Bueno, si se sentía tan seguro,
no pensaba discutírselo. Al parecer estaba deseoso por asombrarme, cosa
que en parte entendí; se trataba de su heroína lugareña y leit motiv
de las conversaciones en la comarca, pero acabé descubriendo, en realidad
ya lo comencé a intuir cuando Mary me hablaba de ella, que el tiempo,
y la fantasía irlandesa habían distorsionado la verosimilitud de los hechos.
Breandán, igual que O´Flaherty, y con anterioridad a ellos muchos más,
transformaban a Jane, exponiéndola a la influencia de las leyendas. Existen hadas que roban niños, otras que los truecan por sus hijos. Hadas hay que se enamoran de los mortales y se casan con ellos, aunque no sin imponerles sus condiciones, "no me grites, no me regañes, no me espíes, no pretendas saber lo que no debes", y si sus maridos humanos rompen el compromiso establecido, los abandonan, incluso lanzándose, en ocasiones, de cabeza al agua, sea ésta río, mar o lago. Otras veces, la unión entre un hombre y un hada es tan imposible, limitándose a encuentro y despedida, que el desdichado mortal vagará por siempre, triste y pesaroso, suspirando eternamente por su inalcanzable amor. Así me lo contaba el joven Breandán aquella mañana mientras íbamos ascendiendo por una curva suave del terreno que nos conducía en dirección a los acantilados rojos de M. Y entonces comprendí porque Jane podía ser confundida en la distancia, con las hadas. Era igual que si mirásemos dentro de algún espejo, lo mismo, pero sutilmente distinto. A Jane la apartaban de su amado, daban muerte a sus hijos y finalmente ella se arrojaba al mar, el ciclo se cerraba, pues, dando paso a la leyenda. Breandán me contó también como las hadas otorgan dones que pueden convertirse en hojas secas si nos portamos mal, y que ellas viven tanto en el interior de las colinas como en sus islas maravillosas, Hy Breasail, Avalon, y otras muchas, muchas más. Era una delicia escucharle en tanto caminábamos. Por encima de nuestras cabezas revoloteaban algunas gaviotas y la niebla semejaba haber quedado muy atrás, una neblina compuesta por lluvia finísima que parecía humedad en suspensión. Ahora brillaba el sol, un sol atlántico y descolorido, subrayando aquel paisaje intensamente verde en el cual las casitas desperdigadas en el valle resultaban curiosas manchas blancas tiznadas con una caperuza de brezo seco. La vista se extendía en suaves ondulaciones del terreno que subían o bajaban con dulzura, sin aristas que lo quebrasen, y se cerraba en un horizonte difuso de líneas azuladas. A trechos, un arroyuelo, ponía su nota transparente entre la hierba o bien eran las cercas de piedra las que jugaban al escondite, apareciendo u ocultándose, entre los pastos. Breandán iba deteniéndose a intervalos, enmudecía y señalaba con amplios y expresivos ademanes, el paisaje -que yo fotografiaba-, como si quisiera que lo grabase en mi memoria y así no pudiese olvidarlo jamás, y yo, que sólo conocía Irlanda a través de las películas, recordé lo visto en el cine y supe que ni David Lean ni John Ford me habían engañado, pero, también, que la realidad podía ser todavía más fascinante, y evoqué al poeta, quien nada sabía sobre cinematógrafos, creo al menos, y que igual que yo, pero precediéndome en el tiempo, muchos años antes, había efectuado el mismo peregrinaje. Los dos, sabuesos tras el rastro de una leyenda, conjurando a un bello fantasma triste y dolorido, que, como la gran mayoría de los espectros, era invisible. -Ha
tenido suerte viniendo hoy a visitar el acantilado -parloteaba animadamente
el chico mientras tanto-; hay una feria de ganado en el pueblo vecino
y todo el mundo está allí metido, hasta los turistas, por eso ha encontrado
O´Flaherty-Inn desierto, ¿no se ha fijado? Y tampoco viene hoy nadie por
ese camino. Vería usted que procesión si no hubiese feria de caballos,
como la de la gente de las colinas cuando sale a dar vueltas la Noche
de Todos los Santos... ¿Le gustan a usted los ponies? Apuesto a que no,
si le gustaran estaría en la feria y no aquí, seguro -se acarició distraído
una oreja-. ¿A qué no sabe por qué me llaman Gremlin? -soltó incoherentemente
sorprendiéndome- Por las orejas. Le contemplé
algo desconcertada. Pues sí, al hallarse en la edad en la cual el cuerpo
