CAPÍTULO I (2)

Se sabe, pero siempre por terceros, como el joven tránsfuga fue mucho más tarde prohijado, y cómo a raíz de la huida, su padre rompió todo vínculo con el muchacho hasta el extremo de que éste adoptara, haciéndolo suyo, el apellido de quien tan generosamente le tomara bajo su tutela, afrancesándose incluso el nombre, de ahí que en la actualidad, muchos crean erróneamente que él nació en Francia, llegando a dar por bueno el lugar de nacimiento, en el Castillo des Colombes, lar patrimonial de su protector."

 

"En esos tres años el joven viajó intensamente, adquiriendo preciosos conocimientos y una vasta cultura que luego se reflejaría en sus obras. Todos recordamos haber leído, al menos en nuestra época de estudiantes, CELESTE IMPERIO, TIBET, EL ORÁCULO DE DELFOS, PEREGRINAJE, LAS HILANDERAS DEL TIEMPO, entre otros, libros de viajes en su mayoría, y algunas novelas convertidas ya en clásicos, como los dos últimos títulos, por ejemplo. Siendo Las Hilanderas... , precursora de lo que más tarde se condensaría en el tan traído y llevado género llamado de Ciencia Ficción, ya que resultaba una obra enigmática y desconcertante, en la que el confusionismo, (al menos para la época en la que fue escrita), era su nota predominante y se llegaba al desenlace sin saber muy bien cual era el mensaje que se suponía encerraba la novela, si es que encerraba alguno. Pero si sus contemporáneos no la entendieron *, si dejáronse llevar por la belleza del texto sintiéndose fascinados por el misterio de lo incomprensible, hasta el extremo, de que al otorgarle cada uno su interpretación, se vio convertida en un éxito popular.

(* NOTA: Sin embargo es ahora, en éstos años sesenta, cuando en determinados círculos se está transformando en objeto de alucinado culto.)

Ahora bien,  la verdadera gloria literaria, le arribó a nuestro personaje por medio de un poema de cuatro páginas que se titulaba LA BALADA DE JANE; el argumento, que a fuer de romántico distaba de ser alegre, relataba la trágica existencia de una joven irlandesa que vivió en el siglo XVII, y que se suicidó arrojándose por los acantilados, al mar, a los 18 años.

Jane tenía un amor y era feliz, sin embargo, cierto día sus tíos, vivía con ellos ya que era huérfana, decidieron casarla con un rico terrateniente inglés, por más que la joven se resistiera a semejante boda. El amado de su corazón se hizo soldado no pudiendo soportar el dolor de perderla, y Jane tuvo tres hijos que apenas nacer, el marido ahogaba en la cuna, en la creencia celosa de que no eran suyos sino del antiguo amor de su esposa. Jane no pudo resistirlo y un atardecer se precipitó al océano desde un promontorio, encontrando la muerte y con ella, la paz.

Lo singular del caso es que esta triste historia, le vino al poeta por un medio nada usual y, que, no obstante, encajaba con las costumbres de su siglo, influenciado por las hermanas Fox y Allan Kardec.

Fue a través de una sesión de espiritismo, en el salón de los Connemara en Dublín, cuando tuvo lugar el contacto; el señor de Connemara había conocido al autor de LAS HILANDERAS DEL TIEMPO en París, la primavera anterior. Intelectual y un poco artista a su vez, le gustaba pintar acuarelas y componer canciones que se acompañaba al piano, le rogó que si en alguna ocasión visitaba Irlanda, no dejase de hecérselo saber ya que con sumo gusto sería su anfitrión, a lo que el escritor, consumado viajero, le tomó la palabra puesto que en las costumbres del trotamundos de otro tiempo, los ofrecimientos de hospitalidad se aceptaban sin reservas, de forma natural, en una especie de "hoy por mí, mañana por ti", que, dadas las circunstancias, algún día pudiera darse el caso de que llegaran.

El señor de Connemara, de nombre Sean, tenía una hija que quince años que practicaba la escritura automática, otra forma de comunicación con los espíritus, y sería mentira el afirmar, si se dijese que el principal motivo de la estancia en Dublín del poeta, no fuera su interés por ver en acción a miss Briddie. Ésta, una jovencita pelirroja, clorótica, de grandes ojos verdes y extrema delgadez, se mostraba tímida y callada habitualmente, ahora, cuando escribía, comunicándose con el Más Allá, sufría una manifiesta transformación, sus mejillas se arrebolaban y la incorrección de sus rasgos semejaba desaparecer para dar paso a una armonía de líneas, si bien que fugaz, diríamos casi luminosa.

