CAPÍTULO II

Ella viajaba, el verano había llegado por fin, y ella viajaba por tierras de Francia...

 

Era un triunfo haberlo conseguido, con sus 18 años cumplidos hacía 7 meses y ahora su cochecito de segunda mano y el tan esperado viaje a Francia.

 

La mujer liberada, la mujer independiente en un mundo nuevo, moderno, en el cual las distancias no existirán, porque los inventos que ayudan al progreso, multiplicándose, allanarán toda clase de problemas...

 

Es lento crecer, reflexionó alegremente, pero no le importaba, había valido la pena esperar, un año largo y ya estaba en ruta; todo lo demás no importaba. Quedaban lejos las exploraciones virtuales realizadas a través del ordenador, ahora ella viajaba de verdad, con el aire arremolinándole el cabello, que sujetaba con un pañuelo, sobre la nuca, y esa sensación le encantaba porque le hacia sentirse libre, igual que las heroínas de su autor predilecto, aquel a quien había descubierto por medio de Internet mientras buscaba material para un trabajo de clase.

Se había convertido en una especialista en ese tema. Berthelot, Dupuis, Maréchal, O´Halloran, Komarov, por citar a los más representativos, sus principales fuentes, cumplieron con la tarea informativa, contradictoria muchas veces, transformándola en lo que se dice una verdadera experta de esas que pueden recitar de memoria pasajes completos de cualquier obra de sus favoritos. Y de hecho lo hacía con bastante asiduidad, mezclando pensamientos del poeta con los suyos propios o recreándose en fragmentos que él escribiera, como si escuchase sus consejos o se entretuviera con sus relatos en un diálogo invisible.

La mujer libre, la mujer de apariencia andrógina, la mujer amazona. Este era el modelo de heroína elegido por el escritor, y al que él rendía culto a través de toda su obra, tanto la poética como la novelística. En LAS HILANDERAS DEL TIEMPO, Masha, la protagonista, una mujer del futuro, era todo eso y mucho más en un mundo proféticamente informatizado como el actual, lo que hacía mucho más comprensible que, en su época, nadie hubiese entendido al autor, que parecía relatarles un moderno cuento de Las Mil y Una Noches en lugar de haber escrito una novela seria al uso, por muy fantástica que hubiera podido resultar, ya que las puertas que se abren al sonido de la voz, las cajas parlantes, las bibliotecas que no se sustentan en papel sino por medio de la electricidad, ¿no era todo eso excesivo?. Claro que aquel universo incomprensible, lo había empezado a insinuar en su anterior novela PEREGRINAJE, abogando por un tipo femenino nada convencional y a quien denominaba: la mujer nueva.

 

Esa joven no temerá a nada ni a nadie, será audaz, independiente, emprendedora. No gustará de desmayarse ante las dificultades, ni esperara del matrimonio la solución a todos sus problemas; su marido no será tal como amo y señor, sino su amigo, su camarada, su igual. Aventuro más, puede ser su compañero, libremente elegido siempre, bastando un simple juramento, de consuno, para que entre ambos la unión se legalice sin que intervengan en ello los tradicionales ritos.

 

¡Una auténtica utopía, tanto más vituperable cuanto que daba la impresión de estar influenciada por sospechosas corrientes revolucionarias!.. Al menos, eso es lo que pensaban sus contemporáneos.

La mujer libre, la andrógina, la amazona... Ella tenía 18 años, era mayor de edad, y aquel, su viaje de fin de curso, un viaje bastante atípico porque iba sola... Pero, ¿acaso no estábamos ya en el siglo XXI, en el primer verano del flamante año 2000?

Se detuvo a repostar en la gasolinera más cercana y allí preguntó por el Castillo des Colombes, el objetivo de su viaje. Abrigaba dudas acerca del itinerario escogido porque era la primera vez que realizaba un viaje tan largo y temía liarse por las carreteras.