se va estirando y creciendo de forma desmañada, sus orejas brotaban despegadas,
grandes y extrañamente puntiagudas, pero se trataba de un niño, un crío
al fin y al cabo, no de un Gremlin -personaje de película repetida hasta
la saciedad por los diferentes canales televisivos-, o de cualquier otra
entidad absurda y fantástica. Proseguimos
la ascensión por el terreno hasta que ya no se pudo decir que no estuviésemos
en plena escalada del acantilado. El verdor iba desapareciendo y la tierra
aparecía en su lugar árida y cobriza, dura. El viento comenzaba a soplar
con fuerza y Breandán me miró preocupado en el momento de la despedida. -¿No
prefiere que la acompañe? Oiga, que allá arriba vuelan hasta las piedras,
no la engaño, no. Pensé
rápidamente en lo agradable que hubiera sido contar con una mano segura
por aquellos roquedales y más acarreando el impedimento que yo cargaba
de mochila y máquina fotográfica, todo debajo de un poncho de lana color
pizarra, pero me dije que el encuentro con el pasado debía de ser a solas.
Ya no padecía el visceral romanticismo de los 18 años, de eso me suponía
curada, sin embargo, anhelaba visitar sin acompañantes el acantilado...
Las olas estrellándose contra los rompientes, alguna ave marina con sus
chillidos sobre mi cabeza y la presencia irreal de Jane: eso era lo único
que necesitaba. Conseguí que el muchacho me dejase al fin aunque a regañadientes, debo reconocerlo, sintiéndome por ello, culpable en el fondo de mi conciencia y eso que lo convenido había sido el que nos despidiésemos allí. -Si
ve alguna cueva no se meta dentro, porque podría pasarle lo que a un rey
britano... Le invitó a su boda el rey del Mundo Subterráneo, y cuando
salió al cabo de tres días, habían pasado cien años y ya nadie le recordaba... Me hizo
gracia la advertencia, perderme durante cien años, tres días vagando por
el tiempo del Mundo Subterráneo. Se suponía que, a la vuelta, todos me
habrían olvidado. De nuevo la leyenda de Ossian en otra versión. Inicié
una lenta subida por el sendero cada vez más empinado -¡No
se acerqué demasiado al borde! -me previno el chico ya de lejos y yo agité
la mano alegremente, en ademán de despedida. Al quedarme
a solas, pronto Breandán fue una figurita que empequeñecía en la distancia,
me sentí feliz. No era precisamente a Jane a quien yo buscaba. Jane era
mi pretexto. Yo estaba allí como el que acude a una cita de amor, siguiendo
los pasos de "aquel buen hombre" de origen eslavo al que muchos
creían francés, y que en
su día estuviese en el mismo camino en donde yo me hallaba en esos momentos,
bien que recorriéndole a la inversa, cuando tropezó por segunda vez en
su vida con la misteriosa joven que descubriera en el parque del Castillo
des Colombes. Mientras
ascendía penosamente luchando contra el viento, respirando el húmedo aire
del mar, muy salobre, y quedándome sorda con el estruendo del oleaje,
recordé una vez más, aquel fragmento
de su Diario Intimo: "No
tenía objeto volver a descender por el mismo camino de ida y así pues,
tomé la decisión de comenzar la bajada por el opuesto que llevaba al pueblo;
soy buen andarín y los kilómetros no me asustan. Proyectaba efectuar un
largo rodeo por los campos y más tarde regresar al albergue por la estrecha
cinta que bordeaba el acantilado en su otra vertiente, una playa blancamente
arenosa y que ya conocía. Mi rendez vous, en ésta ocasión, era con el
crepúsculo y cabe los muros de la torre, tanto me lo habían ponderado
mientras reponía mis fuerzas en el comedor del local, insólito salón de
té en tan montaraz lugar. -Desde
aquí no puede perdérselo, la vista es incomparable, maravillosa. Mas
ciertamente el crepúsculo se hallaba lejano y yo no contaba con mucho
tiempo si deseaba ver tantos lugares aprovechando la luz del día; cuarenta
y ocho horas me separaban de unos asuntos inaplazables, en París. Retornaría
de nuevo al albergue para concluir el recorrido por tan singulares parajes,
despidiéndome de ellos, nunca de Jane, con cuyo recuerdo acababa de estar
apenas hacía unos instantes. Me
había creído único en las alturas, el señor del silencio viviente y de
la soledad, captando a Jane, perfilada trasparencia flotante en el puntal
más alto del acantilado, cual una estatua de clásicas vestiduras justo
en el momento fatal que emprendía su vuelo hacia la nada y el olvido.
