| CAPÍTULO IX (1) | |||
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Pasó el tiempo y ella tuvo que emprender otro viaje... De nuevo un oportuno trabajo para el magazine del periódico, favorecía mis planes secretos de continuar el peregrinaje por los lugares que antaño recorriera el autor de LAS HILANDERAS DEL TIEMPO. Yo seguía sus pasos igual que el detective marcha tras una pista que le seduce por lo misteriosa y parecía fundamentar mi existencia imitando a Percival Shelley que comenzaba el día leyendo unos versos griegos y pretendía guiar su jornada sobre aquella pauta tan lejana y desconectada de su propia realidad, siendo la mía no menos absurda al perseguir un sueño.... En efecto, aunque no pretenda disculparme si afirmo que en realidad se trataba de una cierta estética de pensamiento, de un vivir o sentir determinadas situaciones, bajo el patronazgo de algo tan fugaz como un sentimiento romántico, por completo desfasado en la presente época. Marché a la siempre pacífica y neutral Suiza, a N. concretamente, para hacer el reportaje acerca de un congreso, sobre la paz internacional, (¡cómo no!), una noble causa que al periódico le hubiese importado un bledo que no lo fuese, con tal de lograr su reportaje de rabiosa actualidad, ya que de eso se trataba, mientras que para mí, lo importante era que se celebrase en la misma ciudad en donde el poeta había dejado este mundo. Fueron tres jornadas muy largas y aburridas en las que como de costumbre, se habló mucho y no se resolvió absolutamente nada. Al concluir la tercera, decidí quedarme por mi cuenta unas horas más, volviendo a hacer noche en la ciudad para marcharme al día siguiente temprano. El motivo era no desperdiciar la ocasión de visitar la casa en la cual viviera su último año, no un sanatorio sino una casa, una casita pequeña, situada en una calle poco transitada aun hoy y muy pequeño burguesa. El barrio era antiguo, la casa era antigua, y la dama que la custodiaba en su papel de conserje, ya que la última residencia del poeta había sido convertida en museo abierto al público, también parecía antigua, pequeño burguesa y solitaria, pero resultaba acogedora: una Heidi de mejillas sonrosadas, en la cincuentena, deseosa de caer agradable, y que, por lo extravertida, debía tener antepasados italianos. Por la mañana había llovido, por la tarde hacía humedad. En el hall de la casita, un improvisado mostrador constituía la única licencia que rompía el estilo del moblaje decimonónico imperante allí, pero resultaba necesario igual que un perchero y un paragüero asépticamente modernos. Sobre el mostrador se agolpaban folletos y algunos libros del poeta. La dama, que permanecía aburrida allí sola, se mostró muy locuaz y amable en cuanto yo entré. Admiraba que fuese una mujer y no un hombre y que la puerta no estuviese cerrada con llave, claro que aquello era Suiza y no otro país menos tranquilo dominado por la picaresca o la carencia de civismo. Comenzó a hablar como si le dieran cuerda y yo tuve que guardar silencio educadamente mientras ella me explicaba, pletórica, la vida y obra de aquel de quien yo no ignoraba absolutamente nada; después se ofreció a enseñarme la casa, y sobre todo, el dormitorio “en donde el pobre había muerto.” Volvió a extrañarme que allí no hubiera una azafata que se ocupara de esos menesteres y de que ella subiera conmigo al piso dejando la puerta sin cerrar, y como mirase yo con recelo en esa dirección, la funcionaria, advirtiéndolo, me aseguró que allí nunca pasaba nada, que N. no era Nueva York, por poner un ejemplo, puntualizo con mucho énfasis. Ella seguía hablando incansable y yo intenté aislarme. Estaba en su casa por primera vez en mi vida, paseaba por un hogar que había sido el suyo; no se trataba de una posada derruida, no era el parque impersonal de un castillo que, por cierto, jamás llegué a visitar. Por primera vez estaba allí, en su mismo ambiente, por donde él había deambulado, pensado, escrito, soñado, y sufrido el avance inexorable de su enfermedad, el único hogar que yo le conocía. Y tuve que aislarme, huyendo de aquella mujer llena de buena voluntad que pretendía contármelo todo como si yo no supiera nada de él. Cosa curiosa, captaba algo táctil y vivo en la atmósfera del museo.