-No, señorita, no se ha equivocado. Siga recto y dentro de media hora habrá llegado al pueblo -y como su interlocutor era un hombre joven y ella una chica atractiva, el empleado quiso alargar aquel momento-. Si se queda en Colombes, mañana podrá asistir a la fiesta de la cosecha, es muy famosa.

Ella sonrió.

-Muchas gracias, pero ya lo sé, por eso voy.

-Yo también, será mi día libre, y además, vivo en el pueblo. Igual nos volvemos a ver y todo.

Él había terminado de llenar el depósito de gasolina y la miraba esperanzado, ella le pagó y agitando la mano en señal de despedida, exclamó, arrancando acto seguido:

-Igual si, adiós.

En el pueblo existían tres hoteles construidos ya hacía años, de cara al turismo, pero ella había tenido la precaución de hacer su reserva con tiempo y por eso no hubo problemas a la hora de identificarse en conserjería. Se fue a dormir temprano, y, a la mañana siguiente madrugó como era de rigor si no quería desperdiciar ni un minuto de aquella fiesta tan pintoresca.

Según rezaba el programa del festejo, un programa grande, de mano, con que obsequiaba el hotel a sus huéspedes, la tradición exigía que todo forastero que se encontrase de paso allí ese día, tenía que vestirse con las ropas de los campesinos y como éstas no habían variado en 500 años, pronto se encontró la muchacha disfrazada con una clásica falda a rayas verdes, azules y blancas, el apretado corpiño negro y el escotado blusón blanco, de media manga, con puños rematados por un volante rizado. Le alquilaron también, en la boutique del hotel, un delantal y un diminuto y gracioso sombrero, deseándole, después de haberla convertido en otra paisana más de importación, que tuviese "una buena cosecha", fórmula ancestral que substituía a la bendición cristiana.

Y comenzó la fiesta.

Ella se lo pasó muy bien apilando haces de heno, bailando en la plaza pública y montando más tarde en una de las tantas carretas que llevaban a los visitantes al Château des Colombes, en donde iba a tener lugar la tradicional comida de hermandad, en el parque de la mansión.

Extinguida la familia en su último descendiente directo, y previa y voluntaria renuncia a la heredad por parte del hijo adoptivo, las tierras y el castillo eran propiedad del gobierno que no estimó oportuno romper costumbres tan enraizadas en los hábitos de sus ciudadanos, y así, año tras año, desde 1899, el pueblo entero subía al castillo, (monumento nacional abierto a los turistas, que entonces no se llamaban de esta manera sino viajeros), cada mes de julio para continuar una tradición iniciada por el extinto marqués.

La comida tuvo lugar en la explanada, frente al castillo, en largas mesas dispuestas geométricamente en ordenadas hileras, lo mismo que si se tratase de filmar un anuncio.

Las mesas, rústicas, de madera, carecían de manteles y estaban cubiertas a partes iguales por guirnaldas confeccionadas con ramas verdes y flores silvestres entretejidas. Allí no había platos sino cuencos, siendo éstos de arcilla vidriada y los vasos, pequeñas jarras de peltre. En lo tocante a comida, todo viandas típicas aunque en plan self-service, se extendían en grandes fuentes, en una variopinta línea continua, a lo largo de las mesas. Mientras que el vino se encerraba en el interior de panzudas botellas de cristal verde previamente descorchadas y que se situaban entre los comensales.

La comida transcurrió muy animada con acompañamiento musical incluido, ya que en un ángulo estratégicamente dispuesto y sobre una tarima pueblerina improvisada al efecto, varios músicos locales tocaban a más y mejor viejas melodías de la comarca, muy pegadizas, y desconocidas para la mayoría del elemento foráneo que allí se daba cita por aquellas fechas.

Cuando se llegó a los postres, que consistían en diversas clases de quesos, la gente estaba de lo mas alegre, y dado que hacía calor y el vino había corrido generoso, cada uno, atento a su propia diversión, poco se ocupaba de los asuntos del vecino si no era para cruzar risotadas y absurdos comentarios que a nada comprometían. Momento éste, pues, que ni pintado para hacer un discreto mutis, cosa que ella efectuó sin que nadie pareciese darse cuenta de su marcha, igual que si nunca hubiera estado allí compartiendo con los demás el acontecimiento y la charla ocasional.

