CAPÍTULO VII (3)

Entré con todo el mundo, por la magnífica puerta que no daba al embarcadero sino a la plaza, entré a paso de procesión, transformada yo misma también en actriz, no máscara, sino actriz del carnaval. Me había convertido en uno de sus personajes. Avanzaba junto a una disfraz de alta fantasía, indescriptible por lo bello y no perteneciente a ninguna época conocida. Era un traje blanco, brillante, cuajado de tules y gasas, rematado por un antifaz que, alargándose hasta las sienes, acababa metamorfoseándose en un sombrero increíble y maravilloso de amplísimas alas que servían de peana a una complicada y fantástica estructura por completo surrealista. A mi izquierda un húsar, o algo semejante, que recordaba más bien a un mariscal de los tiempos de Napoleón I, caminaba gallardamente marcando el paso, vanidoso, dándose mucha importancia, hueco y estirado como un pavo real. Todos, lógicamente, llevábamos antifaz; lejos quedaban ya los tiempos en los que éste se prohibía, debido al temor de que se cometieran crímenes por medio de su complicidad.

La entrada en el baile me abrumó, me había imaginado mucho, la verdad, pero aquel espectáculo tan real lo sobrepasó todo. Era lo mismo que entrar en un reino de hadas o en un cuento de Las Mil y Una Noches. El slogan podría haber sido: Una vez más, la realidad supera los sueños.

En el amplio salón, la orquesta nos recibió con el adecuado preludio. Fuimos avanzando en oleadas y por orden de entrada, una hilera tras de otra, hasta que el recinto estuvo lo suficientemente lleno como para que el baile diese comienzo. La sala era cuadrangular y de altos techos, circundándola una especie de galería a modo de rellano, si así puede denominarse, al que ascendían dos majestuosas escalinatas opuestas tal como el autor de PEREGRINAJE, lo había descrito en su Diario Intimo. Todo se encontraba igual que entonces, y herederos de los antiguos sirvientes, continuaban ofreciendo copas de champagne en bandejas plateadas.

Me dije que el tiempo se había detenido, y que, igual que en las novelas del  nouveau roman, los hechos se sucedían pasando siempre repetidos, repetidos, repetidos, a imitación de un tiovivo, que fuese dando vueltas eternamente, sin detenerse, fija la imagen aun en movimiento.

Suspiré hondamente, ojalá hubiera sido yo Nina, un siglo antes, visitante curiosa de una Venecia en carnavales, pero era yo en el XXI, otra mujer, otras circunstancias.

El ambiente se estaba animando. Las parejas se formaban entre desconocidos si habían venido solos, e incluso grupúsculos se disolvían buscando, por unas horas, nuevos compañeros. Yo permanecía junto a una columna de la galería inferior contemplando distraída el espectáculo, cuando, inesperadamente, el pseudo mariscal francés, se cuadró imponente frente a mí, diciéndome en tal idioma:

-¿Me hacéis el honor de concederme este baile, señorita?

A mí me hizo gracia su pomposidad pero la atribuí a que el marco era el más apropiado. Habían tenido el buen gusto de tocar música antigua, polkas, valses, rigodones, y las gentes no comunicaban la impresión de extrañarlas, señal evidente de un asumido aprendizaje a la espera del gran baile de carnaval en el Palazzo Bianchi, lo que no dejaba de resultar razonable; la música del futuro hubiese asesinado aquel clima tan logrado..

Mi mariscal exclamó impacientándose; debía dar por sentado el que yo hablaba francés:  

-¿Y bien?

Incliné la cabeza y le ofrecí la mano. Volvían a tocar otra polka, pero como yo ya me había dado cuenta de la manera que aquello funcionaba, me dejé llevar entre los brazos del fornido mariscal. Le oía hablar muy animado prestándole escasa atención porque lo que él dijese no me interesaba en absoluto, además, cubierta como iba con el antifaz de blonda y encapuchada, entre música y ruido ambiental, de poco me hubiese podido enterar aun queriendo. Él se dio cuenta de mi indiferencia, porque bajó la cabeza y soltó de forma atronadora en mi oído:

-¡No debieras haberlo hecho!

Aquello me sorprendió mucho y me hizo pensar que se había confundido de persona, vaya, que me tomaba por otra.

-¿Cómo?

-Escaparte para venir a Venecia, tú sola, ¿tanto temor te inspiro?

