CAPÍTULO VII (2)

Me aproximé, colocándome delante suyo, ¿o fue el otro dominó el que vino hacia mí empujado por alguien? Con el estruendo del baile resultaba de todo punto imposible el pretender hacer escuchar tu voz y así pues realicé un expresivo gesto con el cual la invitaba a bailar, bien que el temor a equivocarme me hiciese zozobrar el ánimo. El otro dominó, clavó en mí sus ojos, brillantes y móviles en las cuencas del antifaz, dio la impresión de recorrerle un estremecimiento, me atrevería a afirmar que de temor, y, tras una brevísima vacilación, aceptó el ser mi pareja.

Cogimos el vals empezado y duró escasamente unas vueltas, el tiempo suficiente para que danzar con ella, pues de una mujer se trataba, fuera delicioso.

No cruzamos, en tan fugaz lapso, ni tan siquiera una palabra. La música nos sostenía y nos llevaba, arrebatada en sus giros y ondulaciones. Ella, ligera como una pluma, se trataba de una bailarina consumada cuyos piececitos apenas tocaban el suelo; por un instante envidié a todas sus anteriores parejas, y, ¿por qué no?, al hombre afortunado que pudiese llamarla suya. Una mujer, de talle leve bajo la palma de la mano, que podía llegar a ser irreal incluso bailando con ella, era La Desconocida perfecta... Pero, ¿a santo de qué se me antojaba tan familiar la encapuchada, cubierta, sólo dejando ver de ella el color incierto de sus ojos bajo la luz de las espléndidas arañas de cristal? El vals cesó, ¡ojalá hubiera podido convertirse en eterno!, mas yo la retuve fingiendo esperar la nueva pieza. Para mi dolor, ella desasióse con presteza, no por qué me rechazase, no era el caso, mas como si, de súbito, hubiese visto a alguien mezclado con la multitud que le inspirase sobresalto, y, sin un adiós, la vi escabullirse entre los bailarines que reiniciaban la danza alegres e incansables. Me sorprendió su huida, y, diciéndome que posiblemente la acechase algún peligro, me dispuse a seguirla con la intención de salir en su defensa si ello era menester. Una mujer, joven y sola por Venecia en noche de carnaval, riesgo corría de caer en muchos peligros, carente de protección masculina. Fui tras ella, procurando mantenerme a la par con su rápido paso para no perderla de vista y justo la hallé cuando ya se internaba presurosa en un semi oscuro pasadizo de incógnita trayectoria. Toqué su hombro y ella se volvió sobresaltada, me llevé un dedo a los labios, y, tomándola de la mano hice ademán que me siguiera. A fuer de sincero debo confesar que no sabía en dónde encontrábamonos, pero el instinto me aseguraba que ese corredor conduciría al patio central en el que se levantaba el pozo cegado de mármol rosa. Y no me engañaba. Nadie nos había seguido, dos sombras que avanzaban por un pasillo en penumbra, y si alguien nos divisó en la distancia, a buen seguro que más le inspiramos temor que no curiosidad. En el patio los ujieres seguían realizando su trabajo de introductores y nos contemplaron con cierta sorpresa, sin embargo nadie dijo nada, de tal suerte, flotantes, vagos cual espectros, salimos por la puerta de entrada, descendimos los escalones que daban al embarcadero en el que una góndola se disponía a partir después de haber dejado su carga y subimos a ella, con gran satisfacción por parte del tripulante. Quiso éste saber adonde deseábamos ir y yo hice un gesto impreciso con la mano, que él entendió mejor que yo pretendí significar.

Desembocamos al Gran Canal y el gondolero opinó que debía cantar una cancioncilla ya que la ocasión se brindaba a ello; no le interrumpimos. De hecho, ninguno de los dos, ella y yo, cruzó palabra. A ambos lados del Gran Canal, las mansiones, los palazzi, resplandecían, y hasta las aguas turbias creaban la ilusión de poseer un fulgor propio, el reflejo de una Venecia sumergida celebrando también sus carnavales acuáticos.

La melodía del gondolero hablaba de amores encontrados y perdidos. Escuchándola, empecé a sentirme desasosegado. ¿No galopaba en exceso la imaginación del buen hombre? Aquello podía resultar tal vez comprometedor para la desconocida, y hacerla, con toda justicia, desconfiar de mí. Golpee impaciente el suelo de la góndola, y el oficioso cantante comprendió en el acto lo que yo quería, tanto que enmudeciera, como que atracase en el próximo embarcadero.

