| CAPÍTULO III (1) | |||
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Ella era periodista, bueno, le faltaba un curso para
terminar la carrera, y aquellas vacaciones, enchufes de la Facultad, estaba
haciendo prácticas en un rotativo importante en calidad de substituta
aventajada, ya que sus notas eran excelentes, cuando le llovió del cielo,
como vulgarmente se dice, el premio gordo. Ella trabajaba en el magazine dominical del
diario y el periodista encargado de realizar un reportaje determinado,
se puso enfermo de repente, por lo cual hubo que reemplazarlo sobre la
marcha y sin pensárselo demasiado pues el tiempo urgía. Se conmemoraban
entonces, los cien años de la muerte del tan traído y llevado autor de
LA BALADA DE JANE, entre otros títulos menos poéticos y más vanguardistas;
el periódico iba a dedicarle un monográfico en su suplemento dominguero,
habiendo sido ella la elegida para llevar a cabo aquel encargo, puesto
que, excluido forzosamente el enfermo, los demás reporteros estaban ocupados
con sus propios trabajos, y ella no era más que un ave de paso. Chamba en el decir de muchos, guinda en el de otros,
golpe de suerte para ella, que, si alguna vez lo soñó, jamás creyóse que
fuera posible. Tenía que ir a Irlanda recorriendo los lugares que el poeta
visitase en su época. Dublín primero y luego los famosos acantilados,
porque en el periódico opinaban que era más divertido escribir sobre espectros
y uxoricidios entre los que anduviese mezclado un poeta cuatrocientos
años después, autor de lo más discutido, por añadidura, que hablar de
manera estudiosa y seria sobre su obra y la influencia que aquella había
tenido en las corrientes de la literatura posterior a su fallecimiento.
Más que a un autor honesto y comprometido con sus ideas, veían en él a
un jugoso escritor maldito que levantaba polémicas allá donde fuese, y
lo de Irlanda en realidad era un pretexto para levantar la tapadera. Pero a ella nada de eso le importaba, los motivos,
se sobreentiende, la cuestión era marchar a Irlanda y recorrer los viejos
caminos que le resultaban tan familiares y queridos, e, incluso, llegó
a conseguir que ningún fotógrafo la acompañase porque aseguró a su jefe,
muy convencida, que ella misma se encargaría gustosa de hacer el trabajo
gráfico. Con que fue a Irlanda y escribió su reportaje, y,
mientras lo hacía y sacaba las fotos pertinentes, aun tuvo tiempo para
cubrir con letra irregular y apretada, las páginas de su diario privado,
una costumbre que practicaba desde hacía ya cinco años. Ella
escribía un diario... O, al menos, debería de haberlo hecho... Todas las
mujeres tendrían que escribir su diario, no importa cual sea la época
en la que vivan... "La
aldea de..., situada en el condado de G., se agrupa en el fondo de un
valle eternamente verde y eternamente húmedo, lo uno no sería sin lo otro,
mientras que en el horizonte se dibujan, en dirección al interior de la
isla, las suaves cimas de las antiquísimas y mágicas colinas, en cuyo
interior, según afirma la tradición, moran las hadas, o sea, los primitivos
habitantes de Irlanda, ya que hada, en gaélico, es Sidhe o Shee, lo que
viene a significar: gente de las colinas.
Las
casas de este pueblo tienen las paredes blancas, mientras que las puertas
y las ventanas están pintadas de color bermellón, o verde oscuro o azul
grisáceo y los techos son de brezo seco, o de paja, mostrando las huellas
del deterioro ocasionado por el neblinoso sol y la llovizna casi constante.