Cuando por mediación de la escritura automática, surgió Jane contando su poco afortunado paso por la existencia, todos se demudaron intercambiando miradas entre estupefactas y significativas, todos menos el joven escritor, quien, lógicamente, ignoraba la causa de tanta conmoción. Pero, al serle posteriormente explicada, comprendió perfectamente la trascendencia del hecho. Y no era para menos. Jane daba nombre a una leyenda muy antigua, cuya heroína, había vivido en el condado de C., y se había arrojado al océano Atlántico desde los acantilados de M., harta del cruel despotismo al que la tenía sujeta su marido, una especie de Barba Azul de aquel tiempo, quien, por ser rico y poderoso podía permitirse toda clase de desmanes dentro de la mayor impunidad, aunque nadie había sabido hasta esa noche que fuese el propio asesino de sus hijos.

-Es de dominio popular -le comentó Sean a su huésped-, que Jane convirtióse en una alma en pena y que desde entonces vaga por el mundo como una especie de hada protectora de los pequeños recién nacidos , a los que cuida.

Un hada, para un poeta,, ¿qué otro tema mejor puede desear alguien que escribe? Ante semejante hallazgo, la fantasía se desata y las palabras se desbordan.. No hay encuentro más feliz.

Nuestro autor marchó al condado de C., y visitó los acantilados de M., y así, de aquel viaje a Irlanda, surgió LA BALADA DE JANE, un poema tan maravilloso, que aún traducido contiene una extraña musicalidad, habiendo incluso servido de inspiración para que más de un compositor haya escrito piezas de todos conocidas.

Al episodio irlandés, siguió, no obstante, otro todavía en entredicho por lo que se presupone, quizá, una divagación literaria más bien que una confidencia, esta vez escrita en su Diario Intimo de una manera tan extraña que no se sabe a ciencia cierta si se trataba del desarrollo de un pensamiento morboso, o simplemente del apunte de una próxima obra, aunque no era ese precisamente su estilo, convertir en agenda de trabajo el Diario Intimo.

El poeta divagaba en ese fragmento, acerca del suicidio y sin referirse a nadie en concreto, decía con las siguientes palabras:

"Nada de armas blancas ni de fuego, un veneno elegante, una bebida, una bebida en una copa de cristal tallado con pie de plata, una bebida incolora, insípida, letal. El crepúsculo de un atardecer de octubre, el mes en el que hallaré la muerte, la línea del horizonte suavemente anaranjada difuminando al amarillo, la ventana abierta, el aire frío del otoño, un diván antiguo, mejor una otomana, tapizado en sedas y brocados, sobre el suelo unas cuantas rosas desperdigadas, algunos pétalos sueltos, luego la copa, caída también, el cristal roto y unas gotas de líquido ponzoñoso, derramadas sobre el pavimento reluciente, y por siempre muerto, desarticulado encima del diván como una marioneta bajo la luz del ocaso... La mano derecha, con los dedos ligeramente entreabiertos a pocos centímetros del suelo, por vestidura un ligero batín de seda color amatista, los pies descalzos..."

El motivo de un cuadro que obligaba a la reflexión. "

 

"Dejemos no obstante a un lado, la ingente obra que estamos aludiendo, escrita en el breve espacio de poco más de una década, e, intentando indagar en la vida privada del joven autor nos encontraremos con que su existencia fue realmente su obra.

Se le conocían éxitos, pero ningún amor, alzándose rumores de presunta homosexualidad, antes de que una vez fallecido, saliera a la luz el Diario Intimo.

Todavía hoy, transcurridos más de cien años desde su nacimiento, hay pseudo biógrafos suyos, Komarov es uno de ellos, que insisten en el supuesto, exponiendo el argumento de que la única mujer a la cual menciona en su Diario Intimo, bien podría encubrir una personalidad masculina, a imitación de Marcel Proust en su famosa novela sobre Albertine.