Vi centellear al sol, ondulante y metálica, su hermosa cabellera cobriza,
de un rojo Tiziano, abrirse en abanico a imitación de las alas de un ave,
y más tarde, al aproximarme al tristemente famosos mirador, fue allá,
en el fondo de la rugiente sima, en donde la divisé, quebrada lo mismo
que el inseguro garabato de un niño, la blanca nuca al descubierto, en
cándida ofrenda al hacha del verdugo, y los cabellos volcados encima de
una roca oscura y atemorizadora que lamía, hambrienta, la espuma de las
olas. Un piececito descalzo emergía del borde de la falda desgarrada...
¡Maravillosa estampa prerrafaelista! Me
detuve en el umbral del pavoroso vacío, con esta imagen de desolación
en el recuerdo de los hechos no vividos. Ahí abajo, sobre los erizados
peñascos que brotaban a intervalos entre el oleaje, nada había que no
fuese otra cosa más que el ir y venir incesante del océano. Cogiendo entonces
mi cuadernillo de notas, di comienzo a los primeros versos de la balada
para Jane. Un poema que, surgido de forma espontánea, sin presiones urgentes
de editores, ni tan siquiera exigido por mi mismo llevado del reto difícil
de plasmar una idea demasiado bella y escurridiza, pues ha nacido, simple,
sencillamente, desprovisto de cualquier presunción de trascendencia o
fama, sólo en testimonio del sentido homenaje que la desventurada Jane
se merece.. Bajaba,
como he dicho, luchando contra el viento que me arrebatara el sombrero
escasamente media hora hacía, cuando el grisáceo bulto de una figura en
ascenso por el sendero, arrebujada en su larga capa, atrajo mi atención. -Otro
peregrino del pasado -fue el comentario que surgió en mi interior, forzándome
a sentir ligeramente molesto, cual el avaro que en la impunidad pretende
deleitarse con aquello que él estima su tesoro sin comprender, o aceptar
resignadamente, el hecho de que más adelante lo será de sus herederos,
ya que nada nos pertenece en exclusiva. En ese preciso instante, el otro
alzó el rostro. Iba destocado, y pude advertir con gran sorpresa por parte
mía, que de una mujer se trataba, la largura de cuyos cabellos comunicaba
la impresión de esconderse bajo el borde del cuello de su capa. Ciertamente
con muy buen tino, ya que de lo contrario, éstos hubiesen sido enmarañados
por el viento, velándole el rostro y cubriéndole los ojos, molesto impedimento
a su marcha. Tenía el cabello de un color con el que ya empezaba a familiarizarme,
y no sólo en Irlanda, pues debo confesar ahora, que de unos años a esta
parte los más singulares encuentros de mi vida, han sido protagonizados
por pálidas jóvenes pelirrojas. La Desconocida del parque des Colombes,
miss Briddie, Jane, y... Nuevamente una mujer de cabello rojo, rostro
de nácar, delicadamente ovalado, pómulos marcados y pupilas ¿grises, azules,
verdes?, se cruzaba en mi camino. Ella
continuaba subiendo mientras yo descendía. De pronto experimenté como
el corazón semejaba detener sus latidos y el paisaje girar en torno mío
en una espiral vertiginosa... ¡No era posible, los sentidos jugaban conmigo
creando de la nada, una alucinación!... Allí
estaba frente a mí, en un retrobamiento imposible de concebir ni en el
más disparatado de los sueños, la misma jovencita encantadora con quien
me encontré inesperadamente junto al estanque de los tritones en el parque
del castillo de mi benefactor; lógicamente y dado que el lugar, en la
presente ocasión, resultaba inhóspito y agreste, sus ropas no podían ser
las mismas, y ella, en consecuencia, tampoco contar la misma edad. Igual
que yo, había madurado, aunque no por ello variase un ápice su fresca
y juvenil belleza. ¿Qué
causa la había empujado a perderse en semejante lugar, sola por añadidura,
temerariamente sola, en un mundo aislado y tan salvaje? Sin
embargo, ¿era realmente la muchacha del parque, o el tiempo, burlón, se
placía en confundir los rostros en mi memoria? ¿Es que acaso podía no
serlo?... Yo estaba allí, ¿por qué no ella, si viajeros éramos ambos? La
gentil desconocida se agarró al saliente de una roca, mirándome de hito
en hito, sin remilgos ni gazmoñerías... ¡La mujer presentida, mi mujer
soñada!... Algo de singularmente andrógino, se escondía en su expresión
valiente y decidida y de no ser por la gracia inconfundible de su porte,
la capa la envolvía completamente, aquellos rojos cabellos sujetos por
el cuello de paño, aquel rostro sin afeites hubiesen muy bien podido pasar
por los de un jovenzuelo imberbe. Mas se trataba de todo lo opuesto, de
una mujer tan decidida y temeraria que no parecía echar de menos a nadie.
