| CÓMO NACIÓ LA VIAJERA | |||
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La presente novela tuvo dos nacimientos: uno, al ocurrírseme la idea de la forma y manera nebulosa en que algunas veces suelen asaltarnos los argumentos –éste, en concreto, primero fue una figura femenina envuelta en un manto con capucha, sumergida la mujer en la niebla y bajo la luz de una incierta farola callejera sobre su cabeza, luego la niebla permitió vislumbrar un suelo empedrado y una fantasmal ciudad de Venecia, aún más inconcreta que la propia niebla-, mientras que el segundo nacimiento tuvo lugar, años después, cuando la dama encapuchada permanecía, aguardando su momento en algún rincón de mi cerebro, y surgió de improviso y de una manera insospechada hojeando cierto catálogo de libros, novelas para ser más exactos. En la portada del catálogo aparecía un mosaico hecho con cuadros y dibujos en su mayoría, y alguna que otra foto antigua, reproducciones de escritores, poetas famosos, pintores, músicos, amén de diversas celebridades que nada tenían que ver con el arte, por ejemplo, Galileo Galilei... Allí le descubrí, exactamente igual que la protagonista de mi historia, y me produjo una gran impresión por su encanto y misterio, misterio debido al desconocer quién era, porque no pude identificarlo con nadie que yo pudiese recordar. Todavía conservo esa portada de catálogo, de hecho reposa entre los borradores de la novela, y continúo sin saber quién es el retratado... y no deseo saberlo; me he montado yo sola una biografía fantástica acerca del personaje convirtiéndole en eslavo -posiblemente ruso, porque al principio creí confundirle con otro, pero, cotejadas fotografías, resultó no ser-, y en escritor y poeta cuando ignoro en realidad si fue lo uno o lo otro... Un hombre joven, guapo y enigmático acerca de cuya vida la imaginación podía fantasear a su gusto... Supongo que si algún día se rompe la incógnita, me llevaré una decepción porque el ente creado por mí, dejará de ser para transformarse en otra persona con su vida y obra propias, suyas, ya no mías. Esto me recuerda un comentario del escritor André Maurois dirigido a Robert Rey –“NOTAS DIVERSAS (1951·1962)”-, hablando sobre la reencarnación y en el que le dice que si volviera a nacer sería otro, pero ya no él, y por tanto, poco importaba quién fuese semejante persona...”puesto que usted habría perdido toda memoria”. Y este “él”, el mío, es a quien yo quiero, ya que es mi criatura, cuya invención me ha permitido recrear un cuadro de costumbres establecidas en torno a cualquier célebre figura desaparecida cuando la “resucitan” sus biógrafos, con mayor o menor acierto, si el extinto ofrece lagunas en su vida. Así, el héroe de esta novela no es la excepción. Una corta existencia rica en acontecimientos, que en otras llenarían cien años, un origen remoto, por el país en que nació, y en el que faltan datos, una adolescencia aventurera y la literatura como única pasión que le es reconocida, aparte de un romanticismo visceral, tal es el personaje... y sus amores un terreno vedado a la curiosidad invasora; por ello las especulaciones se desatan y todos creen saber lo que nadie sabe en realidad, y de esta manera le convierten en homosexual e incluso en mujer, y la especulación se transforma en un laberinto sin salida, o cada vez mas enredado, en el que todos se pierden, siendo que, la verdad, sólo la puede conocer el propio interesado, quien va tirando del hilo de su historia para conducirnos allí adonde él pretende, ni más ni menos, porque creo que a estas alturas el lector habrá comprendido que la presente novela no es sino una novela dentro de otra, una especie de juego, al estilo del género policiaco, en el que se dan muchas pistas para concluir en un final desconcertante dentro de un universo de total irrealidad: Nina, la amada imaginaria que llega a convertirse en una presencia aun más quimérica y cuyo momento actual nunca ha existido, O’Halloran y Stiva Komarov, simples comparsas en un escenario teatral, y el tiempo, o “los tiempos”, filtrándose -como el viento y la lluvia por las rendijas de una casa abandonada-, hasta manipular con el simbolismo de la palabra inglesa messenger. En cuanto al personaje de JANE, su origen es tan esotérico como sale en la novela, y puedo asegurar que se trata de alguien que no estaba en el guión y que surgió casualmente, aunque nada tiene que ver con leyendas irlandesas. Jane se hizo notar en cierta velada en la que se practicaba la escritura automática; melancólico espíritu que afirmó ser la “madrina” de un joven asistente a la misma -contando acto seguido la historia que he incorporado a esta narración-, y que rubricó con el ruego de que “no quería ser olvidada”, lo cual nos enterneció a todos. Respecto a Venecia como ciudad elegida para servir de marco a la romántica aventura del encuentro, estaba en la idea primitiva, pero de forma abstracta, luego se consolidaría al visitarla yo, hace ya mucho tiempo, durante los carnavales, una corta estancia que algún día, si puedo, volveré a repetir ampliándola... Ahora -aunque me hubiese gustado-, debo aclarar que no me encontré con el poeta, porque éste pertenece a la materia de la que están hechos los sueños. Estrella Cardona Gamio
FIN DE LA VIAJERA |