Descendimos en el estrecho embarcadero que conduce a la plaza de San Marcos. Así su mano enguantada y la ayudé a saltar, ella perdió el equilibrio y tuve que sujetarla, bienhadado momento en el cual la abracé furtivamente. Temblorosa, ella se apartó de mí con cierta rudeza, yo la escolté avergonzado pues no era mi intención la de hacerme reo de pensamientos malsanos en su concepto. Ella avanzó decidida hacia la plaza y el bullicio, y yo detrás suyo recobrándome del mal trago. Inesperadamente, una alegre comparsa surgió de forma inopinada entre cabriolas y saltos, arrastrando a la gente a su paso y empujándonos el uno hacia el otro de la manera más fortuita. Chocamos, abrí los brazos impidiendo que cayera al suelo. Nos encontrábamos bajo los sopórtales del Palazzo Ducal y la gente constituía un hormiguero compacto a nuestro alrededor. Nuevamente otra jugarreta del Destino, hizo que lo impensable tuviera lugar. Su antifaz se soltó, desprendióse de las agujas que lo sujetaban, se aflojó el lazo que lo ceñía, o sencillamente, los empujones que nos habían zarandeado, lo forzaron a resbalar de su rostro, no lo sé con exactitud, el caso es que el antifaz, como un telón, cayó, y a la luz de las farolas, enmarcado en la oscuridad de la capucha, surgió un rostro oval y delicado, pálido bajo la incierta iluminación, un rostro bello e inolvidable. Aprecié entonces que su cabello era rojo Tiziano y se escapaba en sedosas ondulaciones hacia la blanca garganta. Mi sorpresa no tuvo límites, llegué a creer que el corazón se me detenía, que iba a perder el sentido, y, por un minuto, no la sujeté a ella para protegerla, al contrario, que a ella me aferré débil como un niño y sintiendo que las rodillas se me aflojaban. La desconocida, que había elegido como disfraz un dominó, ignorando que así se convertía en mi réplica, era ELLA, "mi" Desconocida. La muchacha que apareciese, como surgida de la nada en los jardines del Castillo des Colombes, la audaz viajera que se cruzó conmigo en el camino del acantilado, en las costas de Irlanda... Y ésta, pequeña sombra encapuchada y silenciosa, feerica bailarina, gacela asustada que huía el Cielo sabría de que situación o de quién, eran una misma persona... No, yo no había enloquecido, ni tan siquiera me hallaba bebido, tampoco la embriaguez del carnaval pudo menoscabar la percepción de mis sentidos ni la claridad de mi juicio y aun bajo la luz de la farola callejera, supe que era ella sin la menor vacilación. Y en italiano, ya que en Venecia estábamos, le pregunté de manera arcaica:

-Decidme, ¿quién sois?

Ella me contempló con sus ojos grandes y profundos, ¿azules, verdes, grises?, dorados en aquella ocasión, conmovida e interrogante, diciendo, mientras pronunciaba con lentitud las palabras en un idioma, que, igual que a mí, no le pertenecía:

-Me llamo Nina, ¿y vos?

Lo que sucedió a continuación todavía no puedo recordarlo con claridad. Creo que levanté mi máscara plateada como los caballeros de antaño se quitaban el yelmo delante de una dama, pero mi rostro quedaba de espaldas a la luz y ella no podía verlo con la misma claridad que yo el suyo. Iba a pronunciar mi nombre, mas en lugar de ello, impulsado por no se cual instintivo resorte, me incliné, besándola...Y entonces, la enloquecida muchedumbre rompió nuestro abrazo apartándonos brutalmente, arrancándola de mi lado con la fuerza de un huracán....

Pude verla en medio de unas máscaras vestidas de blanco, de rojo, de amarillo, pude verla agitando los brazos con angustia mientras gritaba unas palabras que la ensordecedora algarabía callejera me impidió entender... después nada, las máscaras se aglutinaron formando un todo compacto y aunque yo corrí tras ellas abriéndome paso a codazos, finalmente llegué al centro del núcleo humano en donde ella había desaparecido. Preso por la desesperación grité : ¡Nina, Nina...!

Y un eco burlón de cánticos y risas, me devolvió el nombre...

Nunca más la he vuelto a encontrar.

 

Continuará...

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