Su desenvoltura evocó en mí el recuerdo del aspecto de esas mujeres de
ciertos pueblos primitivos, o bien de las tribus nómadas, fuertes y resueltas,
tanto o más que sus propios hombres, sin que por esta razón, sus varones
fuesen débiles ni ellas practicasen el matriarcado. Respiraba
algo agitada por la escalada e inesperadamente me sonrió, ¿creía reconocerme
también?, después miró en dirección al mar como si buscase Dios sabe que
improbable vestigio entre las olas, y por último, prosiguió su ascensión
en tanto yo me echaba a un lado, saludándola en silencio con una leve
inclinación de cabeza. Pienso ahora, tardíamente, que fui cobarde, o bien
un prurito de buenos modales me restaron el valor necesario para interpelarla
¿Qué inexplicable cortedad frenó mis palabras?... Me temo que jamás sabré
la respuesta. No
rodeé los prados sino que fui directamente al pueblo para indagar acerca
de la llegada de nuevos viajeros, y, sí, me dijeron, pues habían arribado:
una familia inglesa, un matrimonio francés y dos hermanos italianos, hombre
y mujer. Me sentí más tranquilo, regresaría a la torre, fiel a mi cita
con el crepúsculo y, a la mañana siguiente, procuraría hacerme el encontradizo
con los otros viajeros." Me hallaba en el famoso
saliente, célebre por las fotografías, en el que la desconocida había
puesto su mano con intención de sujetarse para no caer empujada por el
viento, y aún continuaba igual, (por otro lado era el único recurso que
se le ofrecía a cualquier escalador). Allí soplaba el aire, yo diría que
con rabia y por costumbre, así que tuve que agarrarme también si no quería
romperme el alma y por primera vez me alegré de llevar el contrapeso de
la mochila y las cámaras, de lo contrario,
hubiera podido perder el equilibrio. Luego contemplé el mar, ¿cuántos
turistas lo harían, cumpliendo con el ritual de no ignorar la historia
del encuentro entre el poeta y Nina? Creo que muy pocos. Nadie revive
escenas del pasado como en un teatrito de juguete, a menos que esté algo
loco, sobre todo cuando los recuerdos no son nuestros sino ajenos... El
lugar del encuentro lo podían haber hollado hasta las cabras en el supuesto
de que por aquellos pagos existieran. ¿Dónde estaba, pues, la magia y
el romanticismo? ¿Sólo en mi cabeza? De gritar su nombre, me lo devolvería
el eco y muchas gaviotas, petreles, cormoranes, o lo que fueran, asustados,
se dispersarían lo mismo que si les hubiese alcanzado la onda expansiva
de una explosión. No, allí no había nadie más que yo, y muy a lo lejos,
el crío pecoso con nombre de guerrero antiguo, que había dado muestras
de sentirse responsable de mi seguridad. Trabajosamente
alcancé la cima y el Mirador de Jane se extendió ante mí como un tapiz.