No supe que responder, pero me detuve en medio del baile.

-Me parece que se confunde de persona, señor.

Él sonrió bajo su antifaz.

Sentí como un escalofrío me recorría la espalda y me desasí bruscamente de sus brazos.

-Señor -repetí-, se ha equivocado usted de persona...

Él insistió tercamente.

-No, yo nunca me equivoco.

No participando de la danza, obstaculizábamos a las otras parejas, así que aproveché la coyuntura disponiéndome a abandonar la pista, pero con paso muy rápido ya que empezaba a tener miedo de aquel hombre.

Huía y, sin embargo, su voz sonora, a mis espaldas, semejaba escoltarme:

-¿Vas a reunirte con tu amante?... Haz lo que te plazca, acostumbras a hacerlo, pero siempre vuelves; para eso soy tu marido... Es la única prerrogativa que me queda, porque no tienes otra salida...

Aquel individuo estaba completamente loco y mientras me alejaba de él casi corriendo, me dio pena pensar en ella, su esposa o víctima. ¿Por qué no solicitaba el divorcio? Supuse que tendría motivos, tal vez algún hijo, tal vez algún padre enfermo, tal vez... ¿Quién podía saberlo?... Una cosa la tenía bien clara: por muy culpable que ella fuese, aquel hombre, su marido, "mi marido", evidenciaba las señales inequívocas de un celoso patológico, de esos que con su conducta dan origen a aquello que más temen.

Me deslicé entre la muchedumbre, pero él no me siguió. A lo que parecía, soltaba la cuerda aunque luego gozase recriminando a su esposa, hasta la total mortificación. Se encerraba un punto de sadomasoquismo en la conducta de ese individuo... Pero, ¿y si hubiera sido ella la perversa, la hembra promiscua y falsa, y él, débil, su juguete?... Existen parejas que disfrutan manteniendo una morbosa relación.

Bueno, en realidad, ¿qué me importaba a mí toda aquella historia imaginaria? A lo mejor se trataba de un bromista de carnaval y yo lo suficientemente tonta como para dejar que sus ocurrencias me impresionaran. Cuando empezaba a anochecer, se me había cruzado un hombre vestido de pirata y, guiñándome el único ojo que no llevaba cubierto con un parche, me había pedido en italiano, que le sacara una foto para que la tuviese yo de recuerdo suyo. Quizá no fuera más que eso, todo, un juego, una manera, como cualquier otra, de divertirse en carnaval.

De todas formas, reflexioné, si se pone pesado e insiste, me quitaré el antifaz y que él mismo se convenza; no tenía ganas de preocuparme más; ¡me lo estaba pasando tan bien hasta el momento del estúpido encuentro!

De nuevo me refugié junto a otra columna. Allí se podía uno guarecer tranquilamente porque no estorbabas a nadie y eras espectador privilegiado ya que la primera galería se hallaba tres escalones por sobre de la pista de baile. Pero algo sucedió, creí escuchar de pronto la voz del mariscal, y, angustiada, quise salir huyendo de nuevo y lo único que conseguí en mi aturdimiento, fue chocar contra alguien que se detuvo enfrente mío, habiendo brotado prácticamente, de la nada. La máscara era un dominó negro, alto, cuyo antifaz difería del que yo usaba, al ser, en su caso, una careta plateada que le ocultaba por entero el rostro. Impresionante y fantasmagórico, hizo que me estremeciese, porque, y pese al calor que hacía allí, sentí frío, lo mismo que si una mano helada hubiera tocado mi alma. No podía creer en lo que estaba viendo. Aquel dominó, mi gemelo, era, como yo, una replica de otro. Yo había pretendido ser Nina durante una noche, y, ¿cabía pensar que el desconocido de la máscara de plata, no intentaba hacer lo propio, o de nuevo la casualidad intervenía?... ¡Qué más daba, si estábamos en carnaval!...

Él no habló, y en silencio hizo un expresivo gesto: me invitaba a bailar. Vacilé un segundo sobreponiéndome después, ¿por qué no?. Si a mí me gustaba soñar despierta, no tenía que ser la única a quien se le hubiese ocurrido la idea, ni asombrarme demasiado por ello, pues. Acepté. Mejor el silencioso dominó que no el otro, el pavo real chillón que pretendía confundirme con su esposa.

