CAPÍTULO IX (2)

Me acerqué al lecho y alargando la mano me atreví a posarla brevemente sobre la almohada. Allí había apoyado él exhausto, su cabeza febril durante innumerables noches de delirio mientras la enfermedad le consumía, y ahí estaba su rostro, sereno, cerrados los párpados, no con el horror de una mascarilla funeraria, sino como la impresión de un rostro que ha alcanzado la paz. Entonces evoqué fugazmente a Komarov y a sus absurdas obsesiones, primero homosexual, después mujer, cuando la mascarilla mostraba una corta barba y un bigote, no un rostro afeitado...

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Todo eran recuerdos y ninguna realidad, una cama vacía, una máscara fúnebre, unos muebles sin dueño, unas angostas ventanas que reflejarían, como siempre, el amanecer en sucesivas mañanas, unas flores renovadas de continúo, unas primorosas acuarelas adornando algunas paredes, bibelots, libros apilados sobre la mesilla de noche, el vaso, la pluma y el tintero, el cuaderno de tapas de hule...

A lo lejos, en la distancia, como proviniendo de un mundo paralelo, se podía escuchar la voz de la celadora que hablaba animadamente, siendo su voz único lazo con el presente, por lo demás, la atmósfera del dormitorio se iba haciendo cada vez más irreal y  envolvente, compacta, opresiva, como el mismo silencio, cuando no se escucha absolutamente nada y creemos oírlo todo. Musité, tornando a acariciar la almohada:

-Amor mío... Nunca podré olvidarte...

Me sobresalté al sentir mi propia voz igual que un susurro. Había usado las palabras de Nina, que, por otra parte, me sabía de memoria. Las piernas me fallaron e instintivamente, me dejé caer en un taburete que permanecía junto a la cama.

-Debo haber perdido el juicio -me dije-, o estoy en camino de ello. Yo no soy Nina... Dios mío, ¿por qué hago estas cosas?

Miraba sin ver en dirección a la mesilla de noche, hasta que la libreta de tapas de hule cobró identidad perfilándose bajo mis ojos. Involuntariamente alargué la mano y la tomé ¿Cómo no se me había ocurrido que allí podía haber algo escrito por él?

En el piso inferior proseguía el diálogo telefónico.

Abrí con lentitud la libreta, notaba una opresión extraña en las sienes, un ligero mareo, era como si viviese un sueño; aquello no parecía real... En la primera página se veían escritas unas breves líneas ininteligibles, pero el sesgo de la letra era de él. En las siguientes hojas proseguían los apuntes indescifrables. El trazo de aquella letra demostraba que la enfermedad estaba acabando con la persona; los típicos trazos del agonizante, garabatos inconexos, temblorosos. Más páginas en blanco, el resto de la libreta no había sido escrita nunca. Súbitamente, presa de un impulso irrefrenable, agarré la pluma de la escribanía, y, levantando la tapa del tintero, humedecí la plumilla y me puse a escribir febrilmente, leyéndolo acto seguido mientras la tinta se secaba.

"A través de la distancia, por encima del tiempo, siempre estaremos unidos. Te amo.

Nina"

Cerré el cuaderno y devolví la pluma a su lugar dándome cuenta en ese instante de que me había manchado el pulgar con una diminuta gota de tinta, aplastada hasta extenderse al borde mismo de la uña. Justo a tiempo. La celadora, concluida su larga conversación, subía ruidosamente la escalera, con que me incorporé y salí a esperarla al rellano, mientras que, la mano en el bolsillo de la chaqueta,, intentaba quitarme la mancha, frotando el pulgar contra un pañuelo de papel.

-Disculpe -jadeó la mujer-, usualmente no llaman casi nunca, pero, cuando lo hacen, siempre interrumpen... Era una periodista. ¿Ya lo ha visto todo?

Empezamos a descender juntas.

-Lamento que esté prohibido hacer fotografías porque comprendo que a cada uno le agrade llevarse su propio recuerdo, de todas maneras, en conserjería, habrá apreciado usted que tenemos muchas postales y son encantadoras.

Mientras adquiría unas cuantas tarjetas y un plato de porcelana con la reproducción de la casa del poeta, pregunté distraída:

-¿Vienen aquí muchos periodistas?

-No, no muchos, de vez en cuando, con motivo de alguna novedad relacionada con el escritor... Hace unos meses, cuando lo del centenario... Aquí tiene, señorita. Gracias.

Sin dejar de hablar me acompañó hasta la puerta.

-Pero ahora volverán porque ya se ha hecho pública la noticia del último descubrimiento... Siempre, todo lo relacionado con el poeta parece ser una eterna caja de sorpresas...

A punto de salir, frente a la puerta de cristal que me reflejaba de cuerpo entero con asombrosa nitidez, incluido el color rojo Tiziano de mis cabellos sueltos, me volví contemplándola sorprendida.

-¿Qué clase de descubrimiento?

-¡Ah!, es cierto que usted no sabe nada, claro, es que la noticia se ha dado a la prensa esta mañana, antes habían de investigarla en profundidad, ¿comprende?, por aquello de demostrar su autenticidad y todo eso, pero, cómo ya están completamente seguros, porque de lo contrario no...

Me había quedado inmóvil con la mano apoyada en el picaporte de la puerta cerrada.

-¿De qué se trata?

-De la libreta, naturalmente, de uno de sus famosos cuadernos... Pues resulta, imagínese, que nadie la había visto nunca, en tanto tiempo, pero hace unos meses, al venir a hacer la revisión de mantenimiento anual por la carcoma y cosas parecidas, se descubrió un doble compartimento en el cajón de la propia mesilla de noche... ¡Fíjese usted que detalle más tonto, años y años y nadie se había dado cuenta nunca!... En fin, que allí estaba el cuaderno... 

-¿El cuaderno? -repetí como un eco.

-Sí...  En ese cuaderno había, aparte de unas notas que no se entienden apenas, escritas por el enfermo, unas líneas que echan por tierra todo cuanto se ha especulado acerca de la identidad de esa famosa Nina, es decir, si existió, si no existió...

La miré, sin comprender muy bien sus palabras. ¿Me estaba hablando del mismo cuaderno que yo acababa de hojear?, ¿cómo, siendo tan importante se hallaba entonces al alcance del primer turista que llegase?... Sin embargo, en toda aquella historia había algo que no encajaba.

La mujer seguía parloteando.

-Supongo que no habrá visto las noticias del medio día en la televisión, ¿verdad?... Han enseñado el cuaderno, allí, en la misma rueda de prensa, página por página, y en la última escrita, las demás estaban en blanco, junto con un pequeño manchón de tinta en una esquina del papel, la voz en off aseguraba que había incluso un rastro de huella dactilar, aparecían unos renglones que decían así, le aseguro que se me han quedado grabados a fuego en la memoria, ¡son tan románticos!:

"A través de la distancia, por encima del tiempo, siempre estaremos unidos. Te amo.

Nina"

¿Verdad que suena como muy espiritual?... Esta clase de amores sólo se daban en otras épocas, hoy en día la gente es tan diferente, ¿no le parece?

Continuará...

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