Resultaba impresionante y la verdad es que era imprescindible ver todo
aquello para meterse más en la piel de los personajes: Jane, su leyenda,
el poeta y sus delirios románticos. Yo, hija del siglo XX, residente en
el XXI, me notaba muy pequeña en semejantes alturas. El Atlántico imponía
un enorme respeto y los espumosos rompientes comunicaban cierta helada
sensación de angustia al ofrecer un aspecto desolado de finis terrae que daba escalofríos. Con gusto me hubiese fumado un
cigarrillo para relajarme, pero encenderlo allá arriba constituía una
auténtica misión imposible debido a la ventolera. Me dispuse
a sacar las fotos que justificarían el peregrinaje y gasté dos carretes
completos a mayor gloria del Mirador de Jane, aunque ella, tímidamente,
no hiciera acto de presencia. Marchando
en dirección opuesta a la de subida, comencé a descender por la estrecha
cinta de un quebrado caminillo, otra vez con riesgo de abrirme la cabeza,
terca en mi afán de conocer el histórico albergue, o torre, ya en ruinas
y abandonado de todos. ¿No es una pena que los monumentos se descuiden
de tal forma? Un ilustre viajero transitó por allí en tiempos, gracias
a él la leyenda de Jane se vio universalizada; ¿no podía conservarse un
poquito aquello, en testimonio de agradecimiento? De improviso
me di cuenta de que estaba exhausta, de que el sol no lucía tan alto y
de que la hora que mi reloj marcaba venía a indicar, sorprendentemente,
que habían transcurrido cuatro, desde mi salida del pueblo. Entonces también
comprobé que tenía hambre y sed y me dispuse a comer y a beber algo de
lo que traía en mi bolsa de picnic.. ¡Cuánto mejor no hubiera sido que
existiese el albergue, o casa de té, o lo que fuese, en plena vigencia
y así me habría podido sentar a una mesa comiendo reposadamente y no entre
peñascos para protegerme del viento! El abandono,
la indiferencia, son peores que las dunas, supongo, porque al menos las
dunas cubren y el olvido es perfecto, mientras que los esqueletos sobre
la tierra entristecen. La Torre Kirby, una presencia cuadrada de piedras
verdosas, no debiera de haberse construido nunca para conocer este final,
porque estaba peor de lo que me había dicho Mary, muchísimo peor. El techo
desfondado en su totalidad, lo que se podía ver a vista de pájaro, o,
en mi caso, a través de las ventanas orientadas al norte, desvencijadas
completamente. Asomé la nariz por una de ellas y el interior tenebroso
no me ánimo a meterme dentro. En un ángulo, una desmoronada chimenea de
piedra, parecía ser nido o cubil de seres indeterminados que gorjeaban,
aves o ratas, que más daba. No se descubrían muebles, sólo techumbre parcial
y vigas descarnadas, de todas formas, las mesas y las sillas debían de
haber desaparecido tiempo atrás. Di la vuelta, sorteando con precaución
un terreno algo accidentado. La fachada revelaba una especie de porche
aún en pie, de milagro, con una puerta de acceso, amplia, de fortaleza
carcomida, que daba la impresión de que si se la tocaba iba a desplomarse.
Sin embargo, las apariencias eran engañosas, la puerta aguantaba a pesar
del viento, como el portalón de un castillo encantado, y a su lado podía
verse un cartel, mejor dicho, una placa de metal herrumbroso, recordatorio
superviviente de la estancia del famosos escritor. Con franqueza, no reconfortaba
el espíritu contemplarla. Le había
tirado tres fotos y me aparté. Algo crujió en el interior del albergue,
bueno, de la torre, y me estremecí muy a mi pesar. ¿Qué iba a salir de
allá, un bicho asqueroso, alguna alimaña inconcebible, un duende malvado,
o el psicópata lugareño de turno? Parecerá extraño, pero no se me ocurrió
pensar en el fantasma de Jane. En ese instante, fue la puerta la que crujió
como si la empujaran. Me quedé paralizada por el terror; sin saber el
motivo, tenía la extraña sensación de ser observada, de que alguien a
quien yo no podía ver, me espiaba desde algún lugar ignorado. ¿Sería el
bueno de Breandán deambulando por aquellos parajes, siguiendo mis pasos
para protegerme a distancia? Si eso era así, mas le hubiese valido al
crío no ejercer de caballero andante teniendo como fondo tal escenario.
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