Bailamos unos compases del vals que sonaba entonces, y tampoco el desconocido me dirigió la palabra, pero no era necesario; lejos de cohibirme su mutismo, lo encontré acertado. Éramos un par de extraños y ambos llevábamos  el semblante cubierto, mantener una conversación hubiera sido muy difícil y más con la algarabía imperante en el recinto. Me gustó bailar con él. Era fuerte, seguro y comunicaba la sensación de que mientras te sostuviera entre sus brazos, nada malo podía sucederte. Concluyó la pieza empezando inmediatamente otra; pude advertir que mi pareja estaba deseando continuar conmigo y, no incomodándome, hubiéramos seguido, de no mediar la desagradable circunstancia de que vi venir en dirección nuestra desde el fondo de la sala, al energúmeno aquel disfrazado de mariscal y me espanté. Indudablemente se nos aproximaba con ganas de organizar todo un escándalo y antes no se deshiciera la confusión, yo habría quedado en bastante mal lugar, eso si no nos expulsaban juntos de la fiesta, por otra parte muy selecta ya que no se trataba de un baile de entoldado. Así que opté cobardemente por la huida, y, sin despedirme siquiera de mi pareja, volví a echar a correr buscando una salida de emergencia en dónde poder esconderme o despistar a semejante maníaco que, según parecía, habíase tomado muy en serio, el aguarme la velada.

Atolondradamente, me introduce en el primer pasillo que se abrió delante de mí , pero, alguien que seguía mis pasos, colocó su mano en mi hombro. Fue terrible y de poco va que no me pongo a gritar. Por suerte, se trataba del dominó, quien, dando muestras de hacerse cargo de la situación, se llevó un dedo a los labios, me agarró la diestra, y otra vez sin palabras, me indicó que le acompañara. Enseguida salimos al exterior, a un patio con un pozo de mármol rosado, y, más tarde, al Gran Canal por la puerta que se abría en la fachada del Palazzo Bianchi. Mi galante salvador llamó a una góndola que se desocupaba y pronto pusimos agua de por medio, alejándonos, con gran sentimiento por mi parte, de aquel escenario encantador.

En contraste con la temperatura del salón, la noche ahora resultaba fresca, pero se agradecía. Lo molesto era que tal vez dentro de unos días tuviese que meterme en cama con gripe; eso pasa cuando a una la acosan en un baile de carnaval veneciano y tiene que huir amparada por un caballero desconocido, que la introduce de grado en una romántica góndola. Se me ocurrió que debía darle las gracias al enmascarado y justo en el momento, el gondolero se puso a cantar con un sentido muy discutible de la oportunidad, lo que hizo que se me subieran los colores al rostro, cosa que, afortunadamente, nadie pudo advertir. El improvisado cantor supuso sin duda, que la pareja de dominós, era, eso, una pareja. ¿Y qué más adecuado que dedicarnos un amoroso arrullo? Miré de reojo a mi acompañante y a la luz de las edificaciones que daban al Gran Canal, sólo pude distinguir el brillo plateado de su careta, todo un perfil inexpresivo. ¿Quién sería?, ¿cómo sus facciones? ¿Y su edad? ¿Era viejo, joven? ¿Atractivo, desagradable? No me sentía a disgusto a su lado, sin embargo, y eso que el silencio entre los dos persistía. Me daba la sensación, y podrá parece absurdo, de que le conocía de toda la vida, es decir, que a su lado no experimentaba ni miedo ni ansiedad, lo cual no dejaba de convertir la situación en paradójica.

Estaba a mi lado y lo captaba cerca y lejos a la vez, aislado, intangible pero amistoso. De hecho se había portado a semejanza de un caballero de otra época, al rescatarme, sin yo pedírselo, de una situación embarazosa... Bruscamente, golpeó el suelo de la góndola con el pie, dándole a entender al gondolero que el paseo había llegado al fin de su recorrido.

Atracamos en el embarcadero que da a la Plaza de San Marcos.