Todo es muy rústico e incluso algo salvaje. La pequeña iglesia, (construida
según me contaron sobre las ruinas de un monasterio que fue erigido allá
por el siglo VI), databa del siglo XII, y era de piedra, con una torre
muy alta. De estilo románico, no observaba el aspecto de ser un templo
cristiano, más bien recordaba una mini fortaleza con campanario, un refugio,
aunque no sagrado precisamente, señal evidente de que muy por debajo de
sus dobles cimientos cristianos, latía el corazón pagano de las ancianas
piedras gastadas que formaron parte de algún monumento prehistórico, objeto
de culto en tiempos pretéritos. Suerte que una carretera por la que transitan
constantemente los vehículos, nos indica que vivimos en el inicio del
siglo XXI, de lo contrario, y, dándole la espalda, podríamos creer que
todavía nos hallamos en el pasado. Después
de mi primera toma de contacto, y eso sucedió luego que el autobús de
línea, una venerable carraca que avanzaba a trompicones, doblase la inevitable
curva y el pueblecito surgiera ante mis ojos, me dirigí
hacía el lugar que me había indicado el conductor, amable aunque
innecesariamente, pues el folleto turístico lo mencionaba hasta la saciedad.
Tratábase de una especie de hospedería de relativo nuevo cuño inexistente
en tiempos del poeta, sin embargo, y gracias a la solidez de sus antiguas
paredes, tuvieron el buen gusto de no convertirla en una especie de motel
peliculero asépticamente despersonalizado. Por todo lo expuesto, venía
a ser una curiosa mezcla de pub y de posada, siendo una mujer la dueña,
para mayor precisión Mary O´Flaherty, pelirroja de cabellos color Tiziano,
pómulos pronunciados, blancura lechosa y ojos inquietantemente verdes.
Al verla pensé en La Desconocida, con cuya descripción no dejaba de encajar
grosso modo, al menos en lo concerniente a estructura facial y
colorido, en ella subrayado con las pecas; por lo demás era ancha, sólida,
y rondaría la cincuentena. No, ni de lejos podía confundirse con una heredera
de Nina, aquel ser etéreo e inimaginable, seductor monstruo de Frankestein
que llegó a fascinar a tres generaciones.. (La
alusión al monstruo de Frankestein la aplico de forma simbólica, pues
Nina, como un dibujo robot, parece ser una mujer construida trazo a trazo,
trasunto de muchas y de ninguna.) Había
dejado atrás una calle sobre la que gravitaba el fosforescente cielo gris
acompañado de cierta incómoda neblina lluviosa y, por ello, encontré sumamente
acogedor el recinto de O´FLAHERTY-INN. Suelo de piedra, ítem paredes
con su alto zócalo de madera ennegrecida por el humo, barra a la antigua
usanza, detrás los anaqueles cubiertos de botellas, el acostumbrado espejo
encima y en los extremos pequeños barriles de cerveza. Los bancos con
las sillas se alternaban y eran por un igual viejos, rústicos, y, sobre
todo las sillas, mostraban una apariencia de lo más cómodo. El local olía
de manera inconfundible a bodega, a tabaco, a té, café y
a la comida que se estaba guisando en alguna cocina invisible.
Era un ambiente muy reconfortante y agradable, sobre todo si se ha desayunado
a las seis de la mañana un agua teñida de marrón y un bollo pegajoso envasado
en plástico. Contemplé a Mary y me gustó por lo que evocaba, respiré el
aire de su casa y recordé que yo también era humana porque tenía hambre. Fue
fácil entenderse con Mary. Se mostró encantada de poderme ayudar, satisfecha
de hacer patria en su pequeña medida siempre que llegaba un forastero
preguntando por el acantilado de Jane y por la misma Jane. (El
poeta importaba un bledo, según pude comprobar de inmediato.) Para
Mary, y en ese sentir se sumaba el pueblo entero, Jane estaba tan viva
como ella misma o cualquiera de sus conciudadanos, sólo para mí y mis
presuntos lectores, Jane era, sería, una presencia del pasado. Mientras
devoraba un copioso desayuno como Dios manda y hablaba con Mary O´Flaherty,
empezó a invadirme la euforia que siempre provoca una buena comida. Francamente,
me encantan esas gentes de aldea perdida en el tiempo más que en la distancia.