Esa mujer fantasmagórica, a la que él llama Nina, poco consistente, en opinión de los críticos, sólo se menciona tres veces en su Diario Intimo, descritos los encuentros de su puño y letra. Mas existe una cuarta ocasión, se ignora si garabateada en pleno delirio de la enfermedad que le llevó a la tumba, tuberculosis, en la cual se puede leer escrito con mano débil y febril, dos páginas, antes, de que, con el intervalo de una semana, él falleciese:

‘Nina ha venido a verme, ha alisado mis cabellos sobre la almohada, ha sonreído, ha dicho ‘Amor mío’, y, después, ‘Nunca te olvidaré...’

¿Fue a verle realmente, a despedirse de él, o se trata de una alucinación?

Él falleció en Suiza, en la plácida ciudad de N., en una casita que había alquilado. Le cuidaban una ama de llaves y dos criadas, quienes siempre afirmaron muy convencidas, de que ninguna dama fue a verle jamás, ni en aquellas fechas ni en otras. Y es este detalle el que no cesa de sembrar la confusión y la duda entre sus biógrafos, ya que si dama alguna le visitó, en cambio si lo hicieron sus amigos y uno en especial, el día famoso en que el poeta escribiera aquella breve nota, en el cuaderno de su último diario."

 

Ella estaba impresionada por lo que leía y la curiosidad la empujó a buscar más información en otro nombre, decidiéndose entonces por el de Berthelot, biógrafo nacido en el siglo pasado y por ello contemporáneo del poeta, aunque veinte años mayor que él y fallecido mucho tiempo más tarde. Hizo clic en el vínculo, eligiendo del extenso sumario bibliográfico del erudito francés, el que hablaba de la vida amorosa del autor de LA BALADA DE JANE. Berthelot no era O´Halloran. Berthelot pertenecía a una época de verbo pomposo y en el que el sentido del humor quedaba eclipsado bajo la solemnidad del lenguaje.

 

"Nosotros desdeñamos a quienes llevados de su mediocridad o de su envidia, se dedican a manchar la memoria de tan insigne autor con calumniosas insinuaciones, que, al no menoscabarle, cubren de oprobio a sus detractores... ¡Mas releguemos a un justo olvido, a ese coro de urracas ladronas de oropeles ajenos y dediquemos mejor nuestro tiempo a cantar las loas de un excelso artista, mal interpretado por muchos en su corta existencia!

La Desconocida y él, cruzaron sus caminos por primera vez en el marco incomparable del Castillo des Colombes, en la tradicional fiesta del estío, que el señor marqués, su padre adoptivo, solía ofrecer, cada mes de julio, a las buenas gentes del pueblo, una fiesta que se celebraba en los jardines de la mansión secular, abiertos con la mayor liberalidad, para festejar conjuntamente la llegada del buen tiempo entre cantos, bailes, excelente comida e inmejorable bebida, marchando todos a sus casas, luego de transcurridas varias horas, satisfechos, felices y bendiciendo la generosidad del castellano.

Semejante tipo de celebración, más pagana que cristiana, pese a que el señor cura se hallase invitado a participar en ella con sus bendiciones, concedía al pueblo el derecho de confraternización con la nobleza en un mismo plano de igualdad, motivo de escándalo para más de uno y de dos aristocráticos terratenientes, quienes, a la postre, tuvieron que admitirla forzosamente, como otra extravagancia que sumar, a las muchas cuya muestra daba de continuo el señor marqués des Colombes, en exceso librepensador para el gusto de  sus detractores, los cuales, en más de una ocasión le apodaron con malicia: "Felipe egalité".

El poeta se encontraba aquella mañana de rústica algazara, en un alejado rincón del parque, apartado del bullicio que embriagaba con más fuerza que los vapores del vino, y cabe la fuente de los tritones, en el borde de cuyo estanque permanecía sentado en tanto a su espalda cantaban los surtidores rivalizando alegremente en frescura y cadencia, cuando imprevistamente vio aproximarse a una joven desconocida, casi en atolondrada carrera cual si la persiguiesen (nueva Atalanta), o bien pretendiera esconderse en amable juego.

Ella se detuvo al verle, sorprendida. Por su expresión anhelante inducía a sospechar que iba buscando a alguien, indudablemente afortunado, y la presencia de aquel inopinado intruso en el escenario de su cita, debió causarle un agudo desengaño porque súbitamente, adoptó un rostro muy triste e incluso comunicó la impresión, tal vez equívoca, de que se le llenaban los ojos de lágrimas.