¡Qué alivio más grande internarse por las veredas del parque respirando aquel aire fresco y limpio!

Unos cuantos pasos y el banquete y sus comensales quedaron muy lejos, como si un telón de silencio pudiera aislarla completamente del bullicio. No es que no les escuchase, pero se hallaban tan convenientemente apartados por el muro que formaba la vegetación, que se les oía del mismo modo que en la afueras de un pueblo se escucha la charanga en la plaza mayor, distante y a merced del viento.

Ella sabía muy bien a dónde deseaba ir. Buscaba la Fuente de los Tritones, lugar del encuentro entre el poeta y la Desconocida... Y se extravió por el parque, como es natural, yendo de un lado para otro, en la creencia de que su instinto no la engañaba, pero su instinto falló y después de dar muchas vueltas, eso sí, cada vez más lejos de la explanada y de las gentes, por fin, casualmente, desembocó en un calvero natural, en cuyo dentro un fuente de piedra gris verdosa, a la que rodeaba un estanque, evidenciaba sin palabras el nombre que le habían puesto, ya que los tritones rodeaban en círculo la base de la fuente, bañados intermitentemente por los surtidores de agua que se elevaban sobre sus cabezas.

Ella contempló el escenario, con los ojos muy abiertos, como si no creyera en su buena suerte. Después de enredarse en un laberinto verde, a imitación de los que aparecen en las páginas de pasatiempos de cualquier revista, de improviso desembocaba en el centro del dibujo... Ese era el lugar de la famosa cita... Respiró profundamente, mientras notaba como el aire llenaba por completo sus pulmones. Estaba impresionada, emocionada...¡Era una chica tan joven! Con 50 o 60 años, volviendo la vista atrás en el tiempo, todo aquello se le habría antojado sencillamente ridículo, la exageración típica de una jovencita con la cabeza llena de pájaros, pero los 50 y los 60 años quedan muy lejos de la adolescencia y uno no puede regresar del futuro para poner orden en una mente llena de ensueños románticos, máxime si esa mente es la suya recién cumplidos los 18, como aquel que dice.

Sintió que se le formaba un nudo en la garganta, y cómo las lágrimas subían a sus ojos. Él ya no estaba allí, no volvería a estar nunca más, y envidió a la Desconocida, tan afortunada al haberle encontrado un siglo antes.

De manera inconsciente sonrió. La Desconocida también había sonreído en ese fugaz instante del encuentro y él, a su vez, le había hecho una amable inclinación de cabeza.

-¿Puedo servirle en algo, señorita?

¡Oh, cuánto le hubiese gustado que eso se lo estuvieran preguntando a ella en aquel preciso momento!

Murmuró, casi si darse cuenta:

-Buscaba esta fuente.

Y el propio sonido de su voz la sobresaltó, entonces, con un sollozo ahogado, dio media vuelta echando a correr por entre los setos de boj.

No regresó a la explanada, tampoco deseaba hacerlo. No quería ver a nadie, y escapó huyendo como si la persiguiesen, hasta que nuevamente la casualidad, en esta ocasión, la hizo salir del laberinto llevándola ante las mismas puertas de salida de la verja del castillo, en donde se rompió el encanto porque las carretas aguardaban, con las caballerías, el regreso de los comensales, entre los que se encontraban sus dueños, y los taxis del pueblo habían empezado a tomar posiciones como todos los años. La carroza convertida en calabaza, nada poética pero si muy práctica cuando lo que se desea es alejarse de una realidad vacía.

Comenzaba a declinar el día, un día demasiado largo y lleno de ajetreo. Por la ventanilla del taxi vio perderse en la distancia los torreones del château y cómo se aproximaban las casas del pueblo. Los campos, segados, ofrecían un color polvoriento, más terroso que dorado. Ella estaba triste, deprimida sin saber a ciencia cierta el por qué. Había proyectado con tanta ilusión su viaje a Francia, su visita al castillo, y ahora no quedaba nada de lo que imaginara hallar... Aunque, en realidad, ¿qué es lo que pretendía encontrarse si de antemano no ignoraba que allí lo único que había eran reliquias del pasado?