Sus hoteles son posadas y sus habitantes ven la televisión y discuten
de problemas modernos en tanto permanecen fuertemente anclados en un cerrado
universo que no es el nuestro, a pesar de los seriales siempre vigentes,
y de las espeluznantes noticias que todos los días conmueven al mundo
entero. -Aquí
vienen muchos de fuera, como usted, turistas en su mayoría, a preguntar
por Jane -me confiaba Mary contenta, igual que si me hablase de una amiga
muy querida-, y yo siempre les digo que suban al acantilado, que se paseen
por el borde y que contemplen el mar que bate contra las rocas, entonces
podrán comprender la historia de Jane. -¿No
cree usted que si no se hubiera escrito el poema de Jane, sólo los de
aquí conocerían esa historia?. No deja de ser normal, desgraciadamente,
que la gente se tire por los acantilados, o por una ventana, con cierta
frecuencia, que de eso se ocupa bastante a menudo la prensa sensacionalista. Mary
frunció el ceño y sus brillantes ojos verdes, entrecerrándose, adoptaron
una singular oblicuidad. -¿Lo
dice por aquel poeta francés? -se encogió de hombros desdeñosa- ¡Bah!,
nosotros ya contábamos la leyenda de Jane a nuestros hijos mucho antes
de que ese señor viniese de visita a Irlanda.... La
interrumpí. -No
parece caerle muy simpático, ese señor, quiero decir. Ella
hizo una mueca extraña que no supe clasificar. -No
es eso -dijo evasiva-, no es eso. De hecho me cae mejor de lo que usted
pueda suponer, pero todo su mérito no se lo lleva esa balada para Jane,
¿sabe?... Lo que me subleva es que a veces se dé más importancia a los
de fuera que a los de dentro; en ocasiones cualquier insignificancia levanta
la caza y todos quieren ponerse medallas, o se las ponen otros porque
queda bonito... En realidad, la sesión mediante miss Briddie no reveló
nada nuevo. -Exceptuando
que descubrió el doble juego del marido de Jane. Ella
tuvo una sonrisa triunfal, exclamando como quien sentencia algo definitivo: -El
que ese hombre matase a los niños, siempre se sospechó por estas tierras...
La señorita de Connemara no descubrió nada en su salón de Dublín, que
no se viniera sospechando ya. -Era
médium, ¿lo recuerda? Fue ella la que conectó con Jane delante de un montón
de personas entre las que estaba el poeta ... francés, como usted le llama. -Ese
no es motivo de alabanzas, ¿o es qué se piensa que aquí no existe gente
que pueda conectar con Jane si le apetece, y también si no le apetece?
-¿Qué
es lo que intenta decirme? Mary
pareció relajarse un poco; daba la impresión que juzgaba como una cuestión
personal el hecho de que Jane les perteneciera más a ellos que a nadie
aunque fuesen igualmente irlandeses los otros. Se inclinó hacia delante
con aire confidencial, puesto que se hallaba sentada enfrente mío, a la
mesa en donde yo desayunaba. -El
suelo de esta tierra es mágico, señorita, y el mar que rodea nuestra bendita
isla, o el océano, o lo que usted prefiera llamarle. En Irlanda no hay
una pella de barro, un trozo de turba o un manojo de brezo que no guarde
memoria de las cosas más antiguas, de nuestras cosas, de los nuestros,
y las leyendas están vivas, y los misterios siguen sin resolverse. ¿Sabía
usted como Ossian el feniano, hijo de Fingel, fue a parar a Tir Nan Og,
atraído por Niamh, la de los Cabellos de Oro, y allí permaneció por espacio
de trescientos años y cómo cuando volvió a Irlanda, al pisar de nuevo
la tierra de su país, dejó de ser joven para convertirse en anciano y,
además, ciego?... Estuvo fuera de nuestro tiempo durante tres veces cien
años, perdido en una de las Islas Bienaventuradas, y cuando regresó, el
contacto con la realidad le hizo envejecer... Esto es magia, señorita,
una magia que no pudo combatir ni el mismo san Patricio intentando convertirle
al cristianismo... -concluyó triunfante, con expresión jubilosa. Yo
estuve a punto de encogerme de hombros; no había volado a Irlanda, precisamente,
para que me hablasen de mitología celta. -¿Y
por qué no me explica mejor que es lo que ha querido decirme al mencionar
que actualmente puede contactarse con Jane, "tanto si apetece como
si no"? Mary
no dio muestras de haberse ofendido por mi indiferencia ante sus pormenorizaciones.