Había mucha gente en la plaza, demasiado ruido, ya no sonaba por los altavoces la música, y, la muchedumbre, a aquellas horas, parecía estar extrañamente enloquecida  por el carnaval, en contraste, las luces no eran tan intensas; ya me había dado cuenta de eso cuando navegábamos en la góndola. Mi acompañante continuaba junto a mí, protegiéndome. Inesperadamente, un grupo de bullangueras máscaras, surgió de no sé dónde, arrasándolo todo a su paso, incluso a nosotros, lo que obligó al desconocido a  envolverme en su capa, guareciéndonos ambos entre el palacio ducal y San Marcos. De no haber sido carnaval, de no llevar los dos el mismo disfraz, de no copiar la realidad , involuntariamente, el pasado (y resultaba asombroso la forma en que lo hacía, o bien esas noches son excepcionalmente mágicas), de no ser por todo ello, posiblemente nada de lo que cuento hubiera llegado a tener lugar, aunque, lo que más me sorprende, es que la situación, no encerrando nada de normal, fuese asumida por mí con tanta naturalidad.

Al salvaguardarnos de la comparsa me di cuenta de que repetíamos una escena ya vivida por otra pareja. Una casualidad, pensé, una rara casualidad. De repente, se me soltó el antifaz, lo que no era de extrañar demasiado, debido a las carreras, los golpes y las apreturas. ¡Qué alivio!, el aire frío de la noche me daba en la piel. Instintivamente observé a mi acompañante máscara de plata; había llegado el momento en que él también se descubriera. Pero él permanecía enigmático arropado en sus negras vestiduras. Lo capté en su actitud ya que no le podía observar el rostro, tal vez se encontraba mareado de tanto alboroto a nuestro alrededor. Yo iba a decir algo y él fue quien me tomó la delantera.

-Decidme, ¿quién sois?

Supongo que tenía que haberme sorprendido mucho al escuchar precisamente aquellas palabras, una pregunta que me sabía de memoria, pero me volví a decir: "Es natural, estamos en Venecia y no sólo he de ser yo la que conozca esa historia, ni haya venido en peregrinaje hasta aquí, por ella".

Otros, muy ilustres estudiosos, me habían precedido, otros, que no lo fuesen en absoluto, más bien simples dilettantes, también. Todos haciendo idéntico camino, incluso, a buen seguro, el mismo hombre desconocido de la máscara de plata. ¿Iba, pues, a sentirme tan vanidosa como para creerme excepcional?... De modo que le respondí, agradecida desde el fondo de mi corazón, ya que juntos recreábamos el instante supremo, como en una pantomima antigua:

-Me llamo Nina, ¿y vos?

Entonces... Entonces, incomprensiblemente, él me besó. Su mano enguantada de negro, se alzó retirando del rostro la máscara plateada, no le pude ver las facciones porque quedaba de espaldas a la luz, y me besó. Fiel a la evocación, llevaba bigote y una corta barba, que entraron en contacto con mis mejillas... Luego una nueva avalancha de gentes nos separó de forma brutal, llevándoseme como si me raptaran.

Sí, en efecto, la historia se repite igual que los tiovivos. Siempre, al detenerse, es el caballito blanco el que queda junto a la caseta que vende las entradas.

La avalancha me arrastró lejos, y yo temí, que, en la euforia del momento, me pisotearan. Extendí los brazos y grité un nombre absurdo, ya que no era el suyo; no me oyó, o, de hacerlo, no tenía porqué identificarse, hubiera sido demencial. Creo que me desmayé y a un milagro debo el que no me sucediese nada mucho peor en la Plaza de San Marcos, pues al recobrar el sentido me encontraba sentada bajo uno de los sopórtales que albergan las tiendas de souvenirs, mientras un gigantesco Gato con Botas y su señor, el marqués de Carabás, me pasaban, por la cara, un pañuelo embebido en colonia .

-Se ha mareado, ¿no? -me preguntó compasivo el Gato hablando en mi propio idioma., a Dios gracias.

-Si... Supongo...

El marqués de Carabás intervino.

-¡Es que la gente parece que se haya vuelto loca! ¿Quiere que la acompañemos a algún sitio?

-No, muchas gracias, estoy mejor... Me quedaré aquí hasta que se me pase del todo y luego tomaré el vaporetto que lleva a la piazza de Roma; tengo que regresar a Verona en el autocar.

Sin embargo, ni el Gato ni el marqués me dejaron abandonada a mi suerte y conservo de ellos un agradecido recuerdo, ya que se ocuparon de mí hasta ponerme a salvo a bordo. Esas fortuitas amistades que se anudan en el transcurso de los viajes y que nacen condenadas a no tener continuidad.

Nunca sabré quiénes eran, pero no les he olvidado.

 

Continuará...

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