Aquella noche no durmió casi, vigilada por una inmensa luna llena, cuya luz entraba a raudales por la ventana de su cuarto de hotel. Y como casi no durmió, todo se le fue en dar vueltas en la cama, y en divagaciones bastante lúgubres que, no obstante, encajaban a la perfección con su estado de ánimo. Recordó aquellas líneas que el poeta escribiese en su Diario Intimo, mencionando el suicidio, y tal imagen, vívida en su memoria, la llevó a pensar, por asociación de ideas, en ese otro poeta, inglés, que se quitó la vida a los 18 años, simplemente porque quiso hacerlo. ¿Cuál era su nombre?... Sí, empezaba por c y h el apellido, y ella siempre lo confundía... Chester... Chesterton... No... Cha...¡Chatterton!... ¡Sí, eso era, Chatterton, Thomas Chatterton!... De Vigny, Coleridge, Rossetti, Wordsworth y Shelley también, habían tomado su vida como fuente de inspiración, y eso que el divino Chatterton, resultó ser un pequeño sinvergüenza al haber cometido a los 16 años un fraude poético pretendiendo hacer pasar Rowley Poems por un manuscrito del siglo XV... Pero, ¿qué importancia podía tener eso ya, mediando de por medio el abismo de dos siglos y más, tanto desde su nacimiento como desde su muerte? Ahora de Chatterton, sólo quedaba una leyenda y eso era suficiente. Le había visto retratado en el famoso cuadro y la imagen de aquella juventud, dormida para siempre, le causó gran impacto, (otra marioneta desarticulada). Encontraba fascinante ese desprecio de la vida que únicamente poseen los muy jóvenes atreviéndose a morir como si estuviesen cansados de la existencia.

¿Por qué el autor de LA BALADA DE JANE, pergeñó aquellos renglones que tantos quebraderos de cabeza habían dado a sus biógrafos, él, que revelaba unas enormes ansias de vivir? ¿Por qué, luego de su primer encuentro con la Desconocida, escribió ese poema, NINA, con el que la bautizaba para siempre de una manera tan triste y dolorosa, cuando la Desconocida sólo le inspiraba el más tierno amor?

Y ella, poco a poco se fue durmiendo, mecida por aquellos versos extraños y crueles que se sabía de memoria.

 

"¿A dónde fue todo?...

Arrastrado por el viento...

Ni aún eso...

Pues no hubo viento,

Nada...

Nada, sólo el vacío...

El ruido del vacío sobre la tierra seca.

La árida tierra, la muerta tierra.

Viento, (vacío), y soledad,

Y matorrales resecos,

Crispados en el aire como manos ancianas...

Tampoco matorrales,

Nada...

El vacío poblado de fantasmas, de espejismos...

Fantasmas que fueron hermosos un día,

Su lejano día de vida,

Cuando no eran espectros todavía.

Fantasmas que eran risas y felicidad,

Y en el país del viento edificaban mundos nuevos.

Hoy sólo queda el vacío con su eco horrible,

Su carcajada espantosa,

La misma vieja descarnada burla...

Y no hay nada, no queda nada...

Ni la puerta que facilitaba la huida en otro tiempo,

Porque ya no hay puertas ni escapatoria...

Crucificaron a las mariposas sobre piedras gastadas,

Y en su único día de vida,

Les regalaron la muerte en el desierto...

Y el viento aulló en la soledad,

O la soledad se preñó con el viento,

Pero el viento no existía,

Y así no hubo gritos ni embarazo,

Sólo la muerte reseca,

En los grises matorrales, en las piedras mudas,

En el vacío,

(en ese lugar espantoso)...

Y yo desperté para comprender que estaba muerta,

O, peor aún,

Que nunca había existido."

Continuará...

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