Algo vivo, lejano, irreal, viajaba en el tiempo a otra época y a otro mundo, a otras costumbres, y, lo que no había sentido en Venecia, allí lo experimenté. Esto solía sucederme ocasionalmente: no vivir la emoción en el momento y si más tarde, incluso transcurrido mucho tiempo. Caminando respetuosa, casi de puntillas, por su casa, creía estar en el siglo pasado, muy cerca del poeta, sólo la robusta matrona que me hacía de cicerone con su voz tonante, me anclaba mal de mi grado, en la realidad, pero, y aun así, yo parecía flotar en otro universo y su vozarrón resonaba como la algarabía callejera que sirve de telón de fondo al sueño de una persona que duerme profundamente. En Venecia mi aventura con el desconocido, había sido un sueño de carnaval: la noche, las máscaras, la recreación de otra historia en la que fuimos actores. Bien mirado todo hubiera podido ser considerado como un salto en el tiempo, como una aventura fantástica; habíamos sido el poeta y su musa, sin serlo, obviamente... ¿Por qué entonces no lo viví de esa forma, como un momento mágico, como un cuento de hadas, por qué me obstiné en verlo todo tan normal, tan prosaico, por qué quise desdramatizar una situación que mucho tenía de misteriosa e incomprensible, por qué no me sentí inmersa en otra época, por qué no creí que mi desconocido era el poeta y yo Nina, si la atmósfera se prestaba ello? En cambio allí, en la casita llena de muebles antiguos, con aroma a ambientador en todas las habitaciones, atravesando unas piezas silenciosas, limpias y ordenadas, su comedor, su estudio, su saloncito tapizado de estanterías con libros que olían a cubiertas de cuero viejo, ¿por qué allí, subiendo despacio por una crujiente escalera de madera, lo sentía tan próximo a mí, lo mismo que si al empujar cualquier puerta, fuese a tropezarme con él inesperadamente? En aquel sitio, siendo su hogar, no había nada que lo representase, un cuadro, un busto, una fotografía, nada o nadie con quien poder confundirle, y, sin embargo, yo estaba ahí, en su casa y me sentía transportado al siglo pasado con mayor efectividad que en Venecia, y eso no era lógico. Mi acompañante empujó la puerta del dormitorio y entramos. -Et voila! -me dijo visiblemente satisfecha. Yo miré de derecha a izquierda, lentamente, absorbiendo las imágenes de cuanto allí estaba llenando la habitación. Era una pieza clásica bajo las buhardillas. El techo lo apuntalaban sólidas vigas de madera formando una ligera inclinación en línea descendente con el tejado. Las ventanas, tres, eran pequeñas y estrechas, y, además, cubiertas de visillos de encaje color hueso, lo que impedía bastante que entrase la menguada claridad del día. Las paredes empapeladas con motivos de la época, deslucidos por el paso de los años, pero extraordinariamente hermosos todavía. Aunque la iluminación era eléctrica, todavía se conservaba, por respeto, el sistema de gas inoperante en la actualidad. Un armario de roble, una cómoda antigua cerrada, un lavabo portátil, con su palangana y su jarro de porcelana azul celeste, las toallas cuidadosamente plegadas a ambos lados, como listas para el uso. Pensé en ese momento, que hasta la jarra podía tener agua, ya que un ramo de flores frescas descansaba en su búcaro sobre una mesita estilo imperio, al lado de una tabaquera de plata delicadamente trabajada. Había también un par de taburetes y un sillón gastado y de confortable apariencia que situado frente a una estrecha chimenea de mármol semejaba estar esperando a su dueño, ya que hasta la leña se amontonaba en el hogar con el hurgón a mano y un encendedor antiguo sobre la repisa de la chimenea entre dos decorativos candelabros y bajo un espejo rectangular enmarcado en una orla dorada de un delicioso barroquismo. La cama era una pieza de museo con dosel y todo, las cortinas recogidas a ambos lados de las columnas de tipo salomónico y el lecho con la almohada al descubierto y la sábana bordada desplegando sus encajes sobre la colcha adamascada. Encima de la mesilla de noche un vaso en un platito, una cucharilla, varios libros amontonados, un cuaderno, tipo libreta forrada con hule y una pluma de mango de marfil colocada en el portaplumas de una diminuta escribanía en cuyo tintero había tinta fresa. Sobre la cabecera, no lucía ningún crucifijo ni cualquier otro símbolo religioso, pero encima de la almohada, pasando desapercibido al primer golpe de vista, y en concesión al gusto por lo macabro que imperaba por aquel entonces, una pálida mascarilla de yeso, recogía las facciones del poeta en su lecho de muerte. -¿Quiere verlo todo de cerca? -me preguntó la celadora amablemente, y yo llegué a la conclusión que si se lo permitían a mucha gente, en el transcurso de los días, las semanas, los meses sucediéndose uno detrás de otro inacabables, podría resultar, de tantas visitas, un progresivo deterioro de la pieza, eso sin contar los posibles hurtos, ya que los fanáticos coleccionistas no suelen ser honrados. Penetramos en la estancia. Allí dentro olía suavemente a flores, como si en lugar de un aroma fuesen palabras susurradas en el interior de un templo. El suelo de madera crujía ligeramente bajo los pies. Diseminadas, se apreciaban unas pequeñas alfombras de lana con motivos florales, una al pie de la cama, otra en medio de los taburetes y una tercera frente al sillón. -¿Ve usted?, aquí es donde él falleció... Su última morada... Debe saber ya, supongo, que pidió que incinerasen sus restos y las cenizas esparcidas, por lo que no existe tumba alguna que conserve su nombre. Todo muy romántico pero muy poco práctico, ¿no le parece?... Lo que por otra parte, hace que nosotros detentemos el privilegio de conservar esta casa y este dormitorio lo mismo que si fuesen su mausoleo. No deja de ser una bonita compensación, ¿verdad? Si iba a decirme cualquier otra cosa más, es algo que ignoro, porque el teléfono comenzó a sonar en el piso de abajo. -¡Oh -exclamó visiblemente contrariada-, siempre es igual, estoy horas y horas en la entrada y no llama nadie!... ¿Me disculpa?... Puede estarse unos momentos más si le apetece, yo regreso enseguida. Me quedé sola y ligeramente molesta al comprobar que esa muestra de confianza por parte de la funcionaria, dejase tantos tesoros desprotegidos. -Alguien debería advertírselo -reflexioné en voz alta, pero inmediatamente me dije que gracias a aquella conducta podía quedarme a solas unos minutos en el dormitorio, no un mausoleo ni una cripta, sino, al menos para mí, un santuario, el último escenario en donde vivió el poeta. No había un más allá, ni cementerio, ni losas, ni viento en el rostro, ni lluvia sobre los hombros... Su última morada... Sí, era cierto, aquella era su última morada, mucho más personal e intima que cualquier sepulcro. El
peregrinaje acababa de finalizar. Continuará... |