La desconocida encontrábase lo bastante cercana a él como para que éste pudiera admirar plenamente su fresca belleza y por más que las ropas fueran campesinas, de cierto advertíase que no era tal su procedencia. Lucía al aire, flotante, tal vez extraviado en la carrera el sombrero, gloriosamente alborotada una magnífica cabellera cobriza cuyo colorido alcanzaba ese tinte precioso del rojo Tiziano, inflamado como un crepúsculo que suavizaran los postreros rayos dorados del sol, comunicándole de esta suerte, una patina trompe l´oeil, que mermaba la agresividad de tan incandescentes rizos. Su delicado rostro poseía esa blancura de porcelana de las pelirrojas, los pómulos acusados, la boca graciosa, y los bellísimos ojos, líquidos y rasgados, mostraban la curiosa característica de cambiar de color según estuviera su estado de ánimo o incidiese en ellos la luz. Así pues podían ser, azules, grises o verdosos. En cuanto a los brazos, exquisitos, y las señoriales manos, delataban un noble origen.

Tímidamente ella sonrió, y el poeta, a su vez, hízole una cortés inclinación.

-¿Puedo servirle en algo, señorita?

Ella pareció titubear.

-Buscaba esta fuente -dijo en voz muy baja, como si rezara.

¡Capricho femenino! ¿Por qué aquella fuente en particular?

-Pues aquí la tiene usted.

Ella le contemplaba con una expresión desconcertante, y de súbito, estrangulado un sollozo en su garganta, echóse a correr desapareciendo entre los setos de boj.

Lo insólito del tropiezo, bastó para convertir a la desconocida en la Cenicienta del joven, y cual el príncipe de la leyenda, corrió tras ella buscando algún indicio que le ayudase a identificarla con posterioridad, mas nada halló, ni tan siquiera el sombrero, sólo un pájaro cruzóse en su camino volando asustado entre las ramas bajas de los árboles, y por un loco instante el poeta aventuró la fantasía de que, su Desconocida, era esa ave, doncella encantada por algún mago celoso, o envidiosa bruja, para tormento de soñadores románticos... O tal vez un hada, un hada traviesa y enloquecedora.

¡Mas, recobremos la cordura!

En su Diario Intimo, alcanzado este punto, un par de renglones ininteligibles debido a que la tinta se ha desvaído por entero, interrumpen la coherencia del texto que prosigue a continuación relatando como luego la joven no fue reencontrada entre las muchachas asistentes a la fiesta campestre.

¿Quién era la bella Desconocida? ¿Le concedería el Hado una segunda oportunidad?

Aun cuando el último interrogante obtuviese respuesta años después, el primero continuó siendo un enigma hasta el final, y, misterio sobre misterio, señalizando la fecha de aquel día inolvidable, un título, un nombre breve, bautismo rápido de su criatura, junto al estanque: NINA, con el que arrancaba el más extraño de los poemas que nuestro autor haya escrito jamás. Un poema que se aparta de cualquier canon al uso, como todos sus fieles lectores sabemos muy bien. Demasiado avanzado a su tiempo, en opinión de muchos, e incomprensible, en el comentario general."

 

Ella pulsó el vínculo Diario Intimo y se llevó un desengaño porque sólo salió una breve nota que decía escuetamente que los derechos de reproducción de la citada obra no habían sido concedidos todavía al medio informático aunque se estaban negociando. Sin más. Fastidiada, recurrió nuevamente a O´Halloran, desestimando por el momento a Dupuis y Maréchal, tan barrocos como el mismo Berthelot, aunque mucho más recientes, (la biografía conjunta que escribieran acerca del poeta databa de 1930), y también al temido Stepán Dimítrievich Komarov, feroz detractor suyo. Esos odios literarios tan desconcertantes que no se sabe si nacen por envidia o por un afán de notoriedad mal entendido.

 

"El segundo encuentro tuvo lugar en Irlanda, por más que sus primeros biógrafos discutieran ásperamente acerca de que aquello no fue en propiedad, lo que se dice un encuentro. Muchos de ellos sostenían que él se confundió de persona debido a una similitud en el parecido, ya que resultaba ilógico el que tres años después la misma muchacha brotase paseándose por un acantilado irlandés y se cruzara con el poeta por un sendero, de puro intransitable, apto sólo para los rebaños. Otros, por el contrario, argüían que si él era un viajero impenitente, ¿por qué no podía serlo ella a su vez, y el azar el causante de aquella coincidencia tan singular? Cosas de esas suceden en ocasiones por muy raro que parezca.