-No
es nada complicado, verá... Jane suele aparecerse a las buenas gentes
sin ser invocada. Jane es ahora un hada, pero eso debe saberlo usted muy
bien, me imagino, que para eso es periodista, ella es un hada que protege
a los niños pequeños y en otro orden de cosas, la que recoge las almas
de los bebés. Hay adultos y criaturas que la han visto. Cuando la pequeña
Maggie O´Neill se extravió en las turberas, ¿quién cree que la sacó de
allí y se la llevó hasta los pastos en donde la encontraron los que habían
salido a buscarla? -¿Quién? Mary
se esponjó de satisfacción. -Pues
una señora muy hermosa, de cabellera roja, "que no parecía andar
sino flotar"; en palabras de la niña, le dio la mano y se la llevó
a un sitio seguro, en donde la encontraron. ¿No le basta con eso? Supuse
que debía bastarme si lo que intentaba era llevar a buen término el reportaje,
mas aún existía un punto de la cuestión que sentía curiosidad por aclarar
ya que acababa de ocurrírseme en ese mismo momento. -Una
pregunta: ¿también anuncia Jane, con su aparición, las muertes? La
alegría de Mary se nubló. -Ha
oído hablar de la Banshee, ¿no es eso? -Si,
hace años lo leí en un libro de leyendas celtas, por eso sé que se trata
de un hada que anuncia las muertes. -Jane
no es la Banshee -replicó Mary molesta-, se lo puedo asegurar... Aunque
bien cierto es que muchos la confunden, sobre todo, los que vienen de
fuera, como usted. Pero ella no es la Banshee -afirmó categórica y con
cara de pocos amigos. -La
creo -me apresuré a asegurarle-, sólo era una pregunta tonta. De haber
tenido la sospecha que Jane era la Banshee, no hubiera venido de tan lejos
ha realizar el reportaje.. Mary
bajó velas, después de todo, yo no era más que una entrometida advenediza,
no otra cosa mejor que una periodista cualquiera, fisgona y emborrona
papeles, que podía estar dispuesta a pagar bien cuantas molestias ocasionara
con su interrogatorio. Ella me miró entonces indulgente, preguntando de
forma abrupta, como si eso fuese lo que habíamos estado tratando desde
mi llegada a la posada: -¿Cuántos
días a va a quedarse? Aquello
me devolvió de golpe y porrazo a la cruda realidad. Sentí amargura en
el corazón.. Lamentablemente disponía de un fin de semana en el que las
horas corrían veloces ya que el domingo por la noche tenía que estar volando
rumbo a Barcelona. Poco tiempo y muchas cosas sobre las que escribir,
ver y fotografiar. -¿Cuántos
días va a quedarse? -repitió Mary imperturbable ante mi expresión ausente. -Los
necesarios -repuse animosa, intentando convencerme mas a mí que a ella,
y de esta manera me encontré alojada en aquella posada por una noche,
y... El "y" era un engañabobos, pero a Mary debió convencerle
mi expresión de inocencia y sinceridad. Luego
que hube desayunado, le pedí a la buena mujer que me pusiese una bolsa
de picnic, más que nada ante sus protestas de que "me iba a pasar
todo el día de un lado para el otro", sin encontrar un sitio decente
en donde reposar y comer algo. Al entregármelo, y puesto que no dejaba
de rezongar, le dije para consolarla. -De
todas formas, algo encontraré, pienso, vaya. Por ejemplo, ¿qué hay de
aquel albergue, entre el acantilado y la playa, el refugio de unas horas
del poeta? Él comenzó allí a escribir la famosa balada de Jane, y, según
tengo entendido, comió, bebió, y descansó, antes de abandonar el pueblo. Mary,
visiblemente incómoda, dijo: -¡Ja!,
siempre ese caballero, parece como si la aldea hubiese nacido cuando él
vino aquí... Y no era un albergue, señorita, era una torre, la Torre Kirby.
La edificaron sobre los restos de uno de los torreones de la antigua fortaleza
normanda. Eso fue a mediados del siglo XIX. La torre Kirby, se convirtió
en una especie de casa de té construida para uso de viajeros transeúntes.
Tampoco se encuentra entre el acantilado y la playa, sino encima, sobre
el promontorio, pero por el otro lado, en la vertiente que inicia el descenso
al mar... Ya la verá, o lo que ha quedado de ella, las paredes, quiero
decir... Se hundió una parte del techo hace mucho tiempo y la ventanas
están desencajadas en su mayoría, otras permanecen cerradas, y, al lado
de las puerta, que se aguanta de milagro, hay todavía una placa, ya oxidada,
en la que se dice que por allí pasó el buen hombre ese, que tanta publicidad
nos ha regalado... Evidentemente,
pensé, pero me equivocaba de medio a medio, Mary O´Flaherty no daba la
impresión de experimentar simpatía alguna por "el buen hombre ese",
y no dejaba de ser gracioso que si su perdida aldea salía en las guías
turísticas, ello fuese debido al menospreciado viajero. Mary
me indicó como acercarme al acantilado por una ruta, subiendo luego. Llegada
a lo que denominábase "el Mirador de Jane", habría de bajar
por el otro lado, una senda muy despeñada, en sus propias palabras, y
teniendo que irme con mucho cuidado para no tropezar y caer, ya que allí
el viento azotaba salvajemente. -Eso
-agregó con el ceño fruncido-, eso si quiere sacarle alguna foto a la
torre para su periódico, de lo contrario no hace maldita la falta que
baje usted por el despeñadero. Aquello siempre está muy solitario, nunca
se ve un alma. Lo
cual, tratándose de Jane y de su leyenda, no dejaba de ser un contrasentido.
Se
empeñó en que me acompañara un mozalbete pecoso, de pelo color zanahoria
y chispeantes ojos verdes, supuse que miembro de la familia, para que
me hiciese de guía hasta el comienzo del sendero y fue de agradecer, ya
que igual me pierdo por los acantilados y voy a parar a cualquier otro
sitio menos al que buscaba. (No
tenía ganas de repetir el mismo error de años atrás, cuando me extravié
por el parque del Castillo des Colombes). Mi
cicerone se llamaba Breandán, debía contar alrededor de los 12 años y
poseía uno de los rostros más divertidos que he visto nunca en un muchacho,
esa cara de duende travieso apta sólo para la infancia y que, al hacerse
mayor, pierda todo su pícaro encanto. El chico, además, era alto para
su edad, muy simpático, y sobre todo parlanchín; me saludó con un: -¿Está
usted dispuesta a caminar? Y
como yo asintiera, se emparejó conmigo, empezando a hablarme igual que
si le hubiesen dado cuerda. Tal vez el chiquillo estaba acostumbrado a
hacer de guía habitualmente o quién sabe si fue en obsequio mío el que
realizase un deslumbrante despliegue de sus conocimientos locales, que
no eran escasos precisamente y, además, de lo más pintoresco y entretenido. Como
es de suponer, el inicio de la disertación tuvo a Jane de protagonista,
personaje a quien se refería con gran soltura y afecto, y entre otras
de las confidencias de las cuales me hizo su oyente, estuvo aquel recuerdo,
cuando era pequeño, de una Jane que él veía inclinada encima de su cama,
cantándole para que se durmiese, y como yo lanzara una mirada significativa
a sus cabellos, agregó con picardía: -Se
equivoca si piensa que en mi familia todos somos pelirrojos. Ella era
Jane, yo lo sé. Sé que era ella, de la misma manera que sé que usted no
lo es. Aquella
salida suya me hizo sonreír divertida. -¿Por
qué iba a serlo yo? Él
adoptó una expresión solemne. -No he dicho que pudiera serlo, sino que yo sé que
usted no lo es.
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