Y los más escépticos y malintencionados, creyéndose en posesión de la verdad, sentenciaban que ese reencuentro no era más que una ficción literaria que quedaba muy bien en el contexto de los acantilados y la leyenda de una Jane mártir convertida en hada por la imaginación popular, debido a la atracción que por lo sobrenatural privaba antiguamente, y señalaban triunfantes la frase: “Hada traviesa y enloquecedora “, como si ello constituyera la prueba fehaciente de que una misma denominación repetida, desvelaba el secreto aclarándolo todo, llegando incluso a introducir otro factor de confusión que se agregaba al puzzle, insinuando suspicazmente si no sería la hija del señor de Connemara, la pálida e insignificante miss Briddie, un trasunto de la idealizada desconocida. A lo que los defensores de la teoría de la homosexualidad, el vigente Komarov entre ellos, pusieron el grito en el cielo, y señalaron indignados el episodio de Venecia que a su juicio, no tenía vuelta de hoja.

Sucedió en el marco de los carnavales constituyendo un encuentro mágico, si hemos de creer cuanto él escribió en su diario, ya que por primera vez la Desconocida y el escritor, enlazaron sus manos y se besaron, pero los eternos críticos levantando a coro sus voces, insinuaron que ambos, él y ella, vestían un dominó, que era, por excelencia, el disfraz asexuado de la época, por tanto... ¿Continuaba la licencia poética?"

 

"El poeta falleció, ya se ha dicho con anterioridad, de tuberculosis, y su cuerpo fue incinerado, se esparcieron las cenizas al viento siendo el encargado de hacerlo su mejor amigo, quien a su vez dejó estipulado en su testamento que a su muerte, "oscura y sin relieve", se le enterrase con un retrato del escritor, sobre el corazón.

Como le sobreviviera en más de 40 años y jamás contrajese matrimonio, la ambigüedad sentimental del ilustre desaparecido siguió haciendo correr ríos de tinta."

 

Se había hecho muy tarde y tendría que sacrificar parte de la noche estudiando para un examen del día siguiente. Decidió cerrar el ordenador pero antes quiso volver al principio de la información, a la página web con que se abría la vida del poeta, es decir, a su retrato, una última mirada antes de regresar al mundo de lo cotidiano. Su fotografía, una delicada gama de grises sobre fondo negro... Más que guapo resultaba interesante, de nobles facciones, como se decía en el siglo pasado, ojos apasionados y tristes, boca de labios sensuales, frente alta y despejada, cabellos que parecían ser castaño claro, ¿o rubio oscuro?, cortos, apenas una incipiente patilla y una barba y un bigote, que subrayaban sus facciones sin exageración, discretamente. Por suerte no tenía la nariz griega como se estilaba por aquel entonces, y sus cejas, suaves, muy bien dibujadas, se elevaban con un trazo elegante por encima de aquella mirada suya, atormentada y profunda, que descubría un alma eslava.

Según se daba a entender, esa había sido su última fotografía realizada a principios de siglo, el murió en 1905, en una época en la que retratarse por este medio era sólo un lujo reservado a las clases altas, como en él se deducía por el atuendo elegante que se mostraba resumido en la foto, hombros, solapas, el cuello blanco de la camisa y un incipiente nudo de corbata.

Iba a hacer clic de nuevo y cerrar, cuando descubrió un pequeño vínculo de color azul marino fluorescente, que mencionaba un inadvertido archivo gráfico. Pulsó y se hicieron presentes más retratos, dibujos realizados a lápiz, carboncillo o sanguina, y la reproducción de un cuadro al óleo, obra de un famoso pintor y también un divertido autorretrato, medio caricatura, en el que se había reflejado a sí mismo dentro de una especie de parnaso intelectual, rodeado de genios universales, por ejemplo, Dante, Miguel Ángel, Rafael, Leonardo, etc. Al lado de la fecha, lo que revelaba su edad, 17 años, había escrito unas palabras en francés que resultaban bastante enigmáticas:

"Mon temps d´aujourdhui, ton temps d´hier"

Ella pensó con un suspiro: te he encontrado, pero estás a años luz de mí.  

Cerró el ordenador. Decididamente elegiría a otro para su trabajo de fin de curso; utilizarle a él hubiera sido igual que traicionar a un amigo.